Por Florángel Quintana.

Al parecer hemos aterrizado en terrenos inclasificables de acuerdo a las anteriores expediciones. Así podría comenzar la bitácora del viaje comunicativo de una madre frente a su hijo/hija entre los 22 y 24 años.

Ante una conversación podemos toparnos con la mirada persistente de nuestro interlocutor que puede hacernos pensar que estamos explicando un cuadro de Mondrian. Impávido, solo vemos su parpadeo, acción necesaria a favor de sus lagrimales y un “Sí… Ajá… No sé… No entiendo” sumado al encogimiento de hombros, otro reflejo automático de su cuerpo.

Tal vez en nuestra mente en ese momento pueda estar formándose una serie de pensamientos posibles, ese catálogo que tenemos las madres para pensar sobre lo que piensan nuestros crecidos retoños. A veces nos decimos que el asunto es meramente generacional. Una se justifica —sonrisita incluida— en que “yo soy Generación X y él es Millennial” como si las nuevas relaciones familiares fueran las evaluaciones del Señor Spock para el Capitán Kirk. Aunque cabría destacar que a veces sentimos que seguimos expiando todavía las arcaicas culpas del otro, el Doctor Spock: gratificaciones como microondas, rápidas y sin jugo…

Los encuentros comunicacionales con nuestros hijos pasan por diferentes matices: o no es “su” momento o no hay respuesta conocida por ellos para nuestras dudas metódicas maternales. Los espacios de silencio pueden ser notables y no pasa nada si le hablamos y ni siquiera nos miran a los ojos. Nos decimos como frasecita de coach emocional: “Claro, no hay nada qué decir, y está bien… ¡Todo va a estar bien!”

Es allí cuando recordamos que hemos sido la consecuencia de padres (Baby Boomers) que giraban instrucciones y nosotros cumplíamos marcialmente, a costa de alguna trompada (en el peor de los casos) o de una sanción de, por ejemplo, no poder ver las comiquitas de las 4 de la tarde o conseguir el aro del teléfono con un candadito. ¿Alguien recuerda los artefactos grises donde “discábamos” el número de nuestra mejor amiga-compinche? ¡Vaya que hasta el verbo aquel está es desuso!

La verdad era que a nuestros padres no se les daba muy bien eso de conversar… Todo terminaba siendo un interrogatorio… como aquellos con el policía bueno y el otro malo, aunque sin foco directo a la cara y con nuestra madre alzando su ceja a lo María Félix eventualmente.

Quizá por eso al hacernos mamás contemporáneas empezamos a disfrutar hablar y mucho, con la insistencia del manual para padres modernos. Nos encantaba tener largos discursos explicativos sobre el ser y la esencia humana para nuestro hijo de 4 años, así solo bostezara y pidiera comida a cada rato. Sin embargo, nosotras estábamos allí, en nuestra misión, para hablarle de la vida misma y escucharle sus reiterados porqués.

Pero no contábamos con la astucia de la tecnología que llegaba para competir con nuestro papel de sabia-maestra-Yedi. Así los niños fueron creciendo y su autonomía e independencia a hacer gala. Nos volvimos prescindibles.

Ahora nuestro millennial reconoce que cualquier cosa está en Dios Google y Youtube, pues, es el Pastor y nada faltará para que le sea mostrado en breves, entusiastas y divertidos minutos algo más interesante que la perorata de su old fashioned madre.

@florangel_q