Ana Maria Hurtado
Tetrálogo de Bacci

Tetrálogo de Bacci

El escritor venezolano Nixon Piñango, también columnista The Wynwood Times, nos comparte un texto de su autoría para Relatos para llevar

El Líbano y su sabor especial | Marysol Akil

El Líbano y su sabor especial | Marysol Akil

Marysol Akil lidera el proyecto Sabores de mi Líbano. En sus talleres de comida libanesa comparte su cultura y conocimientos de cocina sin mezquindad. Alida Vergara nos cuenta.

Steven Spielberg, más allá del efectismo

Steven Spielberg, más allá del efectismo

En esta nueva entrega de Judíos en la ciencia ficción hablamos de Steven Spielberg, el más exitoso de los directores-productores de Hollywood. De la mano de Sami Rozenbaum

Una estantería de libros, la paz redonda de quien se busca entre autores. El ruído y ejetreo de quien repentinamente pasa escoltado por el vapor insomne de un café. La tarde como epifanía donde la asunción de lo oculto se abre paso entre un par de miradas convocadas por la palabra. Principalmente la de Ana María Hurtado, mirada donde el deseo se reconcilia con la existencia en forma de atención; el placer de la conciencia, desequilibrando el ritmo maquinal y gregario de la cotidianidad gris, sin alma.

“Siempre tuve la convicción de que la vida estaba llena de situaciones que pedían ser escritas.”

En Ana María Hurtado la experiencia de sí se hace carne verbal. Palabra cuya densidad simbólica es goce, expansión de la sensibilidad corpórea que asentimos llamar poesía, como brindis colectivo donde Dionisos danza desnudo. Desnudez no como apéndice ni diferencia, sino como realización donde el alma cobra su esencia alquímica: ir del tedio al goce resurrecto, del cansancio citadino a la expansión energética, del uno mismo al Otro como Totalidad, como transcurrir dichoso en la acogida del extranjero: esencia mística de su verbo, hacer que lo radicalmente Otro se encarne para hablarnos del misterio.

I

La excitación corpórea

 Ana, es un placer luminoso compartir esta conversación, entre libros y la tarde caraqueña, para conocerte y saber de tus mapas, territorios y tejidos verbales. Cuéntanos, ¿qué imágenes te convocan al momento de escribir y fisiológicamente cómo es ese proceso en ti?

En realidad, me convocan primero las sensaciones, lo emocional; aparece un estremecimiento, donde lo visceral, lo cenestésico, cuenta no sólo como metáfora, secundariamente van adhiriéndose las imágenes y luego las palabras. Soy atraída por ese mundo interno desde donde se dispara una suerte de impulso, un drive, que me genera un estado de excitación corpórea que busca la palabra como canal, como desahogo. Hay sin duda placer en encontrar la palabra que alivia esa sensación difusa pero intensa, hay una urgencia, una efervescencia que anhela ser dicha, que pugna por ser sacada de ese magma interno.  Por supuesto, la palabra siempre será insuficiente para contener tal vivencia. Lo más parecido en el mundo fisiológico es la fiebre… es una fiebre que me asalta y de tal fuego nace la palabra. Eso que arde en el espíritu, tomando palabras de Rilke. Si tuviera que darte una imagen, diría que el comienzo es dionisíaco, cuerpo, embriaguez, que deja paso a lo apolíneo: el lenguaje, el trabajo con la palabra, el arte en si.

 Una embriaguez reconciliatoria donde comulgan los territorios de la razón, el deseo y un hacer de la carne, alma. Desde ese sentido alquímico, ¿cómo ha sido tu experiencia formativa? ¿Quiénes fueron tus maestros y lecturas determinantes?

