Por Yorgenis Ramírez.

El primer día de la pandemia, producto de impulsos emocionales al límite (el miedo haciendo la infatigable tarea de cuidarle), cerró puertas y ventanas, abriendo un nuevo espacio frente a sus ojos: la oscuridad. Reforzó las cerraduras con candados en su afán de conquistar una porción de tierra libre de contagio. Selló las hendiduras por donde el sol dejaba constancia de la terquedad de la vida. Recogió muebles, biblioteca, obras de arte. Guardó cualquier clase de objetos que propiciara esa palabra dudosa, que tantas veces fue un brindis colectivo: tocar. Todo era sospechoso y había que reducir al mínimo la probabilidad de enfermarse del mortal virus. Ello implicaba disminuir su propio cuerpo, la víctima expiatoria de toda la tragedia que le rodeaba.

Corrió hacia la cocina y envolvió sus pies en envo-plast. El denso frío del plástico inauguraba una sensorialidad forzosa: estar fuera del arraigo vital que es pisar con sus propios pies el suelo que le sostiene. Una inseguridad torpemente disimulada con un plástico adhesivo tan frágil como ella. Sintió calma, al menos así lo creía. Salió de la cocina intentando caminar libremente. Pero sus pies eran una densa masa plástica donde toda flexibilidad era eximida. El dolor hacía presencia tocando la planta de sus pies, pero ella eligió sentirse ajena: “Lo importante es mantenerme estoica”, dijo.

Pasó ocho horas de pie. Estaba prohibido apoyarse, sentarse, tenderse. Era el momento de la fuerza, de construir un límite seguro: la planta plástica de sus pies en el suelo, morados ante la asfixia del dolor. Hasta que la fatiga se impuso y sus piernas dieron cuenta del principio de gravedad. Se doblaron, cayendo de rodillas. Agotada, vencida por su grávido e implacable enemigo, vio con angustia sus rodillas en el suelo. Y en su vocación de sobreviviente radical, fue de rodillas hasta la cocina, donde un pliego de envo-plast prometía la salvación.

Envolvió sus piernas, haciendo gala de la habilidad de sus manos, un talento bien ganado para la escultura, ya que no hubo el más mínimo pliegue por donde pudiera colarse la mortalidad. Así, plastificada hasta la cintura, se puso de pie y dio cuenta que podía sentarse, descansar el peso de sus glúteos intocables. Una falsa risa triunfal empezaba a imponerse. El ganarle un límite al virus, aparentemente tan poderoso, pero reducido por la inteligencia de un cuerpo-objeto desensibilizado. Su abdomen se redujo significativamente, al punto de ser la envidia de imaginarias top models recreadas en su mente masoquista. Su respiración se hacía dificultosa. Pero, ¿importaba respirar? El oxígeno era una amenaza ante un virus capaz de aprovechar hasta las corrientes de aire para hincar su mortal diente. 

Ya no podía moverse con la misma agilidad. Optó por quedarse en la cocina, sentada en el suelo, en la irracional convicción de cuidar una vida ante un inminente contagio. Así estuvo cuatro horas, con la espalda erguida, en su atlético propósito: “no debo tocar nada”. Pero la fidelidad de sus espalda se hizo curva y su peso dio contra la pared. Con la cabeza agachada, buscando algún medio para asir su cuerpo y ganar la batalla contra la muerte, se dio cuenta de su vulnerabilidad. Era el momento propicio para arrancar las capas de plástico que asfixiaba su cuerpo y salir corriendo en busca de ayuda. No lo hizo. Ya la autosuficiencia se había adherido a su psique.

Tomó con violencia el envo-plast y terminó de tapizar el resto de su cuerpo. Era una momia de plástico espectral y belleza intacta. Su vida se redujo a una densa capa de plástico que la suspendía de toda inminencia. Su patológica pretensión de extremo cuidado se hacía realidad. “Ya nada podrá amenazarme”, susurró. Y de sus ojos empezaron a manar lágrimas. El desconsuelo de su cuerpo se dolía de ella, ese virus monstruoso en que se había convertido ante su incapacidad de procesar la realidad. El llanto se hizo una catarata ingobernable. Un nuevo elemento se interponía en su enferma necesidad de protección: un mar de llanto donde quedó suspendida. Ahora yace en una tiniebla subacuática.

Y cuando creía haber escapado de la muerte, se vio sobre su vientre, líquida, sin la resistencia emocional de evitar el contacto con la vida. Se sintió humana. Su cuerpo recobraba la sensibilidad. Empezaba a mover sus articulaciones, músculos, boca. Sus ojos dejaban traslucir el deseo de vivir. El llanto hinchó el denso plástico que la cubría y la compasión le hizo entender que en su corazón se integraban los opuestos: vida y muerte, dudas y certezas, desamparo y protección. Y pudo hacerse una pregunta, lejos de su egotismo tenaz: ¿Tengo que salvarme de vivir? La capa de plástico llegó al culmen de su tensión expandida. E inclinando su mirada fuera de la bolsa, dijo no, el no definitivo de su existencia. Y el plástico estalló en millones de pedazos. El espacio se transformó en un impetuoso mar, derribando los candados, las certezas, el miedo cosificante de la oscuridad. Y la puerta de la casa se vino abajo, abriendo paso al concierto de la luz, donde la ciudad se abría en su laberinto de realidades encontradas. Ella se puso de pie, ligera y firme, respirando la gracia de abrirse al impulso de vivir, contra toda inminencia. Y salió de su casa hacia el mundo, emergida del destierro, al encuentro con el alma.

Yorgenis Ramírez / @irreligente

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