Por Mary Villarroel Sneshko.

Alabado por muchos, criticado por otros, Pierre-Auguste Renoir (1841-1919), el reconocido impresionista francés, dejó un legado imposible de borrar. Su nombre se relaciona directamente con desnudos de mujeres que se regocijan en su forma y mesas llenas de conversaciones jocosas.

En búsqueda de entender mejor a Renoir, recorremos parte de su historia con una visión muy poética de la vida: la divinidad está en la cotidianidad.

Más allá de verlo como un pintor adorador de la forma, debemos acercarnos a su trabajo desde la más profunda atención a los detalles, pero no de la pintura, sino de la vida, porque si algo sabía hacer Renoir, era vivir poéticamente.

Un hombre obsesionado por el tacto

 

Nació en una familia de artesanos, su padre era sastre y su madre modista, creció rodeado de manos que sabían crear.

Con 13 años comenzó a buscar un oficio. Tenía grandes talentos para la ópera, pero lo llamó la musa del arte y quedó para siempre entre pinceles y pinturas. Comenzó pintando cerámica y poco a poco evolucionó hacia los lienzos.

Renoir estaba obsesionado con el tacto y con la experiencia sensorial de estar presente. Su propósito era darle al espectador una sensación vívida. Quería mostrarles que lo que estaba ante sus ojos era la satisfacción absoluta de la vida cotidiana, vista desde la atención a los detalles. «Vivir poéticamente», como diría Armando Rojas Guardia.

Quizás esta inclinación por darle protagonismo al tacto, está inspirada en cierto modo en una experiencia sensorial que tuvo con un cuadro:

 «Diana saliendo del baño de François Boucher, fue el primer cuadro que me impresionó y toda la vida he seguido queriéndolo como uno quiere a su primer amor», confesó en una carta a un colega.

En el cuadro, Diana aparece sosteniendo un collar de perlas que se esconde tímidamente en su vientre y en muchos de los retratos de Renoir, está presente el mismo motivo: modelos sujetando suavemente gatos, telas, incluso su misma piel.

¿Qué nos hace el tacto? Sentir que estamos vivos, somos reales y estamos presentes.

Las diosas de la cotidianidad: sus mujeres

 

Si algo caracterizaba la pintura de Renoir, era su búsqueda de placeres. Cada uno de sus lienzos tiene una fragancia exquisita que te invita a prestarle atención a los detalles de la vida.

Una vez dijo: «Para mí, un cuadro debe ser algo amable, alegre y hermoso. Ya hay demasiadas cosas desagradables en la vida como para que nos inventemos todavía más».

Dedicó gran parte de su trabajo a pintar desnudos de mujeres y flores. La figura femenina ha tenido un protagonismo innegable en la historia del arte, pero las mujeres de Renoir, destacan por su intimidad y cotidianidad.

En el periodo neoclásico del arte, el cuerpo femenino se veía pulido y con siluetas heroicas, como diosas recién bajadas del Olimpo. Acostumbrados a un arte lleno de figuras sagradas y poderosas, retratar la sencillez del desnudo era toda una osadía.

¿Cómo son sus mujeres? Con su pincel abraza las curvaturas propias de la silueta femenina. No busca ocultar los dobleces de la piel, ni crear una simetría perfecta entre sus proporciones. La sensualidad de sus mujeres está en el brillo perlado de su piel, sus sombras profundas, su normalidad y sus curvaturas. Tienen una imagen fresca, natural y vívida.

«Nunca siento que he terminado un desnudo, hasta que pienso que puedo pararme y pellizcarlo», confesó en una oportunidad. Esa es la vibra que busca en sus retratos, la sensación del contacto y el acercamiento íntimo a lo que es real. 

¿Cuál es la magia de Renoir?

 

Como buen integrante del grupo de los impresionistas, dedicó su pintura a mostrar  la sensación que te deja un momento específico. El calor de una tarde caminando por París, el bullicio de un almuerzo con amigos, el coqueteo de un baile en pareja, todo lo que se vive en la cotidianidad.

A diferencia de sus colegas que son expertos paisajistas (como Monet, su gran amigo con su Impresión, sol naciente que le dio vida al impresionismo), Renoir se entregó a la relación del humano con su entorno.

«La obra de arte debe cautivarte, envolverte, arrastrarte. Es el medio por el que el artista transmite sus pasiones, es la corriente que emite, la que te arrastra a su sentir», comentó el artista.

Su obra se destaca por haber logrado la fusión del cuerpo humano con la naturaleza en su estado más puro y cotidiano. La composición de sus cuadros es un análisis de sensaciones no solo de color y movimiento –que son las bases del impresionismo–, sino de las impresiones que deja una escena.

