Por Aglaia Berlutti.

Una vez leí que a Simone de Beauvoir solían llamarla “una mujer difícil”, aunque nadie definía con exactitud en qué consistía semejante concepto. Para Beauvoir, la cosa estaba clara: se negaba a prodigarse con facilidad, una idea desconcertante para la época que le tocó vivir. La escritora era independiente, libre pensadora, tenía una relación abierta con Sartre (ya desde entonces, célebre intelectual) y como si eso no fuera suficiente, se negaba a encajar en ningún estereotipo femenino tradicional. No era doncella, madre devota, mujer recatada, anciana sabia. Era una mujer real, llena de pensamientos, ideas y que asumió la noción sobre su lugar en el mundo con una profunda capacidad para el asombro. Simone de Beauvoir creía en la mujer como una figura capaz de transformarse a sí misma, algo revolucionario hasta entonces.

Pensé en Beauvoir, cuando hace unos días, un amigo me llamó también “una mujer difícil”. Lo hizo en un tono burlón y supongo que le sorprendió que no sonriera, sino que le mirara fijamente, no exactamente disgustada, aunque sí un poco incómoda. El término no me parece exactamente ofensivo, pero sí que describe un tipo de prejuicio lo bastante complejo –y confuso– como para que amerite uno que otro análisis. Cuando se lo dije, se encogió de hombros.

–No es un insulto –me aclaró.

–No dije que lo sea.

–¿Entonces por qué te molesta?

–No entiendo bien que significa para ti difícil.

Suspiró y por su expresión deduje que mis preguntas le preocupaban. Tal vez pensaba que se había metido –sin comerla ni beberla– en una de esas interminables diatribas sobre Patriarcado, feminismo o incluso, en una de esas discusiones sobre lo que es políticamente correcto que nadie encaja muy bien. Pero en realidad no se trataba de eso. Mi pregunta era sencilla y directa: quería saber por qué le parecía yo era una mujer difícil.

–No lo sé, no se te complace con facilidad –dijo, por último– contigo todo es un poco sinuoso, como si debieras cuidar qué dices o qué asumes, porque cualquier arista puede herirte o enfurecerte. Eres…complicada de entender.

No respondí. Mentalmente, me pregunté si mi amigo se refería a mi afición a la argumentación, a la discusión y el debate o algo más profundo, más enrevesado y como el mismo había dicho, difícil. Aunque en realidad, pensé con cierta sorpresa, nunca me he considerado especialmente agresiva o polémica. Pero al parecer lo soy, me digo con cierto sobresalto. Más de una vez, mis amigos más cercanos me han insistido me dejo llevar con mucha facilidad por las discusiones y las argumentaciones, de enfrentarme de palabra y de hecho, a una serie de ideas que se suponen son ideales o “normales”, en todo caso, con respecto a los planteamientos más cotidianos. Pero ¿Eso me hace dificil? Lo que describe mi amigo se asemeja mucho más a un concepto más duro e indefinido que no logro precisar. ¿De qué hablamos en realidad?

–Es decir, que al parecer soy… ¿Discutidora? –pregunto. Mi amigo se encoge de hombros.

–Sí, pero no se trata de eso.

–¿De qué se trata entonces?

–No es nada tan sencillo de explicar. Pero eres alguien que siempre tendrá algo que decir, objetar y opinar con respecto a cualquier cosa. Siempre habrá que debatir cualquier idea contigo, cualquier…

Silencio. De pronto noto que él se encuentra tan incómodo como yo, como si expresar en voz alta toda una serie de ideas le hiciera más consciente de su significado, o lo que es aún más desconcertante, esa lógica singular que parece bordear el simple prejuicio hacia algo más turbio. En realidad, no sé exactamente que pensar sobre toda esa declaración de intenciones, esa mirada a la opinión que roza algo concreto, una visión muy dura sobre lo femenino y lo que se considera real. Mi amigo sacude la cabeza, enciende un cigarrillo. Aguardo, con las manos apretadas y una sensación indefinible de desaliento. ¿Siempre habrá un punto de inflexión a este respeto?

–Quizás solo se deba a la costumbre –me explica– La mujer casi siempre es más flexible, amable y poco agresiva.

–O sea que serlo ¿Te hace díficil?

–Al menos inusual.

