La primera vez que me llamé “feminista” de manera pública y directa, fue durante una charla sobre el romance gótico. Recuerdo que la dictaba en una pequeña librería de Caracas, rodeada de un grupo de desconocidos que me miraban con atención. De pronto y mientras describía al personaje de Edith Cushing (Mia Wasikowska) en la película La cumbre escarlata de Guillermo Del Toro, comenté de pasada que como feminista que era, la escritora y figura principal la compleja trama, me parecía apasionante. Hubo un silencio momentáneo, algunas risas incómodas y luego, una mano alzada. Una chica al fondo a la derecha (sí, como si fuera al mítico baño de los chistes de salón).

—¿Eres feminista? —me preguntó.

Todo el pequeño auditorio me miró con interés. Había unas treinta personas, la mayoría hombres y algunos sonreían con cierta suficiencia. Conocía la expresión, el mutismo tenso y la atmósfera que de súbito se enrarecía a la menor mención de la palabra feminismo. Me había pasado un par de veces antes, pero jamás en medio de una treintena de desconocidos que de pronto, parecían querer salir de ahí a toda la velocidad que pudiera resultar educada. Sentí un ramalazo de ansiedad y recuerdo haber pensado que era un mal momento para confesiones políticas, que habría sido preferible continuar mis explicaciones sobre triángulos amorosos incestuosos, castillos en ruinas y secretos tenebrosos que hablar sobre mi parecer acerca de la mujer en el mundo. Pero ya lo había dicho. Y ya todos los que habían escuchado la palabra, me miraban como esperando una explicación. Primera lección: cuando eres feminista, siempre debes tener respuestas. Estar atenta a qué dices, cuando, cómo y por qué. ¿Te parece exagerado? Sí, a mí también lo parecía hasta esa tarde en la que hacía calor, en la que quería hablar sobre Ann Radcfliffe y Mary Shelley, en la que deseaba recomendar una larga lista de películas. Lo creía hasta que me encontré con la pregunta, en el peor de los tonos posibles, sin saber qué debía responder.

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En realidad, sí lo sabía, por supuesto. Tomé una bocanada de aire, sonreí y asentí.

—Sí, soy activista desde la universidad.
—Activista ¿cómo? — volvió a preguntar mi interlocutora.
—Activista como que hago cosas por el feminismo, escribo del tema y me educo sobre el particular.

Intenté sonará amable. Ya tenía más de dos años escribiendo en mi blog sobre el tema —esa intensidad del blog privado, como diría mi amiga Andrea— y otro par, cursando un diplomado online sobre inclusión y género. También, echaba una mano en diversas organizaciones, asistido a un par de eventos e incluso, dedicado una larga columna en un periódico de circulación nacional a la necesidad de replantear el modo en que el gobierno de Hugo Chavez Frías, comprendía el asunto urgente de la desigualdad legal. De modo que sí, era activista, aunque hasta ese momento, jamás me había llamado así y me avergonzaba un poco hacerlo. ¿No sonaba rebumbante? ¿exagerado? ¿un poco envarado?

La verdad, mi única gran intención era que nadie fuera discriminado sólo por ser quien era, lo que equivalía a decir que deseaba ayudar a quien lo necesitara para atravesar el profundo e incómodo tejido de todo tipo de prejuicios para ocupar un lugar social y cultural a la medida de sus aspiraciones. Eso se extendía al género, orientación sexual, raza, origen étnico y una larga lista de prejuicios que se acumulaban por docenas en la forma en que mi país (cultura, el mundo) comprendía al individuo. ¿Eso es activismo? me había preguntado más de una vez. Bueno, al menos, eran buenas intenciones. O una necesidad básica de justicia que no me convertía en heroína, pero sí al menos, en una ciudadana preocupada.

—Ya — dijo la muchacha— ¿y eso qué tiene que ver con lo que nos dices?

Lo dijo en un tono aburrido que había escuchado muchas veces para entonces. El tono de mi madre, cuando me preguntaba qué necesidad había de que defendiera a cualquiera de cosas inmutables. “La mujer tiene que darse su puesto”, me había dicho en una oportunidad. O el tono de mis amigos, que consideraban causa perdida mi insistencia en una posición política que el mundo catalogaba como un espejismo social. O en el tono de mi ex novio, ese que me había preguntado si no tener hijos era una decisión que me había “metido en la cabeza” toda esa “mierda del feminismo”. Había sido una discusión incómoda, dura, la última. Y una de las frases finales había estado impregnado de mismo tono entre burlón y cansino de la muchacha. ¿Qué tiene que ver eso conmigo?

