“Imaginar que una mujer y un hombre de la edad de mis padres pudieran vivir un romance tan apasionado, profundamente trascendental y sobre todo sexual… me afectó más de lo que podía admitir”

Por Aglaia Berlutti.

 

Hace unos años, una de mis amigas más queridas, anunció en su Facebook su divorcio así:

“Y bueno. Como ya me han preguntado varias veces, les voy a ahorrar el rato incómodo cuando me vean y me pregunten por F.
F. y yo nos separamos hace ya unos meses.
Nos separamos con el cariño con que nos casamos y con el que vivimos 6 años juntos. Comprendiendo que no funcionaba y que mejor hacerlo cuando aún había amor para paliar el dolor.
No es motivo para entristecerse. No es un fracaso. El saldo es positivo. Nos quisimos que jode, crecimos aún más y ahora cada cual decidió seguir camino propio. Cumplimos nuestro ciclo y decidimos cerrarlo en buenos términos.
Ambos estamos bien. Ambos vamos a seguir buscando la felicidad. Y la vamos a encontrar.”

Leí el corto mensaje con una sonrisa en los labios. Me gustó esa moraleja entre líneas de que la felicidad siempre se transforma y sobre todo, esa sensación de que a pesar de lo traumático que pueda resultar una situación semejante, siempre se pueda aspirar a la esperanza. Me agradó muchísimo sobre todo que mi amiga tuviera la enorme sensibilidad de asumir la carga emocional inevitable pero también liberarse de ella. Construir, crecer, creer y sobre todo, avanzar hacia la siguiente página del libro de su vida con enorme frescura y franqueza. Después de todo, pensé, no siempre se toman decisiones saludables en los momentos necesarios. Ni mucho menos, se asume la necesidad de protegerse de las heridas diarias, cotidianas y privadas. Y es que por mucho tiempo, el dolor se consideró indispensable para querer o, mejor dicho, se asumió que el amor podía confundirse con tanta facilidad con el sacrificio que por siglos ambas cosas parecieron la misma cosa.

La primera vez que leí el libro “Los puentes de Madison County” del escritor Robert James Waller me desconcertó. Tenía unos dieciséis años y por entonces, los adultos sólo eran adultos. O a mí me lo parecían al menos: tediosos, un poco planos, sin mayor profundidad que su papel en el mundo que les rodeaba. En otras palabras, imaginar que una mujer y un hombre de la edad de mis padres pudieran vivir un romance tan apasionado, profundamente trascendental y sobre todo sexual —porque lo fue, ¿a quién engañamos?— me afectó más de lo que podía admitir. Se trataba no sólo del hecho de una perspectiva del amor que hasta entonces no había imaginado, sino que además tenía aparejada esa amarga encrucijada que Francesca debió enfrentar: ¿Abandonar a sus hijos —familia, estabilidad, historia— o seguir los que melodramáticamente suele llamarse “los impulsos del corazón”?

 

Al final, todos sabemos lo que el personaje de Francesca decide y las razones por lo que lo hace: Permanece como esposa fiel y madre devota, abandonando el gran amor de su vida por una serie de complejísimas razones que a según, sólo “el corazón de una mujer comprende”. La novela transita ese difícil trayecto del deber moral, la noción de la fidelidad y lo que es aún más tramposo, el hecho que una mujer en ocasiones debe tomar decisiones, no tanto para su satisfacción, sino para proteger el bienestar de su familia. De manera que, la historia termina con una gran moraleja sobre el amor marchito pero nunca muerto y la memoria de Francesca flotando agridulce en medio de su gran sacrificio familiar.

Libro y película —esa bella adaptación del ’95 de Clint Eastwood— han conmovido a generaciones enteras. A mí me irritó de una forma que me llevó meses digerir y sobre todo comprender. Porque mientras me secaba las lágrimas y lamentaba el dolor de Francesca, la partida del fotógrafo y todo aquel universo rural donde parecían converger el dolor de un mundo descreído, comencé a hacerme preguntas. Y preguntas lo suficientemente complejas como para angustiarme, además. ¿Por qué Francesca había tenido que decidir entre su bienestar emocional y el de sus hijos sin otra opción que sacrificar el suyo? ¿Habría ocurrido de la misma manera de ser un hombre el que estuviera a mitad del conflicto? ¿El libro se consideraba una célebre historia de amor por el mero hecho de demostrar — otra vez — que la mujer tiene el sacrosanto y tradicional deber de asumir que es su deber la donación personal de su identidad?

