Un recorrido que empieza en el extremo sur de estado de Florida, lo atraviesa por completo y expone la miseria humana. 

La tarde del 20 de abril de 2018, los familiares de José Raudel García, el Ruso, recibieron una llamada telefónica. El mensaje fue anónimo y escueto: mataron al Ruso. Los fines de semana, el Ruso oficiaba de árbitro en peleas de gallos, actividad prohibida en Estados Unidos y Florida desde el año 1985. Un balazo acabó con la vida de García y los detectives encontraron su cuerpo en las instalaciones clandestinas de una arena equipada, en Hialeah, con tribunas, barra de cocktails y cocina. El caso de José Raudel García es uno más dentro del universo de peleas clandestinas de gallos que se vive en Miami y en el sur de la Florida, donde su mayor concentración se encuentra en Homestead, Hialeah y el límite entre Miami y Broward, en el área conocida como C-9 Basin, que, como toda frontera es tierra de nadie y lo ilegal, la violencia y el crimen escapan de control —en 2009, las autoridades del Condado Miami-Dade organizaron un operativo de intervención en este territorio, para el cual crearon el The C-9 Basin Enforcement Taskforce. En el 2010 ocurrió algo parecido—. 

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En un contexto similar, pero en la década de 1960 en que las peleas de gallos eran legales, y auspiciadas por el anglo y no un producto importado por la comunidad latina como se asocia a veces erróneamente, Charles Willeford (Little Rock, Arkansas 1919 – Florida, Miami 1988) escritor cuya literatura siempre ha retratado el lado menos complaciente de la sociedad, ambienta su novela Cockfighter (1962). En ella nos presenta a Frank Mansfield, un hombre de treintaitrés años que, partiendo en su trailer desde Homestead hace un recorrido por el sur de la Florida y presenta un territorio rural y redneck, habitual en el centro del país, en historias de Richard Ford o Cormac Mc. Carthy, por ejemplo, mas no en este extremo tan acostumbrado a las tramas urbanas o al borde del mar. Al inicio lo acompaña Dody, menor de edad, quien solo le interesa para satisfacer sus necesidades sexuales y que le cocine, que lo seguirá en pocas páginas ya que tras su primera derrota en Belle Glade, Mansfield lo pierde todo, incluyendo el tráiler, y decide abandonarla y fingir haber perdido el habla, condición que mantendrá el resto de la novela. Aquí empieza un auténtico descenso a los infiernos por Orlando, Ocala, Jakcsonville, Alabama y Georgia, entre bares marginales, whisky, sexo y líos resueltos a puños, exponiendo la misoginia y la crueldad hacia los animales que habita en el anglo. El objetivo de Mansfield es conseguir dinero para comprar gallos, seguir compitiendo y ganar el tan anhelado Southern Conference Tournament’s Cockfighter of the Year (STC), premio anual que bien podría ser, en palabras del narrador, igual al Premio Nobel para los científicos. 

Hacia fines de la década de 1980, tres nombres marcaban la pauta entre los auténticos conocedores del género negro: Dashiel Hammett, Raymond Chandler y Charles Willeford. Poco antes, Willeford, escritor maldito bajo las palmeras de Miami era ignorado y rechazado hasta que Miami Blues, novela del inspector Hoke Mosley, se consagró y apareció en los medios de prensa más grandes del país como Publishers Weekly y el New York Times. Cockfighter es una de esas novelas previas a la consagración noir de Willeford, época en la que sus libros dejaron de circular y no era posible encontrarlos en librerías —a ningún sello le interesaban—y es uno de sus pocos títulos que escapan del género y que muchos lectores y críticos consideran su mejor obra y una de las “Greatest American Novels”, e incluso él, cuando entablaba contacto con otro escritor e intercambiaban libros para darse a conocer, solía compartir Cockfighter. En 1974, Charles Willeford escribió el guion de Cockfighter y fue llevada a la pantalla bajo la dirección de Monte Hellman, parte del reparto lo ocupó el propio Willeford, encarnando a Ed Middleton, uno de los competidores de gallos con los que se rodea Frank Mansfield.

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