Sus retratos no buscan contar historias profundas, ni invitan al espectador a imaginarse grades misterios en sus rostros, busca mostrarlos con naturalidad en su ambiente, en una relación fluida y doméstica.

Dato curioso: es justamente su forma de pintar rostros distraídos y ensimismados, lo que lo hizo ganarse un par de críticas por cosificar a sus modelos, al no prestarle atención a nada más allá de sus cuerpos.

Si bien se dedicó a pintar como impresionista, su verdadera pasión fue el rococó francés y la era pre-industrial del arte. Era un hombre profundamente sencillo y se alejaba de los avances de la modernidad.

¿Por qué pintaba Renoir?

 

La vida de los artistas no era sencilla, el mismo Van Gogh, contemporáneo y colega, escribió a su hermano Theo una vez, que ser artista era escoger voluntariamente «Una vida de perro», aun así, la pintura era lo único que los mantenía anclados a la vida. Tanto a Renoir, como a Van Gogh.

Pierre-Auguste no fue perturbado por demonios mentales, pero su trayectoria como artista no fue sencilla. Además de luchar consigo mismo en búsqueda de su propio estilo, le tocó enfrentarse a muchas batallas.

 Los caminos que eligió rebelándose ante lo acostumbrado, lo llevaron a ser rechazado en numerosas ocasiones por los salones de exposiciones. Jamás se cansó, jamás dejó de pintar, pero no siempre le gustó su trabajo.

Renoir pintaba para sentirse vivo, confesó en una carta en una ocasión. Su pasión por la creación artística estaba impulsada por la necesidad de demostrarle al mundo que en todo rincón, en toda forma y en cada pétalo de una flor, hay belleza.

Atrapado en rechazos continuos y en batallas económicas, el artista mantuvo siempre una de sus virtudes: su capacidad de pedir ayuda.

Cuando se sentía perdido, acudía a sus amigos y colegas que siempre lograban animarlo, porque todos, para el momento, estaban pasando por situaciones similares. Cézanne, Bazille, Sisley, Degar, formaban juntos un grupo de apoyo.

«Voy casi todos los días a casa de Monet. No comemos cada día, pero a pesar de eso estoy contento porque para pintar Monet es buena compañía. En muchas ocasiones habría abandonado la pintura de no ser porque él venía y me daba una palmada en la espalda», escribió a su amigo Bazille, también pintor.

También, la presencia de su amada Aline Charigot, una modelo que se convirtió en su esposa, madre de sus 3 hijos y su más grande musa, lo impulsaron a continuar inmortalizando sus sentires entre pinceladas de color vibrante.

La tragedia comenzó con la deformación de sus manos

 

Amante del tacto, la belleza y los placeres cotidianos, Renoir se debió enfrentar a un desenlace inesperado: perdería la destreza de sus manos, a causa de una terrible artritis reumatoide severa, que deformaría dolorosamente cada centímetro de su cuerpo.

Su primer ataque apareció en 1888, cuando tuvo una aterradora parálisis facial y comenzaron sus demonios. Perdió rápidamente su capacidad motriz y el dolor crónico se convirtió en su pan de cada día, pero había algo que no podía faltar en su rutina: la pintura.

Con las manos dobladas hacia atrás por la enfermedad y condenado a pasar sus días amarrado en una silla, pedía a sus hijos que le ataran pinceles a los brazos para poder pintar. Mandó a transformar su caballete con ruedas para poder acercarlo a él y aún en medio del dolor más crónico y paralizante, siguió pintando sus flores, sus mujeres y sus paisajes.

Pero ya en su vejez, disfrutaba del éxito que tenía su trabajo. Su nombre resonaba en toda Europa y el orgullo más grande de su vida fue ver sus obras expuestas en el Louvre.

Su nombre resonaba en la casa de los Stein (grandes coleccionistas de arte de la época) y en los estudios de Picasso. Se convirtió en un maestro gracias a la perseverancia de su práctica y sus estudios constantes de la forma.  

Pintó todos los días de su vida, hasta el último momento. El día de su muerte, pidió sus pinceles y pinturas para hacer un ramillete de flores y manzanas. Se quedó viendo fijamente su cuadro al terminar, y murmuró: «Creo que al fin estoy empezando a entenderlo todo». Murió pocas horas después a sus 78 años, de una neumonía.

Lo más admirable del pintor, además de su búsqueda eterna de belleza en la sencillez, fue que hizo de la pintura un refugio aun en la enfermedad. Sus pinceles eran una extensión de su alma y la aprovechó hasta el último respiro.

Si quieres vivir la experiencia Renoir, la mayor parte de sus obras se encuentran resguardadas en el Musée d’Orsay en París.

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