Los cuentos de mi tía abuela y los libros de mi infancia son la base sobre la que se desarrolló mi vocación. Parafraseando a Borges, escribo por los libros que he leído, soy en esencia una lectora, esa es la escuela fundamental. He tenido maestros impalpables, aquellos que me han dejado una impronta medular; entresacar algunos puede ser injusto para otros que también han sido importantes. Señalaré solo aquéllos que han sido presencias constantes: Borges, Cortázar, Rilke, los poetas españoles del 98 y del 27, entre otros, pero considero que los cuentos de hadas fueron la fuente primordial, con la particularidad de que mi tía los ambientaba en la Caracas antigua, otorgándole a la ciudad una textura mágica que aún persiste, tanto en lo que respecta a la ciudad como en la manera de mirar el mundo. Existen lecturas determinantes que me signaron: a los doce años leí por equivocación los Rubaiyat de Omar Khayyam, creía que se trataba de un cuento de amor, quedé por supuesto deslumbrada.

En la adolescencia estuve inmersa en los escritores del Boom latinoamericano, con los cuales alucinaba con facilidad y  con ellos se disparó esa inicial vocación narrativa. También en esa época me contacté con Rimbaud, cuyo Barco Ebrio determinó un giro en mi experiencia de vida, al igual que Nietzsche, a quien considero más poeta que filósofo. Fueron lecturas demoledoras para mi mente adolescente. Podría afirmar que las aguas de estas lecturas alimentan subterráneamente mi producción literaria y mi forma de mirar. Esos son los impalpables, sin embargo, debo reconocer en Armado Rojas Guardia al gran maestro palpable, cuyo alcance en mi alma va mucho más allá de la literatura.

 Armando es un fuego fraternal donde somos convocados al pan de la palabra. Partiendo de Armando, ¿qué autores te inquietan, te inspiran, te afiebran?

Hay muchos, pero podría afirmar que a medida que pasa el tiempo hallo gran resonancia en las mujeres poetas. El alma femenina me contiene y es una constante inspiración, todo su complejo mundo, su forma de utilizar la palabra. Sin querer afirmar que hay una poesía femenina como cuestión de género, sí creo que hay un decir distinto. La potencia dolorosa de  Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath es inquietante. Las fisuras verbales de Chantal Maillard, los poemas cuerpo de Hanni Ossott, los poemas nido de Emily Dickinson, son inspiradores en esa forma de hacer poesía desde el faltante, desde la hendidura de lo real, desde el deseo desplegado o contenido. Clara Janés, Olvido García Valdez, Elizabeth Schön, Ida Gramcko son voces femeninas que me penetran con sus insólitos registros poéticos y a quienes debo mucho. Necesito la impronta de lo femenino en los poetas que me afiebran. Creo que esa particularidad en la manera de ubicarse en el mundo y en el acontecimiento creador, diferencia para mí a la gran poesía, que es paradójicamente, la poesía de las fisuras, de lo que falta, que está siempre consciente del misterio inabarcable.

Ana María Hurtado con Armando Rojas Guardia

II

Los laberintos del lenguaje

¿Por qué te decantas por la palabra y la psiquiatría? ¿Cuál es el sentido de esa simbiosis estético-científica?

La psiquiatría que yo practico es una psiquiatría de la palabra, precisamente. Muy influenciada por el psicoanálisis donde la palabra es el centro del acontecimiento. Los laberintos del lenguaje son la vía para llegar a la psique del otro, para ayudarlo en su sufrimiento, dándole sentido. Por añadidura encuentro gozo al hallar el aspecto estético que tiene la palabra como vía para acceder al mundo anímico, su capacidad de convocar e invocar el misterio y la extraña belleza del alma. En ese punto el quehacer literario y el psiquiátrico abrevan en las mismas aguas. Estoy convencida de que la poesía, al igual que todas las artes son fenómenos sanadores, tanto para quien intenta asirla a las palabras como para quien la lee.

Adentrándonos a los territorios socio-políticos, ¿cuál es el rol del poeta en el actual panorama socio político venezolano?