Estuve muy cerca de decir “nada”. Estuve muy cerca de señalar al otro chico de la izquierda —sí, parece un chiste— que también había alzado la mano. Estuve muy cerca incluso de disculparme por haber sacado a colación un tema en medio de otro, tan lejanos en apariencia uno de otros como territorios separados por espacios irreconciliables. Pero no lo hice. En lugar de eso sonreí y me incliné sobre el escritorio. Tenía las manos empapadas de sudor nervioso, el rostro sonrojado y el corazón me latía muy rápido. Sentí que debía tomar aire, que quizás me quedaría trabada a mitad de la frase y sería mucho peor. Tampoco lo hice.

—Tiene que ver porque Edith es una precursora de personajes que sostienen sobre sus hombros a la mujer tal y como debe ser percibida en la historia —me encontré diciendo—,  tiene que ver porque, además, es un personaje que se interesa en la literatura, la ciencia, además del amor y los niños, en una época que la película describe como aprensiva y claustrofóbica. Una época en la que necesitabas un esposo a tu lado para no sucumbir al miedo y a la angustia. Una época dolorosa, de mujeres que paraban en el manicomio, por hacer las mismas cosas que Edith. De modo que, como símbolo, es poderoso, articulado, valioso, interesante y por supuesto, levemente feminista.

Sentí que me ruborizaba como pocas veces en mi vida. Que el pulso se me aceleraba por una vergüenza extraña y angustiosa difícil de describir. Que las miradas de todos esos desconocidos y en especial, la muchacha de las preguntas, era tan dolorosa como pequeños juicios de valor silencioso. Tuve la súbita necesidad de correr fuera de la sala. De pedir disculpas, esa vieja costumbre del ansioso. Pero no lo hice. Solo continué ahí, sentada, esperando quizás que alguien se levantara y el resto de la audiencia saliera en tropel. Risas. Incluso algún insulto. Desde que el feminismo se convirtió en una mala palabra, en una temida y juzgada, eso puede ocurrir con una facilidad de pesadilla. Sobre todo, en un país como el mío. De modo que esperé, las manos apretadas, conteniendo la respiración sin notarlo.

El muchacho de la izquierda bajó la mano. La chica que había preguntado movió la cabeza —un poco avergonzada, me pareció, aunque no supe porqué— y agradeció en voz baja la respuesta. Toda la audiencia me miró expectante y supe que el momento había pasado. Una confesión que no era grande ni pequeña, ni valiosa ni importante. Sólo era una declaración de principios. Lo que sea que hubiese sido esa frase, había pasado y ahora el momento, era otro. Sonreí, aspiré con cuidado y continué la charla. Sentí que el cuerpo me temblaba de energía, de miedo, de alegría, de expectativa. ¿Qué había sucedido?

Han pasado seis años de eso y todavía no sé cómo llamar a esa ruptura. Porque lo fue, en formas y sentidos que todavía no entiendo del todo. Pero lo que sí descubrí y en lo que pienso a diario, es que en el momento en que admites que eres feminista, las cosas cambian. En tu interior y en lo que te rodea. Y no es porque la palabra revista poder —que lo tiene— o porque te haga más poderosa —que lo hace— sino porque es el primer paso a un trayecto muy largo, extraño y pocas veces predecible. Ser feminista en un país en machista, en que las mujeres consideran que el activismo político dedicado a la promoción de los derechos legales es un tipo de masculinización, en el que se sabe muy poco del tema, es toda una travesía. Una que a veces puede aterrorizarte, pero que casi siempre es satisfactoria. En mi caso, ha sido muchas cosas a la vez. Pero en especial, una forma de entender mi vida, el tiempo que transcurre a mi alrededor y cómo deseo crear lo que se espera del movimiento, al conocimiento sobre el tema y por supuesto a mí, en unos años. Es crear a la mujer del futuro, me digo en ocasiones y sin duda, eso no es poca cosa.

ABC del feminismo, lo que deberías saber antes de discutir.

Ser feminista, también es el arte de responder preguntas, de seguir y de asumir que habrá incómodas. Es la versión más depurada, consciente y constante de replicar a todas las formas que la sociedad y la cultura intenta minimizar la forma en que una mujer comprende su historia, la del género y todos los puntos incompletos de la tradición que asume un deber ser inmediato. Ser feminista es siempre tener que decir lo que piensas, incluso mientras comes en familia, besas a un hombre, tomas cafés con tu amiga de toda la vida. Ser feminista, es al final del día, educar, aunque no creas ser la persona idónea para hacerlo. Pero a veces eres la única a disposición.

