Hace unos días, alguien me preguntó el porqué apoyo el matrimonio igualitario, siendo heterosexual. Fue una pregunta que no supe cómo responder y que me irritó más de lo que me permití demostrar. Al cabo de unos minutos de silenciosa lucha interna, sonreí a mi interlocutor.

—Porque me parece responsable apoyar una causa justa.
—Pero ¿Qué tiene que ver contigo? No eres lesbiana ¡Ni siquiera piensas en casarte!
—Entonces ¿Sólo debo oponerme al racismo si soy afroamericana? — pregunté de mal humor. Mi amigo puso los ojos en blanco.
—Me refiero ¿Por qué la insistencia en que los gays puedan contraer matrimonio? ¿En qué te beneficia a ti?

La pregunta me hizo recordar una escena de hace unos cuantos años. Probablemente mi amigo M., es el hombre más inteligente que conozco: creativo, con un gran sentido del humor, una afilada mente analítica es sin duda el tipo de espíritu libre que siempre he admirado. Su pareja, A, es un talentosísimo artista plástico.

Ambos forman un dúo extraordinario, de esas uniones que mi abuela paterna solía llamar jocosamente “creadas en el cielo”. Y es cierto: ambos parecen compartir una afinidad natural y espontánea que no solo sustenta el amor romántico, sino que lo hace incluso más profundo. Muy probablemente se deba a esa necesidad de toda pareja homosexual de asumir la responsabilidad de sus sentimientos, no solo ante la otra persona, sino la sociedad que los censura.

Nuestra sociedad concibe al diferente como culpable de un crimen sutil. Un delito de escándalo que aún no se ha definido muy bien, pero que todos parecemos reconocer de inmediato. Para M. y A. no ha sido distinto. En una ocasión, acudimos juntos a una celebración y mientras todas las parejas en las pistas de baile bailaban y disfrutaban del jolgorio, ambos permanecían sentados, mirando la normalidad a una prudencial distancia. Porque a una pareja homosexual no se le permite esas pequeños beneficios y virtudes de lo cotidiano. ¿Qué ocurriría si mis amigos hubiesen decidido bailar, como cualquier otra pareja, junto con el resto de los bailarines que llenaban la pista? ¿Que habría ocurrido de haber tomado la determinación de besarse, mirarse, sonreir como cualquier otra pareja? No lo sé y ellos no quisieron correr el riesgo, con toda razón. Una sociedad hostil los mira a distancia, se pregunta porqué no regresan a su “lugar”, no esconden “su perversión”. Pensé en esas cosas mientras M. bailaba con una amiga en común y A., continuaba sentado a mi lado en la mesa, mirándolos.

Lo siento —dije.

No sé por qué me disculpé. No tengo idea por qué asumí la culpa histórica, por qué creí que debía hacerlo. Pero lo hice, con toda la humildad de sentirme responsable en parte de esa cultura de la represión, de esa idea venial del sobresalto por lo distinto. Mi amigo A., me apretó la mano con tristeza y siguió mirando a M. bailando unos metros más allá.

—No importa. Uno se acostumbra a estas cosas.
—No tendrían porqué acostumbrarse —respondo.

 

Siento dolor y una cólera impersonal. Miro a mi alrededor, a las felices parejas heterosexuales que se besan y se abrazan, a las que saltan y ríen y me pregunto por qué mis amigos no tienen el mismo derecho a hacerlo, qué motivo invisible se lo impide. No sabría muy bien dónde empezar a construir una respuesta, a razonarla. Pero instintivamente sé que tiene una directa relación con ese temor de la sociedad hacia lo que no comprende y no asume como propio. El temor a lo desconocido, a lo que no puede catalogar. A lo que no desea entender.

Con frecuencia pienso en esa escena mientras en Venezuela se discute sobre el matrimonio igualitario —su idoneidad, necesidad, incluso su prioridad sobre otros temas de considerable importancia inmediata— y me pregunto hasta qué punto quienes no sufrimos la segregación, la discriminación y el prejuicio podemos entender la necesidad de reconocer los derechos de todos los ciudadanos. Hasta dónde podemos asumir el hecho que no solamente es necesario el reconocimiento de los derechos de cada ciudadano de mi país, sino de lo prioritario que resulta aspirar a una sociedad equilibrada. Y no sólo por satisfacer las aspiraciones de un conglomerado históricamente discriminado, que ya sería motivo suficiente, sino también por el hecho concreto que necesitamos asumir, que el prejuicio no puede ser parte de la idea legal del país. ¿No parece un buen motivo? Quizás es uno muy filosófico para interpretarse de inmediato. Así que creo necesario quizás analizar otros tantos que pudieran dejar muy claro el motivo por el cual debemos aspirar a un país de ciudadanos con iguales derechos.

