Por Angel Moronta.

Un nuevo año escolar finaliza. Mi cuarto año enseñando Español en el sistema público educativo de Estados Unidos. Este año la graduación es una ceremonia única. El último lapso se impartió “abruptamente” en línea y se denominó e-learning. Muchos dirán que estamos mucho mejor en este lado del mundo. Y podría ser cierto, aceptando que cada quien maneja su verdad desde las perspectivas culturales particulares que nos permiten definirla. En pocas palabras, cada uno ve la realidad desde el cristal al que se ha acostumbrado a colocar frente a sus ojos.  

En esta cuarta oportunidad de compartir la experiencia de mis alumnos al graduarse, sentado al final de las filas de graduandos junto con los demás profesores se mezcla la satisfacción y la sensación del reto latente ante la nueva etapa que le espera a estos bachilleres. A lo largo del evento puedo reconocer también una pizca de preocupación y también esperanza.

Jóvenes aún sonriendo a pesar de las adversidades. Una valiosa faceta para agregar a este cristal de percepciones individuales que definen nuestro andar.

Sentí que debía tomar una foto. Una foto que mostraría mucho rojo porque ¡SOMOS LOS ZORROS ROJOS! (WE ARE RED FOXES!) en este colegio. Un rojo que tomó un significando algo diferente en Venezuela. Este color está conectado a una historia siniestra escrita por un gobierno que ha forzado su estadía por más de 20 años.

Como pueden ver, el rojo que se celebra en todos los rincones de mi colegio y que da alegría en forma de togas para los graduandos es un recordatorio constante para mí de la necesidad de “comprender”. Comprender como un ejercicio de hacer las paces con nosotros mismos y lo que nos afecta del mundo. Al reducir el significativo negativo asignado a algo por razones culturales, reducimos la tensión innecesaria que causa al verlo en otros contextos.      

Una de las tías de mi esposa me dijo en una oportunidad que siempre le gustó el rojo y que ella no tenia que cambiar sus gustos solo porque unos cuantos decidieron asignarle un significado particularmente odioso para la mayoría en Venezuela. Hoy más que nunca estoy de acuerdo.  Lo comprendí con más profundidad fuera de Venezuela.

Aceptar un “rojo” porque es un color nos aleja entonces de juicios y evaluaciones que reducen el disfrute de las nuevas experiencias. Adapto aquí la famosa frase de Gertrude Stain, al final  “el rojo es el rojo es el rojo”. Cuando todo ya se ha dicho y hecho, una rosa, una vida, un color, son eso precisamente y no el significado que le asignen. El significado que algo pueda tener se lo asigna el ser humano y por ende está acompañado de interpretaciones y juicios que no aplica a todo contexto.

Ver el rojo en mi graduación como lo que es —un color— con su belleza inherente en el espectro visible, porque decora la vida en forma natural en diversas formas, que posiblemente ni el ojo humano podría interpretar ni describirse con las limitaciones de la lengua humana. Esta forma de ver el mundo nos regala un cambio de perspectiva.

Ahora soy un zorro rojo. Pertenezco a una familia de zorros rojos. Y ahora junto al búho son mis dos animales favoritos.

En este momento, en pleno siglo 21, sigue viva la histórica lucha por tema de raza y color de piel en los Estados Unidos de América. El significado del rojo que asfixia Venezuela se mezcla con  el significado del rojo que trae alegría a una graduación en una pequeña ciudad del Sur de Estados Unidos mientras llevo una máscara y nos mantenemos a seis pies de distancia de todos. No importa el origen, color de piel, o edad: todos estamos expuestos acá de una un otra forma aunque llevemos máscara. A todos nos acompañan las emociones presentes en una graduación. Todos somos iguales mientras respetemos y aceptemos las diferencias.

La dificultad para respirar que sintió George Floyd se replica continuamente como olas no solo en lo físico sino en los psicológico. Muchas personas se sienten igualmente asfixiadas al verse forzadas a abandonar sus países de origen o cuando un prospecto de futuro en otro país está atado a las decisiones miopes de los que se atornillan en el poder.

Todo se convierte en una metáfora de la lucha que todo el mundo libera si incluimos el aislamiento y el encierro obligado por la pandemia. La dificultad para respirar o el coronavirus no ve colores.

¿Habrá un momento para sentirse bien?

¿Habrá una posibilidad para sentirse exitoso?

¿Habrá una oportunidad para cambiar?

Cuando me enfrento a la realidad de que un color —de piel, de tela, de la mascota de un colegio— puede tener tantos significados “artificiales”, entiendo mejor que un paso para entender este mundo complejo de interacciones interculturales es distanciar la descripción de la interpretación y la evaluación.

Siempre hacemos las tres. Tendemos a interpretar y evaluar. ¿Qué tal si solo intentamos describir? Sin sesgo, no bias. Cuando buscamos sentirnos mejor, o buscamos una forma de ser exitoso en algo, o estamos interesados en un cambio, intentemos solo “describir”, y quizás un poco de interpretación. Suspender la tendencia a buscar bueno o malo, bonito o feo, políticamente aceptable o no. Sería el primer paso para dar objetividad y claridad a nuestro pensamiento y palabra.

 Ser conscientes de los fenómenos interculturales es una de las claves para la solución de conflictos históricos. Esto permitiría identificar desequilibrios y tomar medidas a tiempo. Promover y auspiciar el desarrollo de la comunicación intercultural es el camino posible para entender los colores por lo que son realmente y no por lo que otros deciden que deben ser. De esta manera, todos podríamos respirar mejor.

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