Por Aglaia Berlutti.

Que yo recuerde, ninguna mujer en mi familia se llamó a sí misma feminista, aunque sin duda, lo eran. En diferentes formas y bajo diferentes banderas, cada una de las mujeres de mi familia abogaron desde sus trincheras por ideas que, en otras partes del mundo, serían consideradas directamente políticas, aunque ninguna de ellas militó en movimiento social o cultural alguno. Desde mi madre, que por años luchó por los derechos laborales de la mujer en la empresa donde trabajaba, hasta mis primas, varias de las cuales desafiaron los estereotipos femeninos venezolanos cursando licenciaturas científicas con enorme éxito. Además, en mi familia aprendí que es necesario analizar y reflexionar sobre los derechos personales y, sobre todo, de reivindicar lo que se considera justo en cada oportunidad posible. ¿Un primer paso para mi futuro feminismo?, muchas veces pensaría que simplemente se trata de una toma de conciencia de la necesidad de asumir la responsabilidad cultural y social sobre tus opiniones. Pero a veces me pregunto si el feminismo como idea nació justamente de esa noción sobre lo que es justo y lo que no, sobre lo que aspiramos y lo que necesitamos más allá de lo que la sociedad nos impone.

No es una idea sencilla de comprenderse. El feminismo es incómodo —debería serlo, como toda corriente política que se oponga a cierta tradición establecida— pero también, se encuentra en medio de una percepción muy dura sobre el canon y rol de la mujer. En cada ocasión en que digo en voz alta que soy feminista —y lo hago siempre que puedo, en voz muy alta y audible— la reacción es muy semejante: una mirada dura y fría, una sonrisa incómoda e incluso, algo que suelo denominar “la postura del puro desagrado”. Hablo del momento en que el interlocutor de turno cruza brazos y piernas de forma muy apretada y se queda muy rígido, mientras me observa con un evidente mal humor.

— Pero, feminista ¿Feminista?  —me preguntó en una ocasión un amigo—, ¿de las…de verdad?

— ¿Hay otro tipo de feministas?

De inmediato, mi amigo adoptó la conocida postura de “puro desagrado”. Adelantó la barbilla con el ceño fruncido y me pregunté con cierto humor profano, si ahora si disponía a explicarme las cien razones por las que una mujer sensata no debería ser feminista (ya me ocurrió). En este caso, mi amigo sólo se limitó a quedarse en silencio por un buen rato, como si esperara que sucediera alguna cosa. Tal vez esperaba que como feminista “de las de verdad” me arrancara la blusa para mostrar el pecho desnudo sobre el cual podría leerse alguna consigna política o algo por el estilo.

— Lo digo porque pareces una mujer normal —dijo por fin—, es decir…te maquillas, tienes el cabello largo, usas ropa…de mujer.

— Porque soy mujer.

— Y también feminista —me recordó, como si ambas cosas fueran mutuamente excluyentes.

¿Podría empeorar esto?, me dije mientras tomaba la taza de café que había estado tomando durante la conversación para beber un sorbo de una asesina temperatura. La verdad, podría hacerlo y mucho. Por años, he escuchado el mismo tipo de preguntas —y comentarios— de los más variados interlocutores. Y otros que, por mucho, desbordan la idea general sobre decoro y discreción. Han cuestionado mi sexualidad, mi posición económica, mi color de piel. Hubo alguien que me acusó directamente de “odiar a los hombres” —nada nuevo bajo el sol— y otro que añadió que “odiaba a todo el mundo, por eso exigía derechos”. Una y otra vez, me sorprendió el rencor y esa leve furia pasajera que suelen despertar en otras ideas políticas de las que saben bastante poco, pero en especial, el encono con que se suele acusar al feminismo de todos los males del mundo. Una especie de chivo expiatorio ideal para el mal humor mundial.

¿Las cifras de chicas adolescentes embarazadas aumenta? No culpe a los padres por no educar con paciencia a sus hijos sobre las responsabilidades que tienen sobre su futuro, al sistema que no ofrece educación sexual o a la religión que estigmatiza el uso de anticonceptivos. Culpe al feminismo, por creer que la mujer tiene derecho al placer sexual. ¿La estadística de violaciones son cada vez más preocupantes? No es culpa de la cultura que asimila y normaliza la agresión, ni tampoco de todos los elementos patriarcales que culpan a la víctima y protegen al agresor. La culpa es del feminismo por convencer a las mujeres que son libres e independientes, que pueden viajar solas y caminar por la calle a la hora de su preferencia. Y podría continuar, sin duda, enumerando las “culpas” de un movimiento que promovió en mujeres de todas las edades la aparente fatídica certeza que tienen los mismos derechos y deberes que cualquier otro ciudadano. Que reclamarlos, es cuestión de justicia.