¿Cuáles podrían ser esos motivos?, sin duda los siguientes:

» Porque es un derecho civil que todos los ciudadanos deben disfrutar de idéntica manera:

Martin Luther King, incansable luchador por los derechos civiles de su país, solía decir “No soy negro, soy hombre”, en cada ocasión en que alguien intentaba utilizar su origen étnico para definir su esfuerzos por la equidad legal. Para King, la batalla por lograr el reconocimiento de los derechos plenos de su comunidad frente al prejuicio racial, era una manera de destruir la suposición que hay “diferencias insalvables” en la sociedad que suponen matices en la aplicación de ciertos parámetros jurídicos. Con su consistente filosofía sobre su necesidad de alcanzar la inclusión y la igualdad desde el supuesto que cada ciudadano tiene exacto valor ante el Imperio de la ley, King demostró que el prejuicio no puede mediar ni imponer su criterio sobre la forma como se comprende la identidad del ciudadano.

El matrimonio igualitario no es una venia, un favor o una concesión legal. Se trata del reconocimiento de un derecho de un sector de la población que está siendo ignorado por motivos confusos. Además, el hecho que el Estado Venezolano —y cualquier otro— no admita los derechos de la comunidad LGBT, no sólo viola los DDHH —sobre el sexto, que deja muy claro que “Todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al reconocimiento de su personalidad jurídica”— de una considerable cantidad de ciudadanos, sino que además limita sensiblemente el disfrute de las condiciones legales que deberían favorecer a todos los ciudadanos. Así que no se trata de un capricho, de una bandera electoral, de una necesidad utópica de una porción considerable de ciudadanos del país, sino del hecho que merecen disfrutar de lo que legítimamente la ley debería concederles.

»Porque no deben existir ciudadanos de segunda categoría.

Una de las primeras maniobras de Adolf Hitler al convertirse en Canciller, fue asegurarse de que la aplicación de la ley tuviera matices y estratificaciones de acuerdo al origen étnico y racial del ciudadano común. Al principio, insistió en que se trataba de una medida necesaria para favorecer a la población alemana, pero después fue evidente que su objetivo era utilizar la segregación para crear un estamento de ciudadanos de segunda categoría. Para cuando el tercer Reich mostró su rostro totalitario, la ley se convirtió en un arma ideológica y lo que es aún peor, en la herramienta más eficiente del régimen para ajusticiar e imponer su modelo de Estado. Todo gracias a ese inicial primer matiz que aseguraba que la ley distinguía entre los ciudadanos por motivos poco claros y lo que era más preocupante, por completo interpretativos.

Tal vez el anterior parezca un ejemplo exagerado, pero ilustra de manera muy clara la necesidad de que todo planteamiento legal beneficie a todos los ciudadanos de idéntica manera. La ley por esencia, está concebida para favorecer a todos los ciudadanos en condiciones de igualdad jurídica. En otras palabras: Todos los ciudadanos son iguales ante la ley y tienen los mismos derechos y obligaciones, lo cual garantiza la equidad, el equilibrio en la aplicación de los extremos jurídicos. Además, todos quienes formamos parte del acuerdo social que llamamos “país” debemos tener la misma posibilidad de disfrute y acceso a todos los derechos consagrados por la carta magna. El hecho de que las leyes de nuestro país no admitan el matrimonio igualitario provoca que una porción de ciudadanos sólo pueda disfrutar de un conjunto de derechos esenciales, además que distorsiona el supuesto esencial que todo ciudadano es igual ante la ley. Lo cual contradice cualquier idea democrática —o que aspire a hacerlo— que pueda sostener un proyecto país.

»Porque las Leyes no deben estar basadas en consideraciones religiosas.

Por siglos, la Iglesia fue tan poderosa como para ejercer funciones de Estado, y lo hizo aplicando los preceptos religiosos como un estamento legal. ¿El resultado? Ejecuciones sumarias debido a la Inquisición, condenas por la acusación de herejía y apostasía, la imposición del dogma religioso a través de la ley. Un panorama preocupante que convirtió a la Iglesia —y a la creencia— en una estructura semi despótica con graves implicaciones a futuro.

Sí, puedo entender que a un país tan conservador y tradicional como el nuestro, le lleve esfuerzo entender que dos personas que se saltan las convenciones sociales y el deber social, puedan contraer matrimonio. Y también es lógico que una cultura tan profundamente cristiana se sienta ofendida o incluso agredida por la posibilidad. No obstante, nada de lo anterior justifica el hecho que deba suprimirse un conjunto de derechos civiles y sociales a un conglomerado de la población. Hablamos que debido a esa postura crítica, religiosa o moral, un porcentaje de ciudadanos no puede acceder a derechos básicos como reconocimiento de su personalidad jurídica, al nombre, a los derechos de herencia y sucesión, incluso a su identidad.

