“Ser feminista en un país machista es enfrentarte a todo tipo de críticas, lidiar con la incredulidad ajena y como si eso no fuera suficiente, con la agresividad del macho alfa.”

Por Aglaia Berlutti.

Una de mis amigas insiste en que siempre escribo historias tristes y un poco dramáticas. Cuando no de terror, claro. Esas son mis favoritas: siempre muere alguien de manera sangrienta (muy sangrienta, a ser posible) y hay al menos un par de monstruos, para no decepcionar al público hipotético. También amo las casa embrujadas, los lugares con el terror al ras de la tierra, los bosques…

—Agla, no sigas, la idea se entendió —me interrumpe mi amiga—, el hecho es que ya es suficiente de historias tristes.

Vaya, ¿dije eso en voz alta? No sé qué responder a continuación. La verdad es que sí, mi radar sobre lo cotidiano se inclina con mucha frecuencia a contar el país en ruinas que heredamos de una revolución que jamás existió. Siento una especie de deber ineludible de hablar sobre las colas en la calle, la ciudad hostil, los emigrantes, las ausencias. Todo eso en un tono doloroso y casi trágico. Pero la verdad…mi vida es mucho más que eso, me digo con la taza de café entre las manos. Una buena taza de café, en realidad. Alguien me lo envió en un paquete certificado desde Colombia y el olor suculento se extiende por toda la cocina, vívido y apetitoso. Bueno, tengo café, me digo. Eso es bueno. Y en plena hiperinflación, prosigo en mi mente mientras mi amiga me mira con una ceja enarcada. No todo es tan ¿qué?

—Funesto o melodramático, te pasan cosas muy graciosas —dice mi amiga.
 —A todos.
 —A ti con más frecuencia.

La verdad, me pasan muchas cosas sin sentido con singular y exuberante frecuencia, para ser exactos. Tengo vecinos chismosos, amigos estrafalarios y también, un blog que tiene una buena media de lectura de casi mil visitantes diarios, que me deja las anécdotas más extrañas. Además…

—Eres feminista.
 —Lo dices como si fuera un condicionante para la rareza.
 —¡Pero lo es!

Lo es, claro que sí y no puedo evitar reír a carcajadas cuando lo admito en voz alta. Ser feminista en un país machista es enfrentarte a todo tipo de críticas, lidiar con la incredulidad ajena y como si eso no fuera suficiente, con la agresividad del macho alfa lomo plateado local, que intenta dejarte claro cada vez que puede —y si es bastante más de lo soportable— que estás equivocada. Que lo estás y que el mundo algún día te lo dejará claro, ya sea por las ilustradas “criticas” de los esforzados lectores de memes y artículos de clickbait, como por el hecho que admita que este un país —continente— incorregible y por tanto luchar contra la corriente no tiene ningún sentido. Pero continúo intentándolo, claro que sí. Y lo hago por puro gusto además.

—Yo contaría lo de los fotopipes —dice mi amiga con una sonrisa de pillete—, lo contaría en un buen artículo.
 —¿Para qué?
 —Porque eso también te pasa. No sólo las primas que se van o la soledad…

Me río de nuevo. Que te envíen un fotopipe —así le llamamos en Venezuela a una fotografía casual de un pene masculino, la mayoría de las veces anónimo— es una experiencia que te hace dudar con seriedad de la salud mental de la humanidad. La de quien lo envía y por supuesto, la propia. La idea se me ocurre cada vez que abro un mensaje privado en cualquier red social e incluso en mi correo y encuentro una fotografía de un pene. Así, sin más. El pene en toda su gloria circuncidada —si ese día tengo tanta suerte como para ganarme el Loto Florida— o con su bonito capuchón hinchado y a veces, con algo que puede ser papel higiénico…o quién sabe qué. Con o sin vello púbico, con una barriguita que cuelga y lo hace parecer un fenómeno salido de la grasa o con un vientre plano, que le brinda la oportunidad de curvarse a la derecha o la izquierda, según lo que la biología ordene. Con una gran vena robusta o un hilito azul. Siempre erectos, porque si vamos a enviarle un fotopipe a la feminazi, tiene que demostrar que hay un macho feliz de su gran faloactractivo. Al final, la cosa es lo mismo: Estoy viendo un trozo de carne ajena —un trozo de carne erecta— que intenta ¿qué? ¿Provocarme? ¿Llevarme a un rápido estado de lujuria? ¿Aleccionarme? Ya dejé de hacerme esas preguntas. Ya dejé de preguntarme en qué podía estar pensando un varón funcional de más de diecisiete al enviarme un primerísimo primer plano de su órgano sexual. Ya dejé de preguntarme por qué alguien podría creer que la imagen de un pene sin nada más que añadir, puede resultar atractivo. Y como ya no me pregunto nada, entonces ahora los bautizo. Con el poder y la gracia que me ha concedido el buen humor patrio, me lanzo en la definitiva labor de llevar alegría a mis fotospipes dándoles un nombrecito.

