Libros usados Puente Fuerzas Armadas

Sus labios no pierden coherencia: la lucidez matutina
es excesiva para nombrar el caos.

Lourdes Sifontes Greco, en «Ciudad A.M», de Oficios de auriga.

Por Mario Morenza.

En la tarde de ayer, Álvaro Mata se pasó por la licorería del Plaza, a unas esquinas del c.c. Los Chaguaramos, donde se ubica el Instituto de Investigaciones Literarias.

«Ya cruzo la parroquia», me escribió en un mensaje de texto.

«Apagando aquí», escribí y la sed por el primer trago de cerveza de la semana se conjuraba entre mi sistema nervioso y mis papilas gustativas.

Botón off del aire acondicionado.

Botón off de la pc.

Botón del ascensor, que por cosas del destino aquella tarde funcionaba a la perfección.

Si bien se trata de una licorería que hace esquina entre la avenida y una de las tantas calles empinadas que conectan con las colinas de Los Chaguaramos, este local dispone de un espacio en el que han improvisado rústicos puff con guacales, cajas de cerveza, acolchados con restos de pendones publicitarios de viejas promociones: en los costados de los puff se dejan ver descoloridas modelos, mares pálidos, bebidas inexistentes de cuando la economía no se había ido al infierno.

Bebimos apenas un rato, ya atrás han quedado las maratónicas, efusivas y etílicas reuniones en las que encadenábamos cada una de las horas del fin de semana.

Álvaro me mostró los libros que había comprado. «Hiciste mercado», le dije. Traía consigo un obsequio: Los nuevos exilios de Lourdes Sifontes Greco. «Lo conseguí en el puente». Lo tomé como si se tratara de la barajita que necesitaba para completar un equipo mundialista del álbum Panini.

Llevo un buen tiempo sin darme una vuelta por el puente de la avenida Fuerzas Armadas. Una buena parte de mi biblioteca la he abastecido con libros de la calle y sobre todo de este lugar. Mis estantes son una especie de bibliorfanato: libros de segunda mano que han venido a parar a mis anaqueles.

Debajo del puente de la Fuerzas Armadas se concibe este extraño espacio de la cultura caraqueña: un cúmulo de librerías que antes de su remodelación no contaba con otro mobiliario que grandes cajas metálicas llenas de toda clase de libros: la promesa de que entre capas de enciclopedias colonizadas por hongos o manuales obsoletos de computación o libros científicos desactualizados, se hallaba una joya inconcebible en cualquiera de las librerías de la ciudad, hoy, de hecho, en absoluto desamparo.

Mi capacidad espacial se desorienta ante esta nueva configuración física, toscamente remodelada. Su arquitectura está erigida para extraviar libros en lugar de facilitar su encuentro. Antes, el caos era una forma de comodidad, de disposición bibliotecaria: debajo de cientos de libros podría estar la primera edición de Piedra de mar (que también me obsequió Álvaro y expongo en mi biblioteca como una escultura irrepetible). La remodelación del puente ha sido la traducción a un complejo idioma espacial que no comprendo, una arquitectura bolchevique.

Para el día que regrese al puente, debo ir con un guía turístico que me sirva de intérprete, esa función que por años asumí con dedicación sin otra retribución que compartir la dicha de que el iniciado encontrara el ansiado libro o algo mejor: en lugar de Ficciones de Borges, sus pesquisas llegaran a las tapas ásperas y verde oliva de las obras completas del autor argentino.

Los libros de «Mondadori se encuentran en tal esquina, el que te hace falta de Palahniuk en tal otra, en el negocio atrincherado en la segunda columna del lado de la calle que baja a La Hoyada», solía comentarle a aquellos que se aventuraban a ir hasta ese lugar ensombrecido por tubos de escape y apestoso a orine. Para ellos, el puente era la última opción para dar con ese ejemplar que necesitaban con urgencia para ensanchar la bibliografía de un paper o simplemente por gozo literario. Cuando regrese al puente, le mandaré un mensaje a Álvaro Mata: «Tengo seeeeeed. Vamos al puente y luego a La Sardina Firenze».

Un buen termómetro para saber si un libro ha llegado a otro nivel en la historia de la literatura es conseguirlo en el puente. Antes o después de la remodelación, debo acotar. Un libro que llegue allí es la consagración. Ha sido leído, y se le está dando otra oportunidad para ser redescubierto. Un renacimiento, una reencarnación. Ha pasado de unas a otras manos, quizá de una biblioteca de un lector incansable y quién sabe si fallecido, cuyos herederos nada lectores han decidido deshacerse de tres mil libros y qué mejor idea que llevarlos allí y venderlos por kilos o al mayor.

El puente de las Fuerzas Armadas divide a los lectores caraqueños en dos: aquellos que buscan un único libro para leer y los que buscan libros para leer durante el transcurso de la vida. Por años, he recolectado libros que aún no he leído o apenas he ojeado.

