Por Aglaia Berlutti.

Esto ocurrió más o menos así: en algún punto de la madrugada, desperté al escuchar una notificación de mi teléfono celular. Aturdida y sobresaltada, extendí la mano y me apresuré a revisar la pantalla. “¿Estás?” Me lo preguntaba un amigo con quien no conversaba desde hacía más de un año y que, de hecho, reside en España. “¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Tu familia?” respondí mientras imaginaba cien tipos de desgracias distintas. Sí, lo admito, soy ese tipo de personas que los mensajes a altas horas de la madrugada le despiertan algún primito instinto catastrófico. “Estoy bien, solo quería preguntarte qué opinas sobre el comercial de Gillette” me respondió.

Lo anterior podría haber terminado mal —no terminó bien, en todo caso— de no ser porque durante mucho tiempo, he recibido mensajes semejantes —no todos a esa hora— sobre temas parecidos. Es lo que ocurre cuando te identificas como feminista —militante, visible y con deseos de dialogar— y dejas el agua correr. En realidad, hace algún tiempo asumí que la mayoría de la gente que conozco asume que el feminismo es una especie de rareza —peligrosa y radical— que debe tratarse con cuidado, a ser posible a la distancia y sin sacudirse demasiado. Como si de una bomba de relojería mal armada se tratara. Y que yo, vecina distraída, muchacha en redes sociales con chistes malos, articulista dedicada sobre el tema, soy una especie de puente entre esa noción del movimiento y una opinión más o menos comprensible sobre el tema. O es lo que he deducido, luego de años de escuchar comentarios, quejas, cuestionamientos, señalamientos sobre el feminismo. De alguna forma, cuando te llamas feminista en voz alta y pública, abres una puerta imaginaria hacia un debate constante, que en ocasiones no deseas llevar a cabo pero que siempre, terminarás por asumir como parte de tus ¿cómo llamarlas? ¿responsabilidades? No hay un término fácil para el fenómeno y de hecho, termina ocurriendo tantas veces y de tanta formas distintas, que terminas convencida —para mal o para bien— que el feminismo necesita explicarse. Con marionetas de deditos. Con paciencia. Con la inagotable energía de saber que merece la pena.

—Oye, ¿Crees que Game of Thrones es una serie machista?

Eso me lo preguntó mi primo de dieciseis años de edad, que está justo en la coyuntura en la que quiere agradar a su novia, pero también a sus amigos. De modo que necesita saber qué contestar a uno y a otro, cuando tocan un tema de capital importancia, como por ejemplo si la serie suceso de la década, que además terminará en menos de cien días, es una imagen troglodita sobre el patriarcado convertido en mensaje social. Suspiro, mientras mastico un trozo de la hamburguesa que como en su compañía.

—No, no lo es. La serie asume la noción de la violencia como un mal inevitable, cualquiera sea el género del personaje —explico y tomo un sorbo de refresco—, no sexualiza la violencia ni coloca a la mujer como víctima propiciatoria.

Ahora le toca a mi primo masticar con lentitud la hamburguesa y supongo lo que le acabo de decir. Es un adolescente monumental, saludable y muy buenmozo, que le gustaría seguir en Venezuela aunque los planes de sus padres incluyen emigrar en seis meses. Cual sea el caso, está muy interesado en todo lo que ocurre a su alrededor. Y sobre todo, en agradar a la muchacha inteligente, sensible y curvilínea figura a la que considera “el amor de su vida”.

