Lo repito con frecuencia: ser una mujer es un asunto complicado. Mucho más en estos tiempos, aunque la mayoría parece pensar que precisamente en estos tiempos, es mucho más sencillo. Después de todo, nadie te va a vender, comprar, cambiar por un barco o un caballo. Tampoco quemarte (no de manera legal) o encerrarte en un manicomio por saber leer. De modo que, para buena parte de la gente, cuando hablas de lo complicado que es ser mujer ahora mismo, es una forma de drama. “De victimización”, esa frase tan moda que usualmente utilizan los hombres que necesitan explicarte cómo debe sentirse una feminista.  O cualquiera en realidad, que cree que debe dejarte en claro, de forma específica, que sentir que luchas contra la corriente, es una especie de gusto adquirido. 

“Yo hago todo lo que quiero y siempre lo he hecho”, me dijo una mujer hace meses en Twitter, cuando insistí en lo complicado del papel femenino contemporáneo.  Me alegré por ella y evité comentar la forma como a las niñas de Ciudad Bolívar en Venezuela, las venden por dos trozos de oro. O como en la India, una mujer puede ser asesinada a golpes por salir de noche. O como todos los días hay “asesinatos pasionales” en que los titulares de prensa hacen hincapié en lo que se haya hecho la mujer que pueda parecer reprobable. Está muerta, sufrió…pero llevaba minifalda. Así que…hay poco que decir. Poco hay que escudriñar.

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También están las cosas más sutiles. La gente que quiere que las mujeres “seamos buenas”, aunque eso implique perder derechos sobre nuestro cuerpo o la forma en que lo entendemos. Los que te quieren decir para qué y de qué forma se usa el útero con el que naciste. Los que te insisten –como a mí– que “ser madre te completa”, aunque mi manera de sentirme más completa es tener una cámara y una portátil en la mano. Los que te dicen “marimacho” (sí, en Latinoamérica se sigue usando esa palabra) porque tienes afición a la comodidad del jean y la forma en que te hace feliz llevar una camiseta de superhéroes. A los que me preguntan por qué vivo sola si “cabe un marido en mi casa”. Oye, la próxima vez compraré uno en lugar de una silla, he estado tentada de decir. Pero no lo hago. Intento escoger mis batallas. Y lo hago porque necesito una considerable energía para cada una de ellas. 

Como la que estoy a punto de contar.

 

La figura rota y otros dolores

 

Hace unos días, una de mis alumnas del taller de autorretratos que imparto, comentó a la clase la experiencia traumática que supuso para ella que una de sus fotografías fuera censurada por la plataforma Instagram. Se trataba de un autorretrato desnudo muy sutil —su silueta a contraluz, en un espacio vacío y artísticamente concebido para denotar soledad— que, no obstante, infringió las rígidas normas de la red social sobre el tema. De la sorpresa por haber perdido el material contenido en su cuenta, mi alumna pasó a la desazón y la humillación de haber sido limitada en lo que considera su derecho a la expresión.

No se trata de un hecho inusual: para Instagram, como para la mayoría de las redes sociales más populares, un desnudo es un desnudo y puede ser considerado ofensivo, no importa la intención con que fue tomado o el elemento subjetivo que pueda simbolizar. Se insiste en la protección de los usuarios y, sobre todo, en la necesidad que la red en cuestión no desvirtúe su objetivo esencial —cualquiera que este sea— a través de imágenes o contenido que pueda herir la susceptibilidad de un potencial público sensible. No obstante, la mayoría de las redes sociales actuales parecen olvidar que detrás de todo contenido (y sobre todo, de todo material sensible o no a la opinión, susceptible o no a la censura) hay un usuario y una historia muy concreta.

