Por Aglaia Berlutti.

(¿Y quién es este viejo gordo con una cámara que corona la entrada? Prometo explicarlo al final. Les va a gustar la historia)

 

Parte I:

Oye ¿Por qué llevas sostén si eres feminista?

Respuesta educada:

La lucha por la igualdad que incluía protesta en aparentes símbolos de dominación masculina se superó hace treinta años. La mujer tomamos control sobre nuestra vestimenta.

Respuesta de loca:

Ponte un par de melones colgados del pecho y dime cuanto aguantas sin llevar sostén.

Hará un par de días, una tal “Rosa” me llamó feminista entre comillas en Twitter, por algún motivo que desconozco. Todo esto ocurrió después de que diera una opinión personal sobre Trump (que no me agrada), el país que preside (que adoro) y por supuesto, todo lo que está ocurriendo en Venezuela a partir de esa premisa. En resumen: toqué el viejo punto de “toda feminista es izquierdista porque así lo ha dispuesto el mundo”, algo que por supuesto, no puede ser más inexacto y falta de profundidad. Lo más molesto, es que la sutil agresión provenía de una mujer: la leí con la sempiterna sensación que me provoca la idea de que nuestro género ha sido educado para rivalizar durante tantos siglos y de tantas formas, que subsiste como un pequeño olor fétido en escaramuzas inesperadas. Al final “Rosa” me dejó claro que “no hacía falta tratar de entender qué le decía” (le sugerí analizar las posibilidades infinitas del pensamiento estratificado) y cerró la conversación con un escueto “bye”. ¿Para qué me molesto? pensé entre deprimida y un poco exhausta.

Bueno, en esencia lo hago porque creo imprescindible hablar de todos los temas posibles sobre el feminismo, me digo mientras continúo opinando sobre libre mercado, Trump con su piel color naranja y el inesperado coletazo de la historia que puso a Venezuela de pie frente a una extrañísima coyuntura geopolítica. Porque el feminismo es uno de esos temas incómodos, dolorosos, increíblemente grimosos que ponen a prueba la escasa paciencia para el debate con que fui dotada, pero también me obligan a analizar la necesidad de comprender mi activismo como algo más que una frase. Sí, soy feminista, académica, de hueso rojo, velo púrpura. Soy feminista que en privado aplica el Test de Bechdel a todas las películas que ve y saca conclusiones al respecto. Soy de las feministas que no estará jamás de acuerdo con el lenguaje inclusivo —juro que no es contradictorio, amigues— y que se ríe hasta el cansancio del estereotipo que se ha creado alrededor de mi trabajo. Porque hay que reír, me digo mientras empiezan a llegar mensajes directos a mi box de Twitter. Porque si uno no llega a reír…

“Feminista y comunista ¿no quieres la libertad de tu país?”, me espeta alguien. Al minuto, llegan dos mensajes en la misma tónica, cuatro, cinco. En diez minutos serán media docena. En media hora, cincuenta. A la hora, dejé de contar. Madre mía ¿no debí hablar de Trump?, me digo y suelto la carcajada. Ah claro, me digo. El “Comunismo” de la feminista, ese feo revés histórico que te hace llevar a cuestas un peso que no te pertenece.

¿Los respondo o no los respondo? ¿A las groserías, insultos, insinuaciones? Oye, incluso creo que alguien me llama “loca amante de Michelle Obama” (ese título si me gusta)

¿Cómo me pasan estas cosas?

Pasan porque soy feminista, sin más.

¿Simplista?

Se los voy a explicar.

Parte II:

Oye ¿Por qué crees en libertades económicas sí eres feminista?

Respuesta educada:

El empoderamiento femenino tiene en la libertad económica un gran aliado. La intención es que cada mujer del mundo pueda ser independiente de manera financiera.

Respuesta de loca:

Porque gano más que tú idiota, y quiero gastar mi dinero.

Hace unas cuentas semanas, alguien hizo siguiente comentario en mi TimeLine de Twitter “Las feministas tienen un reconcomio directo contra los hombres, que creo evidencia falta de alguna actividad sexual”. Poco después, el mismo user insistía “Todas las feministas son comunistas —lo sepan o no— y también odiadoras de hombres”. Para rematar, el invisible interlocutor dejó muy claro que “Estaba muy harto del complejo de inferioridad de las mujeres”, con lo cual parecía resumir lo inútil que le parecía cualquier tipo de debate sobre la inclusión y la igualdad de género.