 

Para esas alturas, ya estaba tan obsesionada con el tema como para encontrarlo aparejado en todas partes. ¿Qué habría ocurrido en el pequeño Universo de la historia si Francesca hubiese decidido algo distinto? ¿Qué simplemente si habría aceptado que su bienestar emocional e incluso mental era mucho más importante que el hecho de asumir un papel dentro de una visión muy concreta sobre la familia? ¿Habría sido una tragedia dentro de la tragedia romántica? ¿O se trataba de una de esas ideas sociales fundamentales que no aceptan enmienda? Con enorme angustia, imaginaba a Francesca sentada junto a la chimenea de su pequeña casa, noche tras noche, recordando con enorme detalle el fin de semana donde había comprendido que su vida tenía alternativas. Que había una opción más allá de ser madre y esposa. Donde había descubierto —recordado, más bien— que Francesca podía ser sólo Francesca y que eso estaba bien.

Por entonces, comencé a obsesionarme con las historias de amor. Con las de verdad, en realidad. Con los Oscar Wilde del mundo, con las Mary Wollstonecraft, las Agatha Christie, Las Reinas Victorias y toda esa pléyade de personajes históricos que habían vivido apasionados y públicos romances. Me obsesionaba la fatalidad, lo inevitable. El hecho que el amor romántico parecía sobrevivir lo suficiente para ser inolvidable y nunca más allá del ideal. Porque el amor —literario y a veces el real— tenía una enorme dosis de sacrificio y de instantáneo. Los romances más apasionados que poblaban la historia, apenas duraban más de una década y siempre alguien terminaba devastado por la pasión, haciendo algún sacrificio, muriendo, temiendo, anhelando, deseando el amor que había experimentado y del que después, sólo quedaba el recuerdo. Y entre todos esos confusos códigos que creaban las grandes historias de amor, la mujer se llevaba la peor parte. La mujer que sufría, que padecía soledad, oprobios, angustias. Para luego llegar al altar anillo en dedo y proclamar al mundo su felicidad.

A mí toda esa percepción del amor me disgustaba. Y tanto, como para preguntarme si ese amor idealizado, cortoplacista y rudimentario, no era otro de los tantos mitos con que lo femenino debe lidiar en su largo camino hacia comprenderse a sí mismo. No se trataba de un pensamiento feminista ni nada parecido, sino de la noción de que ese amor apasionado, extraordinario e inevitable, siempre parecía crear un ambiente propicio para recordar que para ser feliz, era necesario el sacrificio, el sufrimiento. Un anillo al dedo y quizás incluso un bebé. ¡Que extraordinaria visión de una escena ideal!

“Más que eso, me preocupaba la mujer cautiva, nombre que inventé para describir a las sufridas Francescas del mundo”

Pero más allá de ese ideal insistente, estaban las Francesca del mundo. Y era precisamente eso, lo que a mi me preocupaban. Las que asumían que amar era sufrir, que la familia era una obligación y el matrimonio una especie de martirio social que había que padecer con cierta dignidad. ¿Qué ocurría cuando la historia no terminaba bien? ¿Qué pasaba cuando el amor no era tan resistente? ¿Como podía curarse la herida de lo cotidiano cuando el amor es siempre ideal?

Más que eso, me preocupaba la mujer cautiva, nombre que inventé para describir a las sufridas Francescas del mundo. A esa mujer que asumía que las opciones eran limitadas y que siempre escoger significaba hacer daño y sobre todo así misma. Las Francesca que se desvelaban soñando con una vida a la que no podían aspirar, con el bebé en brazos. Las Francesca que se imaginaban quizás viviendo otra vida, disfrutando de otra perspectiva, pero sin atreverse a dar el paso. Y sobre todo, temiendo darlo. Porque más allá de esa primera intención, había todo un mundo agresivo al cual debían enfrentar. ¿Qué ocurría con ellas? ¿Estaba bien que el mundo condenara la simple noción que la mujer podía enmendar su propia plana?, ¿que podía tomar cualquier otra decisión además de la que se supone era correcta?