Y es que justamente, el Feminismo histórico nació con respecto a la idea de la justicia. Cuando se analiza el planteamiento, sorprende que a la humanidad le haya llevado tanto tiempo analizar la idea de lo femenino desde un cariz único: la necesidad de reconocer los derechos de la mujer como una idea inherente a su individualidad. Durante gran parte de la historia Universal, lo femenino fue considerado no sólo accesorio sino también sucedáneo de lo masculino, como si la mujer, esa mítica costilla de Adán, fuera simplemente un accidente biológico destinado a cumplir un muy específico deber reproductivo. Incluso, durante los primeros debates sobre la igualdad y los valores humanos alentados bajo el marco de la Revolución Francesa, la idea de la inclusión y la revalorización de la identidad humana, estaba referido únicamente al hombre. En más de una ocasión, la filósofa y proto-feminista Mary Wollstonecraft insistió en el hecho que el papel de la mujer y la reivindicación de sus derechos, era lamentablemente ignorado por los grandes pensadores de su época, obsesionados por la igualdad entre los hombres, pero ignorando al llamado “sexo débil”. Frustrada y angustiada, llegó a escribir que “el tiempo transcurre entre debates sobre la exaltación del ciudadano y como siempre, olvidando a la mujer en la sombra”. Una declaración inquietante sobre esa percepción de la mujer invisible —el no ser, el no estar— tan frecuente e incluso normalizada a través de la historia.

No debería ser necesario que alguien señalara qué es justo o qué no lo es. Debería ser un instinto inmediato, una toma de conciencia elemental sobre lo que necesitamos asumir como un derecho esencial en nuestra manera de percibir el mundo. Pero no lo es tanto. No lo ha sido por siglos, donde incluso se ha debatido sobre el hecho real si la mujer podía ser considerada como un ser humano. Una idea que ahora mismo puede parecer desconcertante, pero que fue alentada y transformada en una idea cultural por siglos. Y es que hablamos sobre la noción de la individualidad de la mujer, el respeto a sus capacidades y su identidad. ¿Existe un progreso exponencial con respecto a cómo se interpreta lo femenino actualmente? Nadie lo duda. ¿Es necesario insistir sobre lo justo y lo injusto con respecto a lo femenino? Por supuesto que lo es. Y lo es en la medida que se mantiene una percepción más o menos idéntica sobre el deber ser de género durante buena parte de las largas décadas de lucha por la inclusión femenina. Desde el soterrado debate del “papel de la mujer como sostén del hogar” (y su obligación casi ancestral de someterse a un papel secundario en beneficio de la percepción de la familia), hasta esa insistencia en la identidad de la mujer sujeta a la maternidad. No es tan sencillo sustraerse de siglos de macachona insistencia en el papel secundario de lo femenino. Se trata, sobre todo, de esa percepción sobre la razón por la cual, la mujer sigue siendo analizada desde una dimensión única — el papel, el género y la identidad—  y más allá de eso, de cómo se percibe así misma a través de los cambios políticos y sociales. No siempre es sencillo aceptar que esa mirada condescendiente continúa allí, que la lucha de ideas políticas debe enfrentarse no sólo a lo obvio, sino a algo más sutil: a esa comprensión de la mujer como parte de un esquema de valores y tradiciones que intentan definirla desde una inquietante visión genérica.

Hace unos meses, otro amigo cuestionó con mucha seriedad que insistiera escribir sobre feminismo cuando ya no parece ser importante hacerlo. Lo hizo con toda buena voluntad y sin ninguna malicia, pero dejándome muy claro que, a estas alturas de nuestra época, hablar de feminismo era más o menos, un dinosaurio ideológico. Lo escuché de buen humor.

— ¿Y exactamente por qué lo es?  —le pregunté. Soltó una carcajada amigable.

— Oye, tienes que admitirlo. Los derechos de la mujer ya no están en debate. Los tienen y ya. Y sí, hay lugares en el mundo donde insisten en menospreciar a la mujer y esas cosas, pero la mayoría es bastante abierto a los cambios. ¿No es eso lo que querían?

No respondo. Nos encontramos caminando en un Centro Comercial, rodeados de unas cuantas vitrinas donde maniquíes hipersexualizados muestran sus enormes pechos a quien quiera mirarlos. Nos tropezamos con seis o siete peluquerías antes de encontrar una pequeña librería del ramo. Una mujer camina delante de nosotros con unos altísimos tacones y una falda muy cortita y cuando se cruza con una pareja, la mujer le dedica una mirada dura y ofendida. Aprieta el brazo del hombre a su lado. Un poco más allá, la publicidad de una bebida alcohólica muestra una mujer de espléndida figura y anuncia: “Bébetela entera”. Me pregunto si me convertí en una de las temidas “feminazis” al notar todo ese conjunto de ideas. O que quizás, no es tan fácil ignorarlas cuando aspiras a una cultura que te comprenda desde la igualdad y no la debilidad.

—¿No sería mejor decir “lo que merecíamos”? — le respondo. Mi amigo parpadea.

— Oye, es lo mismo.

— No lo es — suspiro—  hay una idea muy general sobre el hecho de que la mujer tiene lo que deseaba y eso debería ser lo suficiente. Como si el aspirar a la inclusión fuera un reclamo caprichoso. Una malcriadez histórica.

