Por Aglaia Berlutti

Es curioso cómo se recuerdan algunas cosas: las importantes y las que no lo son tanto, forman parte de una mezcla un poco sin sentido que la mente ordena a conveniencia. Hará unas semanas, mientras revisaba una caja vieja en algún lugar de mi casa, encontré mi antiguo uniforme escolar. La camiseta beige estaba impecable manchada y llena de firmas, como manda la tradición y la falda, deshilachada y mal cortada, mucho más de los dos centímetros por encima de la rodilla que el colegio de monjas bigotonas donde me eduqué lo permitía. De inmediato recordé las horas que dediqué a coser y a descoser el reborde de la prenda, tantas veces y en tantas ocasiones, que llegó a hacerse un nudo de hilos de diferentes texturas e incluso de diferentes colores. Pero el objetivo estaba claro: que las rodillas fueran bien visibles y a ser posible, un poco de piel pálida del muslo más arriba.

¿El motivo? Cuando era una niña, una de mis vecinas estaba obsesionada con el largo de mi falda. Cada vez que me veía caminar de mi casa hacia la escuela, se tomaba la molestia de salir y recordarme que estaba muy corta o tenía el largo correcto. Después siempre añadía “Recuerda que una es la piel que muestra”. Nunca le pregunté qué quería decir, quizás porque tenía una idea bastante clara sobre el motivo de su insistencia. Después de todo, crecí en un país de niñas “buenas” y “perdidas”, de “putas” y “decentes”. Así que no era tan inocente como para no imaginar hacia donde apuntaba el recurrente comentario.

De manera que cuando cruzaba frente a su casa, me detenía un momento para subirme la falda muy arriba de la rodilla, todo lo que podía sin mostrar la ropa interior –e incluso, a veces decidía hacerlo– y pasaba caminando muy despacio, para que la vecina no tuviera duda de cuál era el largo de la falda, de la mucha piel que mostraba y de lo poco que me interesaba su opinión al respecto. La escuchaba gritar reclamándome: “Te mereces tus buenos bofetones, mocosa malcriada” y luego corría para desaparecer en la esquina y soltarme la falda a su largo regular, un aburrido centímetro sobre la rodilla. La escena se repitió montones de veces y en todas las ocasiones, sentí un enorme placer infantil, absurdo y sin sentido de demostrarle a la vecina que podía llevar la ropa como mejor me pareciera. Y que sus insultos y gritos, me divertían antes que cualquier otra cosa. Pero con todo, la experiencia me demostró algo muy concreto: el mundo te mira con mucha atención. Tanta como para decidir ex profeso y de manera directa, cómo debes vivir tu vida. Incluso en los pequeños aspectos de cuánto remangas la tela de tu falda sobre la rodilla.

La idea no se me olvidó. La recordé por años. Con insistente frecuencia. Porque a medida que crecí, me tropecé con todo tipo de pequeños límites que imponía esa mirada insistente de la cultura donde nací sobre mi vida. No se trataba de que yo fuera especialmente rebelde o transgresora –no lo fui, de hecho– sino que en mi país, la sociedad parece obsesionada con el comportamiento femenino. Y yo comencé a transgredir ese límite, siempre que podía, de todas las maneras que conocía. A hablar cuando no se suponía que debiera, a preguntar cuando debía estar callada. A leer lo que no debía, a interesarme por temas que una mujer de mi edad no tenía por qué discutir. A hacer cosas que se suponía, una mujer no debía interesarle. Gradualmente, descubrí que conservar mi identidad implicaba enfrentarme a una serie de opiniones y criterios sobre mi vida insoportables y que dibujaban un tipo de mujer imaginaria que jamás sería ni me interesaba ser. Preocupada y desconcertada por la idea, durante años me pregunté dónde encajaba yo en el paisaje de lo femenino en mi país, cuál era mi lugar en esa serie de estereotipos y tópicos que parecían excluirme y aplastarme. Nunca lo supe o mejor dicho, nunca encontré esa pieza que podía definirme, ese espacio que podía considerar propio en medio de tantos trozos vacíos de identidad e información.

