Por Gustavo Löbig.

Las mejores expresiones artísticas son aquellas que conectan al autor con su dimensión más trascendente, las que elevan el autoconocimiento de quien las contempla e interactúa con ellas, las que facilitan en ambos, creador y espectador, la comprensión de que son parte del Uno. En un nivel más bajo, plagado de relativismos impuestos por el ego, están las demás muestras de arte, cuya importancia viene dada por su nivel de creatividad, originalidad, simbolismo, mérito, impacto cultural, duración, emocionalidad, difusión, éxito, valor monetario.

Todas las obras de arte representan una búsqueda, desde la más famosa hasta la menos conocida, desde las pinturas rupestres y los primeros sonidos musicales humanos hasta los más recientes aportes de la sensibilidad artística. Todas buscan dejar una huella que no se pierda, que dure en la memoria del universo, pero solo las mejores intentan despertar el mundo interno donde vive nuestro ser esencial para que este se active, se muestre, sea descubierto, emerja desde la atrofia o la mediocridad hasta alcanzar lo sublime. La belleza es parte del proceso. Sin ella, considerada como un valor absoluto que no depende de los filtros de quien la contempla, pues simplemente es tal, más allá de juicios, opiniones y relativismos, no hay verdadero arte. Y este, como la verdad, como la belleza, también puede ser sinónimo de bondad y de esperanza.

Santayana lo dijo así: “La belleza es una razón para tener fe en la supremacía final del bien”. Quien no necesita la belleza para vivir no es cabalmente humano. Por otro lado, el arte auténtico nunca es trivial o superfluo, ni su importancia depende del prestigio o el éxito comercial. Borges dijo que en la Edad Media había pocos libros, pero todos esenciales. No como ahora, cuando la cantidad priva sobre la calidad y la apariencia sobre el significado. Hablar de arte y conciencia es hablar de arte y espiritualidad. Querer saber qué es el arte equivale a preguntarse qué es realmente el ser humano. Y como el fin último del arte es el hombre, el arte habita nuestra cotidianidad, no solo para ser contemplado, sino también conocido. O más bien reconocido, recordado, pues busca facilitar que el individuo cobre conciencia acerca de su origen.

En eso consiste nuestro despertar del sueño que supone la breve vida en este planeta, un sueño basado en ilusiones que, en muchos casos, tiene mucho de pesadilla. Mientras el arte sea visto como un medio para evadirse de los asuntos menos agradables de la propia existencia, no ayudará a que la persona despierte y evolucione, será simplemente otro elemento más dentro de su pesadilla particular. “El artista no es un tipo especial de hombre», dijo Coomaraswamy, «sino que todo hombre es un tipo especial de artista».  En una sociedad donde solo los genios son artistas casi nadie siente la responsabilidad de hacer bien las cosas, es decir, con arte, porque casi nadie opera según su vocación o inclinación natural, y entonces pocos valoran y trabajan debidamente para preservar la belleza y la verdad. Por fortuna, a pesar del experimentalismo artístico moderno basado en un exhibicionismo irrelevante, fruto del culto al individuo y la sobrevaloración del genio personal, siempre existe algún artista que no pretende el reconocimiento social, tras el cual solo hay un desesperado deseo de ser querido, sino que trabaja para desarrollar la mayor conciencia posible en sí y en otros, convirtiéndose en instrumento de la Conciencia Universal.

Y es que lo mejor del arte humano sigue siendo anónimo, y por eso lo encabezan las pinturas prehistóricas. Puede que el arte, como dijo George Steiner, sea la única posibilidad de lograr una cierta experiencia de trascendencia que le quede al hombre contemporáneo, porque en su búsqueda termina por vaciarse de sí mismo y solo así logra ir más allá de sus propios límites. Entonces se conoce de verdad, se encuentra consigo y alcanza la paz. Unos pocos espíritus, privilegiados por la lucidez de su talento, han tratado de decirlo. Paul Klee escribió: “Aquí abajo soy inasible, vivo entre los muertos y los aún no nacidos, un poco más cerca de lo habitual, del corazón de lo cotidiano, un poco más lejos de lo que debería”. William Blake señaló: “Hay que desechar por siempre jamás la idea de que el hombre tiene un cuerpo distinto de su alma”. La mayoría de los seres humanos viven y mueren sin saber por ni para qué. Ya lo dijo Bob Dylan: “¿Cuántos años puede permanecer una montaña antes de ser arrastrada al mar? ¿Cuántos años  puede alguna gente libre vivir antes de conocer la libertad? ¿Cuántas veces puede un hombre volver la cabeza fingiendo no ver nada? La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento, sigue flotando en el viento”. Y Rilke complementa a este cantautor cuando pregunta: “¿Quién dice que todo desaparece? Del pájaro que hieres, ¿quién sabe si no queda el vuelo? Tal vez las flores de las caricias nos sobrevivan, y también su tierra”. El arte justifica la presencia de nuestra especie en este mundo, nuestra búsqueda del sentido de la vida a través de una historia tan llena de errores nuevos y fallas repetidas. El gran novelista Joseph Conrad resumió todo lo anterior de esta manera: “El verdadero artista apela a nuestra capacidad para deleitarnos con la belleza, a nuestra intuición para descifrar el misterio que rodea la vida, a nuestra latente sensación de hermandad con todo lo creado y a la sutil pero invencible fe en la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones y enlaza estrechamente a toda la humanidad”.