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por: Ana María Carrano 

Con gran pesar leo que hay personas que se han llevado “de recuerdo” piedras de la Capilla de San Rafael de Mucuchíes, obra extraordinaria de Juan Félix Sánchez (1900-1997). No se trata de una o dos piedritas. Han sido tantas las piedras sustraídas que la estructura de la iglesia está perdiendo estabilidad y corre el riesgo de desplomarse. 

Reparar los vacíos supondría encontrar en la naturaleza piedras similares a las ahora inexistentes. ¿Cómo reproducir esa conversación con la naturaleza que mantuvo Juan Félix para encontrar las piedras correctas? 

El artista del Páramo ideó un sistema constructivo único en el que aprovechaba las piedras en su estado original y las disponía de acuerdo a su forma y color. Su relación con los materiales se conectaba con el sentido espiritual que recorre toda su obra: “La piedra se ha de escoger. Es decir, el puesto que exige la piedra. Al ponerlas ellas van diciendo su lugar”. Así explicaba Juan Félix su proceso de creación al Grupo Cinco (Alberto Arvelo, Sigfrido Geyer, Jerry Joyner, Nereus Bell, Dennis Schmeichler), quienes lo conocieron a finales de los 70 y publicaron el libro Juan Félix Sánchez, en 1982. 

Ese mismo año se inauguró en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas una muestra de su obra que ocupaba todas las salas. También ese año, el presidente Luis Herrera Campíns declaraba su obra patrimonio nacional. El Grupo Cinco contó en el epílogo del catálogo “Lo espiritual en el arte” que el artista tenía dudas de sacar las piezas de su contexto. Y explican que fue gracias a la guía de los sacerdotes Alfonso Albornoz y Arturo Sosa (ahora superior de la Compañía de Jesús), que Juan Félix accedió a trasladar las obras religiosas al museo.

El semiólogo Umberto Eco también reconoció la grandeza del artista al visitarlo en 1994. “No es un artesano, no es un artista, no es un aficionado al bricolaje; es un asceta de la montaña, un visionario”. 

Como ocurre con casi cualquier obra de patrimonio cultural, esas piedras arrancadas de su contexto quedan huérfanas de sentido. Fuera de la iglesia, son como letras perdidas de un alfabeto -creado para hablar con Dios-, que ya no pueden decir nada. 

¿Por qué se las llevan?

Hay una historia bíblica que narra la disputa entre dos mujeres que afirmaban ser la madre de un hijo vivo, mientras señalaban a la otra como la madre de un hijo muerto. El rey Salomón pidió que cortaran al niño en dos para que cada madre tuviera una mitad. Una de las mujeres dijo: “Pártanlo, así no será ni mío ni tuyo”. La otra, aterrada de ver morir a su hijo, renunció a su mitad. Fue así como el sabio Salomón reconoció a la verdadera madre. 

Es obvio que a quien verdaderamente le importa algo no es capaz de destruirlo. Quien en cambio se moviliza por el deseo de poseer, puede actuar sin preocuparse por el aniquilamiento de la esencia de lo poseído. 

Los egipcios se valieron de amenazas para atemorizar a los saqueadores de las tumbas de faraones. Así nació la leyenda de la maldición de Tutankamón, que aseguraba pronta muerte a los profanadores de la tumba. La vía de la amenaza, sin embargo, no protegió por completo ni siquiera a la tumba del faraón. 

Hay por lo menos dos vías para resguardar el patrimonio cultural, y ambas pasan por la voluntad política: la vigilancia y la apropiación ciudadana. 

Por ahora, como medida de emergencia, la capilla fue cerrada temporalmente, según informó Tamara Díaz Pisani, presidenta de la Fundación para el Desarrollo Cultural del Estado Mérida (Fundecem), a Samuel Hurtado, corresponsal de IAM Venezuela (iamvenezuela.com). Unos días después, Hurtado viajó a San Rafael de Mucuchíes y tristemente constató el deterioro de la capilla.

Insistamos por un momento en repasar la dificultad de reinsertar una piedra en los vacíos de esa obra. La capilla fue creada en plena madurez artística y espiritual de su autor. Tenía 82 años y ya había construido en un lapso de tres décadas el complejo religioso El Tisure, donde había erigido una capilla similar, de menor escala. Para la escogencia de los elementos del entorno, Juan Félix desarrolló un prolongado estudio intuitivo de la belleza en la naturaleza. Decía el artista que las personas sólo aprecian las cosas lisas, pero “no se fijan en la belleza de una de esas piedras feas. Será que no se fijan, será que no saben ver”. 

Los saqueadores de piedras actúan por la necesidad de poseer, y por ignorancia. Poco les importa lo que destruyen. En una época en la que los souvenirs sirven para validar las experiencias turísticas, es poco frecuente la valoración de una experiencia interior, sin objetos de recuerdo, que únicamente esté amparada en la memoria y el espíritu. Una piedra más pudiera destruir para siempre una de las grandes obras, no solo del patrimonio venezolano, sino universal.

 

acarrano@iamvenezuela.com @anamariacarrano 

Leyenda para la foto principal:

Capilla de Piedra de San Rafael de Mucuchíes (1984), obra de Juan Félix Sánchez en honor a la Virgen de Coromoto. Foto: Samuel Hurtado Camargo/Archivo IAM Venezuela. Marzo, 2018.

Leyenda para fotos adicionales:

Detalles de la Capilla de piedra. Foto: Samuel Hurtado Camargo/Archivo IAM Venezuela. Marzo, 2018.

Nota del Grupo Cinco en la hoja de créditos del catálogo de la exposición Lo espiritual en el Arte. Juan Félix Sáchez, realizada en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, en julio de 1982.