Algunas consideraciones sobre la actual —e innecesaria— batalla de los sexos

Por Aglaia Berlutti.

Hará unas semanas, mi amigo Z. me comentó que en ocasiones tiene la sensación de que los hombres blancos del mundo tienen “la culpa” de todo lo que ocurre, para bien o para mal. Me lo dice —sin ánimo de burla, tampoco de acusación— luego de leer uno de mis artículos sobre la violencia patriarcal que incluye algunas reflexiones sobre la cultura de la violación. Sólo expresa en voz alta una extraña versión de la responsabilidad masculina sobre una circunstancia que le sobrepasa y en ocasiones, es algo más que una idea abstracta. Me sorprende leerle pero sobre todo, que por un momento, me pregunto cuándo el debate sobre la igualdad de género se convirtió en una acusación directa y personal. O mejor dicho, el hecho de que alguien la considere de esa manera. 

 —No es la primera vez que escucho algo así —me dice mi psiquiatra cuando le comento lo anterior— últimamente el feminismo se concibe como una forma de odio, lo cual es lamentable, porque nació para ser justo lo opuesto. Pero el enfrentamiento entre detractores y activistas, con frecuencia tiene esa consecuencia directa: que existan bandos, generalizaciones. El dedo puesto sobre la llaga. 

No sé qué responder. Me pregunto en cuántas ocasiones he dicho o hecho acusaciones sin querer o incluso, llevada por la impotencia que produce el activismo cuando la causa choca contra una pared de resistencia. Me refiero en específico a ser feminista en un continente en que el movimiento se considera innecesario porque “hay un matriarcado” (leí eso, de manera textual hace poco), en la que la violencia de género se considera “cosas de pareja” y aún peor, en la que se normaliza la versión infantil de la mujer. Ese esquema de las cosas que te etiqueta bien pronto: o eres santa, puta, madre abnegada. La mujer latinoamericana tiene pocas opciones y el trabajo del feminismo es una batalla campal contra la noción sobre la necesidad del cambio y esa percepción del privilegio masculino como inevitable. “El mundo funciona así”, me dijo mi padre en una ocasión, cuando le reclamé un comentario machista. Me miró aturdido, como si no comprendiera mi malestar: “Eso deberías saberlo”. 

El caso es que a medida que el activismo se hace una causa personal (que la llevas a todas partes, que se convierte en parte de tu vida), la posición política que asumes está en todas partes de tu vida. Y te lleva esfuerzos ignorar que está allí, a la periferia. Una especie de conocimiento invisible que cambia para siempre el modo como comprendes lo que ocurre a tu alrededor. El velo púrpura, le llamamos en feminismo, a esa noción de descubrir el machismo en todas partes y como nos afecta a todos. De pronto disfrutas una película y te preguntas por qué el personaje femenino debe mostrar el escote (y mostrarlo bien y en primer plano) mientras intenta resolver el dilema que salvará al mundo. O el motivo por el cual, algunas heroínas deben aguardar que el héroe de turno se descuelgue por la pared y le extienda su musculoso brazo para salvarse, cuando la escalera que la llevaría a espacio seguro estaba unos cuantos pasos más allá. O por qué debes temer llevar falda corta cuando caminas por la calle, si sólo es una pieza de ropa o el motivo por el cual, el maquillaje que llevas puede hacerte menos o más idónea para una plaza profesional. Las preguntas están, casi nunca tienen respuestas. Y es esa sensación de agobio —no encuentro un término más apropiado para definir la constante inquietud que te sigue a todas partes— la que hace que antes o después, comiences a buscar culpables. ¿No hay hombres que se opongan a esa cadena de jerarquización tan evidente? ¿No hay hombres que cuestionen el sistema? ¿O realmente el privilegio se encuentra tan normalizado que no notan lo que ocurre a su alrededor? Mi psiquiatra suspira con cierto cansancio. 