Eso lo descubrí luego de responder docenas de cuestionamientos distintos. Algunos muy básicos, otros muy elaborados. Todos pertinentes a la forma en que el feminismo se comprende. Algunas, son razonables. Otras, son provocaciones. Al final, es simplemente una forma de entender que todo movimiento político de reacción se encuentra con una resistencia al cambio considerable que termina por ser el mayor enemigo que debe enfrentar.

¿Y cuáles son las cinco preguntas más comunes que toda feminista debe responder? No lo sé, pero quizás, se puedan resumir así:

¿Por qué feminismo? ¿No debería ser humanismo?

La clásica pregunta, que parece provenir de la imposibilidad de entender del todo por qué cualquiera debe ocuparse de los asuntos del sexo femenino. Para un considerable número de personas, que un grupo de brillantes filósofas, antropólogas, sociólogas, psiquiatras y otras tantas representantes en disciplinas diversas pueda analizar el papel histórico de la mujer resulta impensable. ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué es necesario? Cuando me lo preguntan, la persona en cuestión suele añadir, como para restar fuerza a la afirmación, que claro, lo entiende, el tema de la mujer merece investigación. ¿Pero no debería también ocuparse el movimiento de todo lo que ocurre en el mundo?, ¿ser un gran conglomerado de ideas humanistas que abarcaran cada individuo de la especie humana?

Oye, se escucha bien, pero no. El feminismo nació para las mujeres por una razón básica: hasta entonces, el género era una especie de condena a cuestas que había que sufrir, por obligación, pertinencia, por objetivo legal y deber social. Para las primeras sufragistas como Emmeline Pankhurst, para filosofas como Mary Wollstonecraft o grandes pensadores como Simone de Beauvoir, el dilema de ser mujer es una cuestión que abarca como se ha percibido a lo femenino a través del tiempo, sus luchas, dolores, las perversiones del poder que le infantilizaron, institucionalizaron e invisibilizaron. Ser mujer durante buena parte de la historia ha sido un riesgo, una posición secundaria, un peso sobre los hombros de intelectuales, pensadoras, luchadoras, guerreras y figuras de toda índole brillante cuyo nombre ahora mismo no conoces porque…lo adivinaste, nacieron como mujeres en épocas que serlo, te condenaba al ostracismo. Por cada mujer histórica que conoces, hay al menos cien cuyo nombre jamás escucharás. Libros que nunca leerás, obras de arte que no colgarán en pared alguna, pensamientos y logros que jamás serán reconocidos.

De modo, que las mujeres actuales trabajamos para que ese esfuerzo, tenga valor, incluso si no sabemos con exactitud su magnitud. Y que, sin duda, jamás vuelva a ocurrir algo semejante. ¿Que si podemos ocuparnos de otras causas a la vez? Con habilidad y con enorme dedicación. Pero el feminismo, es y será necesario. Y seguirá siéndolo por unas cuantas décadas —siglos— más.

Eres feminista ¿por qué te ves como una mujer corriente? ¿No deberías llevar el cabello corto, evitar el maquillaje? ¿No es una contradicción verse femenina si eso es una construcción social? 

No es una contradicción y no lo es, por una razón esencial: el feminismo propugna el derecho de elección. Cuando el feminismo de la segunda y tercera ola insistieron en la desconstruccción de la imagen de la mujer, fue una consecuencia directa de las limitadas opciones que una mujer tenía sobre cómo vestir, lucir y comportarse, decidir sobre su vida, salud reproductiva e incluso, su futuro. Una mujer que no encajara con la versión ideal elaborada a partir de una mirada social sobre la apariencia y la identidad, era sin duda una rareza destinada a ser menospreciada, señalada y estigmatizada.

Pero vayamos más allá. Una mujer que no funcionara como una pieza concreta en el gran rompecabezas del deber ser, que no deseara contraer matrimonio, tener hijos, asumir la identidad que heredó de siglos de presión y erosión de su identidad en favor de algo más grande, estaba condenada a un tipo de desarraigo social que en la actualidad, es difícil de comprender. El feminismo lucha y luchará porque esa percepción sobre lo que se supone una mujer deba ser, termine por desmoronarse en favor que la decisión individual prevalezca. Y eso por supuesto, incluye los cánones estéticos que cualquiera considere válidos, atractivos o formen parte de su ideario estético. De hecho, la presunción que lo femenino puede definirse de cualquier forma, es una idea que pasó de ser una obligación a un derecho en manos de las mujeres. Y eso incluye sin duda, la forma en cómo te ves y expresas lo que consideras es la esencia de lo femenino.

