En 1984 se desató una de las olas más grande de feminicidios que se ha registrado en la historia de Estados Unidos. Los crímenes empezaron en Miami y llegaron hasta la frontera con Canadá.

Por Pedro Medina León.

The Corpse Had a Familiar Face, libro de Edna Buchannan, empieza así: It was my day off, but it was murder. Again. Buchannan fue periodista de The Miami Herald por dieciséis años, cubrió la sección de policiales en la primera mitad de la década de los ochenta, los tiempos más violentos de Miami, donde un cuerpo tendido en la acera, con ocho agujeros de bala, pasaba desaparecibido entre los transeúntes. El promedio de asesinatos brutales que reportó a lo largo de su carrera fue de uno por día, con lo cual desarrolló un instinto más agudo que el de cualquier Trooper u oficial del FBI para reconocer a un asesino.

El 26 de febrero de 1984 el Bayfront Park fue escenario del Budweiser Grand Prix de Miami, un festival automovilístico que esperaba el retorno de Emerson Fittipaldi a las pistas tras un receso de tres años, y que reunió a más de setenta mil aficionados, entre ellos a Christopher Wilder, un sujeto alto, de ojos azules y barba, y empresario de Real Estate que menajaba un Porsche. Esa tarde a Wilder se le vio en las tribunas con una cámara de fotos colgada al cuello. Esa noche, Rosario Sánchez, modelo de veinte años contratada por uno de los sponsors, no llegó a casa. Y una semana después, la supersvisora del grupo de cheerleaders del Coral Gables Senior High School, Elizabeth Kenyon, de veintitrés, fue vista por última vez en una Shell en la Dixie Highway con un sujeto. Kenyon y Wilder estuvieron vinculados sentimentalmente en algún momento, Wilder incluso le propuso matrimonio y ella lo rechazó porque él le doblaba la edad. En las investigaciones, el cashier de la Shell puso su dedo índice sobre una foto de Christopher Wilder cuando se le pidió que identificara al hombre que acompañaba a Kenyon.

Si bien la policía no encontró relación entre las dos desapariciones y tampoco consistencia en las sospechas que recaían sobre Wilder, un artículo firmado por Edna Buchannan, en The Miami Herald el 16 de marzo, lo sugería. Wilder abandonó Florida y lo que vino fue una seguidilla de crímenes bajo su autoría en Georgia, Tallahassee, Kansas, Colorado, California, Las Vegas, New York. El afiche del FBI Most Wanted con su rostro no tardó en empapelar las paredes y postes; sin embargo, Wilder continuaba su periplo con la cámara colgada al cuello, abordando a muchachas jóvenes y bellas con la falsa promesa de un futuro en el modelaje para luego torturarlas o matarlas. Sus víctimas llegaron a doce y cuando se disponía a cruzar la frontera que divide a New Hampshire y Canadá, fue detenido en una estación de servicio de carretera, y aunque puso resistencia y empuñó su calibre 0.38, perdió la vida por dos impactos de bala, uno directo en el corazón.

Los cuerpos de Sánchez y Kenyon nunca aparecieron, y sus familias hasta la fecha reprochan a la policía de Miami el no realizar las investigaciones de manera pertinente. Buchannan sostiene lo mismo, más aún que existen pruebas de que Wilder, antes de convertirse en serial killer de mujeres, había enfrentado cargos por acoso sexual en más de una ocasión.

En 1986 se estrenó la película Easy Prey, dirigida por Sandor Stern y protagonizada por Gerald McRaney y Shawnee Smith, que se basa en la extraña y sádica relación de Wilder con su última víctima, Tina Marie Risico, de dieciséis años de edad, a quien no mató y que inexplicablemente dejó en libertad, en un gate del Logan International Airport, de Boston, con un boleto de ida a Los Angeles y un fajo de billetes.

IG: @pedromedinaleon