Por Gustavo Löbig.

Un principio formal del arte es la capacidad que tiene el ser humano para reflejar su relación particular con el mundo de manera concreto-sensitiva, lo que implica una toma de conciencia específica Arte y conciencia. Dos constructos relacionados por un hilo hecho de estética, búsqueda, trascendencia y utilidad, que forma parte del tapiz tejido por la historia humana y une la obra del primer artista rupestre con la del creativo contemporáneo más reciente. A lo largo de ese hilo, el arte ha ido evolucionando en diferentes expresiones según la época, el lugar y las circunstancias, siendo voz fundamental del respectivo contexto y permaneciendo luego como testigo de este. Supone un acto de comunicación profunda entre el creador, la obra y el espectador, donde los tres resultan modificados al interactuar entre sí. Y mientras el arte añade civilidad al progreso de nuestra especie, la psique se manifiesta por medio de la expresión creativa como una forma individual o colectiva de captar la realidad y lo inefable, mientras toma conciencia de su capacidad de logro a la hora de crear o de comprender la creación artística, o de dar nombre al obstáculo que se lo impide.

El arte muestra lo general de forma individual. Y tanto si refleja de manera fácilmente reconocible la materialidad percibida con los sentidos, como en el caso del hiperrealismo, o se da a conocer como una expresión abstracta, surrealista, impresionista, constructivista u objetual, por nombrar algunas etiquetas, el arte conforma un mundo multifacético donde innumerables concepciones individuales varían de acuerdo a su contenido cognoscitivo, ideológico o estético, entre otros factores. Si la esencia del fenómeno interpretado coincidiera con el modo de captarlo de todas las personas, sean artistas o espectadores, si el conocimiento sensorial y la conciencia del pedacito de realidad que se percibe fuesen iguales en todos los casos, sería innecesaria cualquier ciencia o creación artística. Pero sabemos que no es así, pues vivimos en un planeta poblado de realidades cambiantes, de interpretaciones diversas, de especialistas empeñados en simbolizar y manejar cada cosa según su visión particular. El resultado del conocimiento científico es, idealmente hablando, la verdad objetiva que permanece invariable en el tiempo; el resultado del conocimiento de la realidad dentro el arte es la verdad artística, que varía con la época y el lugar. Además de su contenido subjetivo, el arte siempre tiene un trasfondo ideológico, pues está íntimamente unido al sistema de creencias y aprendizajes de cada individuo y a las dinámicas relaciones sociales; y también cuenta con un elemento trascendente, pues al influir sobre los pensamientos y sentimientos de las personas que involucra y penetrar en el respectivo mundo interior, contribuye al desarrollo de sus rasgos espirituales y al de la conciencia social.

Lo anterior solo pretende ilustrar lo complejo que resulta abordar de manera efectiva y honesta el mundo del arte, tanto o más complicado que el mundo real del que forma parte. Lo ideal sería que ese abordaje, para ser lo más satisfactorio y completo posible, fuese protagonizado por una persona polifacética, que además de científica contara con la sensibilidad de una conciencia social y artística bastante desarrollada, y todos sabemos que tales personas no abundan. Pues bien, todavía quedan algunas en Venezuela, y una de ellas es Nicomedes Febres Luces. Descendiente de un edecán de Simón Bolívar, caracterizado por una mente pragmática y sumamente curioso, este apasionado de la vida y sus variadas facetas me recuerda al hombre renacentista movido por múltiples habilidades e intereses. A pesar de que rehúsa ser considerado artista, ha fungido de mecenas favoreciendo como galerista a numerosos jóvenes talentos, organizado por muchos años la Feria Iberoamericana de Arte y mantenido una fructífera relación con conocidos creativos, museos y galerías de arte en Venezuela y otros países. Es prolífico escritor de temas tan variados como cabe esperar de un espíritu curioso e inquieto, y porque posee una vasta cultura, se empeña en salvaguardar la memoria de costumbres, tradiciones y raíces socioculturales típicas de esta tierra. Además de ser miembro de la Academia de Gastronomía de Venezuela, es un reconocido politólogo, historiador y médico obstetra con sólida formación psicoanalítica que a lo largo de estos años de empobrecimiento nacional se ha esforzado en infundir ánimo a una población vitalmente necesitada de este, y motivarla con ayudas dignas de su carácter filantrópico, sea con recursos materiales propios, sea a través de sus publicaciones en distintos medios impresos o digitales, sea por medio de sus numerosas relaciones con personas de buena pro, pues se mueve en círculos sociales altos o medios que, en todos los casos, respetan su sólida formación profesional y cultural y su característica bonhomía.