Como le ocurrió a Charlotte Perkins Gilman, pionera del feminismo, madre devota y ex esposa aliviada. Charlotte nació en las últimas décadas del siglo XIX y a pesar de tener aspiraciones artísticas propias, decidió como toda mujer de su época, que la única opción plausible era contraer matrimonio y lo más rápido posible, convertirse en madre. Y lo hizo. Una década después, Charlotte sufrió lo que su médico catalogó una “violenta crisis de nervios”. Su familia, desconcertada por el pánico y después por la depresión de Charlotte, decidió enviarla al consultorio del Doctor Mitchell, que por entonces era el especialista psiquiátrico más célebre de Estados Unidos. Charlotte le contó lo mejor que pudo su sensación de apatía, frustración y angustia. Los largos días encerrada en su pequeña casa de casada, la necesidad que tenía de crear algo más. Pero para el doctor Mitchell todo se trataba de meros “síntomas” de algún tipo de histeria. Le recomendó abandonar toda “aspiración artística” y también, dedicarse con más empeño a sus “labores como esposa”. Charlotte, aterrorizada por la perspectiva de la locura —que hace siglos era una condena segura a una institución mental— decidió seguir lo mejor que pudo los consejos del doctor y tratar de recuperar lo que suponía era algún tipo de cordura perdida.

No pudo hacerlo. De hecho, estuvo muy cerca de enloquecer realmente. Finalmente y en lo que Charlotte llamó “un momento de lucidez”, escapó del hogar que compartía con su marido hasta la otra punta de Estados Unidos, llevándose a su hija consigo y comenzó una nueva vida como bibliotecaria, escritora y pionera del feminismo. Nunca más sufrió otro acceso de “histeria” o la misteriosa depresión que estuvo a punto de enloquecerla. Toda su odisea, fue recopilada después en el libro “Por su propio bien” de Ehrenreich y English, que después se convirtió en uno de los manifiestos más celebres sobre la independencia —moral y emocional— de la mujer.

Por supuesto, no todo siempre es tan sencillo: la mujer emocionalmente independiente, fue durante mucho tiempo una idea desconcertante y la mayoría de las veces, mal comprendida. Porque la mujer debía ser mujer —y en la mayoría de las ocasiones, una mujer muy definida— y la idea que pudiera tomar decisiones en su propio beneficio era poco menos que chocante. Tanto así que por siglos una de las virtudes femeninas más apreciadas fue la abnegación, su capacidad para el sacrificio, esa bondad impoluta y extraordinaria tan idealizada como peligrosa. ¿Qué ocurre cuando no eres una santa, ni tampoco una virginal doncella al borde del sacrificio ritual? ¿Cuándo no estás dispuesta a darlo el todo por el todo sin esperar nada a cambio? ¿Cuándo decides ser egoísta o lo que la sociedad asume es serlo?

No es una idea que se digiera fácil y lo que resulta aún más sorprendente, incluso para las mujeres. En una ocasión, en medio de una conversación entre amigas, opiné en voz alta sobre lo preocupante que me parecía esa noción del “sacrificio” necesario que daba a entender el libro “Los puentes de Madison County” —sí, seguía obsesionada— y alguien que me escuchaba me dirigió una mirada escandalizada.

—O sea que te habrías ido, como una puta, dejando a tu marido y a los niños —me reclamó. Y parecía realmente enfurecida por la idea. Me encogí de hombros.
—En realidad, habría admitido que algo andaba mal como para enamorarme de un fotógrafo que acabo de conocer. No es el romance otoñal, es que evidentemente Francesca no quería estar allí.
—Pero debía —me insistió en un tono docto y pontifical que me hizo arder los oídos—. Ella decidió casarse de manera que debía asumir las consecuencias.

“¿Hasta qué punto la idea del matrimonio seguía siendo una noción sobre el compromiso, el deber ser social y no la felicidad?”

Quien me decía todo aquello era una estudiante universitaria de mi misma edad y quien, por cierto, estaba desarrollando una tesis sobre identidad social femenina en la Universidad. Me tocó el turno de escandalizarme.

—¿Entonces el matrimonio es una condena?
—Es un compromiso.

—Es un vínculo que busca hacerte feliz. Si ya no lo eres ¿Por qué hacerte daño? —insistí. Ella pareció haber llegado al límite de escucharme sin lanzarme un bofetón —o eso parecía— y se levantó de la mesa donde estábamos sentadas.

—Así es el mundo real.

La miré caminar entre la multitud de la pequeña reunión con una sensación de irrealidad. ¿Hasta qué punto la idea del matrimonio seguía siendo una noción sobre el compromiso, el deber ser social y no la felicidad? ¿Hasta dónde la idea de los hijos y el amor conyugal parecían aplastar esa precisión sobre independencia moral que en ocasiones se ignora? La idea me angustió, me abrumó, tanto como para preguntarle a mi madre sobre el tema.