Cuando nos tomábamos la tercera cerveza recordé que Álvaro Mata me había dicho hace un tiempo: «Hay temporadas para buscar libros, hay temporadas para arreglar la biblioteca, organizarla; hay momentos para leer libros». Hoy que lo pienso, la vida de un lector se agita entre estas variantes: buscar, ordenar, leer / buscar, ordenar, leer. Para luego hacer el recorrido a la inversa: leer, releer, reordenar y volver a buscar. Toda una disciplina a lo Karate Read.

Bebí mi cerveza, mucho más fría que las anteriores, y me detuve en la portada de Los nuevos exilios. Lo abrí y olí. Cuando se trata de un libro nuevo el olfato complementa a la vista, a la lectura de su título, a la apreciación de su portada y sus primeras frases, al tacto. Tenía las páginas envejecidas como otro libro que atesoro de Sifontes Greco, Oficios de auriga, que precisamente lo conseguí en el puente. Como era de esperarse, aún huele a puente. El Ph de sus páginas aún no se ha desentendido de ese aroma citadino, carburado y adictivo.

En mi taller de narrativa del miércoles pasado comenté que Sifontes Greco había ganado el premio de cuentos de El Nacional en 1982, el mismo año en el que nací. Adelyn, una tallerista, intervino en menos de dos coma ocho segundos. Sus reflejos contestatarios responden con agilidad, como si se supiera el guion: «Obvio, Mario, en el jurado estaba Oswaldo Trejo. El único capaz de comprenderla, además del grupo literario al que pertenezco: El Club Sifontes Greco. ¿Sabías?».

Para nadie es un secreto que por muchos años se creyó que la discípula del escritor de Andén lejano y Ecce Hommo hallaba en él a su lector perfecto. En aquel momento, cuando Adelyn hablaba y hablaba con el furor de una integrante de dicho club y se refería a una extraordinaria tesis, no lo dudo, que la escritora había presentado sobre la saga de Harry Potter, yo me devolví mentalmente a mi época de estudiante de maestría cuando, justamente, intervine en una clase de Ángel Gustavo Infante, hoy día mi tutor. Típica escena de clase de maestría: el profesor Infante dejó una pregunta en el aire, esperando que alguien se atreviera a decir algo, amagar una respuesta, o sus dudas, sin importar lo convincente o no de los argumentos.

El silencio se instauró hasta que me atreví a decir algo, ya que el silencio irritaba. Nunca me gusta estar en un salón donde el único sonido sea un aire acondicionado raquítico. Mis palabras incluían una comparación de Ecce Hommo con una película de Tarkovski, una disertación clisé cuando uno ha comprendido poco algo y opta por aderezar las carencias con alguna cita de los griegos: «De nada, demasiado», «Conócete a ti mismo», o cualquiera de esas frases helénicas que bien pudieran estamparse en una franela.

Todos en aquel salón pusieron cara de lidiar con alguien intoxicado en metanfetaminas: o peor, que se había olido las páginas de Trejo durante toda una tarde.

Al volver a la clase después de mi momento Proust, Adelyn agregó:

—…esta tesis de la que les hablo, profe, cambiará el rumbo de la crítica mundial sobre estas novelas, sobre la saga del mago juvenil más leída de todos los tiempos. Y lo haremos desde aquí, desde Venezuela. Estamos trabajando más duro que la delegación que quiere el Nobel para Cadenas.

Hoy día sobre «Evictos, invictos y convictos» no puedo decir mucho, pues no lo entendí. Pudiera escribir una reseña que incluyera La poética del espacio. Pero ya estaba harto de La poética del espacio, fue mi libro de cabecera para escribir mi tesis de maestría. El relato se inicia, de hecho, con un largo epígrafe marca Bachelard.

«Evictos, invictos, convictos» es un cuento perfecto para ser leído en un curso de oratoria. Sería ideal que muchos presentadores de televisión invirtieran unos minutos al día para leerlo, en voz alta, una y otra vez.

El epígrafe de Bachelard justifica el cariz fragmentario y confuso del cuento. Es allí cuando Sifontes Greco se asume como una militante oswaldotrejeana, una textera, como bien define Luis Barrera Linares a esta casta de narradores criollos.     Mis frases favoritas de este relato son las siguientes:

Frase favorita 1: «…escribir, escribir, escribir, así escribir, escribir, escribir, escribir, escribir, escribir, escribir, escribir, escribir e s c r i b i r e s c r i b i r escribir, es, cri, bir, e, es, escrib, escribiendo la magia o las historias». (1992: 410)

Frase favorita 2: «No hay tal estudio: lectura, regencia, nominancia, humanidad perdida para la redención de los lenguajes, poema, ciencia, poema, ciencia, poema y ciencia, poema en ciencia, poema a ciencia, poema o ciencia. Poema = Ciencia. Poema. Ciencia» (p. 411).