Es una pregunta difícil de responder, hay una responsabilidad común al ciudadano que somos. No dejamos de serlo por ser poetas. La poesía no puede subordinarse al hecho político, pero siempre está inmersa en el fenómeno humano. Dar cuenta del sufrimiento colectivo, ver en ese sufrimiento la impronta de lo individual, el colectivo es una abstracción. Hay que poder dar cuenta de lo que ocurre, poder y saber contarlo, como decía Ajmátova en su Réquiem, estar lúcida y atenta, eso sería lo que podríamos denominar rol, aunque no me gusta mucho la palabra. Huyo de la poesía panfletaria, que quizá tiene su sentido y su público. El poeta debería nadar a contracorriente de nuestra inclinación a la superficie, a lo fácil, llevarnos más allá. El poeta podría ser un testigo, un apóstol, en su sentido originario de enviado, mensajero, un náufrago que se aferra a las tablas de la palabra. Citando a Hölderlin, a quien siempre recurro en este tema, “los poetas son los peregrinos de la tierra en la noche sagrada“.  Habría que rescatar lo sagrado de la noche que nos inunda.

En esa noche, como la de San Juan de la Cruz, ¿puede la poesía ser un faro en la consciencia en horas críticas para la civilidad?

Parte de la respuesta a esta pregunta está dada en la anterior. El faro en la consciencia es la propia poesía para el poeta, ejercitar la atención, como tanto insistía Armando Rojas Guardia, no en el sentido de pontificar, pues hay que cuidarse de la inflación de creerse faro de alguien, es el principio de los totalitarismos.  Corremos el riesgo de los poetas iluminados, prefiero los malditos, cuya impronta es imperecedera. Dejarse penetrar por la luz de la poesía, es otra cosa, una luz oblicua, que no enceguece, no una luz solar, eso sería oficio de otros. El poeta sería menos activo y más pasivo ante este dejarse inundar por la luz de la palabra. Ese es nuestro faro, el que estamos llamados a mostrar. Dejarnos atravesar por el rayo de la palabra y compartirlo en libertad. No creernos el rayo. Si queremos un insigne ejemplo de lo que hace un gran poeta en una hora oscura, lo tenemos en Anna Ajmátova, y en nuestro caso, Cadenas.

Poemario El beso del arcángel

III

La experiencia mística

 ¿En qué Dios cree Ana María Hurtado?

En el Dios que nos saca del centro, en el Dios de la Intemperie, de nuevo viene a mí el querido Armando. El Dios minúsculo, niño o agonizante, como postulaba Simone Weil. Ese Dios que nos libra de la tentación de creernos importantes, grandiosos. El Dios oculto que se hace pasar por inexistente para no insultar nuestra vanidad. El Dios ante quien sólo es posible el silencio y la humildad. 

Los fenómenos místicos, en el caso de las mujeres, lo sitúan como experiencias histéricas, caso Teresa de Jesús. ¿Qué opinas de aquellos analistas que ven la poesía de Teresa de Jesús y otras poetas místicas, como una expresión histérica?

Teresa de Jesús excede con mucho cualquier etiqueta diagnóstica, tanto por el calibre de su obra escrita como por su fructífero trayecto vital. Sin embargo, si trato de ahondar en las palabras, diría que hay algo de cierto en la palabra histeria para tratar de aprehender el fenómeno místico en general, no en el sentido que vulgarmente se usa, ni siquiera en sentido nosológico, lo utilizaría en el sentido psicoanalítico, en cuanto al lugar desde donde la histérica se coloca ante el otro. La propuesta es que la histérica se siente en falta, castrada en un sentido simbólico y se busca en un Otro que supone idealmente completo, en él busca su propia completud; eso a grandes y toscos rasgos es la dinámica histérica.  En el caso que nos ocupa, el místico acepta su falta ontológica, su contingencia, el vacío, su “feminidad” y pone su deseo de ser en el Otro radical. Lo que pasa es que ese Otro en el místico es la divinidad, en la cual se hunde. Sería como una histeria sublimada, trasladada a un nivel de trascendencia.