Disfruté mucho entrevistándolo, pues compartimos una formación familiar muy semejante en cuanto a valores y principios; por otra parte, además de resultar ameno por su verbo y trato cordial, posee un compendio inmenso de anécdotas, vivencias cotidianas y objetos coleccionados que le impiden ser el típico hombre convertido en un nombre del que muchos hablan mientras, en verdad, lo van olvidando. En tanto se extinguen rápida o lentamente algunas memorias incompletas de personas y obras que en su momento fueron importantes, Nicomedes Febres Luces sigue trabajando arduamente a favor de la vida en el quirófano donde opera a sus pacientes; en su galería de arte D´Museo, donde desde 1991 exponen talentos artísticos principiantes o ya reconocidos; en su entorno social, donde dinamiza las relaciones con gente que simboliza la esperanza presente y el mejor futuro al alcance de Venezuela; en su abundante ejercicio como escritor y coleccionista de fotografías, pinturas, esculturas y objetos históricos del país. Entre tantos ejemplos del hombre a caballo que, cual Boves, arrasa todo a su paso, mi entrevistado representa al hombre de cultura que rescata sin cesar lo que necesita esta tierra asolada por la barbarie para elevarse sobre su estado actual.

En su libro “Un Álbum de País” resume la vida y obra de Bernardo Díaz Báez, fotógrafo venezolano de comienzos del siglo XX, del que guarda cientos de fotos estereoscópicas. En sus “Crónicas de mujeres que inquietan a los hombres” nos habla de las prostitutas con ese gracejo suyo tan divertido como confiable, y guarda inédita otra “Historia de las mujeres” para publicarla oportunamente. En su “Historia de la comida pública de Caracas” menciona los platillos más conocidos servidos en calles y restaurantes de esta ciudad desde la independencia hasta los años setenta. Con sus obras “Historia de las peleas de gallo en Venezuela” e “Historia del tema petrolero en Venezuela” pone al alcance del lector aspectos fundamentales sobre esos temas, y está gestando un texto acerca del romanticismo nacional donde hablará de los escarceos amorosos, incluyendo cartas, costumbres y casos emblemáticos en las pasadas décadas, que promete ser otro libro de culto en más de una biblioteca pública o particular. Sobre la base de su experiencia como gourmet y gastrónomo, publicó una emblemática Historia Universal titulada “Arte y embutidos” dedicada al rol cultural que ha tenido la popular salchicha a lo largo de las distintas épocas, desde el gótico tardío hasta ahora. Sus múltiples intereses y calificaciones lo han llevado a escribir sobre esos temas tan disímiles con un sello personal fácilmente reconocible por su humor y ávida curiosidad acerca de la existencia humana, y ya figura como una voz reconocida dentro del escenario vital que el destino y su propia voluntad le han asignado.

