“Misrahi dedica una sección exclusivamente a los escritores y poetas que decidieron poner punto final a las páginas de su historia”

Por Mariana Antúnez.

María Cristina sigue siendo la mujer de ojos almendrados, tez clara y nariz romana que treinta años atrás encontró el cuerpo de su amante balanceándose de una soga en la sala de su casa. Se había enamorado perdidamente de Miguel, un hombre casado y con dos hijos, quien decidió ponerle fin a su vida cuando vio truncada la posibilidad de hacer una con ella. Doña Soledad también sigue siendo aquella señora conocida en la comunidad como la esposa del farmaceuta del Velódromo, Don Gerónimo. El día de su décimo octavo cumpleaños, su único hijo recibió un revólver de regalo y accidentalmente se disparó en el estómago mientras lo limpiaba. Don Gerónimo se convirtió en una sombra viviente que apenas lograba articular el precio de un medicamento cuando alguien se lo preguntaba. Un buen día, se voló la tapa de los sesos frente a la mirada perdida de su amada esposa, con el mismo revólver de su desafortunado hijo. De una forma u otra, todos conocemos la historia de alguien cercano que haya experimentado la muerte por mano propia y creo que es seguro decir que a todos nos causa una impresión tremenda pensar cómo ese alguien, llegado el fatídico día, decide cambiar el curso de su destino sin que le tiemble el pulso.

En su libro Adiós mundo cruel, Alicia Misrahi nos presenta una compilación de los suicidios más famosos de la historia y hace un recorrido exhaustivo que abarca algunas de las muertes voluntarias registradas en el mundo del espectáculo y el medio artístico, las de ciertos personajes históricos de relevancia y aquellas que se suscitaron en determinados contextos sociales y políticos. Sin que su libro se convierta en una apología al suicidio, la autora nos introduce en el tema con dos textos sobre la muerte por mano propia, que son un indicio claro de la maravilla que nos espera en las próximas 360 páginas:

A destiempo

Llevaba tantos días sin hablar con nadie ni oír las noticias, que no podía saber que los servicios de limpieza de la ciudad estaban en huelga. Cuando saltó desde la ventana del octavo piso fue a caer sobre una montaña de bolsas de basura. Y ni siquiera tenía las llaves del apartamento. / Tomás Onaindía

El suicida

A la altura del sexto piso se angustió: había dejado el gas abierto. / José María Peña Vázquez

Para la fortuna de los amantes de la literatura, Misrahi dedica una sección exclusivamente a los escritores y poetas que decidieron poner punto final a las páginas de su historia. Como parte de esta selección se destacan literatos como Horacio Quiroga, quien después de vivir años signados por la tragedia y la pérdida de varios de sus seres queridos a manos del suicidio, finalmente tomó la decisión de acabar él mismo con sus miserias, antes de que lo hiciera el cáncer gástrico que le había sido diagnosticado, y consumió una dosis letal de cianuro el 19 de febrero de 1957.

El autor de La conjura de los necios no podía dejar de mencionarse en este libro. John Kennedy Toole escogió inhalar monóxido de carbono en un paraje desolado, sin ánimo de esperar a que le otorgaran el Pulitzer, once años antes de que su nombre se diera a conocer. Virginia Woolf y las conmovedoras cartas de despedida a su esposo Leonard y su hermana, Vanessa, las dos personas más importantes en su vida, escritas antes de llenarse los bolsillos de piedras y ahogarse en el río Ouse, también figuran en la compilación de Misrahi.

Defenestrados, ahogados o ahorcados, los poetas suicidas han sido siempre figuras de desconcierto y misterio para muchos de sus lectores y, en algunos casos, sus obras se han visto inmortalizadas después de sus decesos voluntarios. José Asunción Silva, poeta colombiano del período del modernismo y autor de una única novela con trazos positivistas, De sobremesa, pidió a su médico de cabecera que le dibujara con yodo el sitio exacto del corazón, haciéndole incluso marcar el mero centro con una pluma “solo por curiosidad”. Ese mismo día al llegar a su casa, atormentado por un amor imposible que le hizo trizas el alma, puso una venda entre la pechera y su piel para evitar las salpicaduras de su sangre cuando accionara el disparo que le cegaría la vida de forma instantánea.

El 11 de febrero de 1963, la escritora estadounidense Sylvia Plath se levantó muy temprano en la mañana, sirvió el desayuno a sus hijos, Freda, de tres años de edad y Nicholas, de trece meses y se encerró en la cocina. Aisló la puerta con toallas, abrió el gas y se metió de cabeza en el horno, en un acto de intimidad irremediable entre ella y su propio final. Dejó una única nota que decía: “Por favor, avisen al doctor Horder”, su terapista; quizás como un último llamado desesperado de ayuda. Es muy interesante leer la obra de estos suicidas y buscar en ella indicios que hayan podido pronosticar su fin; en algunas de ellas, hasta de forma premonitoria.

Por muy explícitas que sean las notas que algunos de ellos dejan tras sí, los testimonios de sus vidas convulsas, en ocasiones marcadas por enfermedades mentales o melancolías sempiternas e irresolutas, ese último acto de una inquebrantable libertad de decisión permanece en nosotros mucho tiempo como un acertijo que quizás nunca logremos descifrar. 

Adiós mundo cruel de Alicia Misrahi es apenas una rendija en esa gran ventana, sólida e inamovible, a la psique de un suicida. Desde el desafortunado final, muy histriónico por cierto, de la actriz Lupe Vélez hasta la muerte de Safo, este libro celebra la vida y obra de una pequeña muestra de esas almas impertérritas que escribieron en sus lápidas, con mano propia, el año que se talla al lado derecho del guion.

Alicia Misrahi (Barcelona, 1967) es periodista y escritora con más de veinte libros publicados, incluyendo una biografía del padre del relato corto, Edgar Allan Poe. Su obra es muy diversa en la que se tratan temas como la femineidad, el amor, el sexo y la psique de los asesinos seriales. Adiós Mundo Cruel fue publicado por la Editorial Océano en el año 2002.