A pesar de que Miami es la ciudad más Latinoamericana de Estados Unidos, su comunidad hispanoparlante no se ha interesado por investigarla y documentarla.
Por Pedro Medina León. El invierno en el que el world traveler y escritor Kirk Munroe y su esposa llegaron a Biscayne Bay, decidieron quedarse a vivir allí. El paraje los deslumbró. Conocían Jacksonville y Tallahaassee, pero no el inhóspito extremo sur de Florida. El matrimonio Munroe fijó residencia en tierras vírgenes, de fauna y vegetación ricas, llamada Cocoanut Grove. Desde entonces Kirk Munroe escribió sus vivencias con los Seminoles y las plasmó en Flamingo Feather y Through Swamp and Glade, libros que son referentes iniciales sobre Miami –la ciudad aún no se había inscrito cuando el matrimonio arribó–.
Por su lado, Henry Flagler, mientras terminaba de implementar el East Coast Railway, gestionó la creación del periódico The Miami Metropolis, para documentar los primeros pasos de Miami desde el día de la ceremonia de inscripción. Haciendo un salto en el tiempo, lo que no significa que exista un vacío previo, en las décadas del setenta y ochenta se publicaron títulos que hoy son fundamentales para conocer y entender la ciudad, es el caso de Going to Miami y Exiles de David Rieff, Miami City of the Future de TD Allman, Miami de Joan Didion, Miami Blues de Charles Willeford, La Brava de Elmore Leonard y la lista se multiplica. Desde lo anglo siempre ha existido un interés por documentar, algo que no sucede en el Miami latinoamericano. Si bien el anglo fue pionero, el tiempo que lleva el latinoamericano aquí es similar al de ellos, y hoy Miami no se entiende sin el español.
1ra edición The Miami Metropolis. Tomada de ‘The Miami News (1896-1987)‘, in Tequesta, the Historical Museum of Southern Florida. Edición XLVII (1987). Disponible en the Florida International University, Digital Collections Center: Miami Metropolitan Archive
La ficción que encontramos en nuestro idioma con sello local es mínima; y en la no ficción, si conseguimos obras que podamos contar con los dedos de una mano, como el ensayo Extremo Occidente de Juan Carlos Castillón, es bastante. Nacido en Cataluña, Castillón vivió 20 años en Miami, en una pieza rentada en la Pequeña Habana. Este ensayo apareció en el 2008, cuando Castillón ya no vivía acá, y en él hace un repaso histórico de Estados Unidos en temas de inmigración, cultura, sociedad, política y étnicos –traza el perfil de la América rural que llevó a Donald Trump a la presidencia sin siquiera sospechar que algún día lo veríamos ejerciéndola–. Pero además Extremo Occidente es un diálogo entre el autor y su relación con Miami. Castillón vivió y trabajó en el corazón de la comunidad cubana, y eso le dio la distancia necesaria para hacer una radiografía minuciosa del fenómeno migratorio cubano. En sus páginas se remonta a los inmediatos años post revolución, y esboza los perfiles de las distintas olas de migrantes que llegaron de la isla, y explica cómo, gracias a su esfuerzo, pero con más apoyo del gobierno que el que haya tenido cualquier otra comunidad, lograron ubicarse como la segunda comunidad más sólida en el país. Desgrana también el tema de la Bahía de Cochinos, el del legendario Mono Morales, el de la CIA y sus under covers, analiza cómo se desdibuja la identidad cubana con el surgimiento del cubano-americano, y nos introduce en el mundo de la mítica librería Universal, donde ejerció el oficio de librero, y da cuenta de los grandes escritores cubanos que conoció en ella, por ejemplo a Cabrera Infante.
En un plano más íntimo el autor nos cuenta de aquella vez en la que compró, a su peluquero, una pistola y una billetera Louis Vuitton fake, en el parking del restaurante donde era dishwasher. Repasa las calles de Coral Gables y las veces que se acodó con amigos entrañables en la barra del Jhon Martin’s. Reflexiona en cómo la Miracle Mile, calzada de cafecitos, cine y librerías cuando él llegó, se convirtió en un emporio comercial. Pierde la batalla contra la nostalgia el día en que Books & Books se mudó de su antiguo al actual local. Y se confunde con los tantos sujetos que estuvieron en la puerta de la prisión, esperando a que las luces del penal parpadearan en el instante en que se emitiera la descarga eléctrica a la silla en la que esperaba sentado Ted Baundy. El día del atentado a las Twin Towers (9/11), Juan Carlos Castillón tardó en caer en cuenta de lo que había sucedido. Se encontraba detrás del mostrador de la Universal, era una mañana más. Pero el luto llegó después. Fueron épocas de silencio espeso, barriendo el suelo con la mirada o contando las banderas que colgaron en casas y comercios los vecinos de la Pequeña Habana. Esa fecha marcó una brecha en la historia de Estados Unidos, incluso para Castillón, que dejó de sentir suyos a esta ciudad y a este país, y al poco tiempo encomendó su perro en buenas manos e hizo maletas. @pedromedinaleon