 —Se trata de algo más. El patriarcado beneficia a algunos mientras menosprecia a otros. Pero ese beneficio pasa factura: Un hombre debe ser un hombre, lo que equivale a decir que debe complacer esa noción sobre la masculinidad que se impone y que se justifica con la palabra viril. De modo que el privilegio tiene un precio. Sólo que a nadie le importa que tan alto es. 

Una vez leí que en Babilonia, había una retorcida celebración anual que consistía en arrojar en brazos de una enorme escultura de oro del dios Baal, a los niños recién nacidos con defectos. Los muy pequeños. Incluso, los que los Sacerdotes de la deidad consideraban “poco dotados para vivir”. Los brazos del dios eran dos palancas de metal, con pequeñas plataformas en la que los cuerpos de los niños se retorcían bajo el sol quemante horas tras horas. Al morir, los padres recibían el peso de los bebés en oro, para que “no olvidaran la bondad de Gran Baal y engendraran hijos dignos de la ciudad.” Pienso en la imagen mientras pienso en las palabras de mi psiquiatra y después me pregunto, si se trata de una metáfora muy melodramática para un hecho concreto: El patriarcado es un sistema que se sostiene sobre el poder de uno sobre otros. 

 —No es tan sencillo —insiste mi psiquiatra— nadie disfruta del verdadero poder cuando sostener el mecanismo implica parte de tu bienestar. Piensa en eso. 

No se trata de un pensamiento sencillo, la verdad. Desde hace más de quince años he dedicado mi trabajo como escritora —y buena parte del fotográfico— a ponderar sobre la mujer, su lugar en la sociedad y el esfuerzo titánico que supone la revalorización de la figura femenina. Ha sido no sólo un debate continuo, una investigación que nunca acaba sino además, de enfrentar un tipo de odio y resentimiento difícil de definir. Una feminista es por definición alguien incómodo, que no encaja demasiado bien en ningún lugar. De modo que podría decir que he pasado una década y media de mi vida en un debate continuo sobre los derechos (propios y ajenos) mientras aprendo a lidiar con la resistencia que supone esa idea. ¿Cómo analizar la perspectiva del hombre presionado, señalado y culpabilizado? 

 —Odio la consigna “No todos los hombres” —me dice una amiga cuando le hablo sobre lo anterior—. Es una excusa infantil para excusarse de la responsabilidad que supone la violencia. Si no la detienes, esa omisión es una forma de infringirla, ¿no es así? 

Mi amiga es estudiante de un doctorado en psiquiatría y decidió que el tema de su tesis sería la ceguera masculina sobre los derechos de la mujer. Tomó como base uno de los cuentos de la escritora Carmen María Machado —incluido en el libro “Su cuerpo y otras fiestas”— y comenzó a analizar el teorema del hombre como observador de la violencia femenina. “No todos los hombres violan” pero casi ninguno intervendría en la paliza de una mujer, o detendría a uno de sus amigos mientras lanza insinuaciones sexuales en plena calle. “No todos los hombres” pero pocos se enfrentarían a la reacción de manada que provoca una violación grupal. ¿Es suficiente no hacer otra cosa que observar? Ella cree que no. 

 —Lo entiendo, pero tampoco eso hace responsables a los hombres por el comportamiento de todos sus congéneres. Eso es injusto y además, no tiene sentido —insisto. 
 —Todos somos responsables unos de otros. 
 —¿Hasta que punto?
 —Supongo hasta el hecho de evitar que nos hagamos daños entre sí. 

Una idea hermosa, ideal…pero poco realista. Recuerdo de nuevo a Z., que me insistió que al leer testimonios y artículos sobre feminismo, tiene la nítida sensación que “todos los males del mundo” proceden del hombre, blanco, y además con privilegios económicos. Él es uno de ellos…y de pronto se encontró que la noción entera sobre el patriarcado parece sostenerse sobre sus hombros. Por supuesto, que en comparación, su posición es un privilegio por encima de millones de mujeres en el mundo e incluso, hombres. Pero aún así ¿Incluye el activismo de género una acusación tácita?, mi amiga suelta una carcajada un poco amarga. 