Pero la cuestión es básica: la decisión de cada cosa pequeña o grande sobre el ideario, la imagen y el comportamiento femenino debe ser parte de la vida de la mujer. ¿Parece una obviedad? No lo es tanto. Piensa en las mujeres que no pueden cortar su cabello o las que deben vestir Burka, a riesgo de poner su vida en riesgo de no hacerlo. En todas las que han despedido por lucir de tal y cual forma. Las que no pueden llevar maquillaje. La que deben pedir permiso para levantar los ojos y mirar un hombre. Las que sufren burlas por su apariencia física. A las que llaman gordas en tono peyorativo, las que deben llevar la carga de epítetos y violencia estética ¿Lo has visto desde esa perspectiva?

Debe ser un poder que ejerza sin miedo, sin coacción, sin preguntas, sin cuestionamientos. Porque el feminismo insiste en que el poder de la elección es tan amplio como para abarcar cosas que parecen triviales, que, en la gran discusión de las cosas, son muy diminutas. ¿Deseas afeitar tu vello púbico? ¿teñir tu cabello o sólo raparlo? ¿Llevar faldas, pantalones, zapatos altos o de correr? Todas las decisiones te pertenecen, son tuyas, exclusivamente de tu ámbito íntimo. Y para que pudieras hacerlo, transcurrieron siglos de batallas. Décadas de debates. Años de visibilizar la diferencia de lo femenino.

Mi abuela, la mujer más feminista que jamás conocí y que nunca se denominó como tal, solía decir que, para buena parte de las mujeres, vivir era como seguir un manual de instrucciones, escrito por alguien a quien no le agradaba especialmente todas las que estaban destinadas a seguirlo. Recuerdo esa imagen con frecuencia, pero en especial, me preocupa el hecho de que es cierta. La mayoría de las mujeres del mundo no tienen los privilegios, ni tampoco el poder que ejerzo sobre mi vida. Por lo que mi intención al ser feminista, es que lo obtengan.

¿Es un tipo de poder llevar el cabello largo o corto? ¿Llevar las axilas velludas? ¿llevar falda larga o corta? Lo sé, parecen banalidades y en contraste a otras grandes discusiones, crean un nudo diminuto de debates inconclusos que, en apariencia, carecen de sustancia. Pero piénsalo así: el cuerpo de una mujer es un campo de batalla. Lo ha sido por siglos, lo ha sido en cada momento de la historia en que debe obedecer, quedarse sin voz, identidad, ser parte de decisiones mayores que no le incluyen. Cada mujer que llevó un corset, debió contraer matrimonio porque no tuvo más remedio, tener hijos cuando no los deseaba, abandonar la universidad a pesar de no desearlo, perdió parte de su individualidad. De modo que recuperar esa idea —para las mujeres del presente y del futuro— implica tomar todos los restos y fragmentos de decisiones inconsultas e inconclusas y devolver su significado a la mujer. La contundencia de su imagen, de sus decisiones personales. Todo envuelto en una idea mucho más necesaria.

Así que no se trata si llevas el cabello corto o largo, si te maquillas o no. Si decides tener una apariencia neutral, sin relación con lo que la sociedad impone sobre cómo deberías verte. Lo necesario, lo imprescindible es que la decisión sea tuya. Y las feministas trabajamos para lograr eso. Cada día, todos los días, por todas las buenas razones que nos heredaron todas las mujeres que dejaron de obedecer, inclinar la cabeza, que alzaron la voz.

Eres progre, izquierdista, no lo niegues. 

Hace unas semanas, comenté en mi cuenta Twitter sobre unas compras de puro placer irracional que llevé a cabo en Amazon, esa cuna del capitalismo que es la panacea para el comprador compulsivo ocasional. De inmediato, alguien me recordó que una “progre” como yo, no debería jactarse de hacer algo semejante. “¿Qué incongruencia es esa?”, me reclamó “¿No se supone que deberías vivir bajo un cocotero y llevar sandalias?” Cuando indagué sobre semejante imagen, mi amable interlocutor me recordó que “como comunista que soy” debía ser consecuente. ¿Con qué? intenté preguntar, pero un block rápido del estimado opinador anónimo evitó la posible y fructífera respuesta. 