La ley de ningún país puede basarse en consideraciones, prejuicios o discriminación religiosa. Tampoco en los extremos e interpretaciones de textos sagrados o elementos que pueda propiciar que la ley pueda aplicarse de manera tendenciosa. ¿Qué ocurre con quienes no profesan el pensamiento religioso que podría sustentar la base legal? ¿Qué ocurre con los no creyentes, con quienes simplemente no tiene religión o quienes no forman parte de ninguna congregación o norma?

El sistema legal de cualquier país civilizado se basa en un conjunto de normas elaboradas para garantizar los mismos deberes y derechos a los ciudadanos que favorecen y protegen. Sin distingo de su opinión política, social o religiosa. O al menos, es el objetivo ideal de cualquier Estado que se base en consideraciones democráticas.

» ¿Tu excusa es la Biblia? Hablemos sobre el tema.

Entonces ¿La biblia prohíbe el matrimonio igualitario? Entiendo que tu excusa sea dogmática, pero de ser así entonces ten en cuenta que la Biblia no sólo prohíbe el matrimonio entre personas del mismo sexo, sino también permite tener esclavos (El Levítico, 25:44), señala que debo asesinar a mi vecino si incurre en la falta de trabajar en sábado (Éxodo 35:2), lapidar a cualquiera que ose tener más de dos cultivos o blasfeme en voz alta (Lev 24:10–16) ¿Qué quiere decir el argumento bíblico entonces? ¿También debo cumplir esos preceptos? ¿O se trata que solamente algunas partes del Libro Sagrado pueden ser aplicables? ¿Qué hace algunas si sean admisibles y otras no tanto? ¿Por qué algunas son interpretativas y otras sí deben ser de estricto y exacto cumplimiento?

La Biblia, como libro sagrado, recoge las creencias y modos de vida de varias tribus asentadas en el Oriente Medio. De indudable y valioso valor simbólico, religioso, dogmático y moral es con toda probabilidad el texto más influyente de cualquier otro existente. Pero fue concebido para una época y una cultura por completo distinta. Y tan alejada de la nuestra que la mayoría de sus preceptos, prohibiciones e interpretaciones sobre el mundo nos parecen lejanas e impracticables. ¿Por qué insistir en tomar sólo las ideas que benefician nuestro punto de vista en beneficio del prejuicio? ¿No es eso malinterpretar y distorsionar el contenido de una interpretación elemental y esencial sobre nuestra aspiración más trascendental? ¿O es que estamos utilizando la Biblia como una excusa para sostener nuestros conceptos sobre la segregación? Vale la pena preguntarse al respecto desde una perspectiva respetuosa y filosófica, pero sobre todo, amplia que nos permita comprender hasta qué punto utilizamos la religión —cualquiera— como excusa para nuestras dudas y miedo a la diferencia.

» Porque el matrimonio no tiene como único propósito la reproducción de la raza humana. A menos que vivas en la Edad Media.

Actualmente, un matrimonio es la unión de dos personas que desean pasar el resto de su vida —o algún tiempo— juntos. No se le exige otra cosa mas que su voluntad de aceptar las implicaciones del contrato y mucho menos, algo más que su buena voluntad de honrar lo que simboliza. Sin embargo, no siempre fue así.

Para los romanos el matrimonio era un contrato social que aseguraba la perdurabilidad de la sangre y de las propiedades. El concepto se mantuvo muy parecido hasta el segundo siglo de nuestra Era, donde además se añadió el elemento religioso que conocemos hasta hoy. Es entonces cuando se insiste que la unión matrimonial debe cumplir el sagrado precepto de la reproducción, que tiene su origen en el mismísimo Génesis. Palabras más, palabras menos, buena parte parte de la Europa primitiva y medieval se aseguraron de usar el matrimonio como una forma de asegurar alianzas, de robustecer linajes y evitar el caos territorial, por medio de herederos matrilineales. Además, el mandato matrimonial de engendrar era imprescindible en una época donde buena parte del mundo conocido estaba siendo asolado por pestes y tragedias que diezmaban la población. De manera que era necesario e incluso determinante tener hijos. Más allá de eso, el matrimonio carecía de importancia emocional y personal. De hecho, acuerdos reales de considerable importancia, así como acuerdos económicos bastante pragmáticos, usaron el contrato matrimonial como una prueba de suprema confianza entre las partes, donde la pareja era apenas un accidente nominal a tomar en cuenta. Más adelante, la época victoriana le añadió un ingrediente romántico: apenas en el siglo XIX las parejas comenzaron a contraer matrimonio por amor. A partir de entonces, la idea de los enlaces civiles y religiosos por amor sustituyó la vieja idea del lazo comercial o mercantil.