Mi madre se divorció de mi padre cuando yo apenas tenía unos meses de nacida. Lo hizo con la absoluta certeza de que era la mejor decisión para ambas y sobre todo, bastante consciente que los conflictos de su relación de pareja no iban a mejorar. De manera que, en buena lid, decidió que había llegado el momento de tomar caminos distintos. Eso, a pesar de que yo acababa de nacer y que la decisión causó un natural revuelo entre parientes y amigos. Pero al final, resultó que tenía razón: la separación me evitó una vida familiar penosa y, sobre todo, encontrarme en medio de una pareja con enormes diferencias mutuas que difícilmente podrían consolarse de manera sencilla.

—¿Fue terrible el divorcio? —le pregunté, luego de contarle sobre la discusión que había sostenido con la chica de la fiesta. Mi mamá se tomó unos minutos para pensar antes de responder.
—En realidad, todo proceso de separación es complicado, pero más que terrible, me alivió. Una relación que no funciona, incluso la más pacifica, es un dolor constante —me explicó— y no se trata de situaciones límites, sino que no hay nada que los una. Ni un punto en común.
—Te debe haber sido difícil explicar que te divorciabas porque no te sentías satisfecha y no por algo más…concreto, digamos —pregunté un poco asombrada. Esta vez mi mamá sonrió.
—No me molesté en hacerlo. Obsesionarte con lo que debiste haber hecho, en lugar de lo que querías hacer, es una idea que puede destrozarte.

Pensé en esa frase por meses. En el trayecto, continué cuestionándome sobre el hecho de la obligatoriedad del deber familiar, del hecho de asumir que todos tenemos un papel que cumplir dentro de la cultura en que nacimos. Para entonces, ya tenía bastante claro que ninguno de mis planes incluía matrimonio o un bebé en una cuna, así que me pregunté qué ocurría cuando no pertenecías a esa idea lineal sobre lo que debías hacer con tu vida. ¿En dónde encajo yo y las mujeres como yo que asumimos necesitamos opciones? ¿Qué ocurre con las mujeres que recorren el camino más complicado? ¿Con las que se arriesgan? ¿Con las que asumen que en la vida no todo es tan sencillo como seguir una fórmula mágica que pueda consolarte? ¿Las que enmiendan la plana a mitad de la historia?

Por años, he reflexionado sobre las mismas cosas. A medida que crecí y me hice la mujer que soy actualmente, comprendí que necesito opciones, cientos de ellas y no sólo la idea vulnerable, abierta a interpretación y sobre todo, ligeramente resquebrajada sobre el deber ser. Que soy de las mujeres que avanzan contra la corriente, que abren las puertas que se suponen deberían mantenerse cerradas, de las que aspiran a crear y creer que la vida es mucho más que un tópico tradicional.

Tomo el libro Robert James Waller. Lo he conservado durante años, a pesar de los sentimientos encontrados que me provoca. Pero por algún motivo no muy claro, representa cierta idea en mi mente. De manera que lo abro, aspiro el olor de sus páginas —la historia que guarda— y decido que necesito escribir. Que necesito quizás crear una pequeña expiación a todo el melodrama aprensivo y angustioso que por tantos años me preocupó. Así que tomo una hoja de papel y un lápiz y comienzo a escribir.

Querido esposo e hijos:

Cuando lean esta carta, probablemente ya estaré a kilómetros de distancia de nuestra casa. No sé cuando regresaré y dudo en realidad que lo haga. Por ese motivo, decidí explicarles lo que ha ocurrido durante este fin de semana en el que he tomado la decisión de ser libre. No sé si seré feliz, tampoco si me arrepentiré después. Pero ahora, soy libre.

He conocido a un hombre y me he enamorado. Te he sido infiel, querido esposo. Los he traicionado, queridos hijos. Lo admito y asumo mi responsabilidad. Escribirlo así, lo hace parecer profano, vulgar, incluso directamente pecaminoso. Pero no lo es. No se trata sólo de la infidelidad y la traición, sino de algo mucho más complejo. De pronto, descubrí que por muchos años, había olvidado que bajo el nombre de madre y esposa, había una mujer. Sólo una mujer. Una mujer pensante, que por todas las buenas razones que nos insisten con frecuencia, se dejó llevar por el lento fluir de las cosas y se hundió en la rutina. Que dejó de existir en la corriente de lo apacible y se convirtió en una sombra de sí misma. En una mujer que olvidó que alguna vez fue alguien más, además de esposa y madre. Todo eso lo olvidé y lo recordé, con brusquedad y belleza, durante estos últimos tres días.

