Por Nixon Piñango.

El pasado 14 de septiembre de 2018 se estrenó el primer sencillo del álbum Resist, séptima placa discográfica de la banda neerlandesa Within Temptation (de la cual soy fanático). La canción en cuestión se titula The Reckoning y es un featuring con el cantante estadounidense Jacoby Shaddix (de la agrupación Papa Roach), a quien algunos —sobre todos los primeros millenials (como yo)—, conocerán porque fue el conductor de Scarred, aquel famoso programa de MTV en el que se mostraban videos aficionados de chicos que se fracturaban las extremidades mientras hacían acrobacias sobre patinetas, bicicletas, etc. (didáctico, ¿eh?, como toda la programación de MTV).

Cuando escuché por primera vez la canción The Reckoning, no pude evitar pensar lo que también piensan algunos versados en la materia musical: «el rock está muriendo». Pero expliquemos esto con mayor detalle:

Within Temptation es una banda de rock que se fundó en Países Bajos, en el año 1996. Es una de las bandas pioneras del metal sinfónico, un subgénero del heavy metal que mezcla el sonido de los tres instrumentos básicos del rock (guitarra eléctrica, guitarra baja y batería) con el sonido de instrumentos o elementos clásicos de la música orquestal. De hecho, el caso de Within Temptation es bastante representativo porque, en su momento de mayor auge, su música resultaba bastante épica, se oía como la música de los elaborados soundtraks de las películas de Hollywood, algo bastante impresionante tomando en cuenta además que a sus conciertos han llegado a asistir hasta diez mil espectadores.

Ahora, reconozco que Within Temptation no es precisamente una banda muy mainstream (como lo podrían ser Queen o Metallica) porque su música está dirigida a un público cautivo, relativamente minoritario y selecto, conformado por individuos con gustos bastante exóticos que no casan con los gustos del común. Quizás por eso no les resulte tan familiar o ni siquiera entiendan por qué la traigo como ejemplo para hablar del tema central, pero para aquellos que no quieran pasarse un buen rato entre Wikipedia y YouTube rebuscando información sobre subgéneros no-trendi del heavy metal, puedo hablar de otra banda, una más conocida: Evanescence.

Con alrededor de treinta millones de discos vendidos alrededor del mundo y ahora cientos de millones de vistas en sus videoclips, Evanescence es tal vez una de las veinte bandas de metal pesado más exitosas de la historia de la música. A pesar de que yo era un niño de 11 años cuando saltó a la fama, recuerdo con claridad el fenómeno que llegaron a representar: a todo el mundo le gustaba la canción My Immortal, todos los estudiantes de piano la tocaban (era para los pianistas lo que Stairway To Heaven era para los guitarristas), todos los emos querían suicidarse con canciones de Evanescence de fondo, y a los que no les gustaba la banda —porque les daba la sensación de que Amy Lee (vocalista de la banda) se maquillaba como la mujer de Satanás— al menos sí la conocían.

Evanescence lanzó su más reciente álbum, Synthesis, a finales de 2017 y, para la sorpresa de sus fans (entre los que también me incluyo) y de todo el mundo en general, no era más que un compilado de temas antiguos (más dos inéditos) revisados y versionados en un estilo de música electrónica bastante inusual. Adiós a todo vestigio de metal pesado en su sonido… El disco no se escucha mal, de hecho es interesante y agradable; pero, al igual que como ha pasado con el cambio de sonido que anteriormente he descrito de Within Temptation y de muchas otras bandas, deja mucho que pensar en cuanto a lo que está pasando con el rock and roll.

No sé si se habían enterado de que la empresa Gibson se declaró en bancarrota en mayo de 2018. Pues sí. Gibson fue la mayor compañía dedicada a la producción de guitarras eléctricas en todo el mundo. Fue fundada a finales del siglo XIX por el lutier Orville Gibson y su producto más icónico —y por tanto el más vendido— fue la guitarra Les Paul. Quebró por varias razones: dificultades para conseguir una materia prima económica, malas decisiones corporativas que la llevaron a contraer deudas impagables, pero sobre todo por un hecho ineludible que ha afectado de alguna manera a toda la industria musical: a la gente le gusta cada vez menos el sonido de la guitarra eléctrica.

Esta es la razón por la que incluso hasta las bandas de heavy metal ahora están excluyendo este instrumento siempre que tienen la oportunidad de hacerlo, sustituyéndolo por sonidos electrónicos creados con sintetizadores o con programa de computadora, precisamente como los que escuchamos en los versos de la canción de The Reckoning, en la que sólo se escucha la guitarra eléctrica en los estribillos… ¿Pero por qué sucede esto? Pues, es un proceso natural que no sería tan sencillo de explicar sin hacer alguno que otro gráfico, aunque intentémoslo de igual manera:

La música genera en quien la escucha una especie de curva de gustos que comienza con una indiferencia hacia el sonido que en primera instancia se presenta; luego, a medida que va transcurriendo el tiempo y que el oído se va acostumbrado a los patrones que el sonido contiene, la línea va ascendiendo y la indiferencia se va transformando en gusto, gusto que culmina como euforia en la cumbre de la curva, para luego descender poco a poco hasta convertirse de nuevo en indiferencia.

Se trata de un proceso por el que han pasado todos los movimientos musicales de la historia y también se puede utilizar para explicar la afición colectiva hacia un género musical específico, justo como el rock and roll: podríamos decir que su momento de indiferencia inicial se dio a finales de los años cuarenta, cuando nació el rockabilly; luego, vino el gusto hacia el rock and roll y hacia el heavy metal propiamente establecidos entre los años cincuenta y sesenta, con una euforia entre los años setenta y ochenta, cuando ya habían aparecido prácticamente todos los subgéneros del rock y el rock pesado, y por último un inevitable desaire entre los años noventa y dos mil.

Esta realidad la podemos intuir hoy en día con el solo hecho de colocar la radio y no escuchar nada de rock en ella, a menos que se trate de algún tipo de programación especial dedicada al género. Ahora, si quisiéramos ilustrarnos más, bastaría con que viéramos las premiaciones a la música popular en los últimos años: las categorías dedicadas al rock en los premios Grammy, por ejemplo, ya no se presentan en la ceremonia televisada, y si hablásemos de otras premiaciones, como los AMAs, ni siquiera veríamos categorías exclusivas para el rock. Asimismo, hurguémonos entre las diferentes listas de Billboard o en los top de descargas de Spotify y veamos lo difícil que es hallar una canción de rock…

Los roqueros entonces debemos rememorar con nostalgia aquellas épocas en que dichas listas mostraban nombres como el de Eagles, Pink Floyd o Aerosmith, por mencionar a algunos pocos, pues tienen razón los que dicen que el último Rock Star fue el difunto Kurt Cobain, cantante y guitarrista de Nirvana, cuya fama comenzó y terminó en los años noventa, justo en la década en la que estaba predestinado el inicio de la decadencia del rock. Quizás su fatídico suicidio fue un acto simbólico inconsciente que le advirtió al mundo lo que estaba a punto de pasar y que ya no tendríamos la oportunidad de ver a otro Kurt Cobain a otro Freddy Mercury o a otro Ozzy Osbourne en el futuro.

@nixon_pinango