En realidad, aunque no suena del todo mal eso de mudarme bajo un cocotero y vivir con zapatos cómodos, la idea que el feminismo tiene una relación irrevocable e inexorable con el marxismo, es del todo equivocada. Y, sobre todo, reduccionista. Por supuesto, atravesamos una época de blancos y negros, de forma que no me sorprende demasiado que nadie profundice, de una manera u otra, cuál fue el proceso que produjo la identificación actual del feminismo con la izquierda y sin duda, con el ala más radical ideológica. Ahora bien, definir un movimiento destinado a la defensa de los derechos a una ideología política, es una forma de simplificar el mensaje central de todo activismo. De modo, que la mera concepción que el feminismo sea marxista/izquierdista por necesidad no sólo es errónea, sino también, neutraliza la base académica e intelectual de lo que el pensamiento basado en la defensa de los derechos de la mujer puede ser. 

El feminismo se identificó de manera frontal con la izquierda ideológica durante la segunda y tercera ola, en especial en momentos históricos en lo que ser mujer, era una afrenta política. Te daré un ejemplo fuera del ámbito político: la fotógrafa Claude Cahun —feminista e izquierdista— estuvo a punto de ser asesinada por el nazismo, por el mero hecho de proclamar que tenía derechos, además de ser un útero con aporte reproductivo al tercer Reitch. Lo mismo ocurrió con Simone de Beauvoir, que encontró en los partidos de izquierda de su natal Francia, un interlocutor consciente de sus derechos como ser humano, más allá de chica burguesa y académica. El caso es que, históricamente el feminismo encontró una caja de refracción de sus ideas en la percepción sobre los derechos humanos como parte de una idea amplia sobre el privilegio de clases. Y fue esa noción de compartir percepciones sobre la necesidad de reivindicación, lo que hizo que buena parte de las activistas, comulgaran con la izquierda, el comunismo, el marxismo y otras corrientes de la izquierda radical.

Pero en realidad, el feminismo es una reivindicación de derechos y con el correr de las décadas se ha hecho cada vez más liberal, más cercano al hecho que la ruptura de toda atadura intelectual y de toda presión social, no atraviesa la colectivización. Es posible que una feminista tenga opiniones críticas contra el capitalismo, pero que también apoye la educación financiera, competitiva y comercial de otras mujeres. Buena parte de los movimientos feministas alrededor del mundo están conscientes de la necesidad urgente de proveer medios de subsistencia e independencia económica a las mujeres. Una mujer poderosa, académicamente competitiva, capaz de crear fuentes de trabajo y de crear una individualidad sólida, es una forma de brindar una nueva percepción sobre el poder femenino, más allá de cualquier vínculo político o con teorías económica en paralelo. 

De modo que sí, aunque parezca escandaloso: soy feminista que apoya el libre mercado, que lucha por leyes de inclusión y equidad de las mujeres en mercados tradicionalmente conculcados por el machismo. Soy parte de la nueva oleada del feminismo que cree que una mujer poderosa en lo político, económico e intelectual, será una puerta abierta para otras mujeres, que seguirán su ejemplo para seguir su propia ruta hacia una concepción por completo nueva de su vida y su papel en la cultura. Y eso pasa, por supuesto, por evitar cualquier identificación total con regímenes dictatoriales, segregacionistas, autoritarios o con tendencia a ejercer el poder como una restricción básica a los derechos comunes. 

¿Hay feministas que apoyan y militan en partidos de izquierda? Las hay. Pero eso no quiere decir que todas los seamos. Y es una diferencia importante y necesaria de comprender. 

¿Por qué mostrar los pechos en manifestaciones? ¿No es eso una banalidad? 

Corría el año 1866, cuando Gustave Courbet decidió pintar los genitales de Joanna Hiffernan y mostrar a todo color la vulva de una mujer. Llamó a su obra “el nacimiento del mundo” y la consideró “de una belleza dolorosa”. De inmediato, la pintura causó un revuelo en París como pocas veces se ha visto. De pronto, ese gran secreto que hasta entonces había sido la intimidad femenina, quedó al descubierto en una maravillosa imagen que mostraba con detalle el cuerpo de la mujer en toda su gloria. Hubo desmayos, acusaciones de pornografía y Courbet recibió una paliza por semejante atrevimiento. Sólo por pintar a una mujer con las piernas abiertas.

