Por Nixon Piñango.

No recuerdo cuándo escuché la palabra veganismo por primera vez, pero sí recuerdo que, apenas supe lo que era (o lo que me dijeron que era), me pareció razonable. Por entonces yo era un jovencito izquierdoso y más ignorante de lo que soy ahora, y era natural que ese tipo de cosas, como el veganismo (y afines como el animalismo, el ambientalismo, el ecologismo, etc.), me atrajeran. Recuerdo que lo que más me parecía ideal era el exaltamiento de la bondad, que el veganismo habría de traer, supuestamente, cosas positivas a la humanidad si la mayoría lo ponía en práctica.

Pero con cada nueva página de información que pasaba frente a mis ojos, mi visión sobre el veganismo fue cambiando. Pasó de ser ese «ideal hippie de felicidad naturista» a ser una cosa más oscura, algo que incluso llegaba a presentar problemas en su esencia. Y es que se supone que, al ser vegana, una persona rechaza totalmente el consumo de cualquier producto de origen animal o que haya sido testeado en animales (carnes, excreciones, cosméticos, ropa, utensilios, etc.) asumiendo esto como una responsabilidad moral en pro de acabar con la explotación de estos.

Pero pocos se imaginan la cantidad de problemas que eso trae, problemas que incluso se riñen con la propia existencia de la raza humana. Ampliaré un poco más el análisis a continuación:

– Hombres contra el hombre: una crítica al «anti-especismo»

El respeto a la vida, en algunos órdenes naturales, es algo bastante relativo. Los seres humanos tomamos en cuenta dos razones fundamentales para respetar la vida de otros seres: la convivencia y la empatía. En primer lugar, la convivencia es el devenir de un orden espontáneo formado por normas que han surgido en las sociedades para que sus individuos no se maten entre sí cuando dan rienda suelta a su acción. En segundo lugar, la empatía es un poco más amplia, porque se puede extender más allá del ámbito de convivencia humana e implica que el hombre actúa de una determinada manera cuando cree que el sujeto que tiene en frente puede pensar y sentir (sintiencia), sea dicho sujeto un humano, un animal, una planta, o lo que sea (no hay límites).

Gracias a la empatía, los humanos se han civilizado, han aprendido a percibir las singularidades como algo bueno y han dejado de ser tan hostiles tanto entre ellos como con su entorno. Pero la empatía no es total y perfecta, por tal motivo, una acción específica no siempre se valora de idéntica forma sino que depende del individuo que recibe sus consecuencias. Si tuviese que poner un ejemplo de esto diría que normalmente a las personas en Occidente les resulta mal matar perros, no así les resulta tan «mal» pisotear a una cucaracha, aunque en esencia la acción es la misma.

A este fenómeno se le conoce con el nombre de «especismo». La mayoría de los humanos lo practican, y es un criterio utilitarista-antropocentrista que los hace entenderse como la especie dominante del planeta y la que ha de determinar el destino de otras especies e incluso discriminar entre ellas bajo un precepto de satisfacción. Es así como al común de la gente le parece inferior todo lo que no es humano pero también puede que le resulte «mejor» una especie que otra.

Los veganos ven a este especismo como algo malo, como una arbitrariedad, debido a su creciente empatía hacia los animales. De hecho, lo comparan con el sexismo (discriminación por sexo) y con el racismo (discriminación étnica). ¿Cuál es el problema con eso? Pues, que si la gran empatía hacia algo supone que alguien vea mal todo aquello que le causa la muerte, es normal que en algún momento un vegano pueda sentir un grado de desprecio hacia la humanidad.

Hoy por hoy, se puede ver a muchísimos veganos cuestionándose, por ejemplo, el hecho de tener hijos, y más aún cuando caen en cuenta de que eso que llaman «especismo» no es sino una arbitrariedad de la propia naturaleza que ha hecho al hombre más inteligente y mejor dotado que cualquiera de las otras especies que existen sobre la faz de la Tierra.

Es una misantropía que no tiene base alguna, porque si evaluásemos la actitud realista de la gente, veríamos que su ingesta de carne no es el resultado de un regocijo en su superioridad o arbitrariedad sobre otros individuos vivos, sino de una cuestión evolutiva que, desde el punto de vista antropológico, podría describirse como tradición. O sea, las personas comen carne por el gusto a su sabor, porque sus padres les dicen que está bien hacerlo y no porque gocen con el sufrimiento de los animales.