Ya vamos avanzando, me digo. Me pregunto si debo seguir cuestionando, insistiendo, intentando entender el concepto que mi amigo intenta expresar con tanto esfuerzo, pero me pregunto si es necesario, si tiene incluso sentido hacerlo. Y es que hay un terreno desconocido y muy árido en toda esa serie de definiciones un poco resquebrajadas sobre la mujer, lo que se asume como “real” y lo que es aún más preocupante, lo que se supone es lo femenino. Por supuesto que, no es una idea nueva: durante toda mi vida he escuchado frases semejantes, aseveraciones sobre la mujer que van desde exaltarla como una Santa revestida de pureza hasta la célebre puta, combinación de fantasía sexual y una pura visión de la libertad personal. Y sin embargo, entre ambas cosas parece existir una linea que define y concreta un rostro de la mujer muy específico, tallado a mano por siglos de erosión de conceptos e interpretaciones sobre lo que la mujer es y que terminan aceptándose como indispensables. Pero ¿Qué ocurre cuando no encajas en ese molde suavizado por la marea de la historia? ¿Cuándo la máscara del deber ser no encaja perfectamente en tu rostro? Supongo, me digo con una sonrisa casi amarga, que es cuando todo se hace “difícil”.

No es una idea reciente. En el Siglo XIX, se comenzó a hablar sobre “La cuestión de la Mujer”. En otras palabras, la mujer –como identidad y personalidad– comenzó a ser entendida como “problema social”. Hasta entonces, lo femenino se reducía a una interpretación borrosa de una especie de criatura desordenada y sin voluntad sometida al varón. Eso a pesar de los avances logrados durante la Revolución Francesa con los “Clubes de Mujeres”, que no eran otras cosas que lugares de reunión exclusivamente para Damas, donde se debatía con la misma ferocidad del hombre sobre política y cultura. No obstante, con la muerte de uno de los auspiciadores, el admirable filósofo Condorcet, esos pequeños avances con respecto a la identidad femenina se difuminaron de nuevo en la historia natural y general. Otra vez la mujer –o su existencia, mejor dicho– se supedita a la razón masculina y lo que resultó más doloroso, la visión elemental de su papel secundario dentro de la crónica de los siglos y las décadas.

Pero con el resurgimiento de ciertos temas sobre la Igualdad tocados durante el siglo XIX, la “Cuestión de la mujer”, demostró que la identidad femenina necesitaba ser reformulada. Tal vez se debió a que la Revolución Industrial destruyó la vida familiar tradicional, sacando a la mujer de las cocinas y cuartos de costuras y permitiéndole prosperar como individualidad o al hecho simple, que la pobreza orilló a la cultura a una reconstrucción pragmática. Cualquiera sea el caso, la mujer, aunque continuó siendo parte del ámbito familiar –y comprendida a través de él– pasó a formar parte de la vida real, puertas afuera, y muy probablemente ese paso permitió que el entorno doméstico demostrara su valor como ciudadana formal. Y es que la Revolución Industrial le arrebató a la mujer todos los pequeños oficios que formaban parten de su vida cotidiana: desde el jabón que podía comprarse en las tiendas hasta los colegios que educaban a los niños. De manera que la mujer tuvo que mirarse en el espejo de lo cotidiano y encontrar un nuevo lugar que la simbolizara. Y de esa reconstrucción –visión– renacida sobre la mujer surgió, quizás, la mujer “Difícil”.

Porque la “Cuestión de la mujer” –esa insistencia en comparar la identidad femenina con la normalidad masculina y tratar de entenderla a través de ella– no hizo otra cosa que construir un parámetro de lo que supuestamente era incorrecto o correcto en la mujer. En pleno debate filosófico, los filósofos del siglo XIX se preguntaron en voz alta sobre la naturaleza de la mujer, de dónde provenía o algo menos, si podía compararsele con el hombre. Incluso Darwin, comedido y discreto, tuvo sus palabras para todo este descubrimiento de lo que llamó “la hembra de la especie humana”. Para el científico, la mujer era a todas luces inferior que el hombre pero a la vez, su semejante. Un concepto complejo y extraño que parecía resumir ese pensamiento victoriano que juzgaba a la mujer débil, una criatura enfermiza y extrañamente ambigua. Y es que para la sociedad de la época, la mujer era poco menos que un reflejo del hombre, una combinación de características incompletas, jamás su igual. Como la sufrida y talentosa Alice James, hermana del célebre Henry James, una mujer que sufrió un enigmático mal depresivo que la llevó a la muerte a unos tempranos cuarenta y tres años. Inteligente y apasionada, Alice escribía y trató por todos los medios a su alcance de construir una interpretación sobre la mujer que pudiera satisfacerla. Pero jamás lo logró. Atrapada por su época, su circunstancia y sobre todo, sus propios prejuicios languideció la mayor parte de su vida en una confusa vida a medias, en un quiero y no puedo que terminó destruyéndola emocionalmente mucho antes que su muerte física.