Años después, ya en la Universidad, creí que lo encontraría. Por algún motivo, nada más llegar al campus, descubrí que era feminista, aunque yo no lo sabía y la verdad, no me interesaba específicamente serlo. Pero lo era. En la medida que comencé a interesarme en la inclusión de la mujer a nivel cultural y social. En mi preocupación constante por imaginar una sociedad donde todos los ciudadanos tuvieran los mismos derechos y deberes. No tenía nociones sobre filosofía feminista, apenas había leído a Margaret Atwood y un poco más y aunque era fanática de Marcela Serrano, sabía que no era suficiente para considerarme activista de ningún movimiento político o ideológico en particular. Para entonces, ya era una mujer que sabía muy bien lo que significaba mostrar o no mostrar piel y lo que podía implicar. Pero más aún, era una mujer que había crecido en una cultura que parecía muy preocupada no sólo por el largo de su falda, sino también, por lo que decía –o no– , lo que esperaba del futuro –o lo que no creía formara parte de él– y sobre todo, por la manera en que me concebía a mí misma. Con el transcurrir del tiempo, descubrí que no sólo la vieja vecina gruñona parecía obsesionada por mi comportamiento, sino que la sociedad parecía mirar con mucha atención qué hacían las mujeres de mi edad y de cualquier otra. Una idea que comenzaba a molestarme –cuando no irritarme– y que finalmente me abrumó cuando comprendí que no sólo se trataba de un pensamiento social –un deber ser difuso– sino algo más profundo, complejo y preocupante que pesaba sobre la mujer como un peso real. La tradición histórica que te obliga, el peso cultural que te deforma la espalda mientras intentas sostenerlo con dificultad. Porque al final de cuentas, todas las mujeres llevamos a cuestas un fardo de ideas que no tenemos una idea muy clara de donde pudieron haber nacido, pero que están allí, para recordarnos lo que se espera de nosotras, lo que se asume debemos ser.

Una de mis amigas universitarias solía insistir en que cada mujer encuentra un límite sobre su identidad muy pronto. En el largo de la falda –como insistía mi vecina– , en lo que puede o no hacer, en lo que puede o no aspirar. Era una feminista radical, de esas que suelen provocar chistes y burlas: llevaba el cabello muy corto, las axilas velludas, ropa muy ancha. Estaba convencida de que cualquier patrón estético era una concesión al sistema, a la exigencia cotidiana de verte como “se supone debías verte” y le inquietaba que el resto no analizara el planteamiento de la misma manera. Solíamos sostener largos debates al respecto, que casi siempre terminaban en discusiones mal sonantes.

– ¿Qué tiene que ver que yo desee afeitarme bajo los brazos con la defensa de mis derechos fundamentales como mujer?  –le pregunté en una ocasión, directamente. Me miró enfurecida y ofendida.

– La publicidad alienante te hace pensar que tu cuerpo debe cumplir ciertos cánones. Que debes verte como un maniquí impúber. Eso es una imposición masculina, patriarcal, que trivializa la complejidad de tu cuerpo.

Pensé en el motivo por el cual me afeitaba debajo de los brazos: lo hacia por mera higiene. Nunca había pensado en si tenía un buen o mal aspecto. Si era algo agradable de ver las axilas desnudas o de hecho, era un espectáculo desagradable para el posible curioso de ocasión. Cuando se lo dije, me explicó que el origen del hábito era “la publicidad que quería empujarme al ideal estético” y que hacerlo, era una manera de asumir aceptaba un tipo de belleza “irreal”. No me dejé convencer.

– Me depilo porque quiero oler bien. Y en realidad el requisito es personal, no me lo pide nadie  –volví a insistir.

– Eso se llama programación social. Ya lo deseas aunque no sabes por qué –me explicó. Y había cierto tono de conmiseración en su voz cuando lo hizo.

La idea me preocupó pero seguí afeitándome las axilas por supuesto, mientras ella continuó negándose a hacerlo. Seguí preguntándome si mis ideas sobre aspiraciones laborales justas, de derechos idénticos para hombres y mujeres, tenían que ver con el tamaño de mis vellos corporales o la cantidad de maquillaje que utilizaba, la ropa que llevaba o cómo me veía, en lugar de cómo pensaba. ¿O todo estaba relacionado? ¿Me estaba perdiendo de una idea esencial que yo disimulaba bajo esa insistencia mía de no aceptar cierto tipo de ideas que consideraba incómoda?

Mi feminismo –o la idea que tenía sobre el concepto, en todo caso– se convirtió en una idea permanente en mi vida, que afectaba y se relacionaba con todo lo que hacía, pensaba o decidía. Comencé a analizar de manera muy crítica lo que ocurría en mi país, en los ambientes y lugares en que me movía y sobre todo, en cómo me percibía a mí misma. Me dediqué a revisar la historia distante y reciente sobre la mujer y a preguntarme en voz alta, con una insistencia chirriante que no siempre era agradable, qué necesitaba la sociedad en que vivía para aceptar que la mujer necesita obtener y disfrutar de los mismos derechos, de las mismas aspiraciones y opciones de futuro que cualquier hombre.

Y también continué maquillándome, afeitándome las axilas, negándome a “odiar a los hombres” por el mero hecho de que la sociedad pareciera sustentada en una identidad masculina muy marcada. Más de una vez, varias de mis amigas me acusaron de “transitar una línea muy sencilla” sobre el feminismo y en varias ocasiones de ser “una feminista sin verdadera vocación de serlo”.