—O sea, todos se joden por igual —dice con la proverbial sabiduría de su edad. Tomo un sorbo de refresco.
—En resumidas cuentas, sí.
—¿Cómo sería machista?
—Si la violencia estuviera dirigida sólo a las mujeres y de una forma sexual, convirtiéndolas en objeto, en imagen erótica o…

¿De verdad estoy hablando esto con mi primo adolescente?, pues sí y me escucha con bastante atención. Se trata de un muchacho en pleno crecimiento en una sociedad machista que le insiste que la masculinidad se prueba con violencia y fanfarronería. Me lo ha dicho: me cuenta que en el equipo de fútbol, tienes “puntos de respeto” si logras derribar a otro jugador y “causarle dolor de verdad” o besar a varias mujeres el mismo mes (imagino que no quiso entrar en detalles sobre qué otras cosas podía hacer con esas mujeres). Pero cual sea el caso, mi primo se toma las cosas con calma y siempre hace las preguntas correctas, algo sorprendente a su edad. A cualquier edad.

—Entonces la puedo ver con mi novia sin que se ofenda —me dice. Sonrío.
—Puede se escandalice, pero no creo que se ofenda.

Parece satisfecho con mi respuesta. Y yo me siento un poco preocupada porque soy ¿qué cosa? ¿El punto de referencia? ¿La voz de las respuestas a las preguntas difíciles? Todavía no me ha preguntado de sexo ni sobre anticonceptivos, cosa que agradezco (imagino que lo hará, pregunto con cierto sobresalto). Pero bien, esto es lo que hay ¿no? me digo con una rara sensación de agria satisfacción. Nadie habla de estas cosas. O evitan hacerlo, al menos.

—¿No te parece que la ola de acusaciones sobre violaciones es oportunista y es una búsqueda de publicidad?

La pregunta me la hace ahora uno de mis mejores amigos de toda la vida. Estamos en fila para entrar al cine, rodeados de gente que habla en voz alta y escucha música a través de su teléfono celular (¿qué desgraciada costumbre es esa?) y me pregunto, si realmente es necesario hacerla en semejante situación. Pero mi amigo parece muy interesado, me mira con el semblante serio. Está interesado en la respuesta.

—No, ocurre porque otras víctimas siguen el ejemplo de las primeras. Se sienten apoyadas y protegidas. O descubren de pronto, que lo que les ocurrió fue algo realmente peligroso, doloroso y sin duda, duro de sobrellevar.
—¿Por qué esperar tanto tiempo?

Mi amigo es arquitecto y hace años me contó que en la oficina donde trabaja, una de sus compañeras acusó a su jefe directo de haberle tocado y de hacerle insinuaciones sexuales muy directas. El escándalo corrió por la pequeña empresa de inmediato: hubo habladurías, se tachó a la víctima de “puta” y “mentirosa”. Al final, la chica renunció y el jefe prohibió tocar el tema. Mi amigo tildó el asunto como “sórdido”. “Es una mujer decente, le creo”. Me pregunto por qué ahora, la noción sobre la víctima ha cambiado.

—Porque en ocasiones, una víctima necesita tiempo para asimilar que le ocurrió y enfrentar las consecuencias de la denuncia. ¿Recuerdas a la chica de tu oficina?
—Es distinto —dice con un suspiro.
—¿Por qué lo es?
—Era una mujer decente.

“Decente”. Vaya, es eso, me digo sin saber exactamente hacia dónde me dirige el pensamiento. ¿Qué es lo que un hombre latino considera decente? ¿Lo conservador al momento de vestir? ¿La conducta sexual tradicional? Le miro un poco inquieta.

—¿Sólo se puede ser víctima si encajas en la noción de la “decencia”?
—No es eso.
—¿Qué es entonces?
—Oye, admítelo aunque sea entre nosotros: si una tipa se va a la habitación de un hombre que no conoce, no está esperando sólo una conversación.

Se refiere al caso Weinstein, imagino. Bueno, a los cientos de casos que lo forman, en todo caso. Pero también a todas las mujeres que acusan a hombres de maltrato y que no encajan en la imagen de la víctima que se estandariza. La mujer que sufre, el rostro cubierto de moretones, que solloza de pena y miedo. ¿Qué pasa cuando la víctima lleva escote y minifalda? ¿O bebió? ¿O besó al hombre que la agredió? ¿Es menos dura la violenta que sufre por el mero hecho que transgredir el canon de la mujer tradicional?