En cierto modo, tiene razón Sifontes Greco. Pessoa en algún texto lo afirmó: la ciencia y la poesía tienen algo en común: su búsqueda: esclarecer los misterios del universo. Cuando Sifontes Greco escribe: «[p]orque yo era el abrigo que te decía de hacer, palabrar, letra y trueno, el que se está a esplender y contar las historias, confeso tú también de proferir lo ingrato de hacer de la palabra” (p. 412), simplemente nos invita a sondear los secretos del cosmos en su maraña verbal. Descifrar en el lenguaje un códice oculto que supera nuestra conciencia. Allí están todas estas respuestas.

Esta escritora, sin importarle nada, ha hecho lo que se supone no debió haber hecho nunca ningún narrador: pertenecer a las filas que han trazado los trajes narrativos de Trejo. Es una ávida y temeraria escritora. En ella aplica esta frase de Juan Villoro: «lo genuino se expresa con balbuceos». Y como crítico se ha atrevido a estudiar una obra considerada frívola por las vacas sagradas de nuestros estudios literarios: Harry Potter.

Oficios de auriga lo conseguí en el puente hace unos diez años atrás. Ahora tengo sobre mi escritorio todo el material narrativo, o palabrero, de Sifontes Greco. El primer capítulo, o cuento, o poema de Oficios de auriga, «Nacimiento», calibra el tono del libro. Más comprensible, más ameno que su relato «Evictos, invictos, convictos».

De este libro comparto la imagen de dos poemas que cifran nuestros tiempos.

Lourdes Sifontes escribe en contrasentido. En su incomprensible literatura podemos hallar un trozo de Trejo y un trozo de cordura. Retazos de magia. Hoy busco esta magia, como bien lo dice Sifontes Greco en su poema «La búsqueda» de Oficios de auriga, busco la magia, el misterio, la palabra, hasta en aquella «silla con una pata rota». Busco la dicha, libros, respuestas, hasta en un conglomerado de libros debajo de un puente.

No puedo cerrar este día sin prometer algunos consejos para buscar libros en el puente, al menos en el puente que yo conocí y ya no está, que ha sido alterado, pero al que pienso volver muy pronto. De igual manera, estos tips pueden ser aprovechados en su nueva organización:

  1. Nunca muestres hambre por ningún libro, ni siquiera por un libro de Rubem Fonseca o Vila-Matas. El librero, siempre alerta, captará al instante tu desesperación por encontrarlo y, tenlo por seguro, reajustará el precio de la obra a una cifra directamente proporcional a tu ansiedad. Tómalo con menosprecio y pregúntale con cierto aire desinteresado, como quien desea matar el tedio: «¿En cuánto me vende esto?».
  2. Hazte amigo de los libreros que tengan en su stock los ejemplares de tus editoriales preferidas. Incluso, de ser posible, consigue su teléfono y llámalos: «¿Estarás el martes a las 11:00 am en tu puesto? ¿Sí? Genial. Iré por el libro que te comenté, el de Delerm: El primer trago de cerveza…, sí, ese, en Tusquets, la editorial de cuadritos blancos y negros como un mantel de pollera del centro. Nos vemos, pana.
  3. Lleva una bolsa consistente, de tela. Si no tienes, pide prestada alguna. Un morral también sirve. No confíes en las bolsas plásticas, de esas de mercado, que te dan para que guardes allí un Decamerón, las obras completas de Esquilo y un lote de libros de Oveja Negra, de los verdecitos. Se romperá en el momento menos oportuno, cuando estés haciendo la transferencia de Capitolio hacia Capuchinos. ¡Será un desastre!
  4. Si consideras necesario regatear, hazle saber a tu librero que serás su cliente habitual. Halaga su ubicación, la variedad de libros que vende, sus conocimientos editoriales. Antes de llevarte ese libro que deseas, despídete, y cuando ya hayas estrechado su mano en firme señal de amistad, acopia todo tu talento teatral para simular que antes de marcharte, pillaste que entre la maraña de libros estaba aquella novela que tanto deseas. En este punto de la historia es necesario aplicar lo aprendido en el punto 1: «¿En cuánto me vende esto?».

A las siete de la noche debemos abandonar la licorería. Por ley, los establecimientos que expenden licores no deben hacerlo después de las siete de la noche, ni antes de las once de la mañana. Justo frente a local ya han patrullado motorizados de la pnb, motorizados de la gnb, motorizados del Cicpc, con evidentes ánimos de cazar multas.

Cuando hacíamos la cola para cancelar, bajaron la santamaría, por lo que quedamos dentro del local. Quien parece ser el dueño nos comunicó a todos que si lo apetecíamos, bien podíamos permanecer un rato más, pero santamaría adentro.

Álvaro y yo cancelamos la cuenta y pedimos la del estribo, y luego la caminera.