Por Aglaia Berlutti.

En Latinoamérica, la soltería no es un estado civil en sí mismo, sino el tránsito hacia algo más. Eso lo descubrí muy joven, cuando expresé mi firme intención de no contraer matrimonio y además, mucho menos ser madre. Tenía dieciséis años y aunque no había un motivo claro para semejante decisión, me hizo sentir poderosa el mero hecho de tomarla. Una de mis amigas me escuchó y se burló de mí con cierta socarronería.

–Ya te quiero escuchar cuando te enamores –refunfuñó.

–Puedo enamorarme de alguien y no pensar en matrimonio –respondí.

–Entonces ¿qué sentido tiene enamorarse?

Primera regla de oro de la nuestra cultura: el amor necesariamente debe convalidarse por el viejo y tradicional rito del matrimonio. La segunda regla de oro llegaría a continuación.

–Además, si quieres tener hijos, no lo tendrás sola –prosiguió mi amiga– ya verás que querrás casarte alguna vez.

–No quiero tener hijos –dije con absoluto desparpajo.

–¿Que…no? –parpadeó– ¿Cómo puedes pensar algo así?

En realidad, me pregunté cómo podía estar tan segura de querer ser madre alguna vez. Ambas éramos adolescentes, en medio de esa providencial incertidumbre que precede la vida adulta. No comprendí cómo todo era tan claro para ella, supongo que de la misma manera ella era incapaz de entender cómo todo resultaba tan confuso para mí.

–No me gustan los niños.

–A todas las mujeres le gustan –declaró– y a ti también, sólo que no lo sabes.

A continuación, me explicó la tercera regla de oro de nuestra sociedad, en medio de una serie de preguntas más o menos incómodas que no siempre supe cómo responder. ¿Qué se supone que iba a hacer con mi vida si no era madre? ¿Qué otra cosa podía aspirar una mujer sino tener un bebé? Y por último, la cuestión que parecía preocuparle más que cualquier otra cosa ¿Por qué una mujer no querría tener hijos?

–Para eso estamos en el mundo –dijo– no entiendo como para ti no es clarísimo.

Bueno, no lo era en absoluto. Con el transcurrir del tiempo, encontré que las tres reglas de oro de nuestra sociedad se permutaban e intercambiaban, pero el sentido siempre era exactamente el mismo: No se podía ser soltera sólo porque así lo quería. Mucho menos, podía decidir no ser madre únicamente por desearlo. Entre ambas cosas, subsistía la idea que una mujer no podía estar sola por voluntad propia y mucho menos, por un deseo concreto. Ser soltera – que no es lo mismo que estar soltera, que es un matiz por completo distinto – tenía algo de anormalidad, una pieza que no encajaba en el gran mecanismo de la sociedad.

Recordé esa conversación hace unos meses, cuando a propósito del Día de las Madres, una de mis amigas escribió una pequeña reflexión en la que lamentaba la curiosidad morbosa, irrespetuosa e invasiva de quienes le acosan con preguntas sobre una futura maternidad. Atormentada por los cuestionamientos, la persistencia de las preguntas muy cerca de una indiscreción grosera, se preguntaba por qué debían soportar semejante presión, el motivo por el cual debían asumir que era necesario no sólo exponer su dolor –impaciencia, frustración– privada a quién quisiera escucharla, sino el motivo por el cual, buena parte de las personas creían que los motivos de una mujer –su cuerpo, sus decisiones– eran de dominio público.

Acompañado de una fotografía de sus pies desnudos sobre un suelo de líneas entrecruzadas –una encrucijada delicadísima en un diseño de granito– mi amiga escribió lo siguiente:

“¿Con qué sueño en el día de las madres?

Con no poderme ver los pies por tener una barrigota atravesada.

Pero no es tan rápido y sencillo para todas y eso es algo de lo que sólo se habla puertas adentro.

Las que llevamos como un estigma este deseo aún frustrado.

Las que han llorado viendo una regla saben perfecto de lo que hablo.

