Por Adlyz Caliman.

Llevamos una vida agitada. El COVID-19 y el subsecuente confinamiento por pandemia, nos obliga a hacer una pausa de lo abrumador del día a día y disfrutar el camino que tenemos delante con nuevos ojos. A diario, nos preocupamos por el trabajo, la organización del hogar, llevar y traer a los hijos, pero no nos detenemos a pensar hacia dónde vamos y mucho menos, a apreciar el camino que nos conduce a donde queremos llegar.

Con el confinamiento, mis salidas al gimnasio se eliminaron sin saber cuándo retomar, porque a pesar de que se puede ir a los gimnasios en semanas de flexibilización (al menos en Venezuela), no me siento segura de asistir y evitar contagiarme con tantos fluidos corporales que se intercambian en estos recintos.

Debo confesar que al principio me sentí un poco aliviada de tener una excusa para no ir a ejercitarme, pero los estragos que la inactividad y la mala alimentación por depresión de encierro, han hecho decidirme a salir a trotar todas las mañanas por las calles marabinas.

 

Disfrutar el camino en mi ciudad: Maracaibo

 

Primero hice un intento de salir en bicicleta con mi esposo, pero una aparatosa caída en la segunda curva, me hizo desistir de esa peligrosa idea. Entonces, una amiga me animó a trotar con ella algunos días a la semana. Con mucho miedo los primeros días, salimos a recorrer sectores de mi ciudad que de otra manera jamás me hubiera atrevido a transitar a pie, por miedo a un atraco o a que me mordiera un perro callejero. Animada por la seguridad que descubría, empecé a salir sola los otros días de la semana.

Entonces recordé mis días de adolescente, no vamos a decir hace cuánto tiempo, cuando me iba caminando a mis clases de tenis desde mi casa, atravesando una avenida muy congestionada, hasta llegar al destino, raqueta en mano, a siete cuadras de distancia de mi hogar materno.

¿Que si me daba miedo que me robaran la raqueta en el trayecto? No. La seguridad que sentía a la tierna edad de 15 años, no se compara con el terror que me da actualmente de solo pensar en salir a la calle y atravesar una cuadra caminando sola. Sin embargo, poco a poco, y a medida que han transcurrido los días, me siento cada vez más segura. No siento que estoy haciendo deporte, sino saliendo a saludar a los habitantes de mi ciudad, reconociendo sus calles y sus gentes.

Esta cuarentena, me ha obligado a abrir los sentidos, y a disfrutar más el camino que el destino que me he trazado. Nunca me había fijado en la cantidad de árboles, en el verdor de esas hojas que resisten las extremas temperaturas. Las plantas más pequeñas, las flores salvajes en las aceras, en los jardines de las casas al pasar. ¿Me tardaré más en llegar? Indudablemente, pero me alegro de poder disfrutar una vez más de los colores de mi ciudad Maracaibo, que, de otra manera, se hubieran perdido en la bruma de los recuerdos.

 Y tú, ¿te has detenido a contar cuántos árboles te cobijan con su sombra en tu camino a casa?

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