Pero ya había indicios del nacimiento de la mujer “difícil”, esa mujer que se imponía a la época y quizás a su historia con una necesidad enorme de reconstruir su propia visión del mundo. Mujeres que de pronto, descubrieron el placer de la lectura, la escritura, el debate. Mujeres que comenzaron a hacerse preguntas. Mujeres que comenzaron a mirar en direcciones distintas a ese limitado camino que la interpretación de la historia le confería. Mujeres como la española María Martínez Sierra (1874–1974), feminista que insistió y logró cierto reconocimiento con la pluma. Y es que a medida que el siglo XIX avanzaba a trompicones, la nueva mujer, la difícil, la compleja, la extraña, surgía de todas partes. La Madame Curie que necesitaba mirarse así misma a través del conocimiento, la reelaboración del lenguaje que se adjudicó a lo femenino por demasiado tiempo. Y es que la normalidad no pudo contener a la mujer, no pudo someter la identidad a algo tan diminuto e incómodo como una idea tradicional. Una figura irreal de la mujer que se debate entre el peso de la historia –la anónima, la que olvida con suma facilidad el legado femenino– y algo más profundo, sustancial y poderoso. La mujer que crea un lugar mucho más amplio para sí misma, su visión de las cosas y su circunstancia.

Mi amigo camina en silencio a mi lado. Finalmente se detiene, dedicándome una mirada casi humorística. Durante toda la tarde, seguimos conversando de cualquier otro tema más allá de lo femenino, pero el primer traspiés de la tarde continuó allí, un poco evidente aunque escondido entre las palabras y las anécdotas. Me dedica un guiño malicioso.

–La palabra no es difícil –declara– pudiera pensarse que sí. Pero es otra cosa.

–¿Cuál es la palabra entonces?

–Imprevisible. Espontánea. Incomprensible.

Aguardo. Él parece debatir consigo mismo ideas profundas, que quizás nunca ha mirado lo suficiente y que deben sorprenderle. Mira a su alrededor y de pronto parece que repara en las mujeres a su alrededor: la que lleva jeans ceñidos y camiseta –inevitable–, pero también en la de cabello corto y que no lleva maquillaje. La mujer madura que camina con rapidez llevando a un niño de la mano o la joven con una camiseta que le viene al menos dos tallas más grandes. Y es que entre todas ellas, hay un misterio, una complejidad, una noción de identidad mucho más fuerte de lo que se supone es la idea más amplia, la general, esa Universidad perpleja que se define a medias, que se queda corta. Cuando me mira otra vez, está sonriendo.

–¿Es esto no? –pregunta. Casi con inocencia– ¿Lo que hablamos antes? ¿La dificultad de entender?

–¿Qué opinas?

–Que la palabra jamás será díficil – repite – tampoco compleja. Quizás la palabra no existe aún. Pero llevará tiempo inventarla.

–¿Es necesario?

Me sonríe. Le devuelvo la sonrisa. Nos entendemos. Esta visión del otro, de la aceptación de las diferencias, de lo que somos y sobre todo, de lo que asumimos real. Una palabra a futuro que pueda definirlo. Una manera de comprender esa brecha que une a la idea con lo real, y que a la vez la separa. La eterna paradoja.

Y que es quizás, la palabra no sea “dificil” en la medida que ninguna mujer parece ser lo suficientemente simple para que el concepto pueda construirla, definirla, estructurarla, sino algo más arrollador, sincero y real. Una visión de quienes somos, como parte de todas las ideas sociales que se entrecruzan y se combinan para dar sentido a algo mucho más vital, sentido y real.

Quizás la palabra sea solo “mujer”. Bastante sencillo ¿Verdad?