¿El Reino de los cielos para ser deseado debe ser erótico?

El Eros como instinto de vida en el ideario freudiano, es en la imaginación colectiva el impulso creativo y amoroso, pudiéramos acercar estas concepciones y mirar al Eros como una fuerza motriz que impele a la unión, el conector que anhela el vínculo para re-unir, restaurar; en ese sentido, el Reino tiene que ser erótico porque postula una restauración de la unidad primordial. El placer es una especie de subproducto ante el hallazgo del vínculo. Toda la escritura mística está llena de ese erotismo que busca atraernos hacia lo divino. El epítome es el Cantar de los Cantares. Para el judaísmo el deseo es lo que nos mueve a la divinidad, y el cristianismo, su heredero, lo mantiene, sentimos que algo falta y desde allí deseamos, podemos imaginar que estuvimos completos, plenos, fantasear ese paraíso original del cual somos expulsados y que nos arroja al mundo del deseo, pero también  a la posibilidad de la redención, en tanto deseo cumplido.  

A la luz del éxtasis, ¿Cómo vives el rapto erótico al ser convocada por la poesía?

Desde mi perspectiva, siento que debe haber un descentrarse para que la poesía tome el centro, si hay demasiada consciencia, demasiado yo, no hay espacio, siguiendo las ideas de Simone Weil en cuanto al acto creador de la divinidad, quien tiene que achicarse, retraerse para crear; me parece que se trata de lo mismo, hay que achicarse, podemos creer que lo que nos ocurre o nos pasa por la cabeza es muy relevante para ser escrito, y por lo general no es sí. Estoy convencida que uno no hace poesía, la poesía lo hace a uno, lo conforma, lo utiliza como cauce y uno debe dejarse, abandonarse, la poesía seduce es la gran seductora, como seduce la belleza y la divinidad, de ahí el misterio, lo que devela ocultando y viceversa. Igual que en la transverberación, volviendo a Teresa de Ávila, el ángel con una flecha de fuego la penetra, lleva su ser a la unión con el Otro radical, la divinidad, y eso te genera un placer inefable. Por supuesto, el proceso posterior es consciente, más yoico, también necesario, pero diríamos que es el post rapto, tratar de traducir aquel fuego sobrenatural con los instrumentos del lenguaje. Tampoco se trata de quedarnos en el rapto. Ni siquiera la santa de Ávila se quedó en el rapto, regresó y escribió.

Ana Maria Hurtado 2

IV

La epifanía vital

¿Qué queda del escritor después que su cuerpo nos abandona, caso Armando Rojas Guardia? ¿Cuál es la proyección futura de su obra ¿Qué quedará instalado en el imaginario colectivo y por qué?

Decía Borges: “cuando los escritores mueren, se convierten en libros, lo que, después de todo, no es una encarnación tan mala”. En el caso de ARG, él seguirá vivo en su obra y creo que a medida que pase el tiempo su figura se agrandará en el imaginario colectivo, pues tiene varios ingredientes en su historia personal que lo hacen único y muy atractivo. Armando es uno de esos casos en los cuales la poesía es vivida, saboreada, en cada instante, no hay un compartimiento para el hecho poético, éste abarca todo su despliegue vital. Armando fue alguien que vivió atravesado por la poesía y la belleza, constituido por un erotismo desbordado junto a un prolijo afán intelectual. Su periplo vital tiene elementos heroicos: vivió los infiernos de la enfermedad mental, se transformó a través de dolientes ordalías, su vida fue generosa y pródigamente dedicada a la docencia, casi un apostolado. Para mí es el poeta más completo de nuestra contemporaneidad, por esa solidez intelectual, una erudición que pocos ostentan, lo cual le permitió ser el gran ensayista que fue. El Dios de la Intemperie es un hito en la literatura venezolana. Súmale a lo anterior, la sensibilidad extrema con la cual desarrolló una interesante y honesta actividad confesional en sus diarios. Su espiritualidad y su cristianismo militante en un mundo adverso al cristianismo, el asumir sus “marginalidades”, el interés por la realidad sociopolítica, abordada desde un humanismo radical, son vertientes que atraen. Todo ello conforma a un personaje potente y caleidoscópico, con mucho qué decir a Venezuela y toda Hispanoamérica. Sé de personas ajenas a la poesía que quedaban imantados al verlo recitar de memoria un poema con aquella voz arbórea, gente que se interesó por la poesía gracias a la epifanía vital que fue ARG.