La cosa se pone divertida entonces. Por ejemplo, hace una semana me llegó “Zulbarán”. Un pene largo, torcido a la derecha, moreno y con tanto vello púbico para recordar a los bigotes de Pancho Villa; así que “Zulbarán”. Descargo la imagen, le añado el nombre. Y también un par de ojitos en Photoshop. Ahora “Zulbarán” tiene el aspecto de un revolucionario mexicano. Le agrego un sombrerito. ¿No es lindo? Listo y a la carpeta.

Después me llegó “Johnny English”. Debo mencionar que ese día había publicado un artículo sobre feminismo, lo que hace que los machos alfa lomo plateado que me leen, necesiten demostrarme que mi argumentación está equivocada…porque bueno, a ver ¿Por qué ellos tienen pene y yo no? Pues parece. Johnny English es pálido, largo y parece tener problemas para mantener en posición de ¡firme!. Hay un mechón rubio por algún lado, de modo que le agrego un bastoncito y un bombín. ¡Johnny! ¡Ya puedes contarme sobre la Reina de Inglaterra!

—¿Ves? eso es divertido — dice mi amiga entre carcajadas.
 —¿Te parece?
 —¿A ti no?

Para ser franca, no creo que sea divertido. En realidad es un tipo de agresión sutil, una forma de…Ah, vamos…sacudo la cabeza y le doy otro sorbo a la taza de café que tengo entre las manos. ¿No dicen los grandes pensadores de este siglo aglutinados en perfectos memes de ocasión que lo importante no es lo que ocurre, sino como reaccionas? Suspiro. Este año he tenido que reaccionar a muchas cosas —por decirlo de la forma más sencilla— y asumir que no tengo el menor control en la mayor parte de los aspectos de mi vida. Soy la doña más joven del mundo, me digo con frecuencia. Un “alma vieja” en el cuerpo de una mujer en los treinta y pocos que sigue intentando vivir de alguna manera creativa e independiente en un país, que no tiene la intención de permitirlo. Pero lo intento, claro. Lo intento, sin duda. A diario y a pesar de todas las cosas que como caraqueña —venezolana— debo afrontar con cierta actitud de superhéroes a capa caída.

Pero no dejo de seguir ¿qué? ¿luchando? ¿Eso no es grandilocuente y melodramático? Seguramente Raúl Amundaray —galán eterno de la televisión venezolana, antes de que vayan a Google a verificar— estaría orgulloso de mí. Como sea, sigo con la terquedad intacta y esa es la clave, me digo. A pesar del clima enrarecido del país abrumador, la sensación de que el desastre está muy cerca. Bueno, en realidad el desastre tiene cerca de casi quince años completos, de modo que no es nada nuevo, ni tampoco nada en especial que no pueda superar. Me lo digo con cierta alegría malsana, mientras lucho por equilibrar mis finanzas, por no dejar que la depresión me venza o incluso, la simple especulación de lo que podría ocurrir en un país sin norte, me agobie. Vivo y lo intento hacer como cualquier otro ciudadano del mundo. Cualquier otro hasta que…te recuerdan eres venezolano.

Escena recurrente: Primera clase Online del Máster de Escritura Creativa. Estoy tan nerviosa que casi dejo caer la portátil en dos ocasiones. Finalmente me obligo a mantener las manos sobre el escritorio y escuchar con atención. El resto del grupo se presenta y la interfaz del Hangout me muestra rostros que veré durante los próximos tres años. Tres norteamericanos, un australiano, dos argentinos, un colombiano. Y yo, por supuesto. Sonrío al presentarme y por un momento, tengo la imagen absurda que soy una Miss de pasarela, de las que se idolatran en mi país. “Soy Aglaia ¡De Venezuela!” tengo deseos de gritar. Pero no lo hago y en lugar de eso, me presento en voz baja, torpe. Mi inglés oral no es la gran cosa —mi acento deja mucho que desear— pero al menos me hago comprender lo suficiente como para que el resto del grupo me mire en silencio. ¿Qué dije? ¿Se me coló un “fuck” y no lo noté?, pienso con las mejillas ardiendo de verguenza anticipada. Uno de los norteamericanos se inclina.

—Oh Aglaia, so sorry.

Ah, “el pésame”, pienso con cierta resignación. Para hacer el cuento corto: de unos años a esta parte, cada vez que debo presentarme en alguna parte y especificar mi nacionalidad, recibo además de una instantánea solidaridad, el pésame. Lo digo por completo en serio: hará nueve meses, en un curso corto sobre Grafología online que llevé a cabo, escuché por casi veinte minutos a un rumano lamentar mis “penurias” y “mi dolor”, lo que hizo que el grupo entero se tomara unos minutos para rezar por los dolores de mi país. Todo eso con el interfaz del Hangout en modo intermitente —soy cliente de internet ABA de CANTV, el servicio público más ineficiente del continente— y los nervios a flor de piel. Pero es inevitable, supongo. Es parte de esta situación extravagante que atraviesa Venezuela. De modo que siempre agradezco la solidaridad, el pésame, los rezos, respondo las preguntas. Al menos, las que no directamente morbosas. Las “¿De verdad hay gente que come de la basura?”, las ignoro. Las “¿Y como se siente vivir en comunismo?”. Las “¿qué ocurre contigo que sigues allí?”.