 —Los hombres no se educan solos —me dice— y eso es un hecho. Pero también lo es que a cierta edad, ya cualquier hombre sabe que el hecho de maltratar a una mujer, abusar de los límites físicos, obtener mejor salario sólo por ser un hombre, está mal. ¿Por qué hay tan pocos que toman posición al respecto? ¿Por qué hay tan pocos que asimilan la idea y luchan por lo justo? 

Lo mismo podría decirse de las mujeres, pienso, pero no se lo digo. Un considerable número de mujeres, consideran al feminismo una contradicción a “lo femenino” (me lo han dicho más de una vez) y de hecho, las críticas más feroces, mordaces y duras contra el movimiento de la defensa de los derechos de género…son mujeres. Mujeres que insisten que el feminismo “no las representa”. Que jamás aceptarán ser “masculinizadas” por un conjunto de ideas que “contradicen” a lo esencial de lo femenino. Se trata una resistencia dentro del mismo núcleo del sistema, que se sostiene sobre una concepción de la mujer muy conservadora, apoyada por la misma mujer. Mi amiga suspira, pone los ojos en blanco. 

 —La mayoría de esas mujeres no saben lo que realmente es el feminismo.
 —Los hombres tampoco. 
 —Entonces es hora que ambos se eduquen al respecto ¿No? —dice mi amiga y la noto irritada, incómoda— a lo que me refiero es ¿por qué se les perdona a los hombres la indiferencia y a las mujeres, no? Es otra dimensión de todo esto. 

No es tan sencillo. Unas semanas atrás, conversé con uno de mis amigos más queridos y le hice una pregunta simple: “¿Apoyas las reivindicaciones del feminismo?” Él miró la grabadora que puse sobre la mesa y dejó correr el tiempo, mientras la pantalla digital contaba los segundos a una velocidad asombrosa. El largo silencio se convirtió en una expresión de franca incomodidad, hasta que por fin encogió los hombros. 

 —Creo que el feminismo está incluido en las nociones de cualquier sociedad civilizada —me dijo por último— no sé si los apoyo, pero naturalmente rechazo que una mujer sea considerada un ciudadano de segunda categoría. Ahora, mi pregunta para ti es más sencilla ¿cómo se instrumenta eso? ¿Qué hago para hacer patente que para mí no tiene mucho sentido discriminar a nadie por su género o por cualquier otro motivo? 

 Ahora me toca el turno de quedarme en silencio. No hay una respuesta sencilla para eso, aunque parezca que sí. Pareciera muy fácil tomar partido por una causa política, crear un activismo directo, hacer muy visible la opinión militante. Pero no lo es. En realidad, se trata de una “toma de conciencia” —una frase que puede significar cualquier cosa, en realidad— sobre la identidad colectiva y el individuo. ¿Cómo comprendo a la cultura en que nací?, y en la misma línea de ideas ¿cómo me comprende, en reflejo? Con el feminismo no es algo distinto y mucho más, en una época, en que el movimiento se encuentra en constante escrutinio y debate. Las redes sociales distorsionan el sentido de lo que puede ser o no el feminismo. Lo convierten en una lucha de individualidades enfrentadas entre sí. En una batalla dialéctica sin el menor sentido. 

¿Eso disculpa al hombre o a la mujer de no conocer los alcances de un movimiento? No lo sé, a veces resulta arduo —en realidad, agotador— que toda discusión y conversación deba atravesar el necesario filtro del género y la reflexión filosófica. En ocasiones, necesitas que una película sólo sea una película y a pesar del filtro púrpura, quieres disfrutarla sin que te frustre o te preocupe el hecho de la igualdad, la paridad o cualquier objetivo análogo. También, una conversación puede ser sólo una conversación y no tener ribetes de discusión política. Y es allí, esa línea en como se analiza el movimiento, sus implicaciones y alcances. ¿Cómo incluir a todos los que deberían estar interesados y no lo están? ¿Como eximir o adjudicar responsabilidad cuando se trata de una propuesta que tiene un alcance amplio, que supone un tipo de implicación que no puedes exigir de inmediato? Sí, el feminismo es necesario. Pero no, no es una obligación apoyarlo. Y me llevó años comprender algo tan simple. 