Me enamoré y a través de ese amor —apasionado y calcinante— me redescubrí a mí misma. Me liberé del miedo, de ese silencio sofocante que me convirtió en una desconocida que me miraba desde el espejo todos los días. Me encontré de nuevo con la juventud del espíritu que creí había perdido para siempre. ¡Y me asombré de hacerlo! ¡Me desconcertó! ¡Me asustó muchísimo! De pronto no sólo era la madre de mis hijos o la mujer de mi marido, sino Francesca, capaz de sentir pasión, de besar a un hombre y de seducirlo, de sentir placer, miedo y culpa. Todo a la vez. Descubrí que era una persona, un espíritu independiente a todas las cosas que creí imprescindibles en mi vida. Que podía respirar, vivir, existir más allá de todos ustedes, de mi enorme y profundo amor por ustedes. ¡Y qué revelación fue esa! ¡Qué alivio fue asumir que puedo ser yo, a pesar de los años de silenciosa angustia!. Soy yo y recuperarme ha sido casi tan abrumador como enamorarme otra vez.

Discúlpenme, hijos queridos, por mi lenguaje atroz que les debe escandalizar. Tal vez, les resulte impensable que su madre, tan callada y discreta, sea capaz de sentir los deseos de una mujer. De estremecerse por el miedo, de temblar por la pasión. Pero lo hago. Lo recordé en este amor nuevo, pura incertidumbre, que decido seguir a pesar de que sé —quizás— es una decisión que nadie comprenderá y que sin duda todos rechazarán. Lo hago, sabiendo que pierdo mi lugar en sus vidas y muy probablemente en sus sentimientos y expectativas. Pero también, lo hago sabiendo que es lo más sincero que pude hacer por ustedes, que es el acto más firme con que les puedo demostrar que el amor no es tan sencillo como las puertas cerradas de una casa o el esquema de las cosas que se consideran normales. Así que decidí irme. No sé si para siempre. Seguramente por una buena temporada. Para asumir quien soy ahora, para comprenderme mejor. Para convencerme de que es posible volver a nacer.

No les pido a ninguno de ustedes me comprendan porque sería por completo injusto. Durante todos estos años, jamás parecí inquieta, cansada, abrumada o afligida. Me entregué con toda devoción al matrimonio y a la maternidad. Y lo hice con gusto. Lo hice porque así lo deseaba. Pero ahora, ya no lo deseo. Dicen que el conocimiento te cambia para siempre. Y ahora sé algunas cosas de mí que no puedo ni quiero olvidar. Y que sin duda, me harán una persona diferente.

Continuaré siendo su madre, a pesar de todo. Haré todo lo posible por continuar formando parte de sus vidas, porque sin duda ustedes lo serán de la mía. De mis aspiraciones, sueños y esperanzas. Les prometo que mi amor por ustedes será siempre un refugio donde les esperaré con los brazos abiertos. Pero, como ambos son ya lo suficientemente mayores para temer, criticar o lamentar, no les pediré que vengan conmigo si no lo desean. Lucharé por estar en cada momento y lugar, aunque seguramente no me lo permitan la mayoría de las veces. Aún así —del dolor que les provoco, del rechazo inmediato— creo que la mejor lección que puedo darles es ser fieles a sí mismos, a siempre asumir que hay decisiones inevitables y encrucijadas que deben cruzarse con honestidad. Esta es la mía. Soy su madre, pero también soy Francesca. Y he decidido por mí.

Querido esposo, lamento haberte herido de esta manera. Asumo mi responsabilidad y admito mi error. No sólo el de la infidelidad, para el que no tengo —ni quiero— disculpas, sino también de no haber dicho en voz alta todas estas cosas. El de no haberme quejado cuando lo necesité, el de haberme resignado a esa calma plomiza en que se convirtió nuestra vida en común. Lo lamento y siempre lo haré.

Encontrarán la ropa limpia, la comida preparada y también el piso pulido. He hecho la compra en el pueblo, donde he dicho a todos que iría a visitar a un pariente lejano para no levantar suspicacias ni vergüenzas. En cuanto pueda y sea el momento correcto, volveré. O les escribiré o telefonearé. Regresaré, a pesar de todo y por todo. Pero ya no sólo seré su madre o la esposa en falta, sino también Francesca. Y en medio de todas esas cosas, seré más fuerte que nunca, más sincera, más real.

Les dejo mi amor,

Francesca.

Cuando termino de escribir mi carta, no puedo evitar sonreír. Por mi Francesca imaginaria que ahora es libre y por todas las que quizás aún no lo son, pero quizás, lo desean y lograrán serlo en el futuro. En ese ideal que aspiro crear y construir.