En su libro Criaturas de la noche, el escritor venezolano Israel Centeno nos regala siete historias en siete escalofriantes relatos donde El Ávila es un escenario de terror

Por Mariana Antúnez.

Algún tiempo atrás, alguien me contó una historia muy curiosa sobre una experiencia que vivió en carne propia mientras paseaba por los caminos serpenteantes de nuestro cerro El Ávila. Galeno de profesión, Eduardo disfrutaba subir a la montaña después de sus largas jornadas de trabajo en el Instituto de Higiene de la Universidad Central de Venezuela para despejar sus ideas y sacudirse la rigidez que la silla ergonómica le imponía a su espalda. Una de esas tardes, durante su descenso, comenzó a llover torrencialmente, apuró la marcha y sus pasos se volvieron zancadas. Con la cabeza gacha, se percató de que no estaba solo.

A su lado también bajaba alguien que lo igualaba en ritmo y velocidad, solo que este no llevaba la indumentaria común de los que suelen subir al cerro: el caballero llevaba zapatos negros de vestir trenzados, un sobretodo que no parecía impermeable, al menos a primera vista, y un sombrero tipo fedora a juego. Era un hombre muy alto y de tez muy blanca, casi transparente. Eduardo alcanzó a verle los ojos y se ahogó en un grito de silencio cuando se encontró con dos cuencas vacías que lo miraban de frente. Buenas tardes, dijo el caballero sin abrir los labios, mientras llevaba su mano huesuda hasta la punta de su fedora en señal de saludo. El miedo lo paralizó y lo dejó temblando de frío y horror en el sitio, a medida que su peculiar interlocutor se perdía entre la maleza del camino.

 Eduardo afirmaba que no era la primera vez que experimentaba algo parecido en la montaña, y estoy convencida de que esa era la razón por la cual regresaba a ella con obcecada insistencia. Sin embargo, esa sí fue la primera vez que relacioné a El Ávila con eventos sobrenaturales.

En su libro Criaturas de la noche, el escritor venezolano Israel Centeno nos regala siete relatos cortos en los que el cerro que flanquea nuestro valle caraqueño es el escenario donde se tejen historias que destilan terror puro y reina la desesperanza. Como abreboca, Centeno nos introduce a la lectura con líneas de la obra del escritor cumanés José Antonio Ramos Sucre como epígrafe, y con el primer cuento también titulado Criaturas de la noche, el autor abre un portal cuyo hilo conductor es una perra amarilla. Sí, una “perra amarilla, verrugosa y flaca”.

La reminiscencia de la perra amarilla de Donoso se cuela en cada una de estas historias para acechar día y noche a los incautos visitantes del cerro El Ávila. A diferencia de la perra amarilla de la familia Azcoitía en El Obsceno Pájaro de la Noche, esta bestia tropicalizada deambula por los rincones de la montaña caraqueña con la misión de transformar a sus víctimas, al mejor estilo de la loba romana Luperca, en seres licántropos que se unan a su manada y así conserven su linaje infernal.

 La diosa lunar, Selene, también tiene un papel protagónico en este compendio. El lector será testigo de las peripecias de un conde italiano que viaja desde Florencia hasta el Puerto de la Guayra con el único propósito de continuar sus sacrificios de vírgenes para el Dios de Livia en medio de las haciendas cafetaleras de la capital venezolana de la época.

Visitaremos una casa por los lados de Caraballeda en la que, una noche que se prolonga por tres meses, dos mujeres que evocan el erotismo de la Carmilla de Le Fanu se encargan de llevar a sus víctimas a dar el paso definitivo hacia la locura.

Particularmente, considero que la joya más grande de este libro está en su cuento central Knoche. En una aproximación bastante cercana al Drácula de Stoker, Israel Centeno es capaz de conectar al doctor Gottfried Knoche con un conde británico de apellido Leipic, y nos da un paseo por las ruinas de su locura en nuestro cercano Galipán, siempre vigilados por la perra amarilla y un lobo rumano fugitivo de un zoológico de York.

La segunda parte de Criaturas de la Noche nos presenta tres cuentos de una narrativa envidiable. Un detective retirado en Galveston, Texas, sigue la pista de una mujer que desapareció sin dejar huellas por seguir el rastro de la Caperucita Roja. Un hombre y su amante escapan, en la misma ciudad, de la perra maldita para alcanzar un clímax digno de una película de Hollywood, mientras que un hombre corta los últimos hilos de la cordura entre los velos de un Ávila amenazador.

Criaturas de la Noche es un libro a cuyas páginas, estoy segura, muchos de ustedes volverán. No es el más conocido ni aclamado en la obra de Israel Centeno, pero ciertamente es una lectura que se queda con nosotros por muchísimo tiempo. La perra amarilla, flaca y verrugosa no es más que el símbolo híbrido de nuestra raza y, probablemente, se deje ver por los afortunados que posean esa sensibilidad en alguno de los rincones de Cortafuegos. Eduardo, tal vez, se haya unido a su manada y ahora aúlle desconsolado sobre las piedras lajas de las cascadas.

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Postgrado en Literatura Latinoamericana. Traductora y lectora voraz.

Columnista en The Wynwood Times:
Lecturas en la oscuridad

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