“Pero uno se acostumbra al pésame, las preguntas, las bromas, la sensación de ser un bicho raro de un país del siglo XIX en la mitad de la cultura millennial, claro está.”

Pero a veces, las conversaciones del pésame terminan en divertidas tertulias sobre cómo es vivir en el parque temático comunista más grande del mundo, después de Cuba, por supuesto. Mis amigos se compadecen, pero también insisten que vale la pena el esfuerzo. “Venezuela es un paraíso en malas manos”, dice Drew, de Wisconsin, que ha visto muchas veces la película “Up” de Pixar y está convencido de que el país entero está lleno de Tepuyes y cascadas mágicas. O Michael, australiano, que tiene una imagen idílica de calles llenas de mujeres de cuerpos esculturales paseando en Bikini. “Pero debes conocer a alguna señorita de pasarela”, me insiste de vez en cuando. Sonrío. “No, Mike. Abundan mujeres bellas, pero no como las imaginas”. “No sabes cómo las imagino”, dice con los ojos brillantes. Oh, me apuesto a que sí lo sé, pienso.

Pero uno se acostumbra al pésame, las preguntas, las bromas, la sensación de ser un bicho raro de un país del siglo XIX en la mitad de la cultura millennial, claro está. El ser humano es un animal de rutinas y llegados a cierto punto, incluso las pequeñas tragedias cotidianas te hacen reír. Una vez leí que en el ghetto de Varsovia, los judíos que sabían había una posibilidad bastante alta de morir, bromeaban al respecto como si tal cosa. “Nos vemos en la jabonera” es una frase que se repite mucho en el libro “Treblinka” de Chil Rajchman. Y también en el no-tan-exacto-y-si-muy-dramático “Tatuador de Auswitch” de Heather Morris. Al parecer, siempre hay espacio para reírse incluso en mitad de una conflagración mundial. Grande como un gran genocidio. Grave como una crisis humanitaria que arrasa un país entero desde hace más de dos décadas. O una más local, si al caso vamos. Hay espacio para enamorarse, para tener grandes celebraciones. Para sentir la maravilla de triunfar en lo que amas. Y más de una vez. Este año me ha ocurrido. Este año vi mi fotografías colgadas en una de las galerías más prestigiosas de la ciudad en la que vivo y también, en medio de un evento en Miami que me hizo sentir profundamente honrada. Mi segunda novela llegó a manos del corrector y espera publicación. Comencé a escribir en varias de mis páginas predilectas. Hubo espacio para la felicidad, por tanto. Sería hipócrita y poco agradecida de no admitirlo. Mi amiga Raomely me lo dice con frecuencia “No hay mayor acto subversivo que ser feliz”, insiste. Y al menos, he comprobado que la mayor parte de las veces, hay una noción sobre el humor que está allí, que te salva y que te permite persistir.

Y sí, he reído mucho este año. A pesar de la hiperinflación, de la represión, del miedo en todas partes. Me he reído a carcajadas con mis vecinos indiscretos, mis amigos poco cuerdos. Los desconocidos ingeniosos. Y sobran, en Venezuela. Sobran las risas, los abrazos, los buenos momentos. Celebrar por un bebé que nacerá en unos meses y que considero mi sobrino (sí, yo, la bruja comeniños ¿qué les parece?), encontrar espacio y el tiempo para sacudir los brazos y bailar. Mirarme en el espejo desnuda y sonreír. Oh sí, tenía años sin hacerlo. De manera que se puede ser feliz. A pesar de todo, quizás por todo.

—Bueno, cuenta eso —insiste mi amiga.
 —¿Y cómo se cuenta algo así?
 —No lo sé. ¿No eres escritora, pues?

Ah, “escritora” que palabra tan grande y tan bonita. Y tan dura de sobrellevar (viene la queja, piensa el lector. Allí viene el drama). Pero no, aquí no hay drama posible. Escribir me ha salvado la vida (literal), me ha llevado a lugares en lo que jamás imaginé estar. Escribir me ha hecho ser la mujer que siempre soñé e incluso, una por completo nueva. Escribir me ha permitido sostener mi cordura, aprender sobre cómo mirar al país con amor, no obstante las heridas y cicatrices. De manera que esto lo hago para vivir y sobrevivir: escribir. Escribir y pensar que las palabras son un hogar. Un lugar seguro. Lo que describe la realidad con pulso firme.

—Y los fotopipes —dice mi amiga. Reímos a carcajadas.
 —Que no falten —respondo.

Brindamos por la histórica frase con el último sorbo de café. Caracas, la furiosa, la violenta, la capital más peligrosa del mundo, pende bajo mi terraza. Tiene un aspecto casi amable, con su luz de caramelo, como diría mi amiga Arianna y el cielo de un azul extraordinario. Una ciudad que es parte de mi vida, que lo será a dónde sea que vaya después. Como el país, como esta huella indeleble que lo que sea que haya ocurrido en Venezuela —aún necesito descifrarlo— dejó en mí. Brindemos con café, entonces. Un último sorbo. Un buen sorbo. Uno que valga por un año extravagante, doloroso, pero que aún puedo celebrar.

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