No obstante, la objeción más común al matrimonio igualitario, continúa siendo el hecho que el matrimonio se concibe como un instrumento que asegura la reproducción humana y lo que se suele llamar de manera muy general “la célula social” por excelencia. En otras palabras, la familia. No obstante, esta limitada y restriguida visión parece no sólo ignorar el hecho de que la institución matrimonial no sólo evolucionó —e incluso se convirtió en algo más—, sino también el hecho que tener hijos se ha convertido en una opción entre tantas otras. Más allá de eso ¿Qué ocurre con los hombres y mujeres estériles que contraen matrimonio? ¿O los que no desean concebir? ¿O quienes son padres sin necesidad de contraer el matrimonio? Hay toda una serie de alternativas que transforman el antiguo mandato matrimonial de concebir —y el matrimonio en sí mismo— en algo nuevo por completo. Y las leyes deben ser el reflejo no sólo de esa transformación sino de sus implicaciones, como ha ocurrido tantas veces en el pasado.

» Porque el matrimonio igualitario no abrirá la puerta para uniones entre animales y seres humanos, pedófilos y otros hechos criminales. Hablamos de legalizar uniones entre dos adultos responsables.

Es la excusa más retorcida de todas. He escuchado debates sobre se insiste en que el matrimonio igualitario fomentará el reconocimiento de delitos sexuales y aberraciones de carácter ilegal bajo el supuesto que podrían también tratarse de uniones legítimas. El sólo planteamiento resulta retrógrado y además, deja muy claro que quien lo profiere, continúa convencido de la idea que la orientación sexual puede ser considerada un trastorno sexual, lo cual —por supuesto— no es cierto. Una pareja gay por lo general está constituida por dos adultos mayores de edad, responsables de sus actos y absolutamente consciente de las implicaciones de sus decisiones. En otras palabras, la relación que comparten no se trata de un delito, ni una forma de coacción, abuso, violencia o agresión. Por tanto, siendo que no transgrede la ley y que de hecho, celebra las mismas cosas que el matrimonio tradicional, el ordenamiento legal no debería tener objeciones de aceptarlo.

» Porque aunque te parezca mal, reprobable, poco ético, antinatural no es motivo suficiente para que la ley despoje de derechos civiles a otro ciudadano.

Sí, es admisible y de hecho, del todo respetable que tengas una opinión crítica sobre el matrimonio igualitario. También es igualmente respetable que creas que es reprobable, que esgrimas ideas religiosas para denigrar la posibilidad. Incluso, es admisible que lo consideres antinatural, una violación a la ley de Dios y todos esos argumentos tan enrevesados que suelen llenar las discusiones sobre el tema. Pero ten en cuenta que a pesar de eso, la ley debe proteger de la misma manera a todos los ciudadanos, no obstante tu opinión moral o religiosa. Que los derechos civiles son inalienables y por tanto, no hay ningún parecer privado que pueda ser mucho más importante que garantizar la seguridad y protección de todos los ciudadanos del país. Créeme, es necesario esa disputa y el constante debate que promueve este tipo de iniciativas: la democracia —la que aspiramos, al menos— está construida a base de enfrentamiento de ideas, de la capacidad de la sociedad para transformarse a sí misma. Y eso sin duda, es satisfactorio y esperanzador.

» Porque si tu puedes contraer matrimonio, todos los ciudadanos de tu país deben poder hacerlo.

Creo que es la razón más sencilla por la que apoyo el matrimonio igualitario: Quiero que todos los ciudadanos de mi país gocen de los mismos derechos de los cuales disfruto. Deseo que cada persona pueda aspirar como yo, a celebrar su forma de concebir el amor y el compromiso como mejor prefiera. Quiero que todas las parejas puedan sentirse seguras, protegidas. Que cada hombre y mujer de Venezuela pueda tener la posibilidad de formar la familia que sueña, como yo la tengo. Si ninguno de los argumentos anteriores te convence, piensa por un instante ¿Cómo sería el mundo si debieras renunciar a parte de tus derechos civiles y legales por sólo ser cómo eres? ¿Cómo reaccionarías si debieras enfrentarte a la idea que la ley no te protege sólo porque tu estilo de vida no satisface a parte de la población de tu país? Es probable que te sorprenda la respuesta.

Con frecuencia pienso en la diferencia, más que en la igualdad y en la importancia de reconocer su existencia. Tal vez todo radique allí, me digo, en el poder de comprender que cada uno de nosotros es una expresión de creación y una oportunidad para crear. Y que nuestra cultura y sociedad debe reflejar no sólo esa necesidad de comprendernos como parte de algo más grande que nosotros mismos sino también más perdurable y valioso. Una manera de aspirar a la esperanza, sin duda.

Tal vez sea así, me repito. Y si no lo es aún, me gustaría que lo fuera.

C’est la vie.

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