Por Adriana Bertorelli Párraga

Libros migrantes, a modo de explicación

Desde hace un tiempo me he encontrado observando con particular interés la literatura que se hace desde otras orillas a las del lugar de nacimiento del autor. Incluso en idiomas ajenos a su lengua materna. Autores latinoamericanos que escriben desde Granada, Nueva York o Berlín, escritores que no se sienten de aquí ni de allá, o que ya después de años de haber emigrado, o escapado, se asumen desarraigados y extranjeros en todos los países, aunque diga otra cosa el pasaporte. Leo sobre no pertenecer, descubro por qué se fueron o por qué vinieron. Busco libros de palabras anfibias, historias sobremigración, sobre exclusión, sobre añoranzas o reencuentros, libros que indagan la familia o el origen. Quizás, en todos ellos, también busco mis porqués y así la distancia adquiere otro significado.

Este es un recorrido –personalísimo– por todos los ríos donde las palabras se convierten en otro territorio. Un recorrido por las palabras migrantes y por esos libros que las acogen.

En twitter: @LibrosMigrantes            

José Ovejero (Madrid, 1958), nos hace adentrarnos en las contradicciones de la naturaleza humana y girar la mirada hacia una realidad que solemos desconocer, la del inmigrante ilegal con quien convivimos a diario, en Nunca pasa nada, editado por Alfaguara.

A primera vista Nunca pasa nada parece un libro cinematográfico. Si cerramos los ojos y nos dejamos guiar por las palabras de José Ovejero divisamos un dibujo, tanto de escenas como de personajes, que parecen más escritos para ser interpretados que leídos. Casi se puede intuir en dónde estarían apostadas las cámaras o cuándo el diálogo entre dos personajes sugeriría un primer plano, para registrar una reacción, o uno más general para ponerla en contexto. Quizás es porque Ovejero apostó en esta novela por adentrarse en la condición humana con una visión desde afuera, sin sentencias, lo que le permite ir entrelazando la historia sin juzgar, y ese es su mayor acierto.

Nunca pasa nada es una novela de apariencias y de tramas abiertas. Una historia bien estructurada cuyos cabos sueltos quedan así porque lo decidió el autor. Escrita limpiamente, como con bisturí, y corresponde al lector hacerse una opinión personal para poder completarla. Nada es lo que parece y eso le da un cierto tono de misterio en donde, a veces, la risa nerviosa aparece como válvula de escape.

Partimos de la relación sinuosa, de principios flexibles, de una pareja corriente en las afueras de Madrid, padres de una niña pequeña, a la que cuida una joven empleada de la selva ecuatoriana, ilegal, detrás de quien se mueve una trama compleja. Cada uno de estos enunciados es apenas un iceberg y eso lo vamos descubriendo en un argumento que se mueve entre la ternura, la cotidianidad y la perversidad del alma humana. El tema de la migración es tratado con delicadeza y Ovejero pone el dedo en la llaga de un aspecto muchas veces obviado: el de los sacrificios cotidianos que hacen los migrantes por un mejor futuro, tantas veces utópico, y el precio vergonzoso que se debe pagar para lograrlo.

También, nos hace cuestionarnos sobre el inmigrante que está en todas partes, ese que se adapta al entorno y hace su vida entre nosotros pero cuya realidad desconocemos. El que tuvo que venderle el alma al diablo para poder migrar, comprometiendo incluso su libertad, trabajando desde joven con todo el peso de su familia sobre los hombros, arropándose hasta donde le alcanza, pero siempre dejando huecos para que las privaciones que tiene aquí no se noten en casa. Gente que cuida a los hijos de otros aunque, muchas veces, tiene hijos propios que no se ha podido traer de su país.

Al final del día, Nunca pasa nada ahonda sobre la dificultad de entenderse a pesar de hablar el mismo idioma, de una armonía prendida por alfileres, de ser el eslabón más débil y el que, casi seguramente, se termine rompiendo.

NUNCA PASA NADA
Editorial Alfaguara

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José, el inmigrante, el retornante.

José Ovejero es de Madrid y se crió en Vallecas, pero quizás no sea de ningún lado. Estudió  historia antigua y egiptología, ha vivido en Alemania y en Bruselas, ha viajado a lugares cuyos códigos desconocía y, también, por muchísimos años, ha sido traductor. Se hace entender en alemán, francés, inglés, español y holandés y quizás por esa necesidad de traspasar los límites de los espacios y los idiomas, decidió regresar a Madrid a ver si un día también pertenece al lugar donde nació.