Como es de suponer, leí todo aquello con una sensación de asombro e irritación. Me pregunté dónde encajaba yo allí: para empezar casi todos mis amigos son hombres y no creo que mi feminismo o mi noción sobre él, tenga relación alguna con mis sentimientos hacia el género masculino. Desde la infancia, he tenido profundas amistades emocionales e intelectuales con hombres y no sólo con los que han sido mis parejas. Y es que, para empezar, la mayoría de las veces, es una visión simplista creer que la identidad masculina y cómo se manifiesta, es el motivo por el cual el feminismo existe. Al menos, para buena parte de las mujeres que conozco, la idea es evidente y sobre todo coherente: el feminismo no es una guerra emocional e intelectual contra los hombres. Es una lucha por aspirar a la inclusión legal y cultural que merecemos como ciudadanos y no por el hecho específico de mi género. Aspiro a los mismos derechos que cualquiera porque los merezco.

Y por supuesto, no me considero “comunista”, que tampoco sería malo o bueno, sino simplemente una elección política como cualquier otra. Soy todo lo liberal que puede ser un ciudadano en la treintena y que escoge con deliberada consciencia de por qué lo hace su parecer político. Me defino como liberal, me opongo a cualquier control del Estado, apoyo el libre mercado y confío plenamente en el Capitalismo, por terriblemente desconsiderado que eso suene. De manera que luego de leer la parrafada del desconocido, me cuestioné hasta qué punto soy parte de esa noción general sobre lo que una feminista debe ser.

Claro está, no me sorprende esa percepción y es hasta cierto punto lógica. El Feminismo teórico no sólo propugna toda una serie de ideas de izquierda clásica, sino que las admite como parte de su propuesta. Pero no es todo lo que es el feminismo, ni tampoco una parte sustancial de todo lo que el feminismo puede ser como propuesta. También, conozco las campañas de “odio hacia lo masculino” propugnada por varias ramas extremistas del movimiento, que acusan con el dedo extendido a todos los hombres por lo que llaman “subyugación moral”. Pero eso tampoco es el feminismo. No al menos, como yo lo comprendo y debo decir que luego de casi dos décadas de convencido activismo, sé muy bien cuáles son mis aspiraciones políticas e ideológicas. Lo he analizado con tanta profundidad como para que formen parte de mi vida y también, como para sacar algunas conclusiones al respecto.

Para empezar, soy feminista en un país lo suficientemente machista como para que resulte incómodo. Durante buena parte de mi vida académica y profesional, me he enfrentado a miradas de reojo, risitas bajo cuerda y cejas levantadas cuando pronuncio en voz alta la temida palabra “feminista”. Y lo hago con muchísima frecuencia, he de decir. Justo por el hecho que de pronto —y exactamente no supe cuando— la palabra se convirtió en una grosería, en una ofensa hiriente e incluso, en un teorema burlón. Algo como que ¿Eres feminista? ah vaya, que profunda tu causa con axilas velludas y senos feos al aire. ¿Por qué no hay feministas feas? ¿Por qué todas son gordas? ¿Por qué no hay feministas que admitan les gusta el sexo? ¡Vamos caramba, admítanlo!

—Bueno, lo dices tú, no yo: pero es obvio que en lo que respeta al feminismo hay una ruptura base y elemental que resulta preocupante a la distancia —dice mi amigo Juan, sociólogo, con quien suelo conversar de esas cosas. Juan se llama así mismo “observador de los debates de género” y disfruta de lo lindo cada vez que alguien me despierta “la señora maligna interior”, término que define a mi otro yo discutidor y muy mal humorado. De hecho, nuestras conversaciones siempre suelen comenzar por ideas más o menos elementales como: ¿Por qué en Venezuela se crían machos y no caballeros? y matices por el estilo. —Lo que ocurre es que ser feminista es enfrentarte al hecho no sólo de la defensa de lo que crees son tus derechos, sino además a algo más intangible. —Claro. Hablamos de una idea social tan antigua como esencial. El binomio de hombre y mujer.

La primera vez que supe era feminista ni siquiera sabía que había una palabra para definir la ira que sentí cuando una maestra de la escuela me llamó “machorra” al preguntarle el motivo por lo que había cosas para “niñas” y para “niños”. Luego de una infructuosa tanda de preguntas, la mujer pareció impacientarse y siguió con la insistencia que una “niña de bien” no discute esas cosas. Las acepta.

