Caracas cielo

Texto seleccionado
Título: De regreso
Autor: Carlos Eduardo Pérez Robayna

Levanté la mirada y alcancé a ver sus brazos entre la multitud. Después de muchos años, pude reconocer ―a través de los ventanales― aquellas manos que me despidieron dos décadas atrás. Corrí, arrastrando la maleta, hasta llegar a su lado y fundido en su maternal abrazo, me dejé llevar por el río de emociones que suponía reencontrarnos. Sus ojos, cubiertos de brillo, expresaban una gran alegría. La mirada no le había cambiado. El rostro enjuto y arrugado hablaba del paso del tiempo. 

De nuevo en mi patria, entre los míos.

Salir del aeropuerto me trajo, de nuevo, el calor tropical. Ese calor húmedo que se cuela entre la ropa y la piel. Para los que viven en Venezuela, puede pasar desapercibido, pero de ninguna forma a quien regresa de haber vivido en Alaska. La tarde se entregaba a las sombras y cuando llegamos al estacionamiento, el sol se hincaba en el horizonte, mientras la noche se abotonaba de raso y lentejuelas. 

Al tomar la autopista, en dirección a Caracas, me sorprendió la radiante iluminación, las brillantes barandas de aluminio y el vivo color de las demarcaciones. No se parecía a la autopista que yo recordaba. El denso tráfico emulaba al de la ciudad de Los Ángeles, donde había pasado un par de días en mi ruta de regreso. No podía dar crédito a lo que desfilaba por delante de mis ojos. La urbe lucía vibrante, moderna, llena de vegetación, vallas luminosas y gente en movimiento.

El reluciente aviso de chocolates Savoy, al pasar la Plaza Venezuela, hizo que le quitara la vista al mural de Zapata. No pude menos que soltar un par de lágrimas de emoción, pensando en las veces que acompañó mis madrugadas festivas. 

Conversábamos con prisa. Pretendíamos apretujar en minutos los años de separación. Las horas semanales de encuentros virtuales no reemplazaron la necesidad de tomarnos de manos y acariciar nuestros sentidos. 

Si bien, en muchas ocasiones, me comentaban acerca del gran cambio, siempre me mantuve escéptico con relación a lo que encontraría. Estaba gratamente sorprendido. Esa no era la Caracas que me despidió, apagada y deslucida, llena de miedos y encierros. Me alegró estar equivocado.

La noche se estiró. Rodeado de vecinos, amigos y familiares, fui empujado a comer, desde hallacas descongeladas, hasta un bienmesabe del día. Los olores y sabores se llevan en la memoria y son ellos los que nos hacen evocar el pasado. Al comprar la comida, en Anchorage, revisaba los estantes y las neveras buscando plátanos y queso llanero. Ese olor y sabor, a menudo asaltaba mis sentidos.  Nunca perdí la esperanza de encontrarlos. Mi madre lo sabía y eso fue lo primero que trajo a la mesa. Plátano frito y queso rallado.

Mis primos compartieron, llenos de orgullo, su mejor botella de ron carupanero. Sentí ese calor de gente que uno extraña en otras latitudes y me maravillé del cambio de actitud de algunos vecinos que se habían alejado por diferencias de pensamiento. Gente amable, con sentido del humor, hospitalidad y un vago sentido del valor del  tiempo. 

Vino a mi memoria la nación del siglo pasado, la que construyó el túnel más largo de Sudamérica y le dio la oportunidad de formarse a los mejores profesionales. El maestro Abreu y sus miles de músicos. Recordé también mi época de estudiante y los largos espacios llenos de arte, en la Universidad Central. 

Hice arreglos para que el día siguiente me llevaran a corretear las palomas en la Plaza Bolívar, tal como lo hice de pequeño, cuando confirmaron mi bautismo en La Catedral. 

Venezuela y los venezolanos habían reconstruido un espacio donde sería factible sembrar sueños y cosechar logros.

De regreso, a la Venezuela que también estaba de regreso.

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