Por Jason Maldonado.

La buena poesía mete el verso en la llaga, lo más profundo posible. Escarba ahí, justo en donde duele o debe doler; donde descubre o debe descubrir que la palabra utilizada, inoculada cabría decir también en esta imagen que me forjo, es punzante, tiene filo y lacera todo aquello que nombra para conquistar otras formas, otros significados, otros dolores. Esto es lo que hace Jacqueline Goldberg en El cuarto de los temblores, su cuarto, para ser más preciso, que como una simbiosis también debe temblar.

Aquí la poeta se disecciona, se analiza así misma y es capaz de hacernos padecer sus temblores que, como un remanente muy lejano, recorre cada una de estas páginas. Por ello, “El temblor me antecede. Proviene de una catástrofe trazada/ sin margen, sin nombre, sin fe”, dice, como algo que desde tiempos inmemoriales estaba allí esperando por ella para hacerla “distinta” al resto de aquellos que la rodean, marcando una notable soledad que de una u otra forma la hizo poeta: “Estoy sola en el árbol,/ sola en el temblor.”, afirma.

Jackeline Goldberg. Foto por Umar Timol

A través de una mirada panóptica que todo lo abarca, la poeta nos lleva hasta su infancia para conocer a aquella niña que, de la provincia, viene a Caracas para ser evaluada por una pediatra, Lya Imber de Coronil, “la primera mujer que obtuvo el título / de Ciencias Médicas en Venezuela”, pero aún así el incipiente temblor continúa, sin cura alguna, y persiste hasta sus días, como un dogma corpóreo e irrenunciable aunque no duela. Por el contrario, lo asume y no le queda más que identificarlo muy bien: “Hacerme un código para diferenciarlo / de un dolor de cabeza, / de un orgasmo.” Luego nos pasea por la adolescente que fue, por el rechazo (ahora llamado bullying) en el liceo, hasta la mujer que hoy día también es madre: “en mi ignorancia tuve un hijo con ojos de albahaca, por / fortuna sano, que no perpetuará mis herrumbres.”

Mención aparte merece la imagen que Goldberg construye con sus manos, que sin duda alguna, son las implacables delatoras de sus temblores; quizás las que a primera vista ante todos pecan de indiscreción; manos que son “una palmera,/ un cuervo,/ un tizón,/ leguas marinas,/ un alud,/ un tren,/ una mazorca,/un súbito desamparo.” El cuarto de los temblores mapea también el telúrico movimiento en la música, en la literatura, en amputaciones de manos; recoge diversas interacciones de la poeta con varias personas en la web sobre el tema en cuestión.

El temblor es lo que justifica y es la razón de ser de este poemario, pues se tranza en la dicotomía amor-odio, desde una perspectiva antagónica entre estos dos sentimientos por su condición, pues si bien es cierto que ha perturbado el día a día de la poeta desde una infancia ya remota, es en buena parte lo que la ha llevado a construir su mundo poético: “El temblor es lo que detesto. / El temblor es lo que me argumenta.” Sabe que es su sello, sabe que la “argumenta”, y además, es lo que construyó en ella hasta su manera de firmar: “Mi firma es la identidad del temblor. Se trata de una firma / sospechosa, que criminaliza.” Pero sentencia con una firmeza absoluta cuando dice: “Si renegara del temblor, me desprendería de mí.”

Ya con la mirada puesta en el presente, cabría preguntarse, yo me pregunto, si por algún hechizo o sortilegio Jacqueline Goldberg pudiera cambiar sus versos, su poesía y sus libros por la condición de no temblar nunca más, ¿lo haría? Por tanto, dejaría de ser poeta. Creo que la respuesta pudiera tener dimensiones telúricas y El cuarto de los temblores desaparecería.

Fun Facts: de hecho no es gracioso -que yo recuerde- el par de veces que he temblado: a mis dieciséis o diecisiete años cuando un malandro me apuntó a la cabeza con un revólver .38, y en el invierno pasado camino a casa a -5°C sin la ropa adecuada.

Jackeline Goldberg. Foto por Umar Timol