Madre Millennial   Por Florángel Quintana. Generalmente he escrito de la experiencia de convivir con un milenial. Mi visión siempre ha sido la de una madre que atestigua lo que le sucede a su vida respecto a la relación con otro, su hijo. Pero hoy decido hablar desde la perspectiva de ser una mujer en sus cincuentas abierta a la tecnología y a los cambios continuos, por tanto, experimentar eso de ser milénica. Si tuviese veintitantos no sería un chiste hablar de ello, pero habiendo superado la mediana edad es toda una experiencia digna de contar. En 1990 empecé a hacer mi tesis de licenciatura en un programa que hoy veo tan antiguo que me da risa: WordPerfect. Era todo un suceso escribir en esa pantalla azul donde procesaba mi análisis literario de una obra de autor venezolano de vanguardia. Como no tenía computadora, debía ir a la oficina de un amigo para adelantar cada capítulo, al menos, dos horas nocturnas donde transcribía lo que venía haciendo en mis libretas de apuntes. Para quienes hacíamos nuestros trabajos académicos en máquina de escribir –la de mi mamá, una Remington en su estuche-maletín negro- el salto a una pantalla y un teclado era lo máximo. Íbamos descubriendo el mundo tecnológico en cada pulso del enter. Era adecuarse a una manera de hacer muy distinta a lo acostumbrado, pero a lo cual nos adaptábamos con velocidad. Al cabo de unos meses ya me sentía experta y mis amigas también gozaban eso de sentirse únicas gracias al avance de los tiempos que corrían. En 1992 cuando me asignaron mi primera computadora en el departamento de Métodos en la antigua compañía de telecomunicaciones de mi país, ya había aparecido la revolución de las ventanas, la forma como hacíamos los informes había cambiado: Word, Excel, PowerPoint vinieron a mejorar la vida de todos. Las palabras interfaz, multitarea, sistema operativo estaban bajo la comprensión de muchos. Aprendí a usar Word por mi cuenta, allí comprobé las bondades de idear un producto pensado en acelerar la inteligencia de la gente. Todo era como un juego: abrir la página en blanco y empezar a escribir y a descubrir la función de cada pestañita. Resultaba muy divertido, muy instructivo. Comenzaron a estar en casa las computadoras personales y se hicieron imprescindibles. Había gente a mi alrededor que pagaba cursos para aprender a usar el paquete de Microsoft Office. ¡Pero si es tan fácil!, decía yo, a excepción de Excel que, la verdad, no es de mis preferidos. Como soy curiosa de nacimiento, la tecnología solo vino a mejorar mi manera de obtener información, de hacerme de nuevas ideas y mejores maneras de comunicarme por escrito. ¡Y como a mí, a millones nos pasó lo mismo! Ya al final de los noventa nos trajo la tercera revolución industrial y nos consiguió a una inmensa mayoría montados en una ola… Por fortuna mi generación sobreviviente de la Guerra Fría y de la aparición del sida; la testigo privilegiada de la caída del muro de Berlín, la creadora de Internet, Google y Youtube, aprendió a surfear los cambios a contracorriente. Desde internet a las puntocom, nos ganamos un puesto como expertos no nativos tecnológicos, siendo capaces de adaptarnos a nuevas formas de hacer vida en este planeta azul. Con el milenio llegaron las revueltas poderosas de Skype (2003) y la idea de crear tu SOHO (Small Office Home Office) donde las reuniones eran con gente acicalada de la cintura para arriba y con pijamas y pies descalzos por debajo de la mesa. Apareció la red de amigos (¡y enemigos!) de Facebook (2004), el inigualable Youtube (2005), sonaron los primeros trinos de Twitter (2006) y se mostró la vida happy-happy de Instagram (2010). ¡Uff, qué rápido vistazo! Todas las repercusiones de la interactividad y la intercomunicación de los últimos tiempos han creado sociedades más abiertas en apariencia, pero también se están levantando distintas alertas de algunos visos de neo-oscurantismo en Occidente. Se ha modificado la cultura, la manera de hacer política, el sentido de bienestar, la noción de privacidad, la forma de criar a los hijos. Hoy envío este artículo desde mi dispositivo, mando desde la cocina un wasap a mi hijo para que venga a comer, escribo dos tuits quejándome del gobierno, subo una foto de la página del libro que leo, todo sujeta a la vida multitasking de una madre milénica. ¿Se vienen mejores tiempos? Ya lo experimentaremos… IG: @florangel_q