– No puedes luchar por tu derechos a medias ni por el reconocimiento sólo hasta donde te conviene –me reclamó alguien, cuando me negué a participar en un debate donde se le acusaba al hombre (en general) de ser el “culpable” de la opresión femenina– o eres radical o simplemente estás aceptando las imposiciones de una sociedad patriarcal.

Pensé en todas las veces en que había enfrentado a ideas machistas en mi país: la cultura de las mujeres putas, de las “de su casa”. De la mujer que no “debería leer mucho” o la que debe “darse su puesto”. Pensé en todas mis pequeñas batallas diarias, en el debate constante de ideas que intentaba propiciar y sostener en cualquier lugar donde fuera. En todas las ocasiones en que había dedicado horas de esfuerzo a insistir en la necesidad que la mujer y el hombre pudieran comprenderse, asumir sus ideas mutuas como complementarias, en mirarme como un ciudadano a pleno derecho, no como parte secundaria de una ecuación binaria sobre género que no aceptaba y nunca admitiría en realidad. ¿Hacia menos consistente mi lucha, mi insistencia en las ideas, el hecho de llevar lápiz labial?

– No se trata de consistencia, se trata sobre el hecho por qué llevas maquillaje o por qué te peinas como lo haces –me reclamó una amiga de la época, que además consideraba escandaloso me autorretratara o incluso llevara el cabello con un corte moderno– cada concesión estética le resta solidez a la reflexión general sobre la mujer.

– ¿No se trata de decisiones?  –insistí– ¿No es toda lucha ideológica una insistencia en que tengamos las opciones para decidir lo que nos convenga? ¿Cuál es la diferencia entre una cultura que te obliga a vestirte bajo determinados cánones y te obliga a que lo hagas de la manera contraria?

– ¿Una feminista en zapatos altos y mini falda? ¿Te lo puedes imaginar?  –se burló.

– ¿Por qué no?

– Porque la mujer no es un ideal estético. No debería serlo.

– ¿Quién decide lo que la mujer puede ser?  –insistí. No me respondió.

Nadie lo hizo, tampoco, por años. Y es que no se trata de una pregunta simple o quizás con una única respuesta. Se la formulé a profesoras, estudiosas del tema, especialistas en temas femeninos, amas de casa, estudiantes, profesionales. Para cada quien, la visión de la mujer parecía ser distinta y sobre todo, con alcances totalmente nuevos. Y sin embargo, la idea sobre la necesidad de enfrentarte al paradigma, de contradecir una cultura machista excluyente siguió pareciéndome necesaria. Incluso de vez en cuando en zapatos de tacón. Muy pocas veces en minifalda. En realidad, pocas veces, juzgué determinante lo que llevaba o que me veía al momento de exponer mis ideas y descubrí que parte de mi necesidad de hacerlo en la manera como lo creía correcta era justamente demostrar –a mí misma y a quien quisiera escucharlo– que la lucha por los derechos femeninos es una idea que se basa esencialmente en un planteamiento básico: ¿Cómo se mira la mujer así misma? Me tropecé con planteamientos Darwinianos –el hombre y la mujer son distintos y siempre lo serán– evolucionistas, filosóficos. Pero insistí en preguntarme hasta qué punto las mujeres nos hacemos preguntas sobre nuestras capacidades y visiones sobre el mundo sin que intervenga un debate sostenido sobre esa presión de lo que debería ser correcto o no, en la lucha de nuestros derechos.

Provengo de una familia de mujeres luchadoras, originales y muy conscientes de su lugar en el mundo. Mi madre, se obsesionó por años con la idea de “tenerlo todo” en insistió en ella por buena parte de su vida adulta. Era además una competente profesional, una madre abnegada –o intentaba serlo–, una buena esposa, hija. Toda una serie de conceptos que mucho después, admitirían la agobiaron hasta límites que ella misma dejó de comprender. La sensación de “debo tenerlo todo” o mejor dicho “necesito tenerlo todo para no defraudar el concepto de la mujer total” la obsesionó hasta la extenuación.

– Cuando te crees en el deber de complacer una idea sobre quien debes ser, la complaces –me dijo en una oportunidad, mientras conversábamos sobre el tema. Pocas veces lo hemos hecho y esa ocasión, lo hizo casi con incomodidad, como si debatir sobre lo que quieres ser, o deberías ser, fuera un tema tabú para ella– lo haces lo mejor que puedes. Pero terminas comprendiendo que avanzas a ciegas. Que te empujas hacia adelante sin saber exactamente por qué.