—Entonces yo no soy una de esas niñas —recuerdo que le grité— yo quiero saber por qué las cosas pasan así. Y no me gustan que pasen así.

A la maestra no le gustó nada ni el grito ni la actitud y terminé castigada por semanas sin recreo. Pero con todo, recuerdo con enorme claridad que me sentí especialmente bien —a pesar del castigo y las burlas de mis compañeras— por haber dejado claro lo que pensaba. Me gustó la sensación de poder que me hizo sentir. Y pensé que era algo muy bueno decir las cosas en voz alta.

Así que después, cuando un desconocido me llamó puta por mi afición a las faldas cortas o cuando alguien me dijo que no podía aspirar a determinado puesto en el consejo estudiantil porque era una muchacha, supe qué debía hacer. Supe qué responder y cómo enfrentarme. Supe que podía no sólo defenderme, sino que, además, debía hacerlo. Y que eso era una forma de manifestar mis ideas. Una manera de construir mi forma de ver el mundo.

Supe que era una feminista.

Una de las fastidiosas, además.

Parte III:

Oye, si eres feminista ¿Por qué te maquillas los labios de rojo?

Respuesta educada:

Porque lo estético es una forma de desconstrucción que te permite tomar decisiones sobre tu apariencia.

Respuesta de loca:

¿Maquillaje?, esa es la sangre de mis víctimas 😀

Como conté más arriba, a los diez años, hice mi primera proclama feminista. O al menos, así podría interpretarse. Juan suelta una carcajada cuando se lo cuento. Una muy maliciosa.

—Lo que ocurre es que el Feminismo no es una idea simpática. Se enfrenta a tantas cosas a la vez, que es obvio y notorio que tropezará con alguna que se considere sagrada y sobre todo, de esas que la sociedad considera inamovible —me explica—, una mujer que asume desea reclamar derechos y responsabilidades, se va a encontrar con que se enfrentará a la educación que le dieron en casa, con la cultura que le rodea e incluso con la religión que profesa la mayoría, no es sencillo.

No lo es. Recuerdo que la primera vez que comenté en voz alta que me atraían las ideas del feminismo, varios de mis amigos me miraron con la ya clásica expresión de “¿Y ahora qué hacemos?”. Me encontraba en la Universidad, era una muchacha pálida y desgreñada que acababa de descubrir que la inquietud que había tenido durante años tenía nombre y no tenía el menor empacho en mostrarla. Uno de mis amigos se aterrorizó un poco con eso.

—¿O sea serás un machista con falda? —me dijo. Lo miré extrañada—. Yo sólo aspiro a que nadie me tenga que juzgar por el hecho simple que soy mujer. Quiero ser un ciudadano a pleno derecho, nada más. — Ya lo eres — me recordó otro. — ¿Hablamos del código Civil?

Eso era un chiste viejo que hizo reír a todos. Después de todo, como estudiantes de Derecho, sabíamos que las leyes venezolanas eran tan machistas como lo habían permitido la conservadora sociedad que había redactado las leyes vigentes. De manera que sí, todos asintieron, admitieron que tenía algo de razón —no toda— y me pidieron que al menos si empezaba a odiarlos, que les advirtiera para tomar precauciones.

—Lo haré, lo haré —les dije muy convencida. Y también reí. ¿Por qué no hacerlo?

Supongo que es muy fácil resumir la idea del feminismo en un enfrentamiento directo con lo masculino, aunque no tiene por qué serlo, y de hecho la mayoría de las veces no lo es. Pero hablar sobre un movimiento social estructurado de mujeres para mujeres, no siempre es sencillo, sobre todo para una cultura que todavía se pregunta por qué diablos las mujeres decidieron reclamar si todo estaba tan bien.

—Se trata de una idea costumbrista: si todo funciona ¿Para qué cambiarla? —me dice Juan— la mayoría de las veces, las feministas se tropiezan con esa percepción de “las cosas marchan como deben de marchar”, que invalida de origen el reclamo. Es algo complicado de analizar, sobre todo cuando no estás en una posición de poder.

