Por Carlos Cuellar Brown.

El mercado moderno y su gran surtido de productos domésticos, necesita de una gran masa que los consuma. El inmenso motor que produjo la diversidad de productos, nació con la revolución industrial del siglo 19. La revolución industrial y el fenómeno del consumo en masas, fue antecedido por la edad feudal y sus mercados artesanales, por los principados económicos y luego por el mercantilismo de finales del renacimiento europeo. Estos mercados condujeron a la concentración de grandes capitales, necesarios estos para poder construir las primeras factorías y núcleos urbanos. El conocimiento, las innovaciones científicas y la mecanización que trajo esta industrialización, aceleró exponencialmente nuestra evolución hacia las comunicaciones tecnológicas y la era de la informática.

Los mercados creados por la informática se han servido de sus laboratorios mediáticos para manipular la opinión pública, acondicionándonos con mensajes y narrativas, simulando la mano invisible que fabrica la demanda y la ilusión del consumo. En este mercado ficticio, el valor de la utilidad es bastante menor al valor de intercambio, este último beneficia por lo general a las grandes empresas con sus altos márgenes de ganancia. Actuamos los consumidores como esclavos enganchados al carrusel de trabajos asalariados que materializan estos productos. Los industrialistas a gran escala, se aventajan de esta dependencia, confundiendo libertad económica, con el privilegio para explotar a los demás.

Las tesis de mercado fueron desarrolladas desde el espacio intellectual, donde las ideas quedan siniestradas en las oligarquías económicas y no en la igualdad de condiciones para todos los ciudadanos en la comunidad de naciones, en el marco de las leyes y el más estricto respeto por la propiedad privada.

El mercado moderno lo dominan las corporaciones y grandes industrias y estas a su vez monopolizan el diseño, producción, rendimiento y distribución de los productos en masa. Desde sus plataformas, estas corporaciones controlan la oferta y la demanda. Ellos favorecen las parcelas económicas donde se acumulan grandes capitales, capitales que devengan en carteles monopólicos con carácter elitista, neocolonialista, globalista y transhumano.

Prueba de ello es que los dueños de Facebook, Amazon y Youtube usan sus redes sociales para promocionar o censurar la libertad de ideas desarrolladas por los usuarios y la monetización de sus productos. La nueva frontera de libertad económica es la de este mercado de ideas que prolifera en la Internet. Ella tendría que permanecer libre, directa, con contenidos abiertos y de carácter universal.

Una Internet abierta tendría que multiplicar los espacios directos y sus usuarios ser protagonistas libres en el intercambio democrático, como las economías regionales llenas de pequeños productores locales, micro empresas y artesanos. El libre mercado y las nuevas autopistas informáticas tendrían que promocionar la proximidad del producto a la mesa, en una nueva dinámica punto a punto, de persona a persona. Las rutas de distribución en este nuevo modelo serían mucho más cortas. Esto naturalmente abarataría los costos de traslado, contaminación ambiental, refrigeración, mantenimiento y frescura de la mercancía.

Estas rutas más próximas se corresponden con un diseño más integral. Integral como la naturaleza que integra sus ciclos de vida, encontrando estrategias y sistemas de mayor rendimiento y eficiencia. Ella sabe trabajar sus limitaciones durante el intercambio de conversión energética, sabe oscilar alrededor de un promedio que maximize su potencial de vida. Nuestra sociedad tendría que replicar la manera en que la madre natura consume lo que produce. Ella solo produce lo que es de utilidad para sí misma, no deja nada de lado, nada queda desechado o desperdiciado. Por lo contrario, el mercado moderno de productos en masa son en su mayoría poco eficientes y en muchas instancias bastante perjudiciales para nuestra salud y el medio ambiente. Esta producción no calcula los daños de extracción y toxicidad que se produce río arriba. Los nuevos diseños serán maximizados para la salud integral de los individuos y la sociedad río abajo, reutilizando lo que caduca, incorporando el reciclaje como gran industria, considerando los balances biofísicos, restaurando el medio ambiente y humanizando nuestros centros urbanos.

El principio de libre mercado supone que lo que se consume y distribuye es de gran utilidad, donde todos ganan, pero más gana el consumidor. La libre competencia debería garantizar el más alto valor objetivo de un producto, diseñando usos eficientes, duraderos, ecológicos y con altos índices de calidad y al más bajo precio posible. Si es comida, tendría que proveer la nutrición más alta, libre de toxicidad y artificialidad. El libre mercado también supone que los consumidores opinan y saben el origen de sus productos, de dónde vienen sus materias primas y cómo son extraídos de la tierra. Los consumidores basarían sus compras en principios éticos donde se premian las compañías honestas, las que ofrezcan mejores condiciones laborales y traten con respeto a sus trabajadores y al medio ambiente. Los consumidores educados también tendrían que apreciar los productos, no por la lealtad de marcas, sino de acuerdo al daño colateral hecho al medio ambiente y los márgenes contaminantes generados por el flujo de producción. Todo este perfil ya está disponible vía telefonía inteligente y aplicaciones que leen códigos de barra y nos reseñan calificaciones en línea.

