Por Yorgenis Ramírez.

 «Resulta que no me quiero morir. No me da la gana. Este régimen me lo quitó todo: familia, amigos, bienes, felicidad… ¡Todo! Pero, si por mala suerte llego a contagiarme del coronavirus, créeme, más de un político hijo de puta se va conmigo, porque los voy a contaminar. Ellos me destruyeron la vida y al hacerlo me dieron todo el derecho de destruir las suyas. Lo siento, si esto te suena a resentimiento. Yo sé que tú me entiendes. Tú también lo has perdido todo. Tú también has tenido que golpear el suelo con tu dignidad bastarda. Tú también eres un expropiado. Y a ti te robaron algo más valioso que a mi: tu juventud, tus ideales, tus sueños… el deseo. La diferencia entre ambos es que yo no aguanto más. No me la calo. Si me contagio, yo libro por todos. Yo seré el maldito esquizoide que escupa en sus vidas, la peste que por años nos cagaron en las entrañas. Yo seré quien vengue tanta infamia, escarnio y tiranía. Total, mi vida solo vale para pasar por encima de sus cadáveres. No me quiero morir, porque merezco vivir ese privilegio: la venganza. Verlos pagar por sus crímenes. Verlos muertos o al menos tras las rejas. Verlos como yo, reducidos a la nada. Bien supo mi madre ponerme el nombre: Adán. Porque hoy soy lo contrario, lo último, lo que se lee desde el fondo… ¡Nada! Esa es la convicción última que le queda a mi vida, ser nada. Una nada que vigila el momento exacto de ver caer la justicia sobre los hombros de todos los hijos de puta que destruyeron este país… ¡Todos! ¡Que ninguno se salve! Que hasta el más pequeño pague por su pecado. ¡No más vergüenza! ¡No más dolor ni apretón de dientes! ¡No más piedad! Es el momento de abrir las puertas del laberinto y despertar al animal dormido que devore sus vísceras… ¡Fauno! ¡Sal de ahí y haznos justicia! ¡Nojoda!»

Adán, preso del delirio, reparte su dolor entre gritos ahogados por el llanto. Él, un empresario del sector agrícola, vio su vida derrumbarse al serle expropiada su hacienda y los distintos negocios que labrara con la fuerza de sus manos y honestidad. Hoy vive en la pobreza, con un trastorno esquizo-afectivo producto del trauma que lo sumió en el dolor más radical: sentir su vida hecha polvo.

Su hija llega, trata de calmarlo, le quita el teléfono y se disculpa conmigo. Cuelga.

Y yo me quedo en la noche del domingo, estremecido por el dolor. Pensando en Adán, mi amigo, y de cómo su voz es la entraña de un país barrido por la desgracia. Un país con hambre y sed de justicia. 

 

Yorgenis Ramírez / @irreligente

#ApuntesDesdeElVertigo

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Lector. Educador Somático, Somaterapeuta.

Colaborador articulista de The Wynwood Times

Columna: Apuntes desde el vértigo

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