En una ocasión, reclamé en el rectorado de la Universidad donde estudiaba que un profesor me había quitado un par de puntos en un examen por analizar “desde la perspectiva de la mujer” algunas ideas “objetivas”. Cuando le expliqué que el hecho que varios personajes de la Literatura fueran simplemente esquemas repetitivos y sin mayor peso era un hecho verificable, el funcionario que me atendió puso ojos en blanco. Casi le escuché pensar “Y tener que soportar a esta mujer”.

—No se vaya a sentir ofendida por eso —me dijo casi con fastidio. Me encogí de hombros.

—No me molesta. Lo que sí me irrita es que mi análisis se considerara femenino porque lo hago notar.

—No se me ponga feminazi —me reclamó, mitad en chiste, mitad en broma. No supe qué responder a eso, esencialmente porque no conocía el término.

Bienvenida al mundo real: al mundo donde si reclamas mucho, bordeas el incómodo trecho entre ser un incordio y el tradicional dolor en el trasero. O lo que es lo mismo, en el ámbito de las ideas de género, una feminazi. ¿Y que describe tan poco generoso término?, a una mujer irritante, al parecer. La palabra fue creada en 1990 por el locutor conservador Rush Limbaugh que mezcló los términos “feminismo” y “nazismo” para describir a las mujeres que por entonces exigían en EEUU el derecho al aborto. Poco después se popularizó y actualmente, es la definición habitual para desvirtuar al feminismo. Pero ¿a quién le interesa? Pienso desalentada. La idea es desvirtuar y atacar a un movimiento incómodo.  La manera más sencilla de infravalorar una lucha política es resumiendo a lo básico. ¿Reclamas, te vuelves insoportable? ¿Insistes en decir tus ideas como las concibes? Pues tienes tu nombre: Feminazi.

—Cualquier movimiento político y social siempre será concebido desde la periferia y a través de sus carencias —me dice Juan— es mucho más fácil reducir al feminismo en un sentido burlón de mujer-quema-sostenes-machorra-odiadora de hombres que lanzar un argumento, que implica sostener un debate.

Una idea que he enfrentado toda mi vida, claro. Soy respondona y malcriada por naturaleza y eso, combinado con una idea política, puede resultar realmente irritante y fastidioso. Y admito que lo soy. Me gusta debatir los planteamientos, desmenuzarlos en palabras y reflexiones. Pero a casi nadie le gusta seguirme el paso. La mayoría me pregunta si me afeité los brazos ese día o si el “hembrismo” me dejó vivir otra semana. Casi siempre termino quedándome callada de puro aburrimiento. ¿Quién no lo haría?

Y ahora que tocamos el tema, hablemos del “hembrismo”, hermano bastardo del “machismo al revés” y que suele usarse para definirse un tipo de supuesto feminismo reaccionario. A veces bromeo con la palabra, la uso para definir esa fantasía masculina sobre lo que la lucha por los derechos puede ser. Más de una vez, la he empleado como idea que parece elaborar una percepción muy amplia sobre la fantasía de la reivindicación extrema y sobre todo, esa capacidad insistente de limitar la lucha social como simple enfrentamiento entre géneros. Juan sacude la cabeza, con cierto cansancio.

—El “hembrismo” es tan útil para el machismo como un doble espía. No sólo encarna lo que es su suposición sobre el feminismo sino que existe para demostrar que el feminismo “es una idea sobre el odio a lo masculino”. Puestos así, es super sencillo comprender por qué aparece la palabra de vez en cuando.

Hace poco, leía en el interesante blog de Nacho Moreno en Palomitas en los Ojos, que resulta interesante que sólo en artículos y argumentos relacionadas con críticas directas al feminismo, el “hembrismo” sea un concepto que se analice a profundidad, por lo cual concluye que se trata de “una pura invención que sólo podemos encontrar en los micrófonos, revistas y foros más casposos del internet. El machismo al revés no existe porque para que se produjera un fenómeno parecido tendríamos que revivir miles de años de cultura patriarcal pero ‘al revés’ cosa a todas luces imposible a no ser que nos pongamos inmediatamente a hacerlo”. Una idea para reflexionar.

Lo del “hembrismo” parece resumir ciertas inquietudes que me preocuparon por mucho tiempo. Cuando era más jovencita, me atormentaba la idea que el feminismo, como movimiento social pudiera ser sólo una propuesta destinada a convertirse en una especie de eco de ideas extremas. No quería repetir ideas de otros, quería reformular los planteamientos a mi medida. Y lo hice cada vez que pude. Adecué las ideas a lo que suponía correcto —coincidieran o no con la mayoría— y sobre todo, insistí en mirar las cosas desde mi perspectiva.