 —Pero jamás te llamarías feminista —le digo a mi amigo. Esta vez suelta una carcajada. 
 —¿Eso existe?
 —Claro que sí. 
 —No, jamás me llamaría de esa forma. Deseo lo mejor para todo el mundo, pero no quiero estar involucrado en ningún movimiento. No me motiva la idea. 

Mi amigo Z. también es blanco y con un buen estatus económico. Es el hijo de un empresario regional que tuvo una educación costosa y que en la actualidad ocupa un importante cargo gerencial. ¿Está en su mano hacer las cosas más fáciles para el feminismo? Sin duda. ¿Es su obligación? Ese es un cuestionamiento duro, es una idea compleja. Porque aunque sin duda la respuesta ideal podría ser sí —un acierto moral— nadie le obliga. Nada hace imprescindible que deba asumir un papel activo sobre determinadas ideas. Y eso no le hace culpable. Aún así, él es un buen padre que educa a sus hijas “con ideas de mujer fuerte” —así las define— y que sin duda, se asegura de que su esposa de diez años se sienta en igualdad de derechos. ¿Es eso suficiente? 

 —La pregunta es ¿cómo implicar al hombre si le culpas? —me dice—, entiendo que el proceso para lograr la igualdad tropieza con todo tipo de obstáculos. Y sí, necesita ayuda para movilizarse, para ser efectivo. Pero al mismo tiempo tienes a grupos de feministas insultando hombres, dando por hecho que todos los males de la mujer son “culpa” del hombre. ¿Cómo se maneja eso?

He escuchado ese argumento en diferentes partes y lugares. Algunas veces cargado de mala intención, otra por completo sincero, como el que me escribió Z. desde la preocupación y la incomodidad. Sí, hay un debate dialéctico que incluye insultos —inevitable, supongo— y una evidente tensión que facilita el acceso inmediato a la gran conversación en redes sociales. ¿Eso juzga a todo un movimiento? Por lo visto, puede convertirse en la cara visible, pienso con cierto desaliento. Puede además, ser el elemento que convierta al feminismo en ese concepto incómodo que debes repasar y repensar para analizar en otra escala. Pero la gran pregunta tiene relación con algo más concreto: ¿Que obliga a cualquiera a brindar su apoyo a una idea política? 

 —Dicho así, nadie está obligado —dice mi amigo— pero entiendo que hay una cierta responsabilidad correlativa. Yo velo por ti y tú por mí. Pero ese juicio inmediato “el hombre tiene la culpa”, no es tan sencillo de sobrellevar e ignorar. 

Me pregunto cómo explicarle que tan dificil es para una mujer la vida cotidiana, sin parecer una víctima —que no es la intención— y tampoco, menospreciar los escollos diarios que debe enfrentar. Hablo de cosas sencillas, como evitar las calles solitarias o grupos de hombres, porque tienes miedo —a veces sin motivo, otras por todos los motivos—, cuidar cómo vistes porque puede interpretarse como una invitación a la violencia. Vivir en una cultura en la que una mujer recibe insultos y menosprecio constante por lo que hace o por cómo vive, si decide tener hijos o no, si decide permanecer soltera o no. Luchar por abrir camino en espacios que se consideran naturalmente masculinos. Y está esa otra dimensión de las cosas: esa mirada que minimiza a la mujer por el sólo hecho de serlo. 

 —Te refieres a lo que te pasó —dice mi amigo.
 —Es el mejor ejemplo. 

