Por Nixon Piñango.

A todos nos gusta que nos digan palabras bonitas, sobre todo si estamos en situaciones de vida o contextos personales que hacen que las recibamos con euforia. Cuando nos despechamos, por ejemplo, nos gusta escuchar letras de canciones que identifiquen la situación, y así, cuando nos entristecemos, nos agrada recibir palabras de entendimiento y apoyo por parte de otros. Es nuestra forma de ser. Pero los sentimientos que acabo de mencionar lucen muy simples ante la gran cantidad de cuestiones complejas que pasan por nuestras cabezas en todo momento y que no siempre sabemos determinar.

Hay personas que pueden encontrar y entender dichas cuestiones, dándoles las respuestas que más les son afines, personas que saben cómo usar esa afinidad para manipular a otros y sacar de ello un beneficio generalmente económico. Hablo de los coaches. Es innegable que se está dando un boom mundial en esta materia, y lo podemos evidenciar en el montonazo de usuarios de redes sociales que dan consejos así como en la infinidad de cursos de crecimiento personal que se consiguen por allí, supuestos cursos que no son más que misas carismáticas donde los asistentes se alaban a sí mismos como si fueran figuras teológicas.

Pero, ¿está mal?

Yo solía avergonzarme cuando se me daba por reconocer que había leído El Peregrino, de Paulo Coelho, en mi adolescencia. Los culteros me hacían ver, de forma bastante despectiva, que al comprar ese libro había contribuido con la expansión de un sistema editorial en el que prevalecían ese tipo de cosas superfluas, aunque ahora siento que no era para tanto. La literatura de mierda y la literatura que realmente vale la pena siempre han convivido, y es que no todo el mundo disfruta con las mismas cosas.

 

Los libros de autoayuda no son precisamente lo más novedoso del mundo, aunque hay que reconocer que este tema está cobrando cada vez más su fuerza e influencia en épocas recientes, sobre todo gracias al boom del coaching, como si éste fuera un virus que está creando toda una ola de optimismo malsano y alegría irracional que se propaga cual pandemia a través de las redes sociales.

Ahora, ¿cuál es el problema? ¿No está bien que la gente difunda la felicidad por el mundo? Mmm. No es tan sencillo como suena. La falta de escrúpulos en estas áreas de la vida profesional es tan visible que hasta causa indignación, y es que para ser coach lo único que se necesita es estar dispuesto a decirle a otros: “eres dueño/a de tu destino”. ¿Hace falta algún título o verificación académica? No.

Uno pensaría que, para ser coach en una determinada área profesional, lo más idóneo sería que la persona sea un profesional experto. Por ejemplo, un coach empresarial debería ser empresario o estar metido en el mundillo de los negocios, como Kiyosaki. Si por otra parte lo que le motiva a esa persona es hacer que la gente rebaje unos kilos, pues debería ser nutricionista, como Sacha Fitness. Es lo correcto, ¿no? Mmm. Sí. Aunque la realidad es un poco más pintoresca…

Veamos el ejemplo de Daniel Habif. Para escribir este artículo, me metí en su canal de YouTube, que tiene más de un millón y medio de suscriptores, y me puse a ver los videos que ha subido. Si alguien hiciera lo mismo que yo he hecho y se pusiera a evaluar seriamente lo que Daniel Habif publica, se daría cuenta de que es un sinsentido. El discurso de este hombre está compuesto por un montón de palabras rimbombantes, hiladas para que luzca consistente aunque está vacío de contenido; me gusta, de hecho, comparar lo que él hace con lo que hacen los hampartistas cuando tienen que explicar sus obras. (Ver mi anterior artículo sobre el hamparte).

¿Cuál es el objetivo de Daniel Habif? ¿Motivar? ¿Motivar a qué? ¿Qué es lo que alguien le provoca hacer cuando lo escucha hablar? ¿Sus espectadores se sienten bien o simplemente no sienten nada? ¿Acaso el discurso de ese hombre se aplica a todo? Puede ser que sí. Porque eso es el coaching: todo, cualquier cosa, nada…

Para ser coach, hay que ser un buen actor

Hace un par de meses, le hice un favor a un amigo. Consistía en difundir en medios de comunicación (yo era relacionista público en Venezuela) un evento llamado Conferencia Renacer, realizado por la escritora de autoayuda Nacarid Portal. Yo entonces no sabía quién era ella pero de igual manera le colaboré porque mi amigo me lo había pedido y porque, aparte, se iban a recaudar juguetes para niños de familias menesterosas de Petare y la Cota 905 en su evento.

Hablando con toda sinceridad, Nacarid no me cayó muy bien cuando la conocí. Quizás algún día cuente con más detalle las impresiones que me causó, ya sea en un artículo o en mis memorias pero, por ahora, lo único que voy a decir es que, a pesar de ese recelo que le tuve desde un primer momento, siempre la traté con cordialidad y de forma desinteresada.

Esta experiencia de la Conferencia Renacer me hizo ver a un coach en acción y darme cuenta de cómo está perfectamente cuidada toda su atmósfera para forzar a los espectadores a sentir empatía con él: Nacarid es una mujer joven y atractiva, es abiertamente lesbiana (algo que cae bastante bien en este mundo millenial donde vivimos hoy), y siempre tiene una actitud exageradamente amigable. Cada vez que puede, muestra sus deslumbrantes carillas con una amplísima sonrisa y no vacila en decir que sus lentes de contacto son «sólo para ver» porque ese destellante color azul-verdoso que uno percibe en sus ojos es (según) «natural».

Su Conferencia Renacer, que deberá ser muy parecida a cualquiera de las conferencias de Daniel Habif o de otro coach, fue una retahíla de frases llenas de azúcar, sobrecargadas de palabras como «amor» y «fe» y con una música de fondo que me retrotrajo a los CDs quemados de música cristiana que se vendían en los kioscos de La Hollada antes de que existiera YouTube.

Estaba en presencia de las mismas técnicas de persuasión que utilizan los que trabajan en empresas piramidales, o los que militan en sectas religiosas, para buscar el éxtasis y erizar la piel de sus espectadores y clientes, y predisponerlos a llorar en el momento propicio.

El ineludible azar

Yo no opino que eso esté mal per se, ojo, porque el ser humano necesita pausarse de vez en cuando para recibir un elogio, una motivación o una palabra de aliento que le recargue el combustible para seguir adelante. Pero una cosa es eso y otra muy distinta es que la vida se base en la idea de que estaremos en un perenne bien siempre que nos dispongamos a hacer las cosas mágicas que los gurúes de la felicidad nos invitan a hacer.

Nadie, ninguna persona, es lo suficientemente superior moralmente hablando como para diseñar la vida de otro, porque la realidad es que somos individuos con circunstancias únicas que se encaran de distintas maneras.

Pero quizás la idea más importante a tener en cuenta ahora es que cimentar la vida en el optimismo irracional provoca frustraciones cuando la realidad golpea con fuerza; habrá momentos tristes que viviremos sí o sí y entonces la magia no será suficiente para enfrentarlos. Siempre habrá cosas que se saldrán de nuestro control, porque el azar existe, y es ineludible.

Cabría, de este modo, preguntarnos si es necesario que alguien nos diga cómo debemos vivir nuestras vidas, o si no seremos felices hasta que paguemos un curso que nos enseñe a hacerlo. O quizás y sea más importante preguntarnos qué es lo que nos motiva pagarle a alguien para que nos enseñe a ser felices. ¿No sería quizás ésta una manera de seguir eludiendo nuestros problemas?

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