Los titulares de la prensa llenaron sus pantallas y primeras planas en abril de 2017, con la noticia de que el último de los Cocaine Cowboys, Gustavo Gus Falcón, hermano menor de Willy Falcón, había sido detenido en Orlando, montando bicicleta con su esposa, tras haber estado prófugo durante veintiséis años. A Falcón se le buscó en México, Colombia y otros países de Latinoamérica, sin embargo, nunca salió del país: solo cambió de identidad y se mudó al norte de Miami con su familia.

A inicios y primera mitad de los ochenta, Miami estuvo marcada en el mapa de Estados Unidos como la capital de la droga y el crimen. En aquella época sucedió la brutal matanza a sangre fría en el Liquor Store de Dadeland, la morgue colapsó y hubo que acumular cadáveres en carritos de compra de Publix. Los McDonald’s se quedaron sin cucharitas para batir el café, pues eran las ideales para esnifar el “mágico polvo blanco”. Y el 23 de noviembre de 1981, la revista Time publicó una edición con una portada que decía “Paradise Lost?”, ilustrada con el mapa de la Florida y un sol con carita triste. El telón de esa “película de terror” se corrió en el Mutiny Hotel de Coconut Grove. En el deck del Mutiny, una terraza con vista a la bahía, celebrities como los Led Zeppelin, Liza Minelli, Julio Iglesias, los protagonistas y productores de Miami Vice, Cat Stevens y muchísimas otras se reunían en interminables fiestas de Dom Pérignon -era el lugar donde más se vendía en el país- cocaína y rubias platino. Pero además del jet set, desde que el hotel abrió sus puertas en 1968, fue el cuartel de la mafia cubana desterrada por Fidel Castro, quien, una vez en el poder, erradicó los casinos, cabarets y hoteles que degeneraban la isla.

“I did a movie called life, with actors that were real people,” dice Burton Goldberg, el para entonces propietario del Hotel Mutiny. “We had dictators, secret police, drug people, bankers, the international trade, gunrunners and celebrities: Rod Serling, Sen. Kennedy, Cher, Hamilton Jordan, Jacqueline Onassis, George Bush. Mimes and magicians! Naked dancers in very fine taste, not prurient! Music! Chairs with enormous arms!”

Fragmento de entrevista publicada en el Miami New Times.

A la ecuación también se sumaron, poco a poco, excombatientes de la Bahía de Cochinos y conspiradores anti castristas, Ricardo Monkey Morales y Rafael Villaverde por mencionar algunos, que planeaban en conjunto con la CIA y el FBI, el gran atentado para eliminar el régimen de la isla que nunca llegó.

Del mosaico de narcotraficantes, mafiosos y proxenetas que podía encontrarse en ese deck, salió una larga lista de criminales, entre los cuales destacaban dos jóvenes que abandonaron los estudios en el Miami Senior High School: Guillermo Willy Falcón y Salvador Sal Magluta. Con apenas la mayoría de edad, Sal y Willy, quienes traficaban toneladas de cocaína, paseaban en sus lanchas de carreras y no les temblaba la mano cuando empuñaban un revólver, se posicionaron entre los drug lords más importantes de Florida y el mundo. Fue una década de gloria la de Sal y Willy. Su organización, Los Muchachos Corp, fue un vínculo directo entre Escobar y los cárteles colombianos en Miami, financió operaciones de atentado de la CIA a Fidel Castro, adquirió propiedades en cash por más de dos billones de dólares y traficó aproximadamente setenta y cinco toneladas de coca.

Si bien la guerra contra el narcotráfico tenía las alarmas encendidas desde hacía tiempo, en 1988, George H. Bush y su administración iniciaron en Miami grandes operaciones con la DEA y la CIA para combatirlo. El principio del fin de Los Muchachos llegó en 1991, con su detención, aunque el juicio —uno de los de mayor trascendencia en la historia nacional, conocido como Los Estados vs. Los Muchachos— se realizó cuatro años después, ya que resultó muy difícil incriminarlos, porque asesinaron testigos y compraron jueces y fiscales. Sobre Sal Magluta pesa hoy una pena de 195 años, mientras que Falcón cumplió una de veinte y sus abogados pelean para que no se le deporte a Cuba (nunca se hizo ciudadano estadounidense).

 La presencia constante de la CIA, la DEA, el Miami Police Department y los escándalos restaron encanto al Mutiny. La pérdida total del glamour la trajo la concurrencia de los marielitos que emulaban al héroe del momento: Tony Montana, de Scarface y en 1989, un grupo inmobiliario adquirió la propiedad para re inventarlo, bajo el mismo nombre, en un hotel boutique estilo europeo.

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