Históricamente, el cuerpo de una mujer ha sido un campo de batalla. Y lo digo de manera literal. Uno en que se han librado luchas de poder, precisiones religiosas e incluso, políticas. Uno en el que la mujer pocas veces ha podido hacer otra cosa que bajar la cabeza y aceptar, lo que se decidía para ella. Desde los griegos, que recluían a sus esposas e hijas en casa como rehenes de la tradición, hasta la Iglesia Católica, que pasó siglos tratando de decidir si las esposas, hermanas, madres e hijas eran algo más que un útero con dos piernas, el cuerpo femenino se ha disputado como un bien cultural rodeado de polémica. No es casual que buena parte de las obras del Renacimiento mostraran a las Diosas en toda su gloriosa desnudez. Ni que los primeros indicios de oscurantismo, incluyeran la quema de imágenes en las que se representaban divinidades femeninas con la piel al descubierto. No es la casual que la triple diosa pagana fuera cercenada para perder su atributo como madre nutricia y anciana sabia, en favor de la Doncella. La virgen María, con su espléndida ternura y sus cientos de advocaciones, fue la forma en que el catolicismo recluyó a las mujeres del mundo en dos categorías simples: doncella en espera de ser desposada o madre. Entre ambas cosas, el pecado de una mujer con pensamiento libre se pagaba con ostracismo, el convento e incluso con la vida. Durante el medioevo, la inquisición arrasó con cualquier intento de la mujer de ser otra que una figura decorativa en el escenario de la historia.

De modo que una mujer muestre los pechos, es una declaración de poder. Lo mismo que desnudarse en un espacio público (incluso por razones que pueden parecerte inauditas), lo mismo que decidir sobre su capacidad reproductiva. ¿Te parece una idea extravagante? Imagina que, por siglos, casi cualquier órgano de poder en el mundo te convenciera que tus pechos, tus genitales e incluso partes por completo inocuas de tu cuerpo como rodillas y codos, son formas de “tentación”. Que la educación que recibes, que los mensajes que definen tu identidad, castigan lo que eres, por el mero hecho de tu género. Imagina que por siglos se te obligó a pensar que tu cuerpo era nocivo, una provocación, que mostrar un poco de piel merecía un castigo no sólo legal y cultural, sino incluso divino.

Imagina que, por buena parte de la historia, tu cuerpo definiera el concepto del “mal”.

Ahora imagina que de pronto, entiendes que no sólo nada de eso es cierto, sino que tu cuerpo te pertenece. Que es tuyo para hacer lo que quieras, para disfrutar de él, para asombrarte con todas sus posibilidades simbólicas y metafóricas. Que tu cuerpo es un conjunto de ideas que te representan, que confrontan, polemizan, que hablan que no estás dispuesta a llevar sobre los hombros siglos de represión, de insultos, de menosprecio y conceptos denigrantes. Que tus pechos, no son sólo el sustento de tus futuros e hipotéticos bebés, sino la forma en que dejas claro que no hay una ley en el mundo que pueda volver a convencerte de que hay algo mal en ti.

Espera ¿qué dices? ¿que esas adolescentes que se desnudan no saben nada de eso? ¿Que lo hacen por “sinvergüenzas, sin moral, sin criterio, por pura necedad”? Créeme, las mujeres sabemos desde muy niñas cuál es la opinión histórica sobre nuestros cuerpos. Cada vez que alguien llama a una mujer puta por llevar una falda corta, que muestra el escote y debe temer por su integridad e incluso su vida. Cada vez que se le culpa por la violencia que sufre por el mero de tener un cuerpo…entiende el poder de disponer de él como crea conveniente.

Y eso, es lo que defendemos las feministas. Oye, además, hay una solución sencilla si tanto te molestan los pechos de las activistas al aire. Tápate los ojos. Porque las mujeres del mundo están descubriendo el poder real de mostrar, ya sea su cabello en sociedades represivas o sus pechos, en otras sólo hipócritas. 

El cuerpo de la mujer vuelve a ser un campo de batalla. Solo que ahora, el poder es nuestro.

Oye, he visto feministas quemando y pintarrejeando paredes ¿eso no es radical?

Bueno, lo es. ¿Cómo decir que no? Como todo movimiento político, hay activistas que toman decisiones individuales y que, sin duda, son más radicales y frontales que otras. Pero claro, a veces, hay que preguntarse por qué alguien se siente tan frustrado como para arrojar estatuas al suelo, arrojar pintura en las paredes, arrojar rocas a cristales de instituciones públicas.

