Las asesinas norteamericanas de principios del siglo XX no solamente demostraron que las asesinas femeninas podían ser tan peligrosas como los hombres, sino que además, manejaban el peligroso ingrediente de la manipulación. Tanto Lavinia Fisher como Mary Jane Jackson, eran mujeres atractivas y sin duda, educadas. Y también disfrutaban al matar. No se debía a momentos de furor ni mucho menos a situaciones excepcionales. Tanto una como la otra, dedicaban tiempo y esfuerzo a planear sus crímenes.

Jackson incluso dedicó parte de sus ahorros a construir la habitación en que asesinó a todas sus víctimas: se encargó de que se tratara de un lugar aislado que le permitiera incluso disponer de los cuerpos una vez cometidos los crímenes. Por su parte, Fisher reformó su casa de huéspedes hasta crear un entorno que facilitaba sus crímenes: la escalera de fondo terminaba en una puerta doble de la que solamente Fisher poseía la llave, el pasillo era inclinado y peligroso e incluso, el cuarto de baño era más amplio, lo que permitía a la asesina llevar a cabo sus asesinatos en los momentos más inesperados. Lo mismo que Clitemnestra, Fisher asesinaba en el momento más vulnerable y en el que, usualmente, sus víctimas tenían pocas posibilidades para defenderse.

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Cuando ambas llegaron a juicio, los abogados que les defendían intentaron demostrar que tanto Jackson como Fisher habían obrado debido a la locura, al miedo y el desamparo, pero resultó poco menos que imposible. Jackson era una prostituta, era una mujer refinada que cometió su asesinato en sus lujosas habitaciones cubiertas de sedas y sobre camas de madera costosa. Por su lado, Fisher, era tan próspera que al momento de ser detenida, era una de las mujeres más acaudaladas del Sur de EEUU.

Se trataba de una anfitriona espléndida que, durante años, dedicó esfuerzos a hacerse de un grupo de contacto que le permitieron acumular poder y que sin duda, fue una de las razones por lo que su juicio se convirtió en un espectáculo público. Al final, fue evidente que no había explicación sencilla sobre el motivo por cuál mataban: Fisher y Jackson fueron condenadas a muerte y jamás se arrepintieron de sus crímenes. De hecho, el día en que fue llevada a su ejecución, Jackson aseguró que “volvería a matar, de poder”, lo que provocó el terror y la fascinación entre la multitud que le escuchaba desde la calle.

Los terrores inconfesables, el misterio del crimen

Por siglos, la muerte era algo público en la mayor parte de Europa. Los más pobres morían en las calles, los enfermos sin recursos recibían atención médica frente a los auspicios y los criminales eran ajusticiados a la vista de todos. No obstante, había una excepción: las mujeres recibían, en la mayoría de los casos, un trato excepcional y mucho más considerado. De hecho, hasta 1849 hubo muy pocas ejecuciones de mujeres en Inglaterra, cuando ocurrió uno de los casos más conocidos de asesinas en el Reino Unido: la extraña historia de María Manning.

María era una doncella de origen suizo que sostenía una relación clandestina con Patrick O’Connor. Su marido Frederick, toleraba la situación en la medida que O’Connor ayudaba en la manutención del hogar y ejercía un extraño rol como tutor de María, a quién enseñó a leer y a escribir. No obstante, con el transcurrir del tiempo la relación entre Patrick y María se volvió hostil, hasta que finalmente ella le asesinó de un disparo.

Pero no se trató únicamente de un asesinato: María hizo venir a Frederik y en lo que pareció un extraño ritual amoroso, asesinó a su amante frente al marido, que además remató a la víctima con una palanca. Luego, ambos enterraron el cuerpo bajo las losas de la cocina y ella intentó robar la mayor parte de las pertenencias de O’Connor, aunque al final apenas logró cargar con unas cuantas joyas y dinero en efectivo.

El crimen se descubrió de inmediato: una de las vecinas de O’Connor denunció de inmediato su desaparición y en cuestión de días, los Meaning fueron acusados de su muerte. Pero lo más desconcertante para buena parte de Londres, fue que María había sido la artífice del crimen o eso aseguró Frederik en más de una ocasión. Para la imaginación popular, se trató de una idea escalofriante y asombrosa: Fue María quien escogió al hombre que sería su amante y después, el momento que sería asesinado.

También fue María, la que planeó hasta el último detalle su muerte. Frederick, abrumado por la culpa, admitió que había obedecido a su mujer por “amor”. ¿Y qué dijo María en su descargo? Para sorpresa del público que seguía con atención las noticias del crimen, María nunca se molestó en explicar su conducta, incluso cuando el llamado “Horror de Bermondsey”, se convirtió en una sensación nacional. En la Gran Bretaña del siglo XIX, la idea que una mujer pudiera matar y hacerlo a sangre fría, era menos que inconcebible. Y fue esa percepción — la de María como una criatura inexplicable y peligrosa — lo que convirtió el caso en un suceso histórico.

Los horrores de un crimen sin aparente explicación

La ejecución de los Meaning se convirtió en uno de los primeros sucesos mediáticos en Inglaterra: asistieron más de cincuenta mil personas y Londres entera se sacudió por la envergadura de los preparativos. Para cuando la pareja fue llevada al verdugo, una multitud enardecida gritaba y pateaba con tal desborde de odio y hostilidad, que la policía tuvo que replegar a quienes exigían que María fuera entregada “para un juicio popular” y que al final, contemplaron la muerte de la pareja a distancia.

Para buena parte de la muchedumbre que rodeaba el patíbulo, el crimen de María era mucho peor que el que había cometido Frederick, por lo que su muerte se convirtió en una especie de símbolo de una cierta justicia natural. “Debe morir y demostrar que ninguna mujer puede matar de semejante forma” publicó el Pall Mal Gazette en una de sus editoriales dedicados al crimen.

Se trató de una circunstancia de tal relevancia que incluso el novelista Charles Dickens asistió y quedó tan impresionado por la reacción de la multitud y la muerte de la pareja, que escribió una carta al periódico The Times ese mismo día para contar sus impresiones. Para Dickens se trató de un horror rayano en la fascinación, pero también, de un evento barbárico: “Creo que una vista tan inconcebiblemente horrible, como lo fue la iniquidad y levedad de la inmensa multitud reunida en esa ejecución esta mañana, es imposible de imaginar por ningún hombre” escribió. Mucho después, el autor insistiría que la multitud que reclamaba la vida de la mujer — e insistía en que Frederik debía ser liberado — había sido una de las experiencias más terribles que atravesó en su vida.

Las mujeres asesinas siempre han sido motivo de curiosidad y miedo. Provocan inquietud por el hecho que se considera que las mujeres son incapaces de la misma violencia que los hombres. Un mito extraño, retorcido y la mayoría de las veces inquietante que convierte a la mujer que mata en una rareza circunstancial, pero también en símbolo de la manera en que la cultura mira a las mujeres y a sus motivaciones. Una siniestra forma de analizar la personalidad femenina desde una óptica por completo nueva.

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