Se refiere a la complicada experiencia que sufrí cuando alguien que conocí por años, me acosó por redes sociales. Al tratar de cruzar el extraño páramo legal de mi país —destruido y socavado a todo nivel— me tropecé con todo tipo de preguntas y cuestionamientos. “Algo le hizo a ese tipo, para que reaccionara así”, me dijo uno de los fiscales que me atendió. Cuando pedí a una mujer para mi caso, me miró con sorna. “Ustedes son cómplices”, dijo con una sonrisa cínica. Cuando finalmente obtuve ayuda legal —que aún tramito— tuve que enfrentarme a una anquilosada maquinaria que protege al agresor. Pero aún así, soy uno de los pocos casos que realmente recibió respuesta efectiva: eso, gracias a mi insistencia y al hecho que tengo conocimientos legales, algunos contactos y sí, dinero. Pero no ocurre lo mismo con todas las mujeres en mi país. De hecho, pasa con muy pocas. Escuché testimonios escalofriantes de mujeres acosadas que deben soportar insultos, maltratos y abuso por años, antes que la ley les considere como víctimas. O que incluso, sea factible incluirlas en la percepción de la necesidad de recibir ayuda legal. ¿Cómo explicar eso a un hombre? Lo más probable es que jamás tendrá que sufrir algo semejante. Más allá: de sufrirlo, tendrá herramientas legales, apoyo y sin duda, la credibilidad de su parte. Privilegios que para la mujer forman parte de la batalla por lograr reconocimiento y visibilidad. 

 —El problema radica es que culpar al hombre no soluciona el problema —insiste mi amigo—, ¿qué podemos hacer? 
 —Ah sí, este es el mundo que heredaron —le digo. Sonríe con tristeza. 
 —Lamentablemente, es así. 

Tenía doce años cuando una de las monjas del colegio en el que estudié, se enfureció cuando le pregunté por qué aceptaba “servir” a Cristo. Le expliqué que no entendí el concepto de servidumbre y que me parecía que una mujer inteligente y divertida como ella merecía mucho más que ser “sumisa”. Recuerdo la mirada entre furiosa y confusa que me dedicó. 

 —Así son las cosas, el mundo funciona así —me respondió.
 —¿Pero usted está contenta con eso? 

No me respondió —recibí un castigo a cambio— pero la duda continuó allí. Y sigue allí por años, incluso ahora. Continúa en la idea sobre cómo funciona el mundo y qué podemos hacer para cambiarlo, que es creo, la gran intención de cualquier activista. ¿Cómo incluir a los hombres en un cambio semejante? Pienso en todas las leyes que benefician al sexo masculino, redactadas por hombres y votadas por sus pares con poder legal. Pero también en el hecho que todo sistema es de hecho, un legado cultural que inevitablemente recibes sin que tengas una idea clara de lo que tienes entre manos. De nuevo en el sillón del psiquiatra, suspiro mientras miro al techo del consultorio. 

 —La idea sobre el hombre que apoya el feminismo requiere que se comprenda algo básico, todos estamos bajo el puño de un sistema que te dice qué hacer y cómo comprenderlo —digo en voz baja, como si me limitara a reflexionar en voz alta sobre mis ideas—, ahora bien, la gran cuestión es ¿quién le interesa cambiar el mundo si funciona a su medida?
 —Pero eso no lo hace culpable del mundo como es —responde mi psiquiatra.
 —No, por supuesto. 
 —El género no se define por lo que concibes sobre él, sino sobre lo que te dicen debe ser —añade— de modo que un hombre no tiene la culpa de lo que le enseñan, pero sí la responsabilidad de qué hacer con ese conocimiento. 

Como Z. y también como mi querido amigo. Al final, me digo más tarde, mientras tomo un café a solas para meditar las ideas de la sesión, el tema es mucho más profundo que una guerra entre hombres y mujeres. Se trata de una versión de la realidad, una incompleta que juntas, pueden crear algo más profundo y duro de asimilar. Miro a mi alrededor, hombres y mujeres que ríen en conversaciones bulliciosas. Somos esta extraña mirada sobre la identidad, combinada con un tema de conciencia del mundo que deseamos reconstruir. ¿Eso es suficiente?, me pregunto mientras disfruto de un sorbo de café. Seguramente no.