Esas feministas radicales, enfurecidas porque violan y matan a mujeres con una frecuencia dolorosa. Esas mujeres tan irritantes, fastidiosas y escandalosas, que tratan de llamar la atención sobre el hecho que las cifras de maltrato de género se cuadruplicaron durante el último lustro. Esas mujeres dementes, que quizás las rebasó el hecho que hay países del mundo en la que una mujer es un accesorio caro que puede venderse, incluso por precios más accesibles que una cabra. Esas feministas que deberían ser contenidas, por llenar de pintas las paredes y el suelo, mientras hay matrimonios infantiles, la mayoría de las mujeres del mundo ganan la mitad de sus pares masculinos, mientras las víctimas siguen siendo culpadas por las agresiones que sufren. Hay que ver por las cosas que se disgustan las mujeres en la actualidad ¿no? Porque eso ha venido pasando toda la vida, década tras década, siglo tras siglo. Porque cada día, violan a 100 mujeres alrededor del mundo. Por cada hora, dos niñas son vendidas en el mercado de tratas de blanca de países de Europa del Este. Pero aquí, el problema es las paredes pintarrejeadas, las calles sucias, las esculturas violentadas. 

Pero bien, creo que, si eso te preocupa, puedes consolarte. La ley es especialmente dura con las activistas cuando las protestas se vuelven radicales. Mucho más dura con mujeres que muestran sus pechos o queman panfletos y basura, que cuando fanáticos de los equipos de fútbol locales queman, destrozan y vandalizan el espacio público porque en apariencia, pueden hacerlo. Pero vamos ¿quién quiere hablar de eso, ¿no? 

¿Por qué apoyas que la gente se vea gorda? ¿Quieres que muera de un infarto?

Durante buena parte de mi adolescencia, fui muy delgada. Una muchacha pequeña de huesos delicados de cuarenta y cinco kilos. Apenas llegué a la universidad, aumenté casi el doble y tuve problemas para controlar el súbito aumento de masa corporal por años. Después, la ansiedad me provocó un problema alimenticio que me llevó de nuevo a los cuarenta y cinco kilos. Ahora mismo, lucho por mantenerme en saludables setenta kilos, sin lograrlo siempre. De modo que durante toda mi vida me disfruté tanto de los halagos por ser delgada, como de las críticas por ser tener una contextura gruesa. 

Espera…¿te estás preguntando si leíste bien? ¿Saludables setenta kilos? ¿Me estás diciendo que una mujer puede tener caderas amplias, algo de vientre prominente y kilos de más en las pantorillas? ¿Eso es posible? ¿Es posible que una mujer no luzca delgada, atlética y refinada? ¿De qué me hablas? 

Te hablo de tus prejuicios estéticos. De los que heredaste de tus padres y ellos heredaron de los suyos. Te hablo de la imagen que la televisión, el cine y las antiguas y ya desaparecidas revistas, te vendieron sobre la mujer. Te hablo sobre el peso de la obligación que hace que creas que una mujer —y un hombre— debe lucir de determinada forma. Te hablo de esa presunción que te hace creer que puedes burlarte, discriminar, señalar y criticar a alguien más sólo por su aspecto físico. Te hablo de todas las veces en que una mujer siente una angustia difícil de explicar porque su imagen no es la que se supone debería ser. Porque tiene piel de naranjas en los glúteos, porque tiene pechos en los que la gravedad ya tomó decisiones. Porque su piel no es fina, perfecta, humectada y lozana. 

Te hablo de todo lo que hace que ahora mismo me estés leyendo y trates de encontrar una explicación inmediata a tu rechazo a las mujeres con cuerpos imperfectos. Que ahora mismo, la palabra gorda esté en tu mente en un tono peyorativo, duro y directo. Que ahora mismo, estés pensando (incluso si eres mujer) que los kilos de más son para perdedores, aunque tú mismo —o misma— no tengas una figura perfecta. Te hablo a ti, que estás convencido —o convencida— de que la higiene personal implica cumplir con un estándar de belleza inalcanzable que consideras inevitable. Te hablo a ti, que crees que está bien e incluso, es necesario insultar a quienes no se atienen a esa idea general, esa percepción cultural. A esa imagen “saludable” que se supone todos debemos cumplir.

Nadie lo duda: una vida saludable es el mejor consejo que cualquiera puede recibir. Pero lo saludable no está reñido con la belleza de lo imperfecto, con las hermosas cicatrices que cuentan nuestra historia, con lo asimétrico de nuestro cuerpo en toda su gloriosa cualidad individual. Las feministas abogamos porque la imagen que tienes de ti, sea la mejor, la más positiva, la que te haga sentir más poderosa, feliz, sin duda satisfecha. Las feministas deseamos que seas más amable contigo misma (mismo), que hagas las paces con tu vida, apariencia, con esa crónica de piel que llevas a todas partes y que cuenta tu historia privada con la mayor delicadeza. 