—Ir a la habitación de un hombre no te hace elegible para ser violada —le digo.
—Pero te pones en riesgo.
—¿Los hombres son una manada de violadores esperando la menor oportunidad?
—No dije eso.
—¿Qué me dices entonces?

Que incómoda conversación en mitad del alegre bullicio a nuestro alrededor, los olores de la caramelería, los posters de las venideras películas a estrenarse. Pero aquí estamos, conversando sobre violencia de género en voz baja y entre murmullos, uno inclinado hacia el otro. Mi amigo es un hombre fantástico, adorable e inteligente. Uno de los más sensibles que conozco. ¿A cuantas personas se atreverá a confesarle semejantes dudas? ¿Cuantas personas le escucharán sin juzgar? Sacude la cabeza, abre un paquete de plástico con algunos caramelos de colores. Me ofrece uno rojo, mi favorito.

—Lo que digo es que no podemos protegerlas a todas. Se podrían evitar muchas tragedias con sentido común.
—Se podrían evitar muchas tragedias con hombres educados para saber que la violencia sexual no es viril ni que acosar a una mujer, te hace más macho. Eso para empezar.
—Oye, pero ese es el camino más largo.
—Es el único efectivo. ¿No me acabas de decir que no pueden “protegernos” a todas? Al cabo, nadie quiere que lo protejan. Quieren vivir tranquilos.

Avanzamos en la fila, que no debería de existir porque los puestos están numerados pero vamos, es Venezuela y es latinoamérica y así de festivos somos. Mi amigo suspira, me extiende otro caramelo.

—Es difícil esto —dice por último.

Que bonita palabra esa. “Difícil”. Se me ocurre que podría contarle todas las veces que debo escuchar a personas hablar de las víctimas de violación como putas, de las ocasiones en que alguien me pregunta por mi orientación sexual, vida privada e incluso, se burla de mi aspecto físico sólo por sostener este tipo de conversaciones. De todas las ocasiones, en que debo escuchar que un puñado de células sin forma, son más valiosas e importantes que la vida entera de la mujer que gesta. De cada momento en que debo defender que las mujeres tenemos el derecho de hacer lo que nos plazca, siempre que nos plazca. Sí, es difícil.

—¿Por qué las feministas se oponen al amor?

Ajá, esta pregunta es frecuente. Me la hace una amiga con quien converso por Skype desde Inglaterra y que me cuenta su último desengaño amoroso. Son las dos y media de la madrugada, tengo hambre y frío, no tengo fuerzas para prepararme un poco de café. Y ella me cuenta sobre todo lo que ocurrió entre el que por tres meses llamó “el hombre de su vida”. Un hombre con quien tenía sexo extraordinario, largas conversaciones, emocionantes viajes a Italia…y que también estaba casado.

—¿Por qué crees que me opongo al amor?
—Te cuento todo lo que pasó y lo único que me respondes es “estaba casado y esto iba a ocurrir. No estabas poniendo límites”.
—Porque eso es lo que iba a ocurrir. Y ocurrió.
—Es malsano que seas tan militante.

Ahora llora en la diminuta pantalla de Skype. Finalmente, tengo las fuerzas para arrastrarme a la cocina, preparar una taza de café en la cafetera greca y regresar frente a la portátil. Ella sigue allí, el rostro tenso, los ojos inflamados por el llanto.

—¡Yo amo así, Agla! ¡No puedo querer con reglas!

