Por Florángel Quintana.

En 2012 apareció una investigación del US Chamber of Commerce donde mostraban a la generación del milenio como seres optimistas, conectados y colaboradores, pero llenos de contradicciones; incapaces de entender las prioridades de las otras generaciones, sobre todo de las que los anteceden.

Son múltiples los artículos que podemos revisar en la red sobre el análisis de comportamiento de los exponentes de la Generación Y. Claro, son generalizaciones porque hay variantes de personalidad, carácter; de actitudes, de valores. Hay ensayos repletos de ironías. Muchos parecieran concebidos por abuelitos gruñones. La verdad hay mucho qué leer sobre nuestros millennials.

Son vistos por los investigadores como individuos que presentan un sexto sentido digital desarrollado. Son altamente creativos, su proceso de pensamiento es veloz y han redefinido el término “multitarea”, pues su nivel de atención es muy corto. En apariencia suelen hacer varias cosas a la vez, cuando en verdad lo que sucede es que saltan de una actividad a otra. Ejecutan tareas rápidas para una resolución inmediata. Son cerebros evolucionados, obviamente.

Dicen los expertos que los milénicos funcionan bajo la premisa de la “economía colaborativa”, esa que marca la pauta en Uber y Airbnb, por ejemplo, y desde una silla en Starbuck’s, sonreídos, ven llegar los cambios tecnológicos no desde el poder de ser dueños sino desde el poder de acceder y tener control real de lo que quieren, y sobre todo, de cómo lo quieren. Ellos, los que pagan hoy gracias a sus teléfonos, andan ocupados pensando en los avances de las criptomonedas, o sea, la vida más simple. No les inquieta la independencia, pero sí la comodidad financiera, estar económicamente solventes.

Aseguran los analistas que esta generación es políticamente desapegada, pero si revisamos el compromiso que muchos jóvenes muestran por el acontecer público en sus países veremos a seres más tolerantes, más abiertos a los positivos cambios para el colectivo. Eso no es muy visible, es poco notable para los Baby Boomers y para algunos Gen X que hacen política.

Esta generación Y sufre de las etiquetas que señalan sus faltas: que se creen reyes supremos, que se mercadean a sí mismos en una “autovanagloria” casi enfermiza. Son maestros de la expresión del ego a través de perfiles en redes sociales donde muestran sus pasiones en primera persona: “yo comiendo, yo viajando, yo socializando, yo siendo yo”. Sin embargo, en descargo de nuestros millennials, a todos se nos sube el ánimo frente a una selfie, ¿o no?

Las estadísticas dicen que el 80% de ellos duermen con sus dispositivos y están más tiempo viviendo con sus padres. Pero lo más interesante de esos estudios sobre nuestros muchachos que ya están en la adultez, es la crítica a los padres… Nos pintan como satélites girando en torno a las necesidades absurdas de los crecidos retoños; sometidos por sus genios, dependiendo de sus ánimos cambiantes. Somos culpables de hacerlos sentir únicos en su especie demandando demasiada atención de nosotros, gente que es definida como la generación de los escépticos, independientes, competitivos, apegados a normas y atentos al estatus social.

He leído que los padres millennials somos causantes de crear monstruos… Criar inseguros como si fueran especiales; ofrecer todo tipo de recompensas aunque no se las merecieran. Nos juzgan que estamos siempre revoloteando alrededor de nuestros hijos.

Quizá podamos ser vistos como elegantes y sublimes mariposas o como fastidiosos abejorros zumbando continuamente, pero estamos allí, aprendiendo y desaprendiendo en esta escuela que es la vida. Ya veremos cómo serán nuestros nietos… con mayor despliegue tecnológico, con mayores cambios sociales.

La ruleta está dando vueltas.

IG y Twitter: @florangel_q