 Vegano o no, el impacto ambiental de la supervivencia humana es inevitable

Por el simple hecho de ser y subsistir, el ser humano tiene un impacto inevitable sobre los diferentes ecosistemas del planeta, un impacto que implica necesariamente la muerte de otros seres vivos, ya sean del Reino Animal o del Reino Vegetal, y no hay forma de evitarlo.

Si de hoy para mañana todos los seres humanos del planeta decidiéramos sustituir nuestra dieta omnívora por una dieta exclusivamente vegetariana, todo seguiría relativamente igual desde el punto de vista ambiental a como está ahora, es decir, seguiríamos contaminando tanto o más de lo que ya contaminamos.

Como la proteína animal nos satisface por tiempos más prolongados que cualquier otro macronutriente vegetal, nuestras comidas al día aumentarían en número a modo de compensar el hambre que nos daría, así trasladaríamos la demanda actual de carne (en proporción) a los productos vegetales. También la trasladaríamos de bienes asociados con la carne, como el sorgo, el maíz y el pasto (alimentos para animales), hacia los asociados con los vegetales, como los fertilizantes y los desechos orgánicos. Las enormes granjas de ganado no se repoblarían de flora sino que pasarían a ser huertos y el gasto de agua para el riego sería prácticamente el mismo que el que ahora tenemos para dar de beber al ganando.

Este impacto podría reducirse si toda la agricultura fuera orgánica, aclarando que, para que sea así, tendría que industrializarse y ya eso es sinónimo de mucho impacto per se. El problema está en los riesgos de los vegetales orgánicos en relación con las bacterias y las plagas, y es que por alguna razón existen los fertilizantes nitrogenados y los pesticidas: salvan a la gente de ingerir agentes mortíferos como los microorganismos que están presentes en el estiércol de los animales.

Ahora, ¿no hay aquí varias cosas que llamen la atención? Pues sí. En primer lugar, es muy contradictorio que los veganos no estén dispuestos a comer huevos, leche o miel de abeja, por tratarse de excreciones animales, pero sí estén dispuestos a comer e incluso promover la ingesta de vegetales que hayan sido abonados con excremento de caballo, por poner un ejemplo. Yo a eso no le veo mucho de vegano, como tampoco le veo mucho de vegano a la mayor contradicción de todas: si todos dejásemos de comer carne, habría extinciones masivas de especies animales.

La industria de la carne —y en general de casi todos los alimentos— no es, evidentemente, el resultado de la acción innata de los ecosistemas sino de una serie de procesos económicos complejos impulsados por la acción humana, esto quiere decir que la existencia del ganado está determinada exclusivamente por la demanda del hombre. Si la industria de la carne desapareciera de la noche a la mañana, las vacas, los cerdos, los pollos, las sardinas, etc., se extinguirían al no ser necesaria su crianza.

– Insalubridad verde: el veganismo como una oda al azúcar y a los problemas hormonales

Ver a un «vegano» con sobrepeso (que los hay muchos) en principio nos resulta raro, pues el término «veganismo» suele estar casi siempre mezclado con la palabra «saludable» en la publicidad que se hace la industria vegana. Pero lo cierto es que detrás de las dietas exclusivamente vegetales hay vicios alimenticios de los cuales la gente no suele estar consciente, y no estoy hablando solamente de la falta de vitaminas y minerales, sino de la distribución de los macronutrientes y de la forma en que se preparan los alimentos.

Empezaré por lo primordial: las dietas veganas tienen un alto déficit de vitamina B12, porque ésta no se haya en los vegetales, sólo en las carnes. No ingerirla puede acarrear problemas serios, pues el cobalto que la compone tiene un papel protagónico en el funcionamiento del sistema nervioso, en la producción de la sangre y en otros mecanismos vitales del cuerpo a nivel celular. De este modo, sólo comer vegetales o, incluso peor, las famosas raw vegan diets o dietas crudiveganas, son potencialmente riesgosas si no se suplementan, pues consumen todas las reservas de vitamina B12 del cuerpo y generan males como la anemia, desórdenes neurológicos, etc., etc., etc.

Pero quizás el enemigo más importante que está oculto detrás del veganismo sean las calorías. La mayoría de las recetas veganas —sobre todo las que buscan ser muy suculentas— parten de ingredientes como frutas y semillas que, si bien gozan de bondades que nadie discute, conducen a problemas asociados a los excesos:

Las semillas o frutos secos están llenos de grasa —sí, grasas buenas, pero grasas al fin y al cabo— y suponen un exceso de energía cuando no se consumen con moderación. Si hablásemos de nueces, sólo cien gramos de éstas contienen más de seiscientas calorías (más que una Big Mac). Algo similar sucede con otros productos como los aceites vegetales y el aguacate, por lo que si nos preparásemos, por ejemplo, una ensalada que contenga frutos secos, aceite de oliva y aguacate, podríamos estar ingiriendo la misma cantidad de calorías que tendría una comida completa no vegana.