La masificación de los productos domésticos y los bienes de consumo propios del mundo tecnológico, han redimensionado la sociedad, acortando las distancias de intercambio, trayéndonos grandes adelantos en materia de salubridad, educación, infraestructura y progreso. En este sentido, la industrialización ha ejercido una función civilizadora y ha elevado nuestro estándar de vida. La disponibilidad y el uso de teléfonos, televisores, lavadoras, neveras, computadores, transporte, electricidad y servicios públicos, nos ha resuelto grandes obstáculos y ha creado una masa socio económica cada vez más cómoda, segura, eficiente, abundante y prolija. Lo que esconden estos productos sobre todo los de última línea, es que vienen provistos de tecnologías inteligentes, puertas traseras que invaden nuestra privacidad y vigilan nuestros gustos. Los algoritmos de búsqueda y censura, junto con la inteligencia artificial y reconocimiento de rasgos faciales, controlaran nuestras opciones de compra.

Las supuestamente inocuas administradoras virtuales como Alexa y Google de hecho ya nos sirven un menú domestico altamente personalizado. Ellas informan a los grandes bancos de data cada movimiento que hacemos, cada palabra que usamos queda digitalizada en la nube. Esto, junto con nuestro crédito social en línea, conforma la nueva economía de información, que lejos de ser libre y abierta, representa un mercado impuesto por nuestras huellas digitales. Nuestras adquisiciones apuntan al servilismo complaciente de las masas que hoy, hipnotizadas por los medios, trabajan para consumir en la Internet las cosas más absurdas, dañinas e innecesarias. En nuestros ratos libres se nos trata como adultos, manipulándonos para el consumo, presos con accesorios del entretenimiento, en un espectáculo vulgar que busca apetecer nuestros más encarnados vicios. Este tiempo lo desperdiciamos en trivialidades, atomizando el lenguaje en las redes sociales. Motivados por la envidia y el estatus que muestra la moda y las apariencias como último anhelo, ahí nos vemos enredados, desconectados en un trama enajenado.

El efecto neto positivo de la revolución industrial es solo hasta un punto, lo que ha cambiado son los índices socio económicos que hoy se ven amenazados por el crecimiento desmedido y la sobredimensión de la sociedad urbana. El crecimiento de la economía moderna ha tocado un techo donde los dividendos y la utilidad de su desarrollo se vuelven saldos contraproducentes. Prueba de ello es que la generación de los millennials o la de nuestros hijos, tiene como perspectiva, la disminución de su calidad de vida y recursos. No oculta el desarrollo moderno, sus malos diseños, donde se pierde el acceso a los beneficios que se nos venden. Pruebas de esto son las tragedias sociales como el caos urbano, con su falta de planificación y colapso de sus servicios. Generando otras consecuencias como la destrucción del núcleo familiar y la acumulación de basura. Como las nuevas guerras geopolíticas que buscan controlar la materia prima y vías de transporte, la superpoblación, el daño ecológico y la degradación del subsuelo agrario. La nueva miseria que impulsa el desarrollo es la proliferación de zonas marginales, la farmacopea de nuestros alimentos, la obsolescencia planificada y la mercancía generada por el tráfico de órganos humanos, los esclavos sexuales y la biotecnología. Esta última prepara nuevos nano-productos que serán incluidos en las vacunas, prepara chips que se usarán vía subcutánea, como los que ahora se inyectan a nuestras mascotas.

Sin conocer sus consecuencias inauditas, los laboratorios de biotecnología también incuban células madres, clonando híbridos humano y animal para luego vendernos mercancía biogenética patentada. Los tentáculos políticos de la industria farmacéutica impondrá estos productos y otras quimeras, violando nuestros derechos y principios éticos.

Este hechizo de la sociedad materialista no tiene por qué imponerse en una era del gran hermano que vigila e impone sus mercados. La sociedad abierta y libre en el marco de la constitucionalidad republicana es nuestro mejor acierto, cabe entonces despertar el poder del consumidor en la economía directa y democrática. Diseñando sistemas económicos donde en lugar de cultivar las cosas y los objetos, se cultive la humanidad y las personas libres. Usando la ciencia y la tecnología para replicar lo que la naturaleza hace exiguamente, con sabiduría, con responsabilidad social y criterio humanístico, pero también estimulando el libre mercado.

Hay que estar atentos a que no se vuelva esto un mercado libre, con economías de fuga, donde el énfasis sea en acaparar mercancías y conocimiento, en la avaricia, la usura, los valores agregados ocultos y las acumulaciones de capital. Nuestros objetivos tendieran estar por arriba de los privilegios únicos y más bien elevar la calidad y condiciones de vida para todo el planeta en general, con una revolución del diseño que tenga relaciones de intercambio donde todos ganan. Potenciando a los consumidores y protegiéndolos. Tendremos que estar constantemente vigilando y regulando los excesos del libre mercado, no regalando nuestras responsabilidades y consciencias a tecnocracias de oficio que supuestamente representan nuestros mejores intereses. La democracia del mercado directo es la que asumimos con nuestro poder de compra. Esto nos titula a exigir lo que verdaderamente queremos consumir.

Twitter: @carlosrafaelcu6

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(Artículo publicado originalmente por la Revista Literaria  “Ekatombe” Volumen Cinco, Junio 08, 2018)