Rendirle culto al cuerpo es una tendencia al mundo de hoy, decantado en el narcicismo. Construir una poesía desde ese eje temático, ¿Es exaltar el cuerpo-objeto como sujeto poético?

Este culto al cuerpo que señalas, es realmente culto a una corporalidad irrelevante, vacía de contenido simbólico, solo espacio ocupado, donde no hay posibilidad de transformación, por ello ves la tendencia a igualar los cuerpos con la cirugía, la moda, el maquillaje, o a negar los cambios del tiempo, del embarazo o la vejez: el cuerpo actualmente ha sufrido un descalabro: un expolio de alma, de tal forma que la propia imagen queda desvalorizada, empobrecida. Desde allí no creo que pueda hacerse poesía. Otorgarle al cuerpo su consistencia simbólica, devolver lo sutil, la capacidad de ser transformado, hacerlo partícipe del acontecimiento poético. Incluso, quitarle la hoja de parra y regresarlo a la inocencia. En todo caso no se trata de rendir culto, sino de rendirse, abandonarse a la transformación, y la poesía debe ser transformadora.

¿Qué valor tiene, desde lo poético y ontológico, el cuerpo, esto no solamente visto desde tu obra sino desde la relación que el poeta encarna consigo mismo?

El poeta debería estar consciente que es cuerpo y escribe con el cuerpo, uno escribe con todo lo que es, uno se brinda completamente, para dar espacio a la belleza, al misterio, a lo indecible, a la sonoridad de la herida que clama por mostrarse, en ese sentido el cuerpo es un instrumento resonante, es ritmo, danza, el poeta debería hacer el amor con sus poemas, parirlos, amamantarlos, tener una relación visceral con ellos. Bueno, esa es mi visión. Como decía Pizarnik, “hay que mirar la rosa hasta pulverizarse los ojos“, o como afirmaba Hanni Ossott: “somos solo un cuerpo, una carne, unos ojos, y esa infinita capacidad de sentir”.

Palabras finales para todos aquellos inquietos por la imagen, la palabra, el deseo.

Dejarse tomar por eso que nos habita y pide ser dicho, afinar el instrumento para tratar de traducir: la escucha, la atención, el lenguaje.

Ana Maria

Más sobre Ana María Hurtado. 

Nació en Caracas. Poeta, escritora, ensayista, médico psiquiatra y psicoterapeuta. Ha colaborado en diversas páginas, blogs y revistas literarias, de arte y de psicoanálisis, nacionales e internacionales. Premio de narrativa Julio Garmendia (UCV Dirección de cultura, 1984). Algunos de sus poemas han sido publicados en las siguientes antologías digitales: Diario poético de los tiempos adversos (Public Arte Digital 2019). Poesía en voz alta, Una lectura por la vida y por la libertad (Caracas,2019). Pasajeras. Antología del cautiverio (Editorial lector Cómplice, 2020). Autora de varios poemarios inéditos y de dos libros publicados: La fiesta de los náufragos (Editorial Diosa Blanca, 2015) y El beso del Arcángel en coautoría con el poeta colombiano Leonardo Torres (Oscar Todtman Editores, 2018)

Contacto:

  • FB: Ana Maria Hurtado
  • IG: anamari612 
  • Twitter: @amhurt06

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Colaborador articulista de The Wynwood Times

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