Por Jason Maldonado.

Mi tercer encuentro con algún libro de Michel Houellebecq también fue gratificante. El primero fue Sumisión; después me adentré en Serotonina, y ahora le tocó el turno a El mapa y el territorio, título que no le hace honor a la buena historia que ofrece, pero por algo recibió en su momento el Premio Goncourt 2010.

Ya entrando en materia, El mapa y el territorio cuenta en parte la vida del artista Jed Martin, y como abanico de su propia vida, justo para entender de dónde viene y hacia dónde va, también parte de la de su padre, Jean Pierre, un arquitecto de éxito que ya en la tercera edad ve llegar su ocaso en medio del merecido triunfo de su hijo. Su tristeza por tener que ir abandonando de a poco su empresa va corroyendo sus días y traspasando en emociones ese sin sabor a su hijo, que apenas comienza a subir como la espuma en el medio artístico parisino para luego calar a modo mundial.

¿Pero qué hizo tan exitoso a Jed? Pues sus fotografías tan particulares para el catálogo de mapas de carreteras Michelin, y posteriormente, sus pinturas realistas que versan sobre distintos oficios y profesiones, de hecho, la novela inicia con la descripción de un cuadro o imagen en donde interactúan Jeff Koons y Damien Hirst, quizás plasmando una suerte de proyección de lo que sería su inevitable éxito (por la interacción del artista/empresario con el coleccionista), pero que aún no veía venir, ni tampoco esperaba, ni soñaba. Ahora, es gracias al concepto de “figuración” que logra consolidar su trabajo para entrar en el prestigioso y disputado mercado del arte. 

Contrasta, y suele ser así en el arte, que Jed sea tan desinteresado, tan dejado, casi llevado por una abulia en muchas de sus acciones que tienen que ver con su proceso creativo y hacia su propia obra. Aun así, trabaja y hace lo suyo hasta llegar a los ojos de quien tuvo que llegar para estallar con un rotundo éxito. Los primeros fueron los de su padre, obviamente, quien lo ayudó en todo momento a pesar de su pragmatismo ante la vida. Siempre tuvo claro, y así se lo hizo saber a su hijo, que “lo que mejor funciona, lo que empuja a la gente con la mayor violencia a superarse sigue siendo la pura y simple necesidad de dinero”. Para luego rematar, “voy a ayudar a comprarte un apartamento en París…” Humildemente. Y los segundos, los ojos de Olga Sheremoyova, una rusa despampanante del departamento de comunicación de Michelin Francia, que dio la estocada final hacia su triunfo. De hecho, así dice el narrador: “Su carrera de artista tampoco tenía nada de impresionante; ni siquiera era, en verdad, un artista, nunca había expuesto, nunca un artículo había explicado su obra ni la importancia que tenía para el mundo, era en esta época más o menos un perfecto desconocido”, hasta que conoció a la Sheremoyova. Todos estaban asombrados, incluso Jed, de que ella lo hubiera escogido a él en todos los sentidos, una de las cinco mujeres más hermosas que residían en París, hasta que se concretó la primera exposición por todo lo alto. 

Jed, delicado y endeble desde niño, no sufrió ningún tipo de bullying en sus años de escolaridad, protegido tal vez por una suerte de caparazón indeseado que llevaba por nombre el suicidio de su madre. Siempre solitario, sin ningún amigo, pasó tardes enteras en la biblioteca consumiendo las mejores lecturas posibles hasta alcanzar un nivel de conocimiento deslumbrante antes de sus veinte años de vida. Y es esto en buena parte lo que cautivó a la rusa. Luego llegaron los contactos precisos, las noches de pasión, los encuentros con gente del medio, hasta llegar a una idea brillante que terminará por consolidar a Jed Martin como artista: Michel Houellebecq será quien escriba el catálogo de la tan esperada exposición. No obstante y con cierta reticencia, le dijo a Jed “¿está seguro de que le conviene?… No pasa una semana sin que una u otra publicación se cague en mí”.

El mapa y el territorio está dividido en tres partes, y es justo en su división final cuando la obra da una vuelta de tuerca increíble. Da la impresión de que comienzas a leer un libro totalmente distinto al que venías leyendo y, para el lector atento, sorprende cómo el autor va engranando lo dejado atrás para darle sentido a todo. Aquí la obra se transforma en una suerte de novela policíaca que, insisto, impacta. No diré quién es la víctima ni el victimario, pues eso sería una revelación imprudente, como vi por ahí en la web. Eso no se hace. Sacre bleu.

El mapa y el territorio –insistiré con el cuento del título poco atractivo– es una obra que demuestra, amén de lo trascendente de la relación padre e hijo, la importancia del lobby que hay que hacer en el medio artístico y por antonomasia en el medio cultural en general, sea del país que sea, para salir del anonimato. Si no han leído a Houellebecq, pueden comenzar con éste o cualquiera de los mencionados arriba. No los defraudará.

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