Foto por Frank Cone

Por Nixon Piñango.

¿Se acabará el mundo? Sí. De momento el apocalipsis definitivo está programado para dentro de cinco mil millones de años, cuando el sol agote toda su reserva de hidrógeno e inicie su proceso de muerte como una gigante roja, una nueva estrella que se tragará alrededor de medio Sistema Solar, incluida la Tierra. Esta información no es un secreto y mucho menos es conspirativa, está científicamente comprobada y no apela al alarmismo, porque a ver tú si los seres humanos llegaremos a ese entonces; capaz nos extinguimos muchísimo antes por cualquier otra razón.

Hay gente que se toma el fin de los tiempos con el mismo alarmismo con el que se lo tomaba Pablo de Tarso hace dos mil años, como si no fuera una cuestión de mirar muy hacia el pasado y comprender cuál ha sido el destino de todas las especies que han vivido sobre la faz de la Tierra. Esto está muy bien explicado en La Máquina del Tiempo, de H.G. Wells, cuando el protagonista llega por accidente a un futuro muy lejano en el que prácticamente no quedan vestigios de la civilización moderna, lo que alude a un fin progresivo o a una decadencia en el tiempo más que a una catástrofe inmediata que acabó con todo.

Para asumir esto simplemente no hay que bloquear el análisis, lo que tampoco significa abandonar la religión o ser un friki de los temas científicos. El análisis puede convivir perfectamente con esas dos cosas y además ayuda a diluir el fanatismo. Una dosis de éste haría que comprendamos por qué es muy difícil que ciertas cosas sucedan, cosas como una Tercera Guerra Mundial de carácter nuclear que lo destruya todo.

Para la gran mayoría, el fin del mundo es una cuestión morbosa, y los marketers lo saben perfectamente, por eso anualmente hay una nueva predicción de Nostradamus, una profecía de alguna cultura perdida, una nueva interpretación del código de La Biblia o equis vaticinador del desastre que se encarga de anunciar el fin del mundo con el propósito de vender todo tipo de cosas o simplemente de obtener su minuto de fama.

Pero el morbo por el fin del mundo no es una cosa reciente, pues casi todas las mitologías, desde las más antiguas hasta las más modernas, basan su fe en tal hecho. Tiene que ver con la misma predilección de darle un objetivo a la vida más allá de su simple disfrute, un sentido épico, que es algo que no está mal hasta que vienen los grandes medios de comunicación y, en su afán por llamar cada vez más la atención de la gente, lo exageran todo.

La noticia del 2020 que tiene que ver con esto es, por supuesto, la del llamado Reloj del Apocalipsis al que le faltan sólo cien segundos para marcar el fin. Aparentemente, esto se debe a que el inicio del 2020 fue muy convulso: desastres naturales que aparecieron en todas las noticias (como si nunca antes hubiese habido desastres naturales de tal magnitud y hasta peores en el pasado); la tensión bélica entre Estados Unidos e Irán que, como ya vimos, fue más una cuestión de hablar fuerte ante las cámaras que otra cosa; y el infaltable coronavirus que ha matado a poco más de trescientos chinos (tomar en cuenta que hay mil quinientos millones sólo en China).

Pero tal reloj, así como la profecía apocalíptica del Calendario Maya, es una farsa, y es por una razón muy sencilla: cosas tensas como las que han sucedido en fechas recientes han sucedido también en el pasado y la humanidad ha podido lidiar con ellas sin extinguirse. Sólo deberíamos creer en un fin del mundo que tenga algún sustento, como la opinión de algún referente social con credibilidad. Por ejemplo, deberíamos creer si la NASA nos dijera que dentro de dos años caerá un meteoro a la Tierra que la destruirá o aniquilará gran parte de la vida sobre ella, y no sólo porque lo diga la NASA, sino porque ya sabemos que ha sucedido en el pasado y puede volver a suceder.

La raza humana se extinguirá y no podremos evitarlo

En contraste con lo anterior, saber de ciencias también nos hace comprender que no somos eternos y que nuestro paso por el universo, e incluso por este sucinto y condenado planeta, es efímero. Sí existen eventos que podrían causar nuestro apocalipsis muy pronto y de manera imprevista, y el ejemplo que a mí más me aterra es el que pareciera estar más próximo en el tiempo: la inversión de los polos magnéticos. Recuerdo que hice un trabajo de investigación acerca de eso en el liceo y me dejó traumatizado.

No voy a dar muchos detalles al respecto porque es un tema un poco complicado de entender con palabras simples y, además, es información que usualmente no se enseña en las escuelas básicas (yo lo investigué en su momento porque me nació). Pero sí puedo mencionar que tiene que ver con el campo magnético de la Tierra y la protección que éste le proporciona ante el devastador viento solar. Puede que la inversión de los polos magnéticos ocurra en los próximos quinientos años y, cuando digo próximos, quiero decir que podría ser dentro de trescientos años como también podría ocurrir mañana.

Hay un dato interesante con respecto a este tema, y es que el planeta Marte está seco y desértico porque en el algún momento de su evolución su núcleo se detuvo y, por tanto, su campo magnético desapareció para siempre. Además, hay una película en la que se trata el tema; no muy bien, a mi parecer; pero más o menos proporciona la idea global de lo que significa una catástrofe parecida: se llama The Core y fue estrenada en el año 2003.

Otro evento con el potencial de acabarnos pronto (en términos geológicos) sería la erupción de un supervolcán. Tenemos varios candidatos, aunque el más famoso de todos es el volcán que está debajo del Parque Yellowstone, que podría estallar en cualquier momento y liberar una ingente cantidad de magma, creando un invierno volcánico (similar a un invierno nuclear) en casi todo el planeta. La luz solar desaparecía por unos años y con ella se extinguirían la mayoría de especies de plantas y animales. También hay una película que trata el tema y que fue muy popular en su época, se llama 2012, y utilizó el alarmismo sobre las profecías Mayas para hacer mucho marketing y recaudar más de setecientos millones de dólares.

Pero incluso aunque existan esas posibilidades, no deberíamos alarmarnos tanto, porque no se sabe a ciencia cierta, no sólo cuándo ocurrirán y si nuestras generaciones más cercanas (hijos o nietos) las vivirán, sino si tienen realmente la capacidad de acabarnos por completo. Hay grandes probabilidades de que sobrevivamos, maltrechos, sí, pero podríamos sobrevivir; y los cientos de miles que morirán lo harían muy rápidamente, no de forma traumática.

Además, como es una amenaza real y comprobada, seguramente hallaremos una forma de crear una defensa eficiente cuando veamos las señales que nos estén llevando a eso, porque el humano es así, creativo, y más cuando se trata de su propia supervivencia.

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