Un hecho de censura, sea cual sea su origen y su motivo, es automático. La agresión tiene una connotación durísima no sólo a nivel intelectual sino también emocional. Mi alumna insiste que la circunstancia completa —desde el hecho que su cuenta fuera borrada hasta ser directamente censurada— le afectó de una manera tan profunda que incluso afectó su trabajo fotográfico. Abrumada y desconcertada, dejó de autorretratarse y comenzó a fotografiar de manera cada vez más impersonal, hasta que finalmente, simplemente, dejó de hacerlo por completo. Cuando reflexiona al respecto, admite que no dejó de fotografiar(se) sólo por el hecho que su cuenta Instagram hubiese sido cerrada, sino por el hecho concreto de sentir que su trabajo y percepción sobre sí misma había sido vulnerada de manera directa. “Me sentí mutilada, afectada a muchos niveles por el hecho de haber sido censurada. Dejé de fotografiarme porque no pude superar la sensación de vacío que me produjo la censura. Como si hubiese perdido una idea muy profunda y consistente de mí misma. Parte de mi identidad”.

Tal vez parezca excesiva la reacción, hasta que se analiza que para cada fotógrafo una fotografía es una expresión muy directa de su opinión y manera de comprender el mundo. Para Oriana no se trató sólo de una fotografía que se borra, sino de un mensaje que se silencia. A pesar que puede argumentarse que Instagram es sólo una plataforma social, las imágenes que contienen tienen un sentido personal, emocional, concreto. Un documento visual irrepetible. Y la censura, con toda su carga restrictiva, no sólo destruye el resultado final de lo que el mensaje evoca —la fotografía en sí— sino el símbolo que se construye, la idea que se comprende a través de ella.

 

¿Por qué se censura el cuerpo femenino?

 

Pienso en lo anterior mientras leo la noticia de que la película Splash de Ron Howard había sufrido una curiosa forma de censura por parte del canal por suscripción streaming Disney Plus, que la incluye en su catálogo. Por desconcertante que parezca, la plataforma decidió que la espléndida figura de la actriz Daryl Hannah era en exceso erótica o sexual para la audiencia de su canal online.

O eso parece sugerir el hecho que una de las escenas emblemáticas de la película haya sido modificada digitalmente para cubrir las curvas del trasero de Hannah. Se trata de una decisión inexplicable para buena parte del público, que de inmediato volcó su descontento vía redes sociales. En el breve vídeo que se viralizó a continuación, puede verse con claridad que Disney Plus agregó cabello adicional en una de las escenas en que el personaje aparece por completo desnudo. Por si no fuera suficiente la inexplicable decisión, el retoque es tan torpe como para resultar notorio e incluso grotesco para buena parte del público.

Versión de Disney Vs. original de Splash

¿Por qué se censura el cuerpo femenino? El tema del desnudo, la difusión y la estructura del mensaje sobre temas sensibles, se sostiene sobre el hecho simple que la línea entre lo erótico, lo ofensivo y lo directamente ilegal parece ser muy sutil. La mayoría de las plataformas dejan muy claro que sus rígidos procedimientos y protocolos con respecto a la difusión de la imagen y conceptos vulnerables responden a la necesidad de controlar y penalizar hechos muy concretos, ese riesgo inevitable de la red como vehículo ideal para lo ilegal. Después de todo, la red, con esa vastedad sin límites y aparentemente sin restricciones, es el terreno ideal para todo tipo de delitos de extrema gravedad. 

Sin embargo, lo que resulta preocupante de esa especie de noción de la censura necesaria, es la idea que se aplica con una cierta predisposición sexista, moralista e incluso directamente prejuiciada. Mientras tanto, usuarios alrededor del mundo continúan padeciendo censura que no solo mutila información sino parte de la historia personal de los usuarios. Al final, la censura es algo más que una idea que se restringe, sino una visión sobre nuestros derechos y sobre todo nuestra opinión virtual que se lastima. ¿Qué ocurrirá en el futuro con la percepción de la censura debida sobre contenidos que de alguna u otra manera forman parte de nuestra personalidad virtual? Lamentablemente la respuesta aún parece sujeta a esa necesidad de comprender la red virtual como un conjunto de datos y no de vivencias codificadas de una manera totalmente nueva. Una restricción preocupante —y sobre todo, cada vez más insuficiente— a la manera como comprendemos nuestro material personal y nuestra identidad virtual.

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