Por Adlyz Caliman.

Las dietas nunca han sido lo mío, aunque debo confesar que toda mi vida he estado sumergida en sus tristes garras. Y digo tristes porque nunca me he sentido feliz haciendo dieta. Para mí la comida es uno de los placeres de la vida. Comerse unas costillitas de cerdo, una sopa de caraotas bien espesita o un quesillito de huequitos, es orgásmico.

Esas publicidades de personas alegres comiendo lechuga con pollo sin sal y tomando batidos de espinaca y pepino, no me las creo. Claro que siempre hay un sentimiento agradable cuando uno tiene la fuerza de voluntad de mantenerse al pie de la letra con la dieta y sabes que puedes comprometerte a hacer algo positivo para tu salud física y además, ves los resultados reflejarse en la balanza y en el espejo.

Esa búsqueda de la fuerza de voluntad es lo que me mantiene en esa danza del peso en la báscula, en esa bipolaridad alimenticia que me ha acompañado siempre. Y creo que es de familia. Recuerdo llegar a la casa de mi mamá, en la que también vivía una tía de esas que todos tenemos que nunca tuvo hijos, pero crió a todos los ajenos que iban salpicando la familia.

Mi tía siempre me recibía con su ojo analítico y antes de decir “Dios te bendiga”, decía en su fino maracucho “estáis más gorda”. En un principio me molestaba y le decía que no era posible, que yo estaba a dieta y que más bien había rebajado. Ella me miraba de arriba abajo y me decía “ujum”. Para, acto seguido, ofrecerme unas galletas, una torta, un arroz con pollo, llévate este pastichito. Entonces yo le repetía en tono cansado: “Estoy a dieta” y me decía con una sonrisa: “Ah verdad. Bueno, llévale a tu hija que a ella le gusta”. Y después entendí que en esa bipolaridad de verme gorda y ofrecerme comida, residía su amor. Me quería ver delgada, pero al mismo tiempo quería que me comiera su comida, porque era con su comida con lo que ella demostraba su amor, a mí y a todos los que la rodeaban.

Después empecé a abrazar esa ambigüedad con agrado y cuando me decía: “Estás más gorda” le contestaba: “Sí, ¿qué hay por ahí de bueno en la cocina?”. Y salía con un ponquesito, una arepa rellena o una hallaca. Me iba luego a la casa con la barriga llena, el corazón contento y otra dieta rota. Con  el paso de los años he logrado aceptar mi forma de ser, pero no mi peso y como luzco en mi ropa.

La dieta es, como tanto hemos visto por allí, una elección de vida, un cambio en el estilo de alimentación para siempre, no algo temporal, y yo, aún no tomo esa elección. Por eso la inconformidad siempre se presenta cuando me pongo la ropa, cuando me tomo una foto, y entonces pienso que puedo hacerlo mejor y recuerdo las sabias palabras de mis padres: “Lo que vayas a hacer, hazlo bien. Esfuérzate y sé la mejor”.

Y me digo que puedo lograrlo, puedo rebajar esos kilos de más, puedo esforzarme y hacerlo mejor. Pensamiento que dura hasta que veo la marquesa que le compré a una amiga en la nevera o las galletas que ha hecho mi esposo, y sucumbo ante su dulce sabor.

Ahora hago yoga y tomo té verde, como si la mejora en mi talla llegara a mí con cada inspiración del yoga, o con cada sorbo de té, negándome a aceptar la debilidad de mi temperamento a la hora de resistir una dulce tentación.

La perfección ha sido como un mantra en mi vida que me ha llevado a realizar esfuerzos importantes para conseguir mis logros, no puedo dejarme vencer por una dieta.

 Hace poco leí el libro Mis Gordas Memorias Gordas de una amiga, en el que relata su lucha contra la obesidad y explica cómo te operan el estómago para lograr rebajar, pero no te operan el cerebro. Es allí donde reside el sacrificio y la perfección del esfuerzo, en programar tu cerebro para que entienda que la comida saludable es lo que necesitas en tu vida. Eso, un postrecito y un café.

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