Las que han contado días, las que se han metido un termómetro en la totona, las que han hecho pipí en palitos plásticos rezando por las rayitas, a las que nos dicen que hay que tomárselo con calma, nos recomiendan doctores y nos hemos bajado apps rosadas que te insisten en hacer “log” para decir si tuviste sexo o no en la semana crucial.

Esta mañana me dijo una muchacha: ¡feliz día! secundado por un “ay no a ti no, jajaja”.

Sin malicia, pero sin la menor idea de la herida que dejó atrás.

¿Y tú para cuándo?, no mija tú cómo que eres mamón macho, ve a que te revisen, ya tienes 37.

Y te quedas pensativa y llorosa preguntándote si eres tierra fértil y abonada o si en esta vida no te va a tocar a ti.”

Cuando leí el fragmento, la garganta se me cerró por una mezcla amarga de angustia y furia. No sólo porque me enfureció tuviera que atravesar semejante sufrimiento e incomodidad, sino por el hecho, que buena parte de quienes le acosan con preguntas sobre su futura maternidad, no lo hacen con real mala intención. Mucho menos la intención de herirla o algo semejante. Lo hacen porque según una mirada tradicional muy antigua y normalizada de nuestra sociedad, el cuerpo de la mujer –su capacidad para concebir– es cosa pública. Es algo que pertenece al dominio cultural y por tanto, no hay límites. No hay espacios que cerrar, no hay privacidad que proteger. Se trata de una especie de hábito tan antiguo que nadie parece entender muy bien que la insistencia en cuestionar las decisiones de la mujer sobre su posible maternidad puede causar dolor, transgrede cierto espacio íntimo que no debería ser otra cosa que de ámbito estrictamente personal. Pero como en otras tantas cosas, el cuerpo de la mujer parece ser territorio de debate colectivo en el que los límites obvios parecen volverse difusos por mera presión e incluso, por ese percepción histórica de la mujer sin identidad, que no existe, la invisible, la que forma parte del imaginario colectivo.

Por supuesto, no es que me sorprenda el acoso que sufre mi amiga y otras tantas mujeres en situaciones como las suyas o semejantes. Venezuela es un país que convirtió la maternidad en una forma de triunfo social muy cercano al éxito que en otras sociedades y culturas se relacionan con lo académico y lo profesional. Como si se tratara de una reivindicación de la identidad idealizada sobre el género que además, te coloca bajo cierta especulación inclemente –e irrespetuosa– sobre tus motivos y propósitos personales. Lo descubrí la primera vez que admití en voz alta que no me interesaba ser madre –ni en ese momento ni después– y me enfrenté a una multitud de miradas curiosas, inquietas e incluso, temerosas. Una de las amigas con las que almorzaba se apresuró a estirar la mano para apretar la mía con gran afecto.

–Ya se te pasará esa etapa –me aseguró.

–¿Cuál etapa?

El resto del grupo me dedicó miradas curiosas y unas cuantas preocupadas. Alguien dejó escapar una risita condescendiente tan irritante que me mordí los labios para no protestar en voz alta. Me sentí expuesta, levemente incómoda y como no, preocupada por la extraña reacción a mi alrededor.

–En unos años, vas a estar desesperada por quedar embarazada –prosiguió mi amiga bienintencionada con una amplía sonrisa amable. O que ella suponía era amable, en todo caso– midiendo tu temperatura basal y esas cosas tan engorrosas.

Un nuevo coro de risitas. Alguien más levantó las manos en un gesto impaciente.

–O quién sabe si con un bebé en los brazos. Cuando estas cosas se aceleran…

–La verdad, no lo creo –le corté y debo admitir que con malos modos–. No tengo ninguna inclinación maternal. Nunca la he tenido y dudo que la tenga en un futuro.

Silencio. Una tensión palpable e incluso hostil se extendió en el pequeño rincón del restaurante donde nos encontrábamos. De pronto, ya no se trataba de una conversación casual, sino algo más parecido a una declaración de intenciones contradictoria y que chocaban en una especie de movimiento telúrico argumental. Erguí los hombros, apreté las manos húmedas de sudor nervioso sobre las rodillas Sentí que la ira –o algo parecido a la ira pero más amargo– me cerraba la garganta. ¿Cuántas veces había sostenido discusiones parecidas durante mi vida? ¿En cuantas ocasiones había tenido que lidiar con el malestar cultural que provocaba una decisión privada como la de tener hijos –en este caso, no tenerlos– entre quienes me rodeaban? Suspiré, en un intento de armarme de paciencia.

–Tener hijos es algo natural. Es por completo imposible que una mujer no aspire a tenerlos. ¡Te lo tienes que haber planteado alguna vez! –exclamó mi amiga L., esposa y feliz madre de dos– ¿Me vas a decir que no creciste imaginando a tus bebés? ¿Jugando con tus muñecas e imaginándote como tu mamá?

La verdad que no, pensé. La mayor parte de mi infancia había estado mucho más interesada en encaramarme en los árboles más altos de la casa de mi abuela, leer y hacer preguntas. De hecho, la mayoría de mis juguetes era una combinación de objetos de diversa índole y con apenas relación entre sí que usaba para armar paisajes imaginarios de puro delirio. Cajas, cámaras rotas, vestidos viejos, zapatos dispares: mi campo de juego era una nutrida colección de pequeñas locuras personales. No recordaba haber tenido jamás una especial predilección por las muñecas –a pesar de haber tenido muchas– y tampoco un rechazo visceral. Sólo se trataba de una manifiesta falta de interés que supongo que tenía mucho que ver por mi entusiasmo por toda la variedad de cosas e ideas con las que podía tropezar en el mundo exclusivamente adulto en que vivía. Nunca me sentí especial, diferente y mucho menos “rebelde” por esa historia infantil. Pero ahora, me preguntaba si había alguna relación a mi postura sobre la maternidad actual y esa visión variopinta de la realidad que había tenido durante la infancia. Era absurdo, me respondí inquieta. ¿O no?

–No se trata de eso –respondí al cabo de unos minutos–, jugar con muñecas o no hacerlo no me predispuso para el hecho que no tenga el menor interés en tener hijos. No es algo que se aprende. Mis prioridades son otras. No soy maternal. No me interesa serlo. Jamás lo ha sido.

Mi amiga bienintencionada enarcó una ceja y de pronto, noté que su expresión pasaba de una franca socarronería a verdadera preocupación. Se inclinó hacía mí, con gesto precavido.

–¿Se trata de una decepción amorosa?

–¡No! –estallé– no quiero ser mamá. No quiero embarazarme ni tener un bebé en los brazos. No quiero criarlo ni tampoco ser madre de nadie nunca. ¿Qué es tan complicado de entender de esa idea?

Tuve un rápido y fragmentado recuerdo de una escena semejante. Tenía unos veinte años y uno de mis profesores universitarios me recordó que quizás debería analizar mis opciones profesionales de acuerdo a “mis hijos venideros”. Cuando le dije que no los habría, también tuvo el mismo gesto precavido, angustiado y un poco torpe que después tendría mi amiga. La misma mirada a mitad de camino entre la lástima y la impaciencia. Y también él había desechado mis opciones y decisiones en un gesto lento y paternal que disparó mis alarmas mentales y mi mal humor.

–Esos son alardes de muchachita –me respondió– claro que tendrá hijos. Muchos. Como debe ser.

Ese “como debe ser” reverberó en algún lugar de mi mente mientras seguía lidiando con las risitas, gestos de desdén e incluso franco rechazo que recibí del grupo de mujeres que me rodeaba. ¿Qué se suponía que debía hacer para complacer esa imposición histórica a futuro con respecto a mi capacidad para concebir?, ¿debía contradecir la idea general sobre quien soy y lo que deseo en favor de una mirada conservadora sobre la mujer que debía ser?

Seguí pensando en eso luego que el almuerzo terminó en un silencio tenso y irritado. Una de mis amigas me dedicó una última mirada apresurada y cansada. Dos veces esposa, madre de cuadro.

–Ojalá no te arrepientas.

La veo alejarse con paso rápido y casi arrogante, como si acabara de darme una invaluable lección existencial. Mientras camino en dirección opuesta, me pregunto por qué me habría de arrepentir sólo por tomar una decisión adulta sobre mi vida ¿O es algo más que eso?

Mi decisión de no ser madre me ha acompañado la mayor parte de mi vida. O mejor dicho, ha formado parte de la manera en cómo me comprendo desde que lo recuerde. Jamás he tenido inclinación alguna por lo maternal ni mucho menos, nada parecido a una percepción sobre mi futuro como parte de esa complicada y profunda noción sobre el amor maternal que la cultura popular sostiene como imprescindible. Pero por supuesto respeto y admiro a todas las mujeres, que justo al contrario, no sólo deciden ser madres sino que dedican buena parte de sus energías y proyectos futuros a serlo. Las que son madres –por decisión y por un personalísimo proyecto futuro– que construye una percepción sobre sí mismas basada en esa conexión enigmática y total de una madre y su hijo. Admiro a las que asumen su vida desde esa comprensión de la identidad –lo que serán, lo que esperan–, la que como mi amiga, se esfuerzan por lograr ese gran anhelo íntimo, cristalizado en una mirada hacia el futuro tan poderosa como conmovedora. Pero al igual que yo –que no deseo hijos ni los desearé jamás– , las futuras madres deben lidiar con la curiosidad ajena que asumen que el cuerpo de la mujer pertenece al imaginario colectivo. A las mujeres que se le cuestiona hasta el cansancio “¿Para cuando los niñitos? se te pasa el tren”, sin saber –mucho menos imaginar– los interminables esfuerzos, batallas y luchas que debe enfrentar para llevar a buen puerto un proyecto de vida que en ocasiones resulta más complicado de lo esperado. O las que ya son madres y deben llevar a cuestas las expectativa sobre cómo debe ser madre o lo que se espera de ella. Una y otra vez, las mujeres llevamos a cuestas la expectativas ilusorias y desordenadas de la sociedad sobre nuestros cuerpos, aspiraciones e incluso la incertidumbre del futuro. Una noción sobre cierta batalla contra nuestra privacidad que resulta siempre agobiante, dolorosa. En ocasiones, devastadora.

Recuerdo todo lo anterior unos días después, mientras tomo un café con J., una de mis amigas más queridas. Está embarazada de tres meses y disfruta de esa etapa donde todo en su cuerpo le parece sorprendente y hermoso, recién descubierto. Aunque todavía no tiene redondeces demasiado visibles, ya lleva con mucho orgullo ropas de maternidad y me cuenta sobre las mañanas complicadas y los antojos imprevisibles. Lo escucho todo con atención, aunque con el habitual sobresalto que siento con respecto al tema. Porque por más que hago un franco intento en sentirme emocionada y comprenderla a ese nivel biológico que se supone toda mujer comprende a otra, no lo logro. Me siento incómoda, un poco fuera de lugar, muy niña o muy inmadura, para comprender ese milagro del cual J. me habla con tanto entusiasmo. No me siento maternal, ni curiosa. En realidad, me siento un poco inquieta, incluso confusa. Y avergonzada claro, por el distanciamiento emocional que me provoca toda la historia.

–¿Qué pasa? –me pregunta J. de pronto.

–Nada –respondo. Me refugio en la taza de café que tengo al frente y J. me dedica una larga mirada apreciativa.

–¿Es lo tuyo con los bebés no?

–¿Qué es lo mío?

–Ese temor tuyo por la maternidad, por el tema entero.

–No es temor, es… –no sé como explicarlo sin parecer grosera– no lo entiendo mucho.

–¿Qué tienes que entender? Eso se siente.

–¿Y si no me hace sentir nada? –pregunto en voz baja. Y me siento genuinamente preocupada. Inquieta. J. suspira, mirándome. Hay algo distinto en ella, una placidez desconocida, la piel radiante, el cabello abundante y grueso. El proceso químico misterioso y antiquísimo del embarazo comienza a transformarla de mujer a madre. Me la imagino en tres o cuatro meses más, con el vientre redondo y tenso, el cuerpo creando vida en su interior. O un poco más allá, sosteniendo al bebé en brazos. ¿Por qué no siento esa necesidad de comprender lo que ocurre? ¿Por qué la maternidad no es otra cosa para mi que una idea biológica? ¿Que es ser madre? ¿Tener la capacidad de parir te hace inmediatamente madre? La respuesta debe ser no, pienso atropelladamente. Debe serlo por necesidad: ¿Que ocurre con las madres adoptivas? ¿Las que tienen la necesidad pero no la capacidad biológica de engendrar? ¿O las que como yo, la tienen –al menos eso creo– pero no desean concebir un bebé? ¿Que pasa con todas las mujeres que nos debatimos en la posibilidad de en un futuro poder tener un hijo pero que aún no lo deseamos? ¿Y si nunca llegamos a desearlo verdaderamente?

J. suelta una carcajada cuando me escucha hablar en semejantes términos. “También hay cosas terribles” me dice con un suspiro. El miedo que “algo” pueda salir mal –ese algo que abarca desde alguna situación biológica inesperada hasta una complicación súbita, en un país sin medicinas, sin atención médica, incluso sin profesionales especializados como el nuestro– , la sensación que su cuerpo dejó de pertenecerle. Que el pretendido milagro de la maternidad tiene más parecido con un fenómeno misterioso y casi despiadado con el que debe convivir a diario. Los vómitos, sudores y temblores. Las manos torpes, las piernas hinchadas. “Nadie te preparada para esto” me dice con un suspiro. “Nadie sabe lo que es realmente un embarazo” me dice con un suspiro, inquieta. “Lo idealizan, lo llenan de expectativas sin sentido y sin verdadero asidero. Pero nadie lo entiende”.

–¿Estás asustada? –le pregunto, aunque sé que no debería. Ella suelta una carcajada, los ojos brillantes de lágrimas.

–A toda hora. Y enfurecida. E invadida. Por los que te hacen preguntas sobre tu cuerpo como si no te perteneciera. Como si embarazarte te despojara del derecho a la privacidad, a tener un espacio propio. Te tocan la barriga. Te preguntan por tus senos. Te hablan de tu vagina como si fuera un bien común.

Se sonroja, ahora está enfurecida y lamento que lo esté. Pero ella parece aliviada por el enojo, por la sensación de catarsis que le provoca el disgusto. Se quita el cabello del rostro, se mira el vientre redondeado, suspira. La boca apretada, el rostro tenso.

–Nadie entiende lo que significa para una mujer ser madre. O no serlo. O decidir cualquier cosa. Llevas el mundo encima. Tan fuerte, tan insoportable. Tan angustioso.

Sobre todo en Venezuela, pienso. En Venezuela en donde la crisis convirtió cualquier hecho de la vida común en un extraño tránsito de incomodidades, dolores y peligros. Donde las mujeres embarazadas deben lidiar con la falta de medicamentos, medicinas. Con incluso la ausencia de obstetras, de cosas tan simples como pañales y otros artículos de primera necesidad. Embarazarse en Venezuela además es un doble riesgo, una especie de lucha silenciosa contra una idea inevitable sobre pequeños desastres a punto de ocurrir. Mi amiga se encoge de hombros, aterrorizada, desconcertada, cansada, enfurecida de nuevo.

–Ser madre en latinoamérica es llevar años de tradición a cuestas. Dolorosa, insoportable. A veces abrumadora. No lo sé. Es como estar bajo el ojo ajeno siempre. O luchar contra cosas que no sabías siquiera debías de luchar. No es sencillo. No lo sabía. No me arrepiento.

El tiempo transcurre. Mi reloj biológico debió comenzar a funcionar unos cuantos años atrás. O así debió ser, según la imagen popular de la treintañera que comienza a pensar en sus opciones. Pero lo cierto es que continúo pensando exactamente igual que en los comienzos de la veintena: Los bebés –la posibilidad de tener uno– para mí, no son una opción deseable. La maternidad –la idea entera– me resulta desconcertante. Lejana. Poco comprensible.

Le explico todo aquello a J. Me da un poco de verguenza hacerlo: a ella, tan madraza. Con los ojos brillantes de ilusión por el bebé que espera a pesar de los temores y dolores, ese futuro cercano y cierto que la convertirá no solo en madre sino con toda probabilidad, en una mujer más fuerte y más serena. Porque esa es la imagen que nos vende la cultura ¿Verdad? ¿Es así? A veces, me digo, apretando nerviosamente los dedos. Pienso en las mujeres que he visto llorar de frustración, atrapadas en la en la maternidad. O esas jovencitas casi niñas que caminan por la calle llevando en brazos un bebé con incomodidad resignada. ¿Que ocurre con ellas? ¿estan fuera del espectro? ¿Forman otra parte de esa visión de la maternidad popular? ¿Como sería yo como madre? ¿Querría serlo?

J. me escucha en silencio. Cuando me quedo callada porque no tengo nada más que decir, sigue en silencio. Me encojo de hombros, cansada.

–Sé que piensas que lo mío es una crisis de inmadurez tardía –digo.

–No lo creo –responde.

–A veces yo misma creo que lo es –admito. J. sonríe, casi amable. Será una gran madre. Sabe disimular el disgusto bien.

–No lo es y lo sabes. Simplemente, ahora mismo no quieres tener un bebé y eso no es discutible. Tampoco es para preocuparse. No está entre tus opciones y ¿como podría estarlo? Vives a tu manera y haces lo que quieres. Un bebé te hace replantearte por completo tus prioridades. Mejor aún: tus prioridades pasan por idea de maternidad. Lo que sí me preocupa es otra cosa.

–¿Qué?

–¿Y si decides tener un bebé después?

Hay un silencio entre nosotras. Incómodo y duro. Siento el impulso de soltar mi respuesta acostumbrada: “No lo deseo”, expresar a viva voz ese rechazo visceral que me produce la maternidad. Pero por una vez, me obligo a permanecer callada. Pienso la idea, la sopeso. ¿Que ocurre si mis debates mentales se enfrentan directamente a mi reloj biológico? ¿Que ocurre si todo este lento proceso de maduración de las ideas, de crecer en mi propia circunstancia va en disparejo con ese otro proceso, el natural, el misterioso? ¿Qué pasaría si en alguna oportunidad logro encontrar un equilibrio entre mis ideas y la voluntad biológica de mi cuerpo…y entonces descubro que ya no puedo concebir? Una idea plausible y dolorosa. Me sobresalta el pensamiento. Me pregunto cómo podría afrontar la realidad de asumir la maternidad cuando ya no pueda ejercerla. Una ironía casi cruel, pero totalmente posible.

–No sé lo que haría –respondo. Con franqueza, me irrita hacerlo. Se me suben los colores al rostro, quisiera decirle que mi decisión con respecto a la maternidad es firme, no admite matices. No me gusta la idea, la perspectiva de futuro que se pinta con biberones y pañales. Pero no lo hago, porque no me atrevo a cometer de nuevo el error de suponerme infalible, absoluta. Si algo me ha enseñado estos primeros años de la treintena, es lo mucho que he aprendido equivocándome, corrigiendo mi vida a tachones y sobre la marcha. Tropezándome para volverme a levantar. De manera que termino mi taza de café, con J. mirándome atentamente.

–No ser madre también es una opción –dice– y es bueno tenerla. Me gusta pensar que estoy embarazada porque quise, no porque no tengo otro remedio. Tu también podrías pensar de la misma manera: No lo estás no porque no puedes, sino porque no lo deseas. Ahora, intenta que ambas cosas coincidan. Sería doloroso querer y no poder.

Sacudo la cabeza, incómoda. Cuando nos despedimos, J. me da un fuerte abrazo. Tiene la piel caliente y la siento plena, feliz. Es su decisión, es su opción biológica. ¿Cuál es la mía?

La respuesta parece encontrarse en medio de la interminable discusión en mi mente y esa otra realidad, la cronológica, la que avanza en silencio a mi lado, que me recuerda de vez en cuando su existencia. ¿Habrá alguna finalmente? No lo sé.

C’est la vie.