Con los años, mi madre llegó a aceptar que no era todo lo buena madre que podría haber sido, ni tampoco todo lo buena esposa o hija que aspiraba a ser. También admitió –para sí misma, en esencia– que fue la mujer que habría deseado, allá por su adolescencia en plena década de los sesenta, cuando la necesidad de encajar en cierto molde la hizo replantearse su punto de vista. Y esa aceptación de no alcanzar a tenerlo “todo” –lo que sea que implique esa idea y más allá de ella– le trajo cierta paz que nunca llegó a lograr siendo más joven y sobre todo, más exigente con respecto a su identidad femenina.

– Uno insiste, por supuesto, en que si quieres ser una mujer “de verdad” necesitas complacer todas esas cosas que se supone debes tener –me explicó– pero resulta una gran estafa. Una que sólo notas y asumes cuando te encuentras desbordada, cansada y abrumada. Y no es una exigencia patriarcal, como te diría alguien si me escuchara. Es sobre la mujer sobre la mujer. La idea que es dificil de explicar sobre todo si te hiciste mujer pensando que era necesaria e incluso imprescindible.

Mi abuela, que también había intentando tenerlo “todo”, aunque quizás en la década equivocada, llegó a la misma conclusión pero a través de un recorrido totalmente distinto. En algún punto del trayecto, la madre de tres, ama de casa, lectora ávida y estudiante ocasional, descubrió que de alguna forma, estaba construyendo un punto de vista tan válido como cualquier otro sobre ser mujer. Eso, a pesar de que mi abuela no profundizó jamás en el concepto del feminismo Institucional y la mayoría de las veces consideró absurdo una batalla entre los sexos. Cuando niña, su postura abierta e indepediente siempre me sorprendió y me desconcertó.

– Me gusta cuidar de mi familia. No sé si sea lo que se espere de mí o lo mejor que puedo hacer. Pero me gusta hacerlo. No me considero esclava de mis deberes o de ser madre. Lo soy porque quise y lo disfruto. Y lo entiendo como parte de mi vida, sin que eso me disminuya.

Mi abuela dedicó buena parte de su vida a la crianza de sus hijos y después a disfrutar la vida a su manera. Siempre tuvo un pensamiento muy fuerte e independiente, opiniones muy concretas sobre los derechos de la mujer, una curiosidad de inestimable valor y posturas muy definidas sobre lo femenino y la mujer, fruto probablemente de su educación religiosa. También siempre se maquilló y se afeitó las axilas, llevó ropas vistosas y muy femeninas y disfrutó de cuidar de su aspecto personal. ¿Hizo menos realista su punto de vista sobre los derechos de la mujer, que defendió siempre que pudo y predicó con el ejemplo? ¿Fue menos contundente en su necesidad de asimilar la identidad femenina desde su punto de vista?

Pero vamos más allá: ¿Cuántas mujeres pueden presumir que obtienen el mismo salario de su contraparte masculina? ¿Cuántas mujeres pueden decir que no han tenido que soportar acoso por el mero hecho de ser mujer? ¿Cuántas mujeres sufren de violencia de género porque la sociedad admite que es normal –incluso aceptable– que ocurra? Así que, por supuesto que hay motivos por los cuales es necesario luchar, pero también para hacerte preguntas en cómo debería ser esa lucha.

Tal vez, por ese motivo, mi pensamiento feminista se convirtió con el transcurrir del tiempo en algo personal, en una forma de mirar y comprender que no todo es tan sencillo como para analizarse bajo extremos básicos y mucho menos, bajo elementos únicos. No lo sé, quizás estoy equivocada. O continúo enfocando el trasfondo de las ideas con excesiva sencillez. Así lo pienso a veces. O incluso, simplemente lo debato en mi mente como una de las tantas posibilidades de lo que puede o no ser esta necesidad de asumir un debate consistentes sobre mis derechos y quien quiero ser. Quién sabe si todo se trata de una postura insistente, asumida con esfuerzo, que crece al mismo ritmo que forma de comprender el mundo. No podría decirlo, la verdad.

Hace poco, encontré una de mis fotografías escolares. Era una niña delgaducha, de rodillas huesudas y que llevaba la falda unos pocos centímetros más arriba de lo que debería. Pensé en cómo me divertía hacerlo para contradecir a la vecina gruñona, en cómo me divertía demostrándole que el largo de la tela no tenía otro valor del que ella misma necesitara brindarle. A veces me pregunto si no continúo haciendo algo parecido, mientras debato y me hago preguntas y cuestionamientos incómodos en medio del eterno debate feminista. No lo sé, me digo con una sonrisa, o quizás sí. Y parte de esa lucha es quizás la inconformidad insistente, esa necesidad de nunca dar nada por sentado. La eterna lucha de las ideas.