Por Carlos Enrique Márquez. 

Recientemente se conoció que el último establecimiento de la compañía de renta de películas y videojuegos BlockBuster había cerrado sus puertas en Australia. De esta manera, la tienda ubicada en Oregon, Estados Unidos, se convirtió en el último videoclub sobre la faz de la tierra.

En una revista concedida a medios locales, su gerente, Sandi Harding, manifestó sentirse orgullosa por ser la última empleada de la legendaria cadena americana: “Netflix y Amazon no lo tienen todo”, aseguró.

Sandi confirmó que, pese a que en este BlockBuster cuentan con los últimos estrenos recién incorporados al formato doméstico, los grandes clásicos siguen siendo “La pan y mantequilla” del público. El establecimiento está abierto desde hace más de 20 años, pasando a ser el último en el país del Tío Sam, desde que dos tiendas de Alaska cerrasen sus puertas en 2018.

Sin dudas, los videoclubs son iconos de la cultura popular desde su masificación a mediados de la década de los 80’s, cuando los formatos VHS y BETA se encontraban en su máximo apogeo. Fue así como las coloridas y algunas, por qué no decirlo, bizarras carátulas, se tomaron los largos pasillos característicos de estos espacios.

En la cultura cinéfila se la ha rendido homenaje a los videoclubes en varios films de culto. Por ejemplo, en la saga de slasher Scream (1996-2011) sus protagonistas, jóvenes de secundaria, se reunían en ellos para hablar de sus películas favoritas y burlarse de las historias.

De hecho, por todos es conocido que GhostFace, el asesino de la célebre franquicia, solía burlarse y torturar a sus víctimas con preguntas rebuscadas sobre películas de terror.

Como mencionamos anteriormente, sobre todo desde los 80’s y hasta inicios de los 2000’s con la llegada del DVD y el consecuente aumento de la piratería, los videoclubs eran lugares de visita casi obligatoria un viernes por la noche.

Los padres llevaban a sus hijos a rentar películas infantiles, y además escogían un par de opciones más “adultas” para disfrutar en pareja. Los novios solían escoger films de terror para abrazarse de miedo o los más veteranos se inclinaban por clásicos de los 60’s, 70´s o documentales.

Era muy común maravillarse en esos pasillos, tocar las cajas de plástico de las películas (vacías para evitar robos) o incluso terminar en un pasillo “Prohibido” en cuyo letrero de bienvenida se podía leer “Adult only”.

Los VHS o BETA se guardaban en cajas genéricas con el nombre de la empresa de alquiler —por lo general de color blanco— se establecía la fecha de devolución, se pagaba en caja y, como broche de oro, papá o mamá paraban a comprar pizzas o hamburguesas.

La piratería condicionó la debacle

A principios del nuevo siglo, se hicieron populares los VCD y DVD, cuyo formato, como todos sabemos, es en disco. Estos eran extremadamente fáciles de copiar a través de artilugios no muy costosos, lo que tuvo como consecuencia un brote de piratería que no cesaría hasta la llegada de los servicios de streaming.

Todo ello contado con la ayuda de los programas de descarga fraudulentos presentes en internet, que permitían “bajar” el contenido, “quemarlo” en discos y venderlos a precios ridículos. Lo más laborioso para el infractor era buscar una caja barata e imprimir la portada del material.

Este fenómeno le fue restando cancha a los videoclubs, que cada vez tuvieron menos visitantes. Muchos empezaron a cerrar sus puertas alrededor del mundo, ya que los dueños prefirieron apostar por opciones más lucrativas y con futuro.

Pero sin dudas, hoy en día no es lo mismo. El hecho que todo el contenido esté tan disponible en internet, tiendas, plataformas de Streaming, etc, le resta emoción al acto de consumir material audiovisual.

Lejos en la memoria quedan aquellas noches de indecisión, en las que no sabías si llevarte a casa las películas de Friday the 13th o Titanic, el taquillazo mundial recién estrenado en video (recuerdo que el VHS venía en dos casettes)

Anécdotas a todo color

En Caracas, mi ciudad de la infancia, existieron varios videoclubs que recuerdo como si hubiera sido ayer. Los BlockBuster del centro comercial Las Cúpulas en Los Palos Grandes, La Trinidad y el Paraíso o el más grande y que me trae momentos imborrables: El Yamín Family Center de Altamira.

Fue en este enorme local, repleto de “maquinitas” y cintas de VHS, donde me ocurrió una anécdota que jamás olvidaré. En aquella época, tenía mucho miedo a los payasos y casualmente fui con mis primos y mi tía a alquilar películas en “Video color Yamín”, como lo llamaban popularmente.

Yo, de unos siete años, caminaba por un pasillo y mi prima Claudia, mucho mayor, me gritó “¡Qué te parece si alquilamos esta! Acto seguido, colocó frente a mi nariz la carátula de la mini-serie noventera de terror “IT”, protagonizada por Tim Curry.

En la carátula se podía ver estampada la cara demoníaca del payaso Pennywise, con la boca abierta y sus dientes afilados. Inmediatamente hui del lugar, llorando y me encerré en el carro donde aguardaba mi tía.

@calique89