Las feministas queremos sin duda que tengas buena salud. Que acudas al gimnasio, que tengas una piel hermosa y radiante. Pero también insistimos en que nadie tiene derecho a juzgarte por tu apariencia, que nadie puede señalarte, juzgarte o hacerte daño por no cumplir con las expectativas sociales que se esperan de ti. Queremos que sepas, cada día de tu vida, que te acompañamos en tu viaje privado para una vida plena, que detrás de la pantalla, en oficinas, libros, artículos, debates, estamos trabajando por una sociedad en que seas libre de mostrarte como quieras y eso está bien.

Oye, tú que has llegado hasta aquí ¿te molesta eso? Oh, bueno, tenemos también una solución. Mira hacia otra parte. El cambio está aquí y debo decir que es mucho más profundo, hermoso y potente de lo que puedes suponer. 

¿Por qué es necesario el feminismo cuando las mujeres tienen todos los derechos que pueden desear? 

Hace unos días, una amiga comentó en Twitter lo duro que era ser mujer en nuestra época. El filtro de la crítica, la presión social y la obligación cultural. Las múltiples formas de opresión que aun soportamos, a diario y en cientos de formas distintas. De inmediato, alguien le respondió en tono de burla, que no sabía “que se había mudado a Irán”. Lo hizo una mujer que vive en el primer mundo. 

La mera paradoja que la comentarista no pudiera comprender que su comentario era un tipo de presión, me resultó doloroso, pero mucho más aun el hecho que es la punta del Iceberg del desconocimiento total y completo de lo que es la situación de la mujer en el mundo. De las abultadas cifras de analfabetismo femenino, de todas las mujeres que viven en países que no pueden acceder a sus derechos como ciudadanos, de todo el peso cultural que una mujer de cualquier edad lleva a sus espaldas.

Pero vamos a las cosas pequeñas. Vamos a todas las ocasiones en que una mujer debe trabajar el doble para ganar la mitad, en países del subdesarrollo. O vamos un poco más allá y recordar todas las ocasiones en que una mujer debe soportar discriminación, sutil pero perenne, sólo por su género. Por no ser joven quizás, por no ser hermosa. Porque debe competir con la identidad de lo masculino, estandarizada a todo nivel. Sí, la evolución ha sido considerable, enorme y poderosa. Nadie duda que las mujeres actuales tenemos lo que las de otra época, apenas podían soñar. Pero aun, un elevado porcentaje son ciudadanos de segunda. Ciudadanos que deben luchar por sus derechos básicos, que deben enfrentar un tipo de discriminación sutil que nadie comprende en realidad, hasta que lo sufre. 

No dudo que la comentarista crea de buena voluntad que los derechos que disfruta, son todos los que puede aspirar. Que su insistencia que “hace lo que quiera” —como añadió para rematar su razonamiento— sea una paradoja enorme y angustiosa porque en realidad, no lo hace. Porque no puede caminar por una calle solitaria durante la noche, subir a un taxi sin tener miedo, no preocuparse por lo que pueda ocurrir si descuida por un momento la vigilancia férrea sobre lo que le rodea. Una mujer siempre está en peligro, una mujer siempre debe batallar por el lugar que ocupa. 

El feminismo cada día y de todas las formas posibles, porque todas las mujeres del mundo sean ciudadanos a pleno derecho. Mujeres reconocidas por su talento, inteligencia y capacidad. El camino ha sido arduo para lograrlo, pero apenas hemos recorrido menos de la mitad. Mientras haya una mujer en el mundo que no pueda ejercer sus derechos a plenitud, que tema por su vida, su integridad, el pleno goce de sus decisiones morales, culturales y sociales, el feminismo continuará siendo necesario. Esa forma de expresión tan incómoda cuando el rechazo es tan amplio. 

Lo dije más arriba. Una vez que te llamas feminista, lo eres para siempre. Y yo lo soy. Lo pienso, mientras camino por la calle, la cara cubierta por la ahora tradicional máscara y pienso en todo el trabajo que hay por delante. De todo lo que quiero hacer, decir y crear. Y me siento feliz y honrada de poder hacerlo. De luchar a diario, por ti, que me lees y seguramente te aburriste con este texto. O por ti, que quizás te haces preguntas que no te habías hecho. Lo hago por todas, todos los días, cada día. Y lo seguiré haciendo, porque lo decidió, escogí ser feminista. Sonrío. O, mejor dicho, el feminismo me escogió a mí. 

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