Por Florángel Quintana.

Para una mujer que viene del mundo analógico y vio el surgimiento de la frasecita la dinámica del mundo cambiante, toparse con la tecnología de punta, con el reino de lo absoluto digital le supuso abrir más los ojos, sorprenderse de tanta posibilidad de descubrir algo nuevo cada día.

Desde los recuerdos del Sony Trinitron donde veíamos a Candy Candy (el primer culebrón animé) hasta el último IOS 11.4.1 han pasado varias lecciones que hemos aprendido gracias al deseo constante de saber, al hambre de conocimiento propia de nuestra generación. Hoy damos por hecho que la realidad es una abstracción, un supuesto de ambiente controlado; sabemos de poses precisas a juego con la red social usada y emojis que resumen sensibilidades.

Tenemos la certeza de que lo que percibimos puede ser una alteración digital, conocemos de las bondades del dios Photoshop en los predios de la nueva ágora, Instagram, sin embargo siempre caemos en las trampas de la realidad comunicativa de estos tiempos.

Nosotras las madres que sabemos de Blockbuster, cassettes TDK, memorandas y fax continuamente andamos con nuestra mente como el bombillito verde del pc, titilante, atentas a cada nueva orden que gestionar. Mientras tanto, nuestros hijos milénicos procesan información a nanosegundos. Son capaces, entre cada parpadeo, de subir un snapchat, darle like a una foto y revisar su lista de Spotify. Nuestras velocidades de procesamiento, obviamente, son distintas, pero nos servimos de la sabiduría de esta maravillosa generación para asimilar nuevas aplicaciones y conocer de trucos, por ejemplo, aunque esto implique abstraernos.

Todos estamos atentos a nuestros dispositivos, esa es casi la norma comunicativa ahora: la intermitencia. Ya no la critico, asumo que es una mala educación donde caemos los X y los Y. Es común que conversemos sin mirarnos. Preguntamos y respondemos sin necesidad de vernos a los ojos.

Hoy en este proceso de emisor y receptor intermitentes me quejaba con mi hijo de esos mensajes de gente ociosa que recibo a cada rato en WhatsApp. Las fulanas cadenas que te espetan aquello de “si no reenvías esto es dos minutos, la ausencia de wifi, arrugas, celulitis y manchas del sol acabarán con tu vida”. De pronto, altivo, se detuvo, alzó la mirada y me dijo jactancioso: Eso es propio de generación, ma. A nosotros nos fastidia ese tipo de cosas, no las hacemos... Okey… Punto para él, pienso.

Recuerdo que las cadenas comenzaron por gente que imprimía un mensaje aleccionador, de tipo religioso o en la onda de la “nueva era” y lo deslizaba por la rendija de la puerta de los apartamentos. Luego se multiplicaron en las oficinas donde te los dejaban en el cubículo hasta que, posteriormente, “migraron” a los mensajes SMS. Hoy somos los Gen X, los que usualmente tenemos esa mala costumbre de reenviar mensajes masivamente, sean edulcorados, políticos o graciositos. Somos culpables, es verdad, de subir videos sin verificar la autenticidad ni constatar si es parte de la masa de fakes news que nos invade, aunque allí caemos todos por igual.

Mi generación -que vio nacer el ICQ- y hace gala de su vasto conocimiento del mundo de dos siglos pasados, nos adecuamos con torpeza a la modernidad digital. Usamos el celular diferente de hecho, desde la manera cómo lo tomamos… Escribimos, a veces, con un dedo, o si usamos dos, pues el proceso es mucho más lento que el adolescente que tenemos al lado, que manda una serie de respuestas a una velocidad que dudas si escribe oraciones simples o solo usa abreviaturas (LOL, DEW, PIR). ¡Y tú que te jactabas de aquel cursito de mecanografía que hiciste alguna vez!

A nosotros, los X, nos llamaban “los hijos de la caja boba” porque nos podíamos pasar tardes enteras frente la parrilla infantil de las tardes que tenían los canales de televisión abierta. Ahora a nuestros hijos milénicos que son producto de las consolas de juego repletas de gráficas violentas en lenguaje, música y temática les sacamos en cara su abstracción del mundo real. Se nos olvidó nuestra adolescencia al parecer.

Por eso no debe haber queja, pues este asunto de la intermitencia comunicativa es inter e intrageneracional. Todos estamos absortos en nuestros móviles, todos dependemos de esa vida virtual que hemos construido. Claro, nuestros millennials llegaron con ese chip de avanzada y son multitasking móviles, nosotras en cambio somos monotarea: “¡ya va que tengo un WhatsApp!”

 

@florangel_q