Venezuela a distancia

Abr 28, 2017 | Una mirada según…

por Rayma

 

Todos observamos lo que acontece en Venezuela, el clamor y la práctica democrática frente a un régimen que dejó de ser gobierno y se confronta sobre los civiles con armas de fuego y destrucción.

A distancia, muchos de los ciudadanos que estamos fuera del país, vivimos cada día este eterno desenlace, miramos noticias, preguntamos, buscamos todo tipo de análisis, leemos los diarios internacionales y tratamos de sobrellevar la ansiedad de una especie de batalla campal en desventaja inicial, ya que unos tienen poder y fuerza; y los otros piden respeto y libertad.

La sensación es muy cruel. Estar a distancia es como experimentar un macabro videojuego, en el que hasta podemos sentir las bombas que lanzan a las caras para asfixiar niños y ancianos, donde caen vidas a diario y nos duele mirar, nos paraliza tanta maldad, estamos en realidades divididas que se contraponen entre la exigencia de una nueva cultura que nos arropa y nos ofrece sus bondades, frente al otro canal que implica la guerra declarada a los ciudadanos en Venezuela por un gobierno decidido a destruir en una absurda guerra todo indicio de civilización en nuestro país de origen.

Vemos las marchas, los gritos, la represión, nos despertamos a las 3 de la mañana para saber ¿qué pasó?. Sé de amigos que no tienen horario sino que viven en un infierno de 24 horas entre sus dos patrias, el dolor y la rabia. Nuestra realidad se filtra bajo el ojo de las pantallas, que captan esa enorme realidad aplastante, de pedacitos de película que miles de venezolanos graban desde sus teléfonos celulares para garantizar la verdad inmediata del atropello ciudadano y lograr descartar que estamos siendo víctimas de un laboratorio mediático.

La mayoría de los medios en Venezuela están silenciados, los pocos que quedan en resistencia están amenazados o ahorcados por el régimen que no les suministra insumos para su publicación diaria.

El dolor de esta guerra que empezó hace varios años y que hoy se manifiesta en las calles de Venezuela, con miles de venezolanos que piden democracia y elecciones limpias, con la responsabilidad de salir de sus casas sin saber que regresarán, encontrándose con un disparo en la cabeza, ejercicio certero del régimen, regalo de los paramilitares armados por Maduro y mal llamados círculos bolivarianos. Pero aun así, allí está la gente en la calle, dispuesta a reivindicar el error de haber confiado en un militar golpista para ejercer el más alto rango de conducción de un país civil y democrático .

Toda esta realidad no nos cabe en el pecho. Nos duele ver caer a cada venezolano, cada vida cuenta como un futuro truncado, nos duele el miedo de perder a los que amamos, la impotencia de saber que, si no pasa nada, la única oferta del régimen es seguir muriéndonos de hambre y desidia, sin agua, luz, alimentos, ni medicamentos para los niños o enfermos terminales.

Cierro los ojos y como cada venezolano que sufre esta mala hora que nos ataca y divide, me invoco a nuestros valores más sagrados para no ser borrada, me invoco a la belleza del Ávila, a la historia del fortín de la Galera que recitaban los niños de mi infancia, al griterío alegre de las togas bajo las nubes de Calder, al baile de mi pequeño chiriguare, a la sumisión de los diablos danzantes de Yare bajo el influjo del altísimo, a nuestra manera infantil de abordar el caos contestándonos que todo está “chévere”, al aroma de las cocinas a la hora de hacer hallacas, a los cielos unidos de diciembre, a las ranitas que en las tardes puntualmente cantan, a las guacamayas que por encima de los zamuros surcan el valle de Caracas y al cuerpo sagrado de una leyenda india llamada Lionza con curvas de mestizaje. Con esta fe, la distancia no existe y el país no puede ser borrado.

Así cada día vemos un personaje anónimo que camina por estas calles, en representación de esa República tricolor que pide a gritos, desnuda y con una Biblia o bandera en la mano, que dejen de disparar y volvamos a restaurar la paz.

Nunca pensamos que nos tocaría vivir la Venezuela a distancia, con boleto de lejanía, donde también se sufre pero de una manera distinta, con miles de capas que como la cebolla nos arrancan el llanto y la rabia.

Preguntarnos en qué nivel nos podemos organizar para que del otro lado del puente en que vivimos se puedan ampliar las bases y las estructuras para lograr que los muros de imposibilidades entre el país que somos no se desvirtúe en un mar de odio.

El futuro está en la calle, clamando respeto y libertad, ahora nos toca apoyarlos en esa cadena de favores y manos sangrantes que hacen de una nación, en su momento más oscuro, un pueblo de dignidades.