No respondo. Me pregunto hasta qué punto el amor romántico —la manera en que se idealiza, traspone límites personales y privados, se asume como justificación de cierta pérdida de control— resulta peligroso. ¿Cuántos hombres y mujeres no toman riesgos que jamás asumirán en otras condiciones porque están convencidos que el amor lo justifica? Sobre todo, a las mujeres se les educa con la convicción que el amor disculpa, sostiene y justifica cualquier esfuerzo, donación y sacrificio. Hace unos meses, la activista feminista Paloma Tosar López, comentaba en su magnífico artículo “La trampa del amor” publicado en la edición web del periódico “El País” de España, que la primera vez que trabajó con mujeres víctimas de violencia de género, le sorprendió que la gran mayoría insistía “estar enamorada” de su agresor. Tosar López cuenta en su artículo que la insistencia en nociones sobre el amor que rayan en lo peligroso, tiene una inmediata relación con la construcción social del amor romántico, esa idea tan general que asegura que todos debemos emparejarnos para ser felices y que amar, implica abandonar límites personales y la mayoría de las veces, el sentido común. Recuerdo el artículo de Tosar López, mientras mi amiga me cuenta por enésima vez que “por amor”, admitió ser menospreciada incluso maltratada emocionalmente, por el “hombre de su vida”. Que por “amor” soportó humillaciones sin cuento y al final, una ruptura durísima y descarnada, que no sólo puso en riesgo su estadía en el país al que emigró —el hombre del que se había enamorado era el abogado que le ayudaba en el proceso— sino incluso, su mera salud mental.

—Nadie dice que hagas nada con reglas, sino que priorices tu salud mental y física —le digo en voz baja. Con paciencia, Agla, me recuerdo. Está pasando el peor momento— necesitas cuidar de ti para que todo ese amor no te haga daño.

Ella me mira ceñuda, supongo que ofendida y furiosa. Recuerdo que cuando estábamos en la Universidad, se enamoró de uno de nuestros compañeros, que además de ser un patán de librito era también un sujeto peligroso que pasaba buena parte del tiempo consumiendo drogas de diseño en diferentes Rave de la ciudad. Era promiscuo, violento y en una ocasión llegó a levantarle la mano. Pero cuando la confronté, preocupada, ella le justificó —como no— con amor. “Nadie le entiende, nadie le conoce bien. Yo sí” me dijo en esa oportunidad. Y preferí no inmiscuirme ni tampoco insistir. A la vuelta de tres meses, el “amor de su vida” se había largado con otra a una de las paradisíacas playas de nuestro país, mientras ella sufría una ruptura violenta que le dejó incluso algunos moretones que mostrar de los que nunca quiso hablar.

—Hablas como si estuvieras muerta por dentro —me reclama. Se seca la nariz con un trozo de papel —es horrible que hables del amor así.
—No hablo del amor, hablo de ti. Hablo que debes revalorizar tu vida, tu forma de comprender como la vives —insisto— se trata de cuidar de ti lo suficiente como para que el amor sea algo hermoso en tu vida, no esto.

Silencio. Hace unos años, en una de mis primeras experiencias como activista feminista, conversé con una mujer cuyo esposo le golpeaba regularmente desde el mismo primer día del matrimonio. Era un hombre sin duda violento, con problemas de conducta y del que al final, había tenido que escapar. Pero ella recordaba las flores, los momentos extraordinarios, la dulzura de los contados momentos de amor “de verdad”. Este silencio me recuerda a esa conversación. La angustia que me hizo sentir, la idea abrumadora que la trampa de amar sin restricciones puede ser más peligrosa de lo que nadie supone.

—No es tan fácil —dice entonces ella.
—Nadie dice que lo sea.

En una ocasión, una de mis tías me llamó “la feminista de guardia”, luego que me escuchara debatir hasta el cansancio con su marido sobre “viajar sola” y no en compañía de un hombre, concepto peregrino y preocupante donde los haya. Mi tío insistía que ninguna mujer debe atreverse a “ir sola por allí” y que de hacerlo “debe atenerse a las consecuencias”. Por supuesto, no dejé de recordarle que la independencia física y emocional no es una invitación a la violencia. Al final, la conversación devino en una discusión malsonante que terminó con un portazo. Mi tia sacudió la cabeza, mirando la puerta del estudio de mi tío sin mucho interés.

