Por Yorgenis Ramírez.

América tomó el último kilo de harina de maíz disponible en la despensa, lo único que había para amainar el hambre de la noche. Nada de queso ni jamón. Impensables carnes, ni aguacate o cualquier vegetal que sirviera de relleno. Nada. Un kilo de harina de maíz y dos estómagos hambrientos, al borde de la desnutrición, en la más absoluta miseria.

Ella, macerada en dolor, ausencias y una artritis de coraje de avance incontenible. Él, Ramón, su nieto de 7 años; la inocencia, el desparpajo, la alegría radical contra cualquier mal incinerando los sueños.

América dispuso la harina en el agua, sin sal, con la fuerza de sus manos esqueléticas. También los recuerdos de su hija única, muerta, devorada por el vértigo al cruzar una frontera buscando futuro. El cabo de vela a la Virgen, compañera paciente en noches difíciles y esperanzas fallidas. Las fotos de su esposo asesinado por una bala ciega que traspasó el techo, colmado de grietas; el rigor de un monstruo que se alimenta de inocentes. Una taza de café cuyo impertinente frío data de varios días a la intemperie, le deja claro su límite más filoso: una pobreza incisiva, indolente, terminal.

América bebe sorbo a sorbo, más que café, la paciencia de días arqueados. Luego amasa, va formando las pequeñas bolas de harina, en una actitud de sol invicto que sale para justos e injustos. Es enero, un mes difícil de sortear, aún para ella, una mujer que aprendió a caminar descalza el infierno. Monta las arepas en un budare de óxido y latón. Se sienta junto a la única hornilla que funciona de la cocina, rescatada del basural, el mismo basural de la historia donde los nadies se evaporan de miseria.

Ella medita el aroma de arepas tibias recién nacidas, durante quince minutos, ratificando la terca vocación que los pobres ostentan: esperar. No ha hecho nada distinto desde que nació parida por un grito, esperar, lo único justamente distribuido en su vida, junto al dolor y el olvido. Su nieto se sentó a la mesa con su característica alegría de niño Dios. América le pone la arepa sin relleno. Ella se sienta y le acompaña. Ramón devora su arepa con el hambre de un animal recién salido de hibernar.

América lo observa, con amor intacto, sonriente, con esperanza. Y cerró los ojos para escuchar más intensamente la extraordinaria belleza de su nieto diciendo: “Abuela, es la arepa más sabrosa que he comido, ¿me das otra?”. Él, experto comensal de arepas sin relleno, de concha dura quemada por todas sus latitudes, amplio en gratitud; ganando la partida al rencor de años arrasadores donde vamos, con los ojos ardiendo de coraje.
@yorgenisjramirez

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