Mi amigo sacude la cabeza, incómodo. Más de una vez, me ha comentado que le fastidia el tema de los derechos de la mujer por innecesario. Insiste que la mujer en Venezuela “hace lo que quiere” y nadie le pone objeción. Que en nuestro país, la mujer tiene más libertad “que en cualquier otro país de latinoamérica”. Cuando me lo dice, siempre me pregunto si está consciente de la inquietante carga de planteamientos que supone su visión, si el hecho de hablar que la mujer venezolana “hace lo que quiere”, no parece suponer que hay una cierta percepción sobre lo que “no podría ser”. Y no hablamos de una ideal legal, sino de algo más sutil. ¿Me estaré convirtiendo realmente en una de esas estigmatizadas y paranoicas Feminazi?, me pregunto. ¿O se trata de algo más?

Unos días después, mi amigo A. me escucha ponderar sobre el tema en voz alta. Lo hace con frecuencia: A. es un antropólogo con un considerable interés por el tema femenino. Suele bromear sobre el tema llamándose “el único hombre feminista en Venezuela” y añadir que forma parte de esa oleada de hombres que analizan lo femenino desde una perspectiva nueva. Y lo hace no por alguna curiosidad profesional, sino porque considera que la libertad y la igualdad garantiza — en genera—  una sociedad más justa. Cuando le hablo sobre los comentarios de mi amigo, sacude la cabeza.

— Es un curioso juego de palabras, pero realmente mucha gente está convencida de que las mujeres tienen los derechos “que tanto insistieron”, como si fuera una dádiva de la sociedad y la cultura “permitir” que un grupo de ciudadanos aspire a la igualdad — me dice—  cuando se dice así, es de una simpleza peligrosa. Básicamente es una idea que supone que la sociedad debe repensarse y por último admitir, que sí, que no exista discriminación por razas, que el menosprecio de género es censurable y que el prejuicio por orientación sexual debe ser derrotado. Pero ese pequeño matiz en la aseveración, ese “pero” invisible, cambia toda la percepción.

Pienso en ese “pero invisible” que menciona A. y que escuchado tantas veces. No soy machista, pero las mujeres deberían ser más discretas al vestir. No soy machista, pero mira que se buscó la violaran por andar borracha. No soy machista, pero… La frase se repite hacia el infinito y no únicamente referido a temas tan debatibles — y que se debaten con tanta frecuencia—  como la percepción de la mujer en nuestra cultura. También encuentro ese “Pero” en todas las veces que la ley menosprecia a la mujer, en mi país o en cualquier otro, en que una mujer es juzgada por cómo se ve antes que por su capacidad. En todas las veces que ese “Pero” encumbre violencia, agresiones. En ese “pero” que justifica conductas inadmisibles, pero que de alguna forma suponen una perspectiva válida. En ese mundo que se extiende más allá de lo que la sociedad asume que la mujer puede y debe ser. Ese “pero invisible” tan ambiguo y preocupante que se extiende en todas direcciones desde una percepción de la mujer como rol histórico.

Pero volvamos a lo cotidiano. No sólo al hecho que la palabra “Feminista” se ha transformado en un estigma, sino también al hecho que figuras muy públicas hablan sobre humanismo y otros conceptos con una frugalidad que asombra cuando no resulta preocupante. Hablemos del hecho de lo que implica que un grupo de mujeres célebres admitan que la idea del Feminismo (así, con mayúscula) puede resultar incómoda, sino que está bien asimilar que algo así como la defensa y análisis de la identidad femenina en el mundo, es un planteamiento tan en desuso como por completo aburrido. Y es que de hecho, la mayoría de los planteamientos de las celebridades — y otro tantos que los apoyan y sostienen—  es que el “feminismo moderno” (ese término confuso que parece incluir desde los rasgos más extremos y políticamente insustanciales del movimiento hasta los análisis en mesa de debates de derechos políticos y culturales en busca de la inclusión) es una preocupación que no parece combinar muy bien con lo que se supone las nuevas luchas políticas mucho más vistosas y agradables. Caramba, que nadie se quiere ver envuelto en discusiones donde el debate se centre en cosas tan antipáticas como derechos laborales y reivindicaciones culturales. Mucho más fácil hablar sobre “Humanismo” (así, en genérico) que preocuparse por ideas muy puntuales y que afectan a millones de mujeres alrededor del mundo.

Pienso en todas esas conversaciones mientras un hombre me llama “machorra” en un un comentario vía web por declarar que no deseo tener hijos ni tampoco contraer matrimonio. Lo pienso, cuando alguien más opina que quizás debería moderar mis opiniones y hacerlas más “femeninas” para evitar debates insustanciales. Más tarde lo recordaré cuando una amiga se lamente que a pesar de sus esfuerzos, continúa obteniendo una fracción del salario de su contraparte masculino con quien comparte funciones. Cuando lea las preocupantes noticias sobre ablaciones masivas consideradas religiosas y culturalmente aceptables en varios países africanos. Cuando leo de nuevo a alguien ponderar sobre la “culpabilidad” de la mujer que sufre una violación. Una lamentable carencia de esa percepción de la comprensión el feminismo como una idea que se fundamenta en un cambio social y también cultural.