Actualmente, como muchos otros antes que él, enfrenta el dilema de cómo hacer para que sus colecciones lo sobrevivan y puedan brindar el mayor beneficio a las generaciones futuras. Entre tantas obras de arte, objetos históricos y fotos, posee siete tomos del recetario de José Gregorio Hernández enriquecidos por notas manuscritas de ese doctor tan querido y popular en Venezuela y en otras naciones. Durante sus años de ejercicio en el Hospital Vargas y en la Maternidad Concepción Palacios, Nicomedes pudo enganchar exitosamente su labor curativa con la fe depositada por muchos de sus pacientes en ese colega suyo elevado a la categoría de santo o de mito; eso lo impulsó a seguir descubriendo la historia de un país que pocos recordaban que hubiera existido. Así supo de Carmen Elena de Las Casas, considerada la mujer más hermosa de la capital durante la época del gobierno de Gómez y quien fuera la primera diseñadora de espacios en Venezuela, que embelleció entre otros inmuebles el Museo Municipal de Caracas; supo de José María Lares, primer diseñador gráfico del país, colaborador de revistas como Life, Élite o Actualidades; supo de Eduardo Roll, el primer fotógrafo que plasmó en color los ambientes de Caracas y sus alrededores; supo de J. M. Benzo, fotógrafo teosófico que eligió a Caracas como objetivo de su arte pero jamás firmó sus fotos, que a su muerte pasaron a manos del pintor caraqueño Antonio Alcántara y luego a las del hijo de este, quien cedió la colección a Nicomedes. Además de los libros de su autoría ya mencionados, el entrevistado tiene otro terminado, pero aún no publicado, acerca de Edouard Riou, grabador de Darwin y Julio Verne, y posee unos ochenta grabados de este reconocido artista del siglo XIX.

Habiéndose formado bajo el pensamiento marcadamente positivista de Luis Razetti en el mundo de la medicina, tan ajeno a la belleza en muchas de sus áreas, tan proclive a gestar profesionales pragmáticos, secos y adustos aunque hayan estudiado esa carrera por querer ayudar al ser humano, el amor evidente de Febres Luces por la cultura y por el arte me llevó a preguntarle si debía tal inclinación y su desenfadado humanismo a la influencia de alguna persona o circunstancia, y me dijo que sí. Además de la impronta debida a su entorno familiar, tuvo de profesor y jefe al doctor Rafael Domingo Cisco, fundador de museos caraqueños y amigo de ambientar sus espacios con obras de arte. En cierto punto de la entrevista, entre anécdotas sabrosas y lúcidos comentarios brindados con tazas de café, me confesó su inquietud por el hecho de que en Venezuela sigue sin estudiarse debidamente la historia del arte, para que el artista en ciernes aprenda que cada obra meritoria es hija de su tiempo, pero también un aporte tanto más valioso si resulta original, novedoso y libre en lo posible de influencias, pues se trata de un medio donde muchos creativos y figuras que han dado contribuciones significativas han devenido en el olvido o son conocidos por muy pocos, algo contra lo que Febres Luces previene a las nuevas generaciones por considerar inseparables el arte y la historia, la conciencia y la memoria. En medio de la moderna manipulación masiva que ensalza la mediocridad, el facilismo y las vías rápidas para enriquecerse a costa de cualquier prójimo o principio, es defensor a ultranza de que el mérito debe ser recompensado.

A medida que fluyó nuestra conversación, sostenida por su buen humor y un notable despliegue de memoria y de inteligencia asociativa, me transmitió su convicción de que el médico debe bajarse del pedestal que comparte tradicionalmente con los sacerdotes y las figuras públicas con grandes cuotas de poder, para que pueda comprobar cuántas otras cosas podría hacer por la sociedad gracias a la sensibilidad especialmente desarrollada por su formación académica y profesional, tan próxima a la vida y a la muerte. Nicomedes Febres Luces, como hombre cabal y profesional polifacético, conoce muy bien la importancia que tienen el arte, las obras constructivas y el respeto dado al otro mientras la persona agota su tiempo vital, representado en muchos cementerios por el breve guión que separa en la respectiva lápida las fechas del nacimiento y el deceso. Da que pensar esta posibilidad de poder colocar todo el contenido de una vida en una rayita. En el caso de Nicomedes Febres Luces, el hecho de haber tomado la decisión de permanecer en la actual Venezuela pudiendo vivir cómodamente en otro lugar del mundo, y su labor honesta y sostenida a favor de la parte mejor y más sana de su país, son prueba de que nuestra tierra natal todavía cuenta fundadamente con la esperanza del resurgimiento. Y tener esperanza es creer en el futuro, y eso equivale a resistir este duro presente.