—Lo cual te hace “tibia” — se burla Juan, quien por años ha sido testigo de mis discusiones y peleas con otras feministas convencida que mi manera de ver las cosas es por completo equivocada. Me encojo de hombros, inconforme o inconforme por tibia.

Nos reímos juntos. No obstante, tiene razón: el planteamiento de adecuar el feminismo a mi particular punto de vista no es sencillo. Como todo movimiento social y cultural que se precie, ha pasado por transformaciones muy específicas y concretas. Lo cual es lógico, siendo que la llamada “Primera Ola feminista” nace en el siglo XVIII y llega a principios del XX en EEUU; una diatriba sobre la educación formal y aspectos específicos sobre la mujer, como la importancia sobre el acceso a la universidad, el acceso al voto y sobre todo, redefinir la identidad de la mujer. La Segunda Ola —y esta es la que suele ser llamada radical— tiene lugar en los años 60 y 70 y está relacionada con los movimientos de derechos civiles y contraculturales. De allí nace la idea del “Feminismo Izquierdista” y sobre todo esa noción del feminismo afianzado en ideas de reivindicación de clases y luchas de capitales. La segunda Ola llegó además para destruir la imagen tradicional de la mujer, poniendo en el tapete temas hasta entonces tabú como los derechos reproductivos, la libertad sexual y el acceso pleno al trabajo.

Supongo entonces que la Tercera Ola es esta toma del conciencia que el Feminismo puede ser muchas cosas y también, un solo planteamiento. La idea de integrar toda una serie de ideas sobre los derechos generales — más allá de la mujer y lo femenino — y asumir su valor. Una vez leí que la tercera Ola del feminismo es una idea en constante transformación, que admite cientos de excepciones. Y una de ellas, claro está, es la de comprenderlo de una manera privada. Esa noción del feminismo como elemento esencial de lo que se considera una construcción social para la mujer pero no exclusivamente sólo en lo que respeta al género.

Claro está, no son conceptos sencillos. Ni lo serán. Tampoco son simples de asumir desde la perspectiva del “feminismo es esto y lo otro”. Pero están, para ser analizados, para ser concebidos como percepciones ideales sobre lo que la sociedad puede ser. Después de todo, parafraseando a mi amada Simone De Beauvoir, uno no nace feminista. Se hace feminista,.

Una vez leí en un informe de la Comisión Europea sobre la mujer que el género lo componen “las diferencias sociales (por oposición a las biológicas) entre hombres y mujeres que han sido aprendidas, cambian con el tiempo y presentan grandes variaciones tanto entre diversas culturas como dentro de una misma cultura”, lo cual equivale a decir que lo que somos —como nos concebimos— evoluciona con el tiempo. Lo cual también es válido por supuesto, para lo que reclamamos como justo y más allá, lo que aspiramos a obtener. Porque el mundo, puede ser una esperanza y también una construcción de ideas. Pero sobre todo un proyecto a largo plazo en plena creación.

—¿Estás consciente que son tiempos temibles para el feminismo? —me dice Juan. Caminamos juntos por la calle y de pronto, el mundo parece enorme y yo muy pequeña, con mis batallas e ideas. Pero posible de construir, una aspiración incompleta— ¿Que no se trata solamente de la burla sino también del absoluto desprecio que despierta la idea?

Por supuesto que lo sé, me digo, a varios meses de distancia de esa conversación, mientras el interlocutor invisible en mi TimeLine continúa despotricando contra el feminismo y quizás contra la idea que representa. Pero después pienso que justo por ese desprecio, por esa furia, por esa noción de las cosas, es que vale la pena seguir luchando, insistiendo, enfrentándose. Al menos, yo sé que lo haré.

Ahora que has leído todo esto y me conoces un poco mejor, te pido: ¡sonríe para la foto! La imagen que acompaña la entrada es del fotógrafo Weegee especialista en retratar escenas criminales, cadáveres y morgues. ¿Quién mejor para retratar esta discusión a dentelladas con la historia? Pues yo no lo sé.

Así que Weegee. Así que feminista. Poco más tengo que decir sobre mí.