Las frutas son aún más controversiales. Nadie sería capaz de negar que sean sanas (ni yo, que tiendo a cuestionarlo todo); sin embargo, su sanidad no supone el abuso de ellas, pues el peligro de comerlas en exceso es real y atañe directamente al hígado, que es el órgano encargado de metabolizar la fructosa. Claro que comernos a diario una o dos porciones de fruta no va a matarnos (todo lo contrario, nos va ayudar en mucho, porque la azúcar es vital para el funcionamiento de las células), pero las dietas veganas y raw vegan, esta últimas exageradamente ricas en frutas, son un exceso de azúcares para el cuerpo.

Ahora, hay productos como la soya (soja) y los jarabes de maíz y agave (altísimos en fructosa) que de plano son nocivos para la salud. Estos suelen formar parte de la comida vegana que es altamente procesada básicamente porque son muy baratos y versátiles.

La soya, por ejemplo, es una proteína vegetal de sabor neutro que se utiliza muchísimo como reemplazo de la carne de animal y es la materia prima de otros productos como suplementos de proteína veganos, embutidos, leche, aceite, cereales, condimentos, etc., etc., etc. A pesar de esto, la soya contiene elementos como aluminio, nitrosaminas, isoflavonas y otra serie de componentes que tienen efectos negativos sobre el cuerpo, sin mencionar que prácticamente toda la que se siembra y comercializa en la actualidad está modificada genéticamente para ser resistente a herbicidas como el glifosato (algo no precisamente muy orgánico).

– Veganisismo: una política de totalización

Ser vegano no tiene por qué ser una condena a muerte si detrás de ello hay un respaldo informativo bueno o si se toman decisiones inteligentes al respecto. Considero, de hecho, que una de las mejores cosas que tiene este estilo de vida es la variedad: una persona que se ha vuelto vegana generalmente ha pasado por un background de investigaciones referente a tipos de comidas que no se suelen incluir en una dieta omnívora común y que son bastante saludables, por eso en sí no me parece mal su libre decisión de adoptar el veganismo, pero sí me lo parece ese tipo de activismo vegano-animalista que intenta de una u otra forma incidir en las políticas públicas.

Las personas siempre actúan conforme a sus propios intereses, cosa que no está mal en un contexto de igualdad ante la ley. Aunque cuando está el poder de por medio, tal individualismo innato es el origen de la imposición de cuestiones que sólo a una persona o sólo a un pequeño grupo de personas les parecen correctas. Una muy buena parte del activismo vegano busca que el Estado dé rienda suelta a un marco regulatorio especial que afecte a la industria cárnica al punto en que a los ciudadanos se les haga difícil (o de plano imposible) adquirir sus productos, justo como pasa con la industria del tabaco en Australia, con la del chicle en Singapur o con la de la sal en Uruguay.

La izquierda se ha abrogado para sí las luchas ambientalistas creando partidos políticos (la mayoría con una línea marxista bastante radical) que son un melting pot donde se mezcla el feminismo de tercera ola, el animalismo, el anti-capitalismo, la anti-globalización y todo conjunto de ideas (con las que muchos veganos se pueden sentir identificados) que suponen una excesiva intervención del Estado sobre la economía. Estas arbitrariedades se meten en un mensaje de autoridad moral que les dice a los ciudadanos «lo mal que están viviendo» y que, por tanto, sus políticos, «que son los que mejor saben lo que le conviene a todos», tienen la potestad de decirles qué deben hacer, o más bien, qué no deben hacer.

Básicamente, se trata de convertir a la gente en mala para justificar la imposición de un bien común que es tan relativo como una opinión individual. Y, si a ver vamos, una persona no es más o menos virtuosa que otra por el simple hecho de ser vegana o animalista; hay que ver cómo en la historia existen montones de ejemplos de personajes que amaban a los animales, no se los comían, y aun así eran tremendos genocidas: Adolf Hitler es quizás el más representativo de los ejemplos.

Los Estados no deberían regular más allá de las normas básicas de las sociedades, aquellas normas que garantizan la convivencia, pues si se metiesen con el tipo de comida que las personas ingieren, a la larga también podrían meterse con cosas mucho más escabrosas como la ropa que compran, las películas que ven, la música que escuchan, y otra clase de cosas que atañen a las decisiones personalísimas.

 

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