—Déjalo, lo frustra no hacerse entender.
—Yo lo entiendo de maravilla —dije aún muy disgustada— su concepto es que las mujeres debemos permanecer en la casa y quedarnos allí, por “nuestro bien”.
—De ser así, nos habríamos divorciado antes del nacimiento de cualquiera de tus primos — contestó con sorna.

Mi tía era, de hecho, una mujer muy activa e independiente —microbióloga, a más señas— que pasó buena parte de sus primeros años viajando por el país para fotografiar todo tipo de muestras, además de ecosistemas en proceso. Algunas veces en grupo, casi siempre sola. La miré con interés.

—¿Cómo sobrellevaron eso?
—Haciéndole comprender que el problema no eres tú, es lo que ocurre más allá de ti.

Ah, como si fuera tan sencillo, pensé en esa oportunidad. La verdad, a veces siento que he pasado la mitad de mi vida adulta peleándome con hombres —y mujeres ¿a qué negarlo?— que se encontraban perfectamente convencidos de que la violencia es cosa confusa, social y por supuesto, algo con que las mujeres deben lidiar durante buena parte de su vida. Mujeres que deben evitar ser golpeadas, maltratadas, insultadas, acosadas, violadas. Mujeres que deben evitar caminar por calles oscuras, desconocidas, a cualquier hora del día o la noche. Mujeres que deben evitar hablar con desconocidos, conocidos o cualquiera, porque el peligro está allí pero nadie parece entenderlo bien. Más de una vez, el razonamiento de “deben cuidarse” pareció englobar la idea el mundo masculino es un lugar inaccesible para la mujer, peligroso y hasta letal. La idea me provoca un angustioso sobresalto.

—Lo intento y mira como reacciona —le dije a mi tía en esa oportunidad—, soy “loca e imprudente” por insistir que una mujer no debe aprender a protegerse, sino los hombres a no violar.
—Es una idea que le resulta desconocida.
—Es una idea realista.
—Por eso eres nuestra “feminista de guardia” —dijo entonces mi tía con una carcajada— para explicar esas cosas desde la experiencia.

Ah, esa es una idea no muy agradable, recuerdo haber pensado. Recordé todas las preguntas, discusiones, debates en lo que me había visto arrastrada por el solo hecho de admitir que sí, que asumo como un deber y responsabilidad personal la defensa de los derechos de la mujer. Que dediqué parte de mi vida adulta a exponer ideas que me preocupan, me inquietan y deseo debatir en público. ¿Eso en qué me convierte?, ¿en una voz autorizada?, de ninguna manera. Más bien, alguien que desea racionalizar su punto de vista sobre el mundo. Analizar el bien y el mal. Comprender lo que ocurre en el mundo y nuestra época como parte de su vida.

No es sencillo y supongo que para nadie lo es. Además, ¿qué puedo quejarme yo?, me digo luego de responder con una nota de voz malsonante lo que pienso sobre el comercial de Gillette a mi amigo tan interesado, al otro lado del mundo. Sólo soy una mujer que escribe, investiga y cree firmemente que el feminismo es necesario, una forma de asumir la dimensión histórica de la figura de la mujer, una forma de crear y construir una idea perenne sobre quiénes somos y quiénes podemos ser. ¿Eso me hace idealista o al contrario pragmática? Al final, trabajo tanto para mi bienestar como el de todas las mujeres que conozco. Eso tendría que ser suficiente ¿No es así?

“Oye y ahora que me respondiste ¿Crees que Captain Marvel es oportunista?”, me responde mi amigo. A la pregunta le acompaña el emoji de una carita que sonríe. Yo también lo hago. El trabajo no acaba nunca, me digo. Siempre habrá algo que debatir, aprender y demostrar sobre la igualdad y la necesidad de su existencia. Y eso es bueno, sin duda. O a mí me lo parece así.