Por Yorgenis Ramírez.

 

«1»

“No creo que resista otro apagón. ¡No puedo más! Llegué al límite. Un apagón y me voy de esta mierda, lo juro”.

 

«2»

Enciendo la computadora. El agua para el café hierve. Mis vecinas conversan sobre dónde comprar gas doméstico a menos dólares. La gata se caga en las matas de jade. Mi hermano se enoja abruptamente y jura no volver a casa. El rencor de algunos vecinos afinca en miradas de rechazo. Sube el precio del dólar. El anterior disco duro de la computadora se quemó. Perdí toda la información. Mamá tiene una crisis de ansiedad. El perro de la cuadra ataca a una niña de cinco años. Llueve. Llega el agua. Conecto la manguera. Inicio el llenado de pipotes, tanques y cucharillas. Corpoelec solo asegura luz solar. Truena. Se va la luz, el agua, la fe.

 

«3»

Suena el teléfono…

—¿Sabes algo de Guillermo?
—No.
—Tengo rato llamándolo y cae la contestadora.
—La cobertura está pésima.
—Temo lo peor.
—¿Guillermo quiere cambiarse a Digitel?
—No chico. Que Guillermo intente una locura.
—Sé específica, porque Guillermo y locura son sinónimos.
—Coño, que Guillermo se quite la vida.
—¿Qué te hace pensar eso?

…Se cae la llamada.

 

«4»

38 horas sin electricidad.

 

«5»

3:00 A.M.

“Dios creó a los políticos para dar a los astrólogos una mejor reputación”. Pienso.

 

«6»

Día 2 del apagón.

No se sabe nada de Guillermo. Elena, su madre, está al borde de un infarto. Lo han buscado por todo el barrio, la parroquia. No aparece. Todos piensan en la catástrofe. Hablan del horror de modo natural, como si se tratara de su mejor amigo. Hemos normalizado el desmadre. Salgo.

 

«7»

Todos en algún momento caímos en la trampa: creer que Maduro es bruto. Pendejos. No hemos aprendido a medir el enemigo. Maduro es un Mugabe tropicalizado. Ha sabido construir su imagen política desde múltiples máscaras donde se oculta del pasado y elude el futuro. Su afán es el presente. Él como presente. Él como único destino. Sin variaciones ni contrastes. Solo él, impoluto. Aparentemente sin historia, esa estrategia comunista de ocultar la intimidad del ídolo. Ellos conocen sus pies de barro y se cuidan de ser mirados en lo íntimo. Quebrar esa imagen impenetrable es fundamental para ver las costuras del enemigo y desmontar su juego.

 

«8»

—Solo queda harina pan, ¿qué hacemos?
—Comer arepa sola.
—Yo no pienso hacer esa vaina.
—Yo sí.
—Compra comida.
—No tengo dinero.
—Consigue.
—Ya los postes no pagan.
—¿Qué?
—Nada.

«9»

Mano, la bombona son 10 dólares. Sin hacer cola. Traes el vacío, lo llevo de madrugada y a las 7AM Lo tienes en la puerta de tu casa, así, tipo suanfonson. Piénsalo y me avisas.

 

«10»

70 horas sin electricidad, sin paciencia, sin que Guillermo aparezca.

 

«11»

Señora, faltan dos horas para que se cumplan los tres días reglamentarios para abrir la investigación y salir a buscar a su hijo. Son la 1PM y trabajamos hasta las dos. Vuelva mañana.

 

«12»

Llegó la bolsa del clap, pero no se la pueden llevar hasta que llegue la luz. Hay que escanear el carné de la patria primero, así que esperan y se callan.

 

«13»

El calor es infernal. Se acabó el agua filtrada. Tengo una sed descomunal. Me acuesto. Intento pensar sobre cómo resolver el tema del agua potable. No puedo. Pensar me duele.

 

«14»

—Ponte bien el tapaboca, mijitica.
—A mí no me dará ese virus, chica.
—Mi amiga, la todopoderosa.
—No. Pero estoy bañada en la sangre de Cristo. ¡O sea!
—Ah bueno, chévere. Puede ser que pronto estés peluqueada con formol y viendo rostros.
—¿Me estás deseando la muerte, mami?
—No vale, incapaz, hermana. Es mi modo de desearte buena suerte.
—Gracias, no la necesito.
—La vida tampoco, ¿cierto, mi amor?

(Conversación entre dos amigas, hace mes y medio. Hoy me entero que la joven temeraria está muerta por Covid-19).

 

«15»

Roban la casa de una vecina. Los malandros al ver que no tenía comida, la masacran a golpes. Está en terapia intensiva.

 

«16»

Presa de la desesperación, Elena, la madre de Guillermo, sufre un infarto fulminante y muere. La gente rodea su cuerpo en la calle, manteniendo el distanciamiento social. Temen que esté contagiada de Covid-19.

 

«17»

Aparece Guillermo. Estuvo tres días preso. El FAES lo detuvo en una redada por no portar cédula de identidad. Días antes perdió su documentación personal en un asalto. Salió a comprar pan y se lo llevaron. Lo humillaron, golpearon y torturaron psicológicamente por 72 horas. Lo soltaron semi desnudo, sucio y con la dignidad en el suelo. Al llegar a casa encuentra una nota de su madre, diciendo: “No creo que resista otro apagón. ¡No puedo más! Llegué al límite. Un apagón y me voy de esta mierda. Lo juro”. Y el estrepitoso grito de dolor de una vecina al verlo vivo y contarle la muerte de Elena, su madre.

 

«18»

Llegó la luz.

«Fin»

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Lector. Educador Somático, Somaterapeuta.

Colaborador articulista de The Wynwood Times

Columna: Apuntes desde el vértigo

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