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Por Florángel Quintana.

A diario nos sorprende cómo aparecen “cosas” en el mundo digital que nos dejan pensando por varias horas tanto a Millennials como a Baby Boomers.

Situaciones al extremo vergonzosas grabadas y subidas a Facebook. Discusiones tremendas entre personajes públicos en 140 caracteres. Cuentas de Instagram insólitas… Por ejemplo hoy podemos ver una cuenta con más 4.8 millones de seguidores (¡y creciendo de seguro!) donde solo hay una foto. Una sola imagen: un huevo.

¿Cómo puede suceder esto? ¿Cuánta importancia tiene (diría un venezolano a pie) una humilde postura de gallina? ¿Por qué del impacto de esa cuenta?

Aquí las explicaciones cobran el terreno de las especulaciones. Nos serviría ser sociólogos para intentar descifrar qué sucede en las mentes de los usuarios de esa red. Tanto los de la generación X como los de la Y no somos nativos digitales, a diferencia de los Centennials que nacieron bajo el influjo de la tecnología. El elemento que nos diferencia es la adaptación a la selva digital donde el más apto se salvará de las garras analógicas o de las fauces de las 5.0. Si no nos ponemos creativos rápido, la red nos comerá enteros o quizá salvemos el pellejo aprendiendo a hacer el download correcto de la aplicación, comprando el gadget preciso o surfeando las tontas tendencias que surgen de un minuto a otro.

Respecto a #TheEggGang solo respondía al deseo de destronar una foto que había alcanzado el mayor número de likes en Instagram: una imagen de una chica de 21 que se hacía madre. En una sociedad donde el embarazo de las sweet sixteen es alto, que una célebre millennial tenga un hijo, pues sí, suponemos es un hito. Para algunos críticos los pertenecientes a la generación Y no pueden retener un empleo de 9 a 5, son de carácter voluble; se muestran inseguros, solo pendientes de la vida en las redes sociales. Un estereotipo tremendo que solo muestra una parte, pues no toman en cuenta ni a ese porcentaje que se está preparando para cambiar al mundo ni al que ha creado empresas tecnológicas y son responsables en su rol de padres.

Al ver las redes sociales entendemos que en el mundo hay una especie de pugna hacia cuentas de famosos que representan el superlativo de la banalidad, la muestra evidente de pérdida neuronal y la superficialidad ante la vida. Sin embargo esa confrontación no es para pedir la paz definitiva en la franja de Gaza, ni para resolver la violencia desmedida en Honduras o para la disminución en la venta de armas o para alertar sobre la amenaza cierta del cambio climático.

Es una obviedad que la familiaridad que tienen los milénicos con internet y las nuevas tecnologías es más avanzada que la nuestra, pero ello no quiere decir que los que superamos los cuarenta no podamos aprender rápido. Somos una especie de XMen/Women: toda una generación que se sintió extraña en el tiempo que le tocó nacer, particularmente diferenciada en la época que le tocó crecer –rebeldes, siempre a la vanguardia, y capaces de acometer cualquier cosa en la adultez: el descubrimiento del LSD y la guerra de Vietnam, unos ejemplitos no más–. ¡Podemos con la tecnología del siglo XXI, entonces!

Pero viéndolo bien –con nuestros lentes para la presbicia– es una pelea que no podemos ganar… Tanta tontería para obtener un pulgar arriba, no, eso no es la vida real, la del sentido profundo del ser; la de la economía mundial con sus índices de pobreza creciendo, la de la violencia hacia las mujeres aumentando las estadísticas, la de la política creando cercos y la de la justicia con doble vendaje en los ojos.

Quizá aquel grito dentro del paraninfo de la Universidad de Salamanca en 1936 hoy se ha reeditado. Aquella vez un golpista de poca monta le gritó al célebre Unamuno: “¡Abajo la inteligencia, viva la muerte!” Hoy, coros de imberbes digitales, cliquean en la red las ideas absurdas destronando con certeza la inteligencia, viven la vida sí, eso es evidente con las fotos de lo que comen, hacia donde van y cómo la pasan. Le daremos tiempo, las arrugas, la flaccidez y la experiencia llegan…

@florangel_q