Por Florángel Quintana.

Para nuestros hijos millennials plantearse la vida desde nuestro esquema de estudiar, trabajar, casarse y hacer una familia no está entre sus conversaciones usuales. Con sus iguales los temas de la sexualidad, el amor, la visión de la intelectualidad, la mujer y sus bemoles pueden ser aspectos que nazcan a partir de un post donde una celebridad dijo “algo” que les hizo pensar y discutir entre ellos. Situación dada, claro está, si han sido criados bajo la categoría de piensa, investiga y vuelve a pensar antes de hablar.

Porque hay algo claro, les enseñamos a nuestros hijos a desconfiar del juicio de otros. Les dimos herramientas para creer más en sí mismos incluso a perseguir sus sueños absurdos. Nosotros que fuimos sometidos por la voz de la autoridad, donde hacer lo correcto según los padres-mayores-sabios era la guía de vida, le permitimos a nuestros retoños contrariar nuestros deseos de verlos en el futuro de una u otra manera. Nosotros que hicimos aquello que nos vino en gana bien entrado los veintes y ahora en los cincuentas estamos desempolvando viejos sueños irrealizados. Nosotros les inculcamos a nuestros niños la búsqueda de la felicidad como objetivo principal de la existencia en el momento presente.

Para los millennials, el poder y su voz autorizada no recae en un grupo sino en una tendencia visible en miles de pulgares apuntando hacia arriba. Con ideas reformadoras, con pancartas de inclusión; originales y fuera de cualquier canon impuesto por la sociedad, así hemos forjado el carácter y el comportamiento de nuestros hijos. Los criamos con autonomía y amor, en una dupla que ni siquiera sabíamos cómo nos iba a resultar. Recordemos que las escuelas para padres no estaban muy claras en la cartilla que debíamos seguir.

Vimos crecer a nuestros muchachitos diciendo comentarios de gente grande, disfrutando de estar rodeados de adultos y con niños alrededor que eran cortados con la misma tijera… Quizá para las abuelas esto de estar fuera de toda doctrina patriarcal significaba que estábamos creando pequeños dictadores. Ser parte del sistema siendo una excepción, vale decir, crear nativos digitales insurrectos. Ese, al parecer, es un elemento común entre las madres de milénicos. Hemos educado a lectores para que puedan desfragmentar lecturas a su manera. Nuestro logro: criar hijos desapegados de las directrices del síndrome de la mamá-gallina.

Es necesario entender que para criar a un millennial primero hay que ser una madre distinta. Esta generación “Y” no es un brote espontáneo, es el resultado de una crianza más libre, menos prejuiciada de la que tuvimos las nacidas en los sesentas. Nosotras las forjadas entre la liberación femenina, la píldora y la experimentación con las drogas, somos mujeres que aprendimos a ir contracorriente muchas veces y al hacernos progenitoras quisimos emanciparnos de las viejas estructuras de poder maternal: ese símbolo de una madre abnegada y dispuesta 24/7 que nos daba de comer, nos ayudaba con las tareas y nos reprendía continuamente, pero que como mujer tenía frustraciones por tamaños y tipos.

Esa cárcel de rejas sedosas que nos mantenía a raya las rompimos cuando decidimos traer al mundo hijos libres gestados para un cambio de era. A mí me tocó criar a un niño, pero quienes tuvieron una hija no es muy distinto el patrón. En común la crianza de millennials supuso hablar claro de asuntos álgidos, enfrentar crisis con ayuda de expertos y, sobre todo, siempre conversar en familia de temas inusuales e incluso escabrosos. Todo un reto para nosotras las pertenecientes a la generación de la caja boba.

 

IG y Twitter: @florangel_q