Celebramos a Adán y Eva, la primera migración forzada.

 

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Libros migrantes, a modo de explicación

por Adriana Bertorelli Párraga

Desde hace un tiempo me he encontrado observando con particular interés la literatura que se hace desde otras orillas a las del lugar de nacimiento del autor. Incluso en idiomas ajenos a su lengua materna. Autores latinoamericanos que escriben desde Granada, Nueva York o Berlín, escritores que no se sienten de aquí ni de allá, o que ya después de años de haber emigrado, o escapado, se asumen desarraigados y extranjeros en todos los países, aunque diga otra cosa el pasaporte. Leo sobre no pertenecer, descubro por qué se fueron o por qué vinieron. Busco libros de palabras anfibias, historias sobre migración, sobre exclusión, sobre añoranzas o reencuentros, libros que indagan la familia o el origen. Quizás, en todos ellos, también busco mis porqués y así la distancia adquiere otro significado.

Este es un recorrido – personalísimo – por todos los ríos donde las palabras se convierten en otro territorio. Un recorrido por las palabras migrantes y por esos libros que las acogen.

En twitter: @LibrosMigrantes                                                                                 

Las palabras sin fronteras de Fernando Iwasaki.

Fernando Iwasaki (Lima, 1961) nos ilumina con Las palabras primas, obra ganadora del IX Premio Málaga de Ensayo, editado por Páginas de Espuma, y nos invita a un viaje sin retorno por las sinuosas topografías de la lengua.

Resulta curioso, por decir lo menos, que los 572 millones de hispanohablantes que habitamos en el mundo, según el Instituto Cervantes, invirtamos tanta energía en la compleja empresa de ignorarnos como globalidad. Unos y otros nos creemos poseedores del idioma hasta el punto en que desde el gobierno de España se ha intentado promover al año 2019 como Año Internacional del Español sin tomar en cuenta a los otros 23 países hispanohablantes. Esta visión delata un ombliguismo que supone que el español es preferentemente de España aunque, comparado con el resto del mundo que comparte el mismo idioma, los españoles constituyan un porcentaje minoritario. Algo parecido ocurre cuando desde el periódico El Pais se recomienda “las 50 mejores novelas en castellano del siglo XX” de las cuales 31 son españolas y solo 19 del resto del mundo hispanohablante. Sí, solo diecinueve. Por eso urge que nos reconozcamos.

Foto: Aitor de Kintana

En este sentido el ensayo de Iwasaki es un imán que congrega el propio carácter global de nuestro idioma. En el instante en el que parece que hemos dejado de reconocernos, en el que nos cuesta mirarnos en el otro, llega Iwasaki con su erudición rebosante de humor y reivindica que decir césped es tan válido como decir grama y que friolento es tan vigente como friolero. Las palabras primas, por tanto, es un espejo necesario y llega en el mejor momento posible. En sus páginas llenas de asombro encontramos un balance justo de información académica, risas, ilustración y hallazgos panhispánicos mucho más allá de lo formal. Este libro, más que pertinente, es la definición precisa de palabras migrantes: el español de España que se reconoce en el de Latinoamérica, las voces del castellano antiguo que aun usamos en algunos países, las expresiones gitanas que se han incorporado a nuestro idioma y la polisemia que nos hace sonrojarnos con toda clase de equívocos cuando usamos libremente una palabra que en otro país es una ofensa o una vulgaridad. Así, Iwasaki nos invita a descubrirnos en giros tan deliciosos como este:

“¿Por qué en América Latina una polla es una apuesta y en España es algo que nadie se apostaría? Me propongo demostrar que ambas pollas alguna vez fueron la misma, hasta que los españoles perdieron la suya”.

Foto: Daniel Mordzinski

Solo alguien que conoce tan a fondo la filología y la historia hubiera podido hacer este compendio de artículos, reflexiones, ponencias, divagaciones y programas de radio y salir triunfante. Si a las palabras de este libro le hubieran hecho uno de esos exámenes de ADN, ahora tan de moda, habrían encontrado trazas de genes peruanos, castellanos, andaluces, japoneses, gitanos, italianos, y seguramente estaríamos dejando algún gentilicio por fuera. Mención especial merece el epílogo con su reencuentro con el japonés, su idioma paterno, por hermoso y conmovedor. Esta última parte ya es un pequeño libro por derecho propio.

Y si partimos de aquel principio de Montaigne que dice que el ensayo es conversar con los lectores, entonces nos lo podemos imaginar, muerto de risa, tomándose un café y hablando de la polla con Iwasaki.

 

Fernando, el inmigrante.

Llegó en 1985 desde Lima a Sevilla, ya siendo profesor de historia, para investigar en el Archivo de Indias. Pensó que luego optaría para una beca de doctorado en Estados Unidos, pero no. Poco después conoció a Male en un bar y le dedicó “Dias y flores” de Silvio Rodriguez, guitarra en mano. Y como el amor tiene su propia agenda, al cabo de un tiempo, Fernando y Male se casaron, se fueron al Perú y allí tuvieron a Maria Fernanda, su hija mayor. Estuvieron tres años en Lima y luego regresaron a Sevilla y, mientras él hacía el doctorado y evaluaban qué hacer, nacieron Paula y Andrés y echaron raíces. Y así fue como Fernando Iwasaki se convirtió en un peruano japonés andaluz.

32 años y 3 hijos después, Días y flores les sigue sonando.

 

 

LAS PALABRAS PRIMAS

Fernando Iwasaki

IX Premio Málaga de Ensayo

Editorial Páginas de Espuma

256 páginas

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Papel: 18,00 €

